Un fotógrafo tiene que utilizar todas las armas disponibles para tener visibilidad. Tener una buena web o ser activo en redes sociales es algo imprescindible. Pero el cara a cara sigue siendo algo insustituible. Y cuando llega ese momento, no hay que olvidar una vieja aliada que sigue siendo de gran ayuda: la tarjeta de visita. Magdalena Ramírez nos da las claves para no fallar en la elección.

Ya hemos tratado diferentes formas de mostrar quién somos: el Statement, la Bio, etc., todas ellas encaminadas a mostrar nuestro trabajo para que se fijen en él por escrito, optando a una beca, un concurso o una ayuda.

¿Y personalmente? En las inauguraciones, en los foros, se va a hacer contactos, a que te conozcan. A veces, muchos asistentes ya saben quién eres y otras veces no, pero necesitas que se tenga una referencia tuya. Eso tan simple o tan complicado como una tarjeta de visita.

Tarjetas: éste soy yo y esto es lo que hago

Se requiere cierta “imagen de marca” que nos distinga o que consiga que esa persona que ve nuestra tarjeta se acuerde de nosotros. También tenemos que pensar en el receptor de la información y su manera de almacenarla. Puede que la utilice para anotar más cosas sobre la persona que le interesa: pueden acumular información a posteriori.

Aquí os damos unas pequeñas sugerencias:

  • Tamaño: lo mejor es el tamaño estándar. Ni muy grande ni muy pequeña. Todas van a estar contenidas en un tarjetero, así que no pueden ni sobrepasarlo (que van a terminar doblándose o no van a entrar) o se corre el riesgo de que se pierdan con facilidad.
  • Formato: aunque sea muy poco imaginativo, lo mejor sigue siendo la tarjeta alargada estándar. En este caso, el diseño se debe corresponder con el contenido.
  • Diseño: difiere si la tarjeta es de empresa o tarjeta personal. Como empresa se debe a una identidad corporativa que se ha de definir previamente con unos códigos de colores, tipografía, situación del logo, etc. Una tarjeta personal permite más libertad en el diseño: puede ir con un logo y una tipografía y color específicos . Otras suelen tener una foto por un lado y la información por otro.

No es aconsejable poner las tarjetas en negro, cosa muy usual entre fotógrafos. ¿Por qué? Porque si se la das a, por ejemplo, un desmemoriado comisario, no va a poder anotar nada en ella que pueda ayudarle a recordarte. Quedan elegantes pero son poco prácticas.

En caso de duda, lo mejor es recurrir a un diseñador. No penséis que es un gasto superfluo: si está bien hecha, os va a durar hasta que queráis cambiar de imagen o puede que toda la vida.

  • Tipografía: las reglas básicas son la legibilidad, un tamaño en que toda la información se pueda leer y que no resulte agresiva.
  • Información: Nombre, contacto (teléfono y correo electrónico) y web si se tiene.  En tarjetas de empresa, también es adecuado añadir la dirección postal si existe una sede fija.
  • Idioma: en un mundo globalizado lo mejor es hacerla bilingüe, español-inglés, español-francés, o si se es de alguna Comunidad Autónoma con idioma oficial, trilingüe: español, idioma de la CC.AA. e idioma extranjero.

Todo depende de la expansión/influencia que se quiera tener y si es de empresa o personal. A un comisario noruego le interesará en inglés; a una editorial francesa le encantará que sea en francés, etc. Lo fundamental es que la información sea accesible: quién soy y dónde se me puede encontrar.
En el caso de hacerla en varios idiomas, hay que tener en cuenta que el espacio es limitado: existe la posibilidad de hacerla en un idioma en el anverso y en el reverso en el segundo idioma.

En resumen: una tarjeta de visita es un vehículo de información y toma de contacto. Pensemos en ellas tanto como medio de presentación, como un facilitador de información para el receptor. Claras, legibles, agradables y con la información imprescindible.