Salí de aquella casa con muchas ganas de olvidar que acababa de perder el móvil, era el segundo día de mi viaje. Para mi sorpresa