Mirada Zoom

La tradición de los “Panzudos Mercedarios”, una fiesta que se celebra cada año en Chiapas, sirve al fotógrafo mexicano Diego Moreno para enfrentarnos a nuestros monstruos, sociales y personales. Agencia Zoom nos acerca este interesante trabajo, que pudo verse esta primavera en el Foam Museum de Amsterdam. Un texto de Raúl Martínez.

El apasionante proyecto fotográfico del mexicano Diego Moreno tiene raíces a la vez personales y culturales. Su tía abuela sufría de esclerodermia, una enfermedad que le hizo adquirir un aspecto monstruoso que provocaba un gran rechazo social. Este aspecto y el mal olor causado por su incontinencia, otra consecuencia de la enfermedad, la condenaron al ostracismo incluso en su propia familia. Así, tuvo que pasarse toda la vida sintiendo que la miraban como a un monstruo, como la representación viva de lo que no queremos contemplar de cara: la enfermedad, el descalabro físico, la muerte que acecha.

Pero a Diego Moreno, entonces un niño, le unía un gran cariño con aquella señora que parecía incomodar a todo el mundo, pero que era capaz de transmitir una cantidad de amor casi infinita. Además, el sentimiento de marginalidad que sentía aquel chaval encontraba su reflejo en el de su tía abuela, acostumbrada a vivir constantemente en los márgenes de la vida.

Esta relación tan estrecha se rompió el día en que la pobre mujer sucumbió a su enfermedad, y lo hizo estando junto a Diego. Marcado para siempre por la muerte de un ser tan especial, Diego Moreno vio en el folclore de su Chiapas natal, concretamente en la celebración de los “Panzudos Mercedarios”, un cierto paralelismo con su querida tía abuela.

Los “panzudos mercedarios” anuncian cada 22 de septiembre la fiesta de la Virgen de la Merced bailando de forma ritual, en una nueva muestra de la fascinante y riquísima cultura en torno a la muerte que existe en México. Se calcula que a esta fiesta que se celebra en San Cristóbal (Chiapas) nada menos que desde 1537, desde la llegada de los primeros mercenarios, se incorporaron estos aterradores personajes hacia la década de 1920.

© Diego Moreno

Con un aspecto digno de la peor de las pesadillas, cada uno de estos panzudos representa un pecado y cuanto más repulsivo sea su aspecto, mayor será su fuerza para luchar contra ese pecado. Representan por tanto los pecados, pero también nuestra redención.

“Para mí se trata de monstruos hermosos. Hablan de nuestras culpas, pero también señalan algo inefable acerca de lo que significa ser humano”, asegura el autor. De ahí a hacer un paralelismo con la figura de su tía abuela no había más que un paso, que Diego Moreno no tardó en dar, al comprobar que el papel desempeñado por estos seres era similar al que tuvo que asumir aquel ser tan querido para él.

“Se produjo un cortocircuito en mi cabeza cuando me di cuenta de que ahí había una gran posibilidad para contar una historia. Empecé a construir estos personajes tratando de reconstruirla a ella y buscar la manera de fundirlos en el espacio doméstico. Busqué la manera de crear escenas cotidianas que, sin querer, se convirtieron en fotografías cargadas de simbolismo y de una profunda densidad psicológica.”

El resultado es fascinante, tanto por el asombroso aspecto de los panzudos como por su extraño encaje en las situaciones más cotidianas. Tenemos a menudo la impresión de que en realidad siempre han estado ahí y que Moreno no ha hecho más que revelarlos a nuestros ojos: “Para mí, los panzudos mercedarios han venido a representar a los habitantes de mi propio inconsciente y un pasaje hacia otro reino. No son personas reales, pero de alguna manera proporcionan un marco para entender la condición humana”.