Este año, Blank Paper Escuela celebra su décimo aniversario. Charlamos con su director Fosi Vegue y repasamos los logros conseguidos en esta década y los nuevos sueños que se presentan.

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En febrero del 2006, Fosi Vegue (Talavera, 1976), con el apoyo del colectivo al que pertenece y que también se llama Blank Paper, monta una escuela que quiere ser distinta, buscar un nuevo camino y empezar de cero. Lo que entonces era un localito en el madrileño barrio de Lavapiés, ha pasado a una planta de la calle Nao, en el barrio hipster de Malasaña. Tampoco es muy grande, pero suficiente.

Han pasado de ser unos desconocidos a ser, posiblemente, la escuela más moderna y referenciada en el extranjero, creando una comunidad que ha sido fundamental para revitalizar el panorama fotográfico español. Por supuesto no son los únicos, ni tienen por qué ser los mejores, pero sin duda han sido un revulsivo, un elemento que ha agilizado el anquilosado sector fotográfico español, precisamente en esta nueva década ominosa.

Fosi Vegue, el director de esta aventura, es un tío especial. Bajito, delgado, con un aire de caricatura, de personaje de tira cómica, pues acompaña a su cuerpo breve con unos rasgos exagerados: boca grande, nariz grande, orejas grandes y sobre todo, ojos grandes, negros y muy brillantes, como si de un encantador muppet se tratara. Y todo lo acompaña con una forma de hablar que arropa, de conquistador, ágil y directa.

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© Olmo González

¿Por qué montas una escuela?

Yo estudié Historia del Arte y tenía optativas de fotografía, me gustaba mucho. Cuando vine a Madrid a estudiar foto, la formación me pareció desastrosa. No todo, tuve por suerte un profe llamado Manuel Santos; él me alentó a mí o a Antonio Xoubanova. Pero no me gustó nada la formación que recibí en general. Era algo muy arcaico, que hablaba muy poco del sentido de las imágenes. Vi que era una salida profesional y sentí que tenía una necesidad de dar una formación que en España no había.

¿Y cómo te lo planteas?

La verdad es que no hice un estudio de mercado. No lo hice porque no soy empresario, pero pensé que había una laguna. Así me lo planteé. Y porque yo ya daba clases fotografía en centros de cívicos en barrios de Madrid.

Entonces me imagino que estabas dando la típica clase de…

No, la típica no. A ver, yo daba cosas de técnica, pero ya daba clases diferentes. Me llevaba mis libros, les llevaba vídeos y hacíamos grabaciones de audio para unirlas a las fotos. Ya hacíamos cosas diferentes. Esto supuso, por ejemplo, que en Galapagar volvieran a llamar a un “profesor convencional”.

Y bueno, ya existía el colectivo. Organizaba proyecciones todos los jueves en Lavapiés, en Tesauro, un espacio que ya no existe. Yo tenía ganas de hacer cosas y sentía que a la foto de este país le faltaban cosas.

Y decides montar una escuela. Pero de decirlo a hacerlo hay un largo trecho.

La estrategia fue bastante básica y peregrina, je, je. No tenía dinero para locales y un amigo tenía uno en Lavapiés, en la calle San Simón. Él tenía un pequeño estudio y trabajaba en el Telepizza los sábados por la mañana y me prestaba el local mientras él estaba en el curro. Lo primero con lo que empezamos fue con un curso de iniciación y con un taller de fotografía de calle que hacíamos Antonio y yo.

Y ya en aquel taller había una parte muy importante basada en analizar imágenes, verlas en su contexto, ver qué significan en los diferentes contextos, editorial, periodístico, publicitario… Hablar de la imagen, de su contexto y de la necesidad de ver cómo te expresas con esa imagen y qué audiencia vas a tener.

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© Miren Pastor

¿Qué más hicisteis novedoso?

Ese mismo año ya organizamos visionados. La gente nos llamaba por teléfono para apuntarse, pero se asombraba cuando veía que costaba dinero. No pensaba que un visionado había que pagarlo. Estuvieron Genín Andrada, Javier Arcenillas, Paco Gómez y supongo que Antonio y yo tambien.

