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Las previsiones habían acertado: aquel día amaneció nublado y, con algo de suerte, el viento abriría camino a algunos claros avanzada la tarde. Estábamos en Sapa, un pueblo rodeado de montañas situado al norte de Hanói, que ya era famoso por entonces.

Con aquel tiempo resultaba más tedioso manejar la cámara manual con la que había decidido afrontar aquel viaje, que ya terminaba. Para la mayoría de las tomas solo hacía falta un poco de paciencia, pero aquel día necesitaría un manejo más preciso, rápido y fluido. Especialmente para la foto que no pude hacer: un retrato.

Despachamos la distancia desde Hanói durmiendo en el tren nocturno, en un trayecto de ocho horas, tal y como suelen hacer tanto locales como turistas. Una vez allí, notamos el frío enseguida y corrimos al hotel esquivando a guías y puestos callejeros. Nos cambiamos de ropa para afrontar el clima implacable. Dimos una vuelta por un casco histórico que parecía un parque de atracciones y picamos algo delicioso mientras diseñábamos un par de rutas, entre las que escogeríamos según el tiempo que hiciera al despertar.

A primera hora de la mañana apretaba el frío, aunque nos aseguraron que no llovería. «Incluso puede que salga el sol», comentó una sonrisa a la que ninguno correspondimos.

Íbamos bien pertrechados; un viento ligero hacía bajar la sensación térmica unos cuantos grados. Aun así, me resistía a llevar guantes para hacer fotos: aquella robusta cámara manual era muy exigente si andabas con cierta prisa. Decidí usar un carrete de color por las vestimentas de los lugareños, con un ISO alto debido a esas nubes que, posiblemente, acompañarían nuestra jornada.

Habíamos leído sobre la zona, sus habitantes y costumbres, pero, desconociendo sus caminos, lo mejor era formar parte de un pequeño grupo de turistas siguiendo a un guía local. Una vez realizada la primera ascensión, nos recibió una bella niebla que me obligó a realizar un par de tomas. Éramos cinco personas siguiendo el feroz paso impuesto por el guía vietnamita, quien se aseguraba con rápidos vistazos de que todos manteníamos su ritmo.c

© Sergio de Luz

Propuso hacer un descanso en una pequeña acumulación de casas; algunas de ellas tenían pequeñas tiendas de artesanía regentadas por duros regateadores. Me olvidé de los puestos y, unos metros más adelante, encontré a unas personas sonrientes. Les mostré mi cámara y, con gestos improvisados, les pedí permiso para sacar algunas fotos. Las sonrisas se amplificaron y fueron acompañadas de gestos amables y generosos.

Respondí agradecido con la máxima sonrisa que permitían los pliegues de mi cara e incliné la cabeza instintivamente, tratando de mostrar respeto.

Saludé a unos niños en inglés y alguno me respondió en el mismo idioma, pero mejor pronunciado. Me dispuse a buscar la exposición correcta; no era fácil por aquellas nubes frondosas que ya nos habían anunciado por la mañana.

Los niños estaban agitados. Una vez apoyé la rodilla en el suelo, los pude ver a su altura acercándose a mí, como disputando una carrera. Solo querían ver mi cámara y me devolvieron ceños fruncidos, ya que no tenía pantalla donde pudieran verse retratados (era el año 2007). Se fueron dispersando lentamente, decepcionados, al mismo tiempo que el cielo se abría ligeramente.

Volví a medir la luz correcta y, con el ojo en el visor, me sorprendieron dos grandes ojos que me miraban fijamente: era una niña de unos siete años. Me dispuse a enfocar para realizar el disparo, pero el carrete necesitaba avance. Tardé dos segundos en darme cuenta y usar el pulgar para poder disparar de nuevo. La mirada ya no estaba. Localicé a la niña tras una silla y la seguí con el ojo en el visor; me mantuve así unos largos segundos esperando a que superara su vergüenza. Pero no ocurrió.

Decidí bajar la cámara para mostrarle mi rostro, y también buscar a sus padres, imposibles de localizar. La miré pausadamente y ella respondió retirando la mirada. No quise insistir e hice un breve reconocimiento visual desde allí abajo, todavía con la rodilla dolorida en el mismo sitio. Nada. Al no ver ninguna foto para mí, me dispuse a levantarme cuando apareció la niña de nuevo, esta vez mucho más cerca y con una gran sonrisa. «¿Estará posando?», me pregunté.

Aquella sonrisa tan limpia hizo brillar el sol de repente, como si a su llegada hubieran huido las nubes. El intenso sol me obligó a modificar nuevamente los parámetros de la cámara, y también a encontrar su foco. Estaba muy cerca, perfecta para un retrato. Fueron gestos mecánicos que realicé con el ojo todavía en el visor, comprobando la exposición y también la posición de la niña.C

© Sergio de luz

Una vez enfocada de nuevo y con la exposición correcta, su mirada ya estaba en el suelo con un ligero gesto de decepción.

Permanecí en aquella posición, decidido a hacer un disparo sin tener en cuenta nada más que la presencia de la niña. No tocaría los parámetros y trataría de mantenerla en foco. Esperé. Pasaron un par de minutos; tampoco era tanto tiempo, ya que la había mantenido en cuadro varias veces, aunque sin éxito. Apareció de repente, ya a lo lejos, con un niño más pequeño echado a la espalda, marchando colina arriba.