Robert Doisneau despliega ‘La belleza de lo cotidiano’ en la Fundación Canal de Madrid. La muestra recoge una importante selección de la obra del famoso fotógrafo francés, incluidos algunos de sus trabajos menos populares, ofreciendo así otra dimensión del autor de ‘El beso’ y mostrando su lado más divertido y satírico.

‘Robert Doisneau, La belleza de lo cotidiano’, que expone la Fundación Canal de Madrid desde el 5 de octubre hasta el 8 de enero, incluye 110 fotografías que abarcan desde la década de los años 20 a los 70 del siglo XX. Annette Doisneau y Francine Droudille, hijas de Robert Doineau, han sido las comisarias de esta exposición. Su selección combina obras muy conocidas del autor con otras poco vistas y que descubrirán una faceta más inesperada y poco vista del autor. De esta manera esperan dar a conocer mejor su obra y al personaje, empeñado en mostrar la vida, no como realmente es, sino como a él le hubiera gustado que fuera.

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© Atelier Robert Doisneau

La exposición se divide en dos secciones, mostrando dos facetas distintas Robert Doisneau: ‘La belleza de lo cotidiano’, que alberga 80 copias de época, algunas de sus obras más conocidas en blanco y negro, como ‘El beso del Hôtel de Ville’, ‘Mademoiselle Anita’ o el retrato de Pablo Picasso, y otras hasta hoy nunca vistas por el público o muy poco difundidas; y la serie a color ‘Palm Springs 1960’, una sorprendente, inesperada e irónica producción de los años 60 olvidada desde entonces y recuperada para esta exposición. Esta serie, que muestra una fase muy desconocida del artista, es el primer trabajo a color de Doisneau, detalle que resulta sorprendente ya que había experimentado con el color durante los 20 años anteriores. Y es que es poco sabido que Doisneau era un enamorado del espectro cromático pero no trabajó antes con él porque, en aquella época, trabajar a color era muy caro y porque él mismo dudada sobre la perdurabilidad del color.

La selección que compone primera parte, ‘La belleza de lo cotidiano’, responde a ambicioso proyecto de las hijas del artista, Annette Doisneau y Francine Deroudille. Ellas mismas eligieron 80 positivados de la obra fotográfica su padre generada durante más de 60 años. Según Francine, “la selección fue instintiva y rápida, movida por el impulso de recopilar las fotografías esenciales en su obra y asociarlas a otras menos conocidas que diesen testimonio de su seducción por la belleza de lo cotidiano”.

Las fotografías que podemos ver en esta sección reflejan multitud de pequeñas historias reales compuestas por fotografías del extrarradio gris de París, fábricas, niños solitarios o rebeldes, niños en la escuela, la Guerra, jornadas de trabajo, fiestas de un pequeño pueblo galo, artistas, gente del espectáculo, del mundo de la moda… sin duda todo un relato autobiográfico. Sin haberlo buscado, a través de esta selección, sus hijas consiguieron narrar la vida de su padre.

Cada imagen describe una realidad tangible de aquella época. Todos los personajes que aparecen en las fotografías se perdieron en su poética particular hasta llegar a un mundo totalmente imaginario: “El mundo que intentaba mostrar era un mundo en el que yo me sentiría bien, en el que la gente sería amable y en el que encontraría la ternura que deseo recibir. Mis fotos eran como una prueba de que ese mundo puede existir”, comentó el artista al fotógrafo Frank Horvat en 1990.

Según su hija Francine, con Doisneau “se vive un juego constante”. A través de estas fotografías podemos viajar hacia un universo ficticio donde la lectura anecdótica de las imágenes se pierde en favor de una reflexión más universal. En este universo paralelo cada cual el libre de crear su propia historia. “Este imaginario compartido es donde tenemos más posibilidades de encontrar a mi padre”.

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© Fundación Canal

En un segundo apartado podemos contemplar ‘Palm Spring’ (1960). Robert Doisneau era un enamorado del color y con este trabajo, el fotógrafo de ‘El beso’, quien con su cámara captó el retrato romántico de aquel París, hasta entonces siempre en blanco y negro, trasformó su mirada melancólica en una mirada en irónica y afilada, algo que resultó inesperado en él. Este trabajo, un extraordinario hallazgo que, tras una larga temporada oculto, vuelve a ver la luz, permite ver el lado más desconocido, divertido y satírico de Doisneau.

Una vez finalizada la posguerra, Doisneau trabajó con la prensa americana de forma habitual. Rapho, su agencia desde 1946, le hizo numerosos encargos para el New York Times, para Life y para Fortune. Sin embargo, en 1960 no había cruzado aún el Atlántico. Su escasez de medios ocasionó que fueran sus fotografías las que viajaran en su lugar.

