La retrospectiva ‘Macula et materia’ de la fotógrafa estadounidense Sally Mann recoge sus series fotográficas más representativas en la sala Kutxa Fundazioa Artegunea y nos muestra una faceta de la autora desconocida para el gran público.
‘Macula et materia’ de Sally Mann se puede visitar en la sala Kutxa Fundazioa Artegunea, ubicada en el edificio Tabakalera de Donostia, San Sebastián, desde el 17 de julio hasta el 18 de octubre. La muestra, comisariada por Anne Morin, ofrece un recorrido exhaustivo por la extensa producción visual de esta influyente fotógrafa.
La exposición constituye una revisión minuciosa del trabajo de una creadora que se ha consolidado como una figura principal en el panorama de la fotografía contemporánea. Activa desde la década de los 70, su corpus de trabajo mantiene una coherencia conceptual y formal sumamente exigente. El territorio del sur de los Estados Unidos, lugar del que es originaria y en el que vive, funciona como el hilo conductor de una obra que no ha dejado de explorar las tensiones históricas y personales que habitan dicho espacio.
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El recorrido propuesto en las salas de Kutxa Fundazioa Artegunea reúne las principales series que estructuran su trayectoria, demostrando que sus preocupaciones temáticas no se encuentran compartimentadas, sino que dialogan constantemente entre sí. Cuestiones como la infancia, el concepto de familia, la memoria inscrita en el paisaje, la enfermedad, la descomposición biológica y la corporalidad se entrelazan a través del tiempo, revelando un cuestionamiento continuo sobre los procesos de transmisión y desaparición.
Desde sus primeros trabajos, se evidencia una inscripción en una tradición fotográfica que presta una atención primordial a la materialidad del medio. En su práctica, de carácter autodidacta en sus inicios, adoptó tempranamente el uso de la cámara de gran formato provista de fuelle.
Esta decisión técnica, lejos de ser un mero capricho estético, impone unas condiciones de lentitud, precisión y rigor que determinan de manera definitiva su relación con el tiempo, con el sujeto fotografiado y con el entorno. La densidad particular que adquieren sus imágenes es el resultado directo de este método de trabajo, que requiere una contemplación pausada y una interacción profunda con el instante que se desea fijar.

Infancia eterna
La muestra arranca temporalmente con la serie ‘At Twelve’, ejecutada entre los años 1983 y 1985. Este conjunto de imágenes representa uno de los primeros hitos en su carrera profesional. Realizadas en su región natal, las fotografías capturan retratos de niñas de aproximadamente 12 años de edad, inmersas en sus entornos cotidianos. La serie documenta el paso de la niñez a la adolescencia, abordando esta transición identitaria y biológica sin recurrir a ningún tipo de idealización romántica. Las imágenes muestran un estado de vulnerabilidad y transformación constante.
Para llevar a cabo este proyecto, la fotógrafa estableció un método de trabajo fundamentado en la colaboración directa con las jóvenes modelos, empleando una puesta en escena de carácter minimalista donde el espacio rural y el ámbito doméstico asumen un papel narrativo fundamental.
Posteriormente, el reconocimiento a escala internacional llegó con la publicación de la serie ‘Immediate Family’, desarrollada a lo largo de una década, desde 1984 hasta 1994.
En este extenso proyecto, la artista documentó la vida diaria de sus tres hijos, Emmett, Jessie y Virginia, en la propiedad rural que la familia posee en el estado de Virginia. Las capturas muestran a los niños en diversas situaciones: jugando en la naturaleza, exhibiendo pequeñas heridas, pensativos o totalmente absortos en sus dinámicas de descubrimiento.
En el momento de su publicación en formato libro en 1992, la obra generó un intenso debate público y mediático en los Estados Unidos. Diversos sectores de la crítica consideraron que las imágenes, que en ocasiones mostraban la desnudez infantil, suponían una transgresión de las convenciones sociales imperantes respecto a la representación gráfica de los menores.
No obstante, dejando a un lado la controversia generada, la crítica especializada ha señalado que ‘Immediate Family’ se inscribe profundamente en la tradición histórica del retrato familiar, al tiempo que cuestiona de manera incisiva las fronteras que separan la esfera privada del espacio público.