Y también teníamos talleres de fin de semana: de foto de calle, de iniciación… Hicimos uno de proyecto fotográfico. Teníamos los cursos cuatrimestrales y los cursos de sábado y domingo.

¿Ya teníais un programa anual?

La primera vez que ofrecimos clases fue en febrero porque no pudo ser en otoño. Pero ya lo teníamos estructurado de forma cuatrimestral. Luego, en octubre comenzamos un curso normal.

Entonces desde el principio teníais un programa claramente estructurado.

Sí, si. Desde el principio había un programa claro y diseñado.

¿Y con qué ideario nace Blank Paper Escuela, con qué espíritu?

Salvar a la fotografía de su estado de oficio, en el sentido de que la fotografía es un oficio para trabajar bodas y bodegones, donde lo importante sea el virtuosismo técnico, y llevarla a ser un medio de expresión personal bestial, así de claro. Por aquél entonces, a los que empezábamos sólo nos hablaban de oficio, oficio y oficio. Esa cosa de FP desgastado.

Todavía, cuando alguien te presenta en la familia dice: “Este es mi hijo Fosi, es fotógrafo profesional”. Quiere decir que tienes una profesión, como si fueras un carpintero. Como le pasaba a Velázquez con la pintura. Para mí era importante darle a la formación la búsqueda de una fotografía como un medio de expresión personal muy claro. Entendiendo que es un lenguaje muy complejo que hay que saber escribir. Leerlo y escribirlo. Para mí era tan importante saber hacer una foto, como poder hablar de ella, incrustada en su contexto y poder sacar un contenido de todo ello. Yo venía de Historia del Arte y me había peleado mucho con la obra de Miró, Picasso o de muchos cineastas, y que cuando hablas de fotografía que todo se reduzca a que si técnicamente es fantástica o si la línea del horizonte se junta con el pájaro que ya volaba me parecía ridículo. Y no, la fotografía es mucho más complicada.

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@ Luis Cuenca

El colectivo tenía unos tres años cuando nace la escuela. ¿Cuál es su relación con ella?

La filosofía del colectivo, la forma de concebir la fotografía como medio de expresión personal, con un trabajo muy marcado, un sentido del sacrificio muy fuerte. En el fondo somos mal vendedores de nuestra obra, no somos empresarios. Tenemos un escaparate muy limitado, como colectivo nunca hemos sido una empresa que hiciera miles de dólares. En ese sentido, el espíritu está muy conectado. También desde el principio los miembros del colectivo han estado como profes, por lo que su propio criterio se ha ido inoculando en la filosofía general de la escuela. Y todos siguen teniendo mayor o menor grado de implicación.

Tenemos reuniones periódicas y nos retroalimentamos. Y para todos los miembros del colectivo es muy satisfactorio enseñar, mostrar tu trabajo y el de otra gente, enseñar a un alumno y todo lo que eso te revierte. Cuando ves cómo evoluciona un grupo de alumnos en un máster, por ejemplo, te da muchas pistas que luego tú puedes incluir en tu proceso. Es algo muy de ida y vuelta.

De hecho incorporasteis al colectivo a un alumno, Alejandro Marote.

Alejandro ya estuvo en la primera clase de Lavapiés y de andurreo por la calle, en el aula. Y luego se venía todo el día conmigo. Él quería aprender muy rápido, quería andurrear y ver y hablar.

¿Y cómo llegan las sucursales?

Pues una vez más sin ningún criterio empresarial. Fue algo tan sencillo como que conocí a Julián Barón en Albarracín, y me gustaba lo que hacía, su espíritu, su forma de hacer. Conectamos enseguida de la hostia. Y la escuela ya funcionaba y a él le seducía el tema de la formación. Él ya había dado talleres en la escuela. Y un ARCO en el que hicimos las fotos para la organización se nos ocurrió montar una escuela en Castellón, pero porque él vivía allí, que si hubiera vivido en Teruel, hubiera sido en esa ciudad.

Y funcionó, porque había una necesidad grande en Castellón y Valencia por un tipo de formación diferente. Y se generó una comunidad, una generación que funcionó muy bien. Luego las cosas empezaron a ir peor.

Lo que ha pasado con la escuela es que hemos ido poco a poco generando, creando nuestro propio cliente. Como si al caminar se fuera creando el camino, se ha ido generando un tipo de alumno que ha ido demandando otro tipo de talleres. Y eso en Madrid ha funcionado, pero Castellón era una plaza pequeña, o con una mentalidad no tan abierta.

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© Mario Zamora

Además de abrir aquella nueva sede, habéis innovado en las clases virtuales.

Cuando Castellón empezó a decaer, Julián, que ya llevaba la parte online, decidió potenciarlo. Ahora que Julián se fue a Lima a vivir, el relevo ha sido hacer un formato online más ágil, con cursos diferentes y con contenidos que tengan que ver muy explícitamente con lo tecnológico, donde lo online no sea un escaparte, sino un formato necesario. Estamos preparando unidades temáticas que puedas ver y bajar por una pequeña cantidad de dinero.

Tras diez años, ¿qué has aprendido? ¿En qué habéis mejorado? Hazme un balance.

Cuando surgió Blank Paper no había nada parecido. Ahora hay muchas cosas que se parecen. De alguna manera hemos generado una forma de entender la fotografía, la formación y la gestión cultural –los eventos, las charlas, Fiebre, las exposiciones–, el cómo haces de la fotografía un contenido cultural en todos los niveles. Hemos originado una manera de amar y entender la fotografía que ahora es diferente. Si además pienso en los alumnos y alumnas que han salido de la escuela, no por cantidad, sino por calidad, es brutal: Alejandro Marote, David Hornillos, Diego Collado, Miren Pastor, la gente de Dalpine, Víctor Garrido, Laura Carrascosa y muchísima más gente que seguro que me dejo. Ha salido una generación que no sólo son buenos fotógrafos, sino que además tienen un compromiso con la fotografía y lo fotográfico inmenso. Gente que le está devolviendo cosas a la fotografía, algo más que apretar un botón. La fotografía no es sólo apretar botones, es algo más.

Por ejemplo, Clavoardiendo me parece la hostia; que alguien monte un festival chiquitín, me parece la hostia; que alguien monte una pequeña galería, me parece la hostia. Por eso cuando me vienen alumnos con esa cosa pasiva y se quejan de que no encuentran trabajo, les digo: “no me vengas llorando porque te vas”. Porque se pueden hacer muchas cosas por la foto. Se puede escribir, se puede investigar, se puede leer… Te puedes montar tu escuela si no te gusta ésta o cualquier otra. Y si no existe algo o lo que existe no te gusta, hazlo tú.

También hemos intentado dar oportunidad a mucha gente. Muchos han dado aquí su primer taller: Christian Patterson, Walter Astrada, Alfonso Moral… Aquí apostamos por gente que tenía un proceso creativo interesante, aunque no tuvieran grandes herramientas pedagógicas.

¿En algo fuisteis ingenuos?

Bueno, como te decía antes, el hecho de que no soy empresario y no tengo estrategias de mercado. Yo trabajo mucho con el corazón. Y el equipo igual, aunque muchas veces me tienen que frenar. Puede que peque de ingenuidad por trabajar de forma pasional y no tener la frialdad empresarial.

Ya me has dado alguna pista, pero, ¿ha cambiado la forma de enseñar gracias a Blank Paper?

No analizo lo que hacen los demás. Pero ahora muchas escuelas han visto que la formación tiene que ser más pormenorizada, más cariñosa y mimada por el profe, no cargar las tintas en lo técnico, hablar más del lenguaje y utilizar el libro de fotografía.

Ahora la expresión “desarrollo de proyecto personal” se ve por todas partes, muchas escuelas se han sumado a eso. No lo inventamos nosotros, pero antes nadie anunciaba esto. Yo a los alumnos les digo que yo no les puedo ofrecer un puesto de trabajo por hacer el máster. Más bien van a tener que hacer muchas cosas, como si fueran figuras renacentistas, como Tono editando, Laura Carrascosa con millones de cosas, Walter Costa con los fotolibros en Brasil, Brenda Moreno haciendo cosas en México… No enseñamos oficio, sino compromiso. Pueden hacer foto de bodas o bodegones al Carrefour, pero pueden formar un festival en su pueblo y organizar una exposición sobre el fotógrafo local.

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© Enrique Fraga

¿Dónde te ves en unos años como escuela?

Pues estamos haciendo una apuesta fuerte para hacer nuestros másteres en inglés. Cada vez vienen más alumnos extranjeros y cuando salimos fuera la gente nos reclama, hay una demanda y hay que mirar también a Europa y al mundo anglosajón.

Por otro lado, quiero implementar una formación que pase por lo tecnológico, el arte sonoro, el videojuego y la instalación artística. Por ejemplo, el máster que hemos sacado de exposiciones trata de cómo entiende un arquitecto el espacio, cómo fabrica un escenógrafo un espacio concreto, cómo trabaja un guionista un personaje, cómo colabora un pintor con la música…

Ya hicimos una intentona de organizar charlas con otros autores que no fueran fotógrafos, pero parecía que no era el sitio. Como si el único pintor que pudiéramos relacionar con la foto fuera Hopper. Y esas cosas hay que romperlas. Espero tener en unos años ese nuevo máster multidisciplinar. Y seguiremos apostando por cosas como Fiebre.

¿Se podría entender el fenómeno del fotolibro español sin Blank Paper?

Hombre, que lo diga yo… Pero yo creo que no. Mira, cuando abrimos la escuela, yo tenía mis libros que me compraba. No los libros de VIPS de Castillos de España. Yo tenía ya lo que ahora llamamos fotolibros. También me hacía muchas reproducciones en diapositiva. Iba al Reina Sofía y fotografiaba libros o hacía fotos, y al dar clases no decíamos: “mira qué bonita esta foto de éste”. Era más bien, “mira cómo ha desarrollado esta pequeña idea”. Yo cuando leo un libro no leo una página, pues igual con la fotografía. Los fotolibros desde el principio fueron importantes, porque además ¡ya los tenía!

Y de tanto machacarlo, y que nosotros hayamos sacado libros, con más o menos repercusión pero con tirón, que hayamos sido un referente para que la gente viera que se podía salir fuera de España y todo sin tener una gran maquinaria detrás… Y que salgas fuera, y gente como Paul Grahan o los medios extranjeros hablen de nosotros… Todo esto hace que no se pueda entender el fenómeno sin Blank Paper.

A diferencia de otras escuelas, en las que pagas, terminas y te vas, BP tiene fama de mimar al exalumno. ¿Sois una secta?

Ja, ja. La formación para mí es algo absolutamente vocacional, si no hubiera sido fotografía hubiera sido jardinería o electricidad. No entiendo la formación como un trámite económico. Yo tengo una red de mantenimiento detrás que me cuesta la vida. Tengo mails de exalumnos que cada día me siguen preguntando, que me enseñan maquetas, que me piden contactos… Ayer estuve hablando con una exalumna de hace diez años.

¿Cómo vais a celebrar el aniversario?

El curso de fotolibro es ahora un máster. Hemos sacado el máster de Diseño de exposiciones, hemos sacado tres becas formativas para cada máster. Vamos a sacar en el 2017 el máster en inglés. Vamos a realizar unas jornadas de debates con distintos autores sobre imagen, habrá más Fiebre, una fiesta en mayo… Nosotros no queremos tener el máster más caro ni con las mayores estrellas. Nuestro trabajo es de aula.

¿Se puede pasar por Blank Paper sin saber utilizar el flash?

Ja, ja. Claro que sí, y sin fotografiar palomas.

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© David Hornillos

Las fotos que ilustran la entrevista son de exalumnos de la escuela. Puedes ver sus trabajos aquí.