En junio de 1960, su gran amigo, el actor-violoncelista Maurice Baquet, estaba de gira en Nueva York. Éste le invitó a esta ciudad que Doisneau tanto admiraba, convencido de que su atmósfera sería una clara fuente de inspiración para el proyecto de libro que preparaban juntos. Nada más efectivo para convencerle; una simple propuesta de viaje no hubiese sido suficiente, pero el trabajo era una buena razón de peso.

Doisneau comentó la idea con Raymond Grosset, el director de la agencia Rapho, quien alertó inmediatamente a Charles Rado, el fundador de la agencia parisina, que se había instalado en Nueva York durante la Guerra. Los encargos no tardaron en llegar gracias a la complicidad de los agentes.

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© Atelier Robert Doisneau

El 19 de noviembre de 1960 Doisneau voló por primera vez a los Estados Unidos para realizar un reportaje solicitado por la revista Fortune. El tema del reportaje era la construcción de campos de golf en Palm Springs, refugio de jubilados americanos adinerados en el desierto de Colorado. El 21 de noviembre llegó a Palm Springs, donde permaneció hasta el 1 de diciembre. Lo que allí descubrió le incitó a ahondar en el contenido del reportaje. Más allá de los campos de golf, inmortalizó de forma divertida un planeta artificial, repintado de suaves colores, tonos pastel del desierto

Doisneau muestra su visión más sarcástica y un fino sentido del humor. Enseña al mundo aquel lugar artificial donde parece que todo el mundo solo juega al golf, donde hay palmeras traídas en camiones desde México, donde las mujeres estadounidenses se protegen del calor del desierto con abrigos de piel.

Tardó dos semanas en hacer este reportaje en Palm Springs; se publicó en el número de Fortune de febrero de 1961. Utilizó una Rolleiflex, una Leica y una Hasselblad y, por primera vez, empleó la película de color con fines definitivamente estéticos.

Las fotos fueron clasificadas y guardadas en cajas durante un largo periodo de tiempo. Las que se publicaron fueron archivadas en la oficina de Fortune en Nueva York; las que no se habían seleccionado para el reportaje fueron almacenadas en las cajas de Rapho y se enviaron al taller de Montrouge.

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© Atelier Robert Doisneau

En 2007, Scott Thode, quien dirigía entonces el departamento de Fotografía de Fortune, encontró las instantáneas del reportaje de 1960 y se las devolvió a las hijas de Doisneau. Fortune solo publicó en aquel reportaje una parte de las fotografías que, aparentemente, mostraban el lado positivo de aquel lugar; pero al verse 40 años después la serie completa en su conjunto aquella lectura inicial se transformó en ironía y sátira sobre Palm Springs y sus habitantes.

Las hijas de Robert Doisneau quisieron volver a dar vida a estas imágenes que durante años fueron olvidadas. Sin duda, lo han conseguido y hoy tenemos el privilegio de poder disfrutarlas en esta exposición.

Roberto Doisneau (1912-1994)

Hablar de Doisneau es hablar de uno de los pilares fundamentales de la fotografía del siglo XX. Le tocó vivir uno de los periodos más fructíferos de la Historia de la Fotografía y logró pertenecer, por derecho propio, a un selecto grupo de artistas que hoy se consideran los grandes mitos de la fotografía universal.
Con su estilo fresco, inmediato y reconocible produjo alrededor de 450.000 negativos. Su trabajo se basaba en encontrar un escenario sugerente y estar atento a todo lo que pasaba a su alrededor para captar los gestos de personas corrientes en situaciones cotidianas.

Su estilo se vio marcado por la insumisión que le caracterizaba: rechazó las normas impuestas, nunca se plegó a las modas y se desmarcó de todo cuanto le pareciera preestablecido. Su legado artístico es el resultado de esa sucesión de instantes de desobediencia. Caótico por naturaleza, Doisneau no seguía orden ni criterio alguno. Resulta por tanto muy complicado clasificar y ordenar sus trabajos, ya que no tenía una intención artística preconcebida.

Empeñado en mostrar la vida no como es, sino como a él le hubiera gustado que fuera, Doisneau fue un extraordinario narrador que dio vida a una ficción directamente extraída de la realidad, devolviendo un reflejo modificado de momentos insignificantes.

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© Atelier Robert Doisneau

Biografía

Robert Doisneau nació en un pequeño suburbio parisino llamado Gentilly en Francia, el 14 de abril de 1912, exactamente el mismo día del hundimiento del Titanic. Durante su juventud, estudió grabado y litografía pero no fue hasta 1929 cuando decidió dedicarse a la fotografía. Si hay una fecha determinante en su formación, esa es la de 1931. En ese momento conoce al fotógrafo, dibujante y escultor André Vigneau, quien le abrió las puertas a un mundo en el que pudo descubrir los trabajos de grandes artistas-.

A partir de este momento irá dejándose llevar e influir por las circunstancias de sus tiempos, como el servicio militar, la crisis o su matrimonio. Desde 1934 hasta 1939, trabajó como fotógrafo industrial para Renault de donde fue despedido por su impuntualidad. No le interesaba demasiado el mundo de las máquinas, ni las industrias, prefería la gente y sus pequeños gestos.