Las imágenes componen una reflexión visual acerca de la vulnerabilidad inherente al ser humano, el proceso de construcción de la identidad y la fragilidad de la memoria doméstica. Las fotografías no responden a la inmediatez de un reportaje familiar espontáneo; por el contrario, se encuentran meticulosamente compuestas. Los menores participaron activamente en estas puestas en escena, muchas de las cuales toman inspiración directa de referencias de la pintura clásica.
En este contexto, la infancia se presenta como un estado intermedio y ambiguo, situado entre la libertad absoluta y el surgimiento de la conciencia sobre la propia finitud. Los cuerpos infantiles son retratados en toda su potencia física, pero también subrayando su fragilidad inherente. Un aspecto formal clave en este trabajo es la supresión deliberada de elementos que anclen la imagen a un periodo temporal específico. La ropa, los accesorios modernos y cualquier otro indicio de la época contemporánea fueron excluidos de los encuadres, otorgando a las escenas una cualidad atemporal.
La herramienta fotográfica actúa aquí como un mecanismo de suspensión temporal, capturando un instante preciso pero proyectándolo hacia una duración mítica, convirtiendo el periodo de la infancia en un territorio puramente simbólico.
El paisaje como testigo
A partir del inicio de la década de los años 90, la mirada de la fotógrafa se desplazó progresivamente hacia el estudio del paisaje, manteniendo intactas sus inquietudes respecto a la persistencia de la historia. Los proyectos dedicados a los estados de Virginia, Georgia y Misisipi marcaron un giro estético y conceptual de gran calado.
En estas series, inmortalizó lugares profundamente marcados por los acontecimientos de la Guerra de Secesión estadounidense, que tuvo lugar entre 1861 y 1865, así como por los prolongados periodos de esclavitud y segregación racial que definieron la estructura social de la región. El propósito no radicaba en la producción de un documento histórico en el sentido estricto del fotoperiodismo tradicional, sino en la elaboración de una meditación visual enfocada en cómo el pasado sigue reverberando en la topografía del presente.

En las imágenes de los bosques, los campos de batalla históricos, los pantanos y las riberas de los ríos, la figura humana suele encontrarse ausente, pero el peso de la historia colectiva habita cada estrato geológico fotografiado.
Para capturar esta densidad histórica, recurrió al uso de procedimientos fotográficos del siglo XIX, destacando especialmente la técnica del colodión húmedo. Este método antiguo requiere la aplicación manual de una solución química inestable sobre una placa de vidrio minutos antes de la exposición.
El proceso artesanal propicia la aparición de imperfecciones físicas, veladuras impredecibles, rayajos y alteraciones tonales en el negativo. Lejos de desechar estas placas, la artista integró los accidentes químicos como parte fundamental del significado de su obra. Las alteraciones en la emulsión refuerzan la dimensión objetual de la imagen y establecen un vínculo directo con las primeras etapas de la historia del medio fotográfico. Las manchas y erosiones sugieren visualmente la degradación física del entorno y la extrema fragilidad de las huellas que la humanidad deja sobre la tierra.
La violencia del pasado no se representa de forma literal, sino que se evoca a través de la interpretación de la luz, el contraste extremo y las marcas dejadas por la química sobre el cristal.
Los rostros
Esta intensa indagación en torno a los efectos del tiempo sobre la materia encontró una nueva vía de expresión en trabajos posteriores que retornaron al retrato humano. En el año 2004, inició la serie ‘Faces’, un conjunto compuesto por retratos íntimos de sus hijos, quienes para entonces ya habían alcanzado la etapa de la edad adulta.
Los rostros fueron capturados mediante encuadres muy cerrados, habitualmente bañados por una iluminación de gran suavidad. Los prolongados tiempos de exposición necesarios para el gran formato generaron una inmovilidad solemne en los sujetos, produciendo en ciertos casos un oscurecimiento u opacidad en la mirada. Estas obras se distancian formalmente de la dinámica narrativa presente en sus trabajos anteriores, adentrándose en una contemplación más directa de la permanencia de la identidad frente a la inevitable transformación física.
La disposición frontal de los modelos evoca tradiciones visuales vinculadas al retrato funerario clásico, donde la fotografía opera simultáneamente como registro del presente y anuncio de la futura desaparición. El rostro se registra con una precisión que roza lo escultórico, pero sufre la alteración causada por el propio proceso técnico, acentuando la vulnerabilidad del ser humano.

La indagación sobre la fragilidad biológica alcanzó su cota más profunda en la serie ‘Proud Flesh’, desarrollada entre los años 2006 y 2015. En este trabajo, el objetivo de la cámara se centró en su marido, Larry Mann, quien fue diagnosticado con una enfermedad de carácter muscular degenerativo y de pronóstico incurable. Las imágenes documentan de manera sistemática los efectos de la afección sobre su anatomía: la progresiva atrofia de los músculos, la pérdida paulatina de movilidad y la creciente dependencia física. El acercamiento esquiva el frío registro documental clínico para centrarse en una atención casi escultórica hacia los volúmenes corporales. La iluminación modela los pliegues de la piel, los huesos y la tensión de los tendones.
La enfermedad y el deterioro no son sometidos a un proceso de estetización complaciente, sino que se integran en un crudo discurso sobre la dignidad humana y la inquebrantable persistencia del vínculo conyugal frente a la devastación del tiempo. El cuerpo humano se equipara visualmente a los paisajes marcados por la erosión, convirtiéndose en un lugar donde el tiempo inscribe implacablemente su avance.
Color ausente
El color, tradicionalmente ausente en la mayor parte de su trayectoria, hace su aparición en las series más recientes, aunque lo hace bajo unas condiciones sumamente particulares. En los paisajes documentados en el proyecto ‘Delta’, fechado en 2016, la artista documentó espacios interiores del profundo sur estadounidense. Estas fotografías, tomadas en estancias decadentes, muestran plantas marchitas, espejos oxidados y elementos arquitectónicos desgastados que captan la luz de manera mortecina.
La exploración del color alcanza un punto de inflexión radical en el proyecto ‘Goshen’, previsto para 2025, donde el cromatismo es empujado hasta sus propios límites, acercándose al agotamiento absoluto. En estas imágenes, el color apenas sobrevive como una idea residual, asemejándose a una huella retiniana que se desvanece de manera lenta y silenciosa. La densidad visual de estas composiciones remite a los primeros autocromos de la historia y entabla un diálogo con el tratamiento atmosférico de pintores como William Turner y su obra ‘Pictures of Nothing’. La representación figurativa comienza a deslizarse de forma gradual hacia la abstracción pura, disolviéndose en tonos casi monocromáticos que evocan la sutileza pictórica de Robert Ryman. Se trata de un ejercicio donde la fotógrafa busca deliberadamente alcanzar el grado cero del color, documentando espacios que parecen vaciarse irremediablemente de las vidas que antaño los habitaron.
En paralelo, la exploración de la materialidad continuó con la serie ‘Platinum Stones’ en el año 2022, donde se sumergió de lleno en la abstracción matérica de los elementos naturales a través del uso de la copia en platino y paladio. Este complejo proceso de impresión manual permite obtener una gama tonal de grises y negros de una riqueza y durabilidad inigualables.
A través del registro de texturas minerales, rocas rígidas y formaciones geológicas inertes, la obra abandona la representación de lo humano para reflexionar sobre la escala del tiempo geológico, la permanencia de la materia inanimada y la quietud que sobreviene tras la extinción de la vida biológica, citando conceptualmente versos sobre la inmutabilidad de la naturaleza como los plasmados por William Wordsworth en su texto ‘Mutability’, perteneciente a la obra ‘Ecclesiastical Sketches’.
La propuesta expositiva revela cómo la indagación fotográfica de esta autora transciende la voluntad representativa para consolidarse como un ejercicio de pensamiento basado en la materia. Las alteraciones, los derrames de químicos y los accidentes controlados que salpican sus negativos en blanco y negro conforman un lenguaje propio donde la erosión del soporte es un reflejo de la erosión del mundo físico.
La dualidad constante entre la extrema belleza natural del entorno y la latencia de la violencia histórica subyace en cada sala de la exposición, recordando a los visitantes que todo documento visual es también el testimonio de una inevitable desaparición.

Sally Mann
Sally Mann (Lexington, Virginia, 1951). Considerada una de las figuras más relevantes de la fotografía estadounidense contemporánea, inició su actividad en la década de los años 70, desarrollando una formación de carácter autodidacta y un uso temprano de las cámaras de gran formato.
A lo largo de su trayectoria, su obra ha sido reconocida con galardones y becas otorgadas por instituciones como el National Endowment for the Arts, el National Endowment for the Humanities y la Fundación Guggenheim, y su trabajo forma hoy parte de las colecciones de grandes entidades internacionales. Su extensa producción bibliográfica incluye publicaciones como ‘At Twelve’ en 1988, ‘Immediate Family’ en 1992, ‘Still Time’ en 1994, ‘What Remains’ en 2003, ‘Deep South’ en 2005, ‘Proud Flesh’ en 2009, ‘The Flesh and the Spirit’ en 2010, ‘Remembered Light’ en 2016 y ‘A Thousand Crossings’ en 2018. Asimismo, en el año 2025 publicó el libro superventas ‘Art Work: On the Creative Life’. Su incursión en el ámbito literario con las memorias ‘Hold Still’, editadas por Little Brown & Company en 2015, la llevó a ser finalista del National Book Award y a obtener la Medalla Andrew Carnegie a la Excelencia en No Ficción.
El impacto mediático e institucional de su trabajo se evidenció en el año 2001, cuando la revista ‘Time’ la nombró la mejor fotógrafa de Estados Unidos. En el terreno audiovisual, el documental del año 1994 sobre su obra, ‘Blood Ties’, recibió una nominación al Premio de la Academia, mientras que el largometraje ‘What Remains’, del año 2006, fue nominado a un Premio Emmy en 2008. Entre sus reconocimientos recientes se encuentran el Prix Pictet, el premio internacional de fotografía y sostenibilidad, obtenido en 2021 por su serie ‘Blackwater’ desarrollada entre 2008 y 2012, así como su incorporación en el año 2022 a la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.
En el circuito expositivo, destaca la exhaustiva muestra ‘Sally Mann: A Thousand Crossings’, inaugurada en marzo de 2018 en la National Gallery of Art de Washington, D. C., que se mantuvo en itinerancia hasta el año 2020 obteniendo una asistencia récord. En la actualidad, Sally Mann se encuentra representada por la galería Gagosian de Nueva York.
Taller de Nagore Legarreta
Dentro de las actividades formativas, destaca especialmente la organización de un taller práctico dirigido a familias, concebido bajo el título ‘Erretratuak esperimentatzen: argia eta zianotipia’. Esta actividad estará conducida por la fotógrafa Nagore Legarreta y tendrá lugar el sábado 10 de octubre de 2026, en horario de mañana, desde las 11:30 hasta las 13:30 horas en las propias instalaciones del centro de arte.
La dinámica del taller de Nagore Legarreta propone a los asistentes la realización de retratos faciales tomando como referencia estética y conceptual las fotografías expuestas en las salas. Posteriormente, el material generado servirá como base para trabajar de manera libre y experimental utilizando la técnica fotográfica histórica de la cianotipia, un procedimiento de impresión monocromática que emplea sales de hierro y produce imágenes características en tonos azul de Prusia al ser expuestas a la luz ultravioleta. Esta propuesta educativa está dirigida a menores con edades comprendidas entre los 6 y los 12 años, quienes deberán acudir acompañados por una persona adulta. El taller se impartirá íntegramente en lengua vasca y requiere de inscripción previa online, teniendo un coste de 5 euros para cada menor participante, mientras que el acceso para los adultos acompañantes será de carácter gratuito.
Además del enfoque práctico aportado por el taller de Nagore Legarreta, la divulgación audiovisual también forma parte de las actividades complementarias. El mismo sábado 10 de octubre, a las 19:00 horas, la sala de cine situada en la primera planta del edificio Tabakalera albergará la proyección de la película documental ‘What Remains’. Esta cinta, estrenada en el año 2005 bajo la dirección del cineasta Steven Cantor, documenta de manera exhaustiva la cotidianidad y el minucioso proceso creativo de la artista en su entorno rural de Virginia. El metraje permite a los espectadores adentrarse en su particular visión sobre la mortalidad, la preservación de la memoria y los límites éticos y formales de la práctica fotográfica contemporánea. Tras la finalización de la proyección, el público asistente podrá participar en un coloquio y charla abierta que contará con la presencia de la comisaria de la muestra, Anne Morin, brindando una oportunidad inmejorable para analizar los entresijos del diseño expositivo y las anécdotas que rodearon la selección de las obras.