En 1939, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el fotógrafo se alistó en el ejército francés, donde colaboró con la Resistencia y pudo documentar varios momentos de la ocupación nazi y de la liberación de la capital francesa.

Se le conocía como una persona benévola, amable, llena de humor y de fantasía, cuya gentileza e indulgencia hacia los demás habría hecho olvidar la profundidad de sus reflexiones y su irreductible espíritu de independencia.

En 1949 firmó un contrato con la revista Vogue y durante ese tiempo entró en contacto con la alta sociedad parisina. Al mismo tiempo seguía frecuentando el París “secreto”, el de los callejones y los mercados, el de las fiestas en las orillas del Sena y el de la gente de los suburbios.

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© Atelier Robert Doisneau

Internacionalmente conocido por sus retratos de la vida en la calle, sus fotografías han llegado a ser íconos de la vida parisina. De hecho, ‘El beso del Hôtel de Ville’ (1950), publicada por primera vez en la revista Life, es posiblemente la imagen más reproducida en la Historia de la Fotografía.

Doisneau pertenece a la llamada Escuela Humanista, de la cual es uno de sus más afamados representantes. Exponente del realismo poético y fiel a su particular estilo, que tan magníficamente ha sobrevivido al paso de los años, desarrolló un claro modus operandi que se basaba en encontrar el escenario perfecto y estar atento a todo lo que ocurría a su alrededor.

El trabajo de Doisneau no puede comprenderse sin tener muy presente su empeño en mostrar la vida no como es, sino como a él le hubiera gustado que fuera: “Mi foto es la del mundo tal y como deseo que sea”. “Lo que estaba tratando de mostrar era un mundo en el que me hubiera sentido bien, donde la gente era amable, donde encontré la ternura que yo esperaba recibir. Mis fotos eran como una prueba de que este mundo podía existir”. Estas declaraciones junto a esta otra que ya hemos mencionado anteriormente: “Mi vida es telescópica. No había plan alguno, sino una improvisación día a día. No era nada inteligente” definen claramente su estilo y forma de trabajar, el cual no seguía ningún orden ni criterio, muy propio de la rebeldía que le caracterizaba y que le hizo rechazar las normas establecidas. Nunca se plegó a las modas gráficas y se desmarcó de todo aquello que veía como sistema.

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© Atelier Robert Doisneau

En un principio trabajaba solo por encargo. A veces imágenes industriales, otras publicitarias, portadas de revistas o de libros, trabajos a los que dotaba de un escrupuloso y permanente espíritu de inventiva. Su comportamiento artístico, de vocación más instintiva que intelectual, daba voluntariamente la espalda a toda sofisticación formal y dejaba intervenir el azar como actor de pleno derecho. También esto responde a su deseo de mostrar la vida según como a él hubiera gustado que fuese.

Fue este espíritu de inventiva lo que le llevó a rodearse de gente del mundo del espectáculo. Sus mejores amigos eran actores, músicos y escritores; solo se encontraba cómodo con quienes sabían “inventar sueños” y crear ilusiones. Era un etnólogo de su propio entorno. Produjo alrededor de 450.000 negativos y acumuló obsesivamente, a través de su cámara, miles de testimonios sobre su entorno más próximo, sobre su época y sus contemporáneos; pero, ante todo, pretendía que fueran falsos testimonios, en ocasiones casi rozando la burla. Nuevamente nos encontramos con esa insistencia intrínseca en él de ofrecer al mundo la realidad dulcificada según sus ideales.

En sus trabajos primaban las emociones antes que la composición formal. El fondo de sus imágenes era realmente lo esencial y ese fondo podía ser pura ficción. Pero según sus hijas, el verdadero campo de acción y estudio del fotógrafo fue su propia familia. La cámara era la prolongación su mano. A su familia se le olvidaba totalmente la presencia de la cámara porque siempre le acompañaba. “Aquella máquina era un miembro más de la familia”.

El timbre del teléfono, el silbido del obturador de la Rolleiflex, el olor a hiposulfito, el calor provocado por la esmaltadora… le acompañaban diariamente. Fotografiaba mañana, tarde y la noche. La vida transcurría al mismo tiempo que las imágenes invadían su taller. Un taller que durante años fue el cuarto de baño familiar.

Esta información ha sido elaborada gracias al extenso dossier elaborado por La Fundación Canal y que puedes descargar aquí.

 

  • ‘Robert Doisneau, La belleza de lo cotidiano’
  • Fecha: del 5 de octubre al 15 de enero.
  • Localización: Fundación Canal. Mateo Inurria,2 28036 MADRID/li>
  • Horario: Laborables y festivos 11.00 a 20.00 h
    Miércoles 11.00 a 15.00 h
  • Entrada: gratuita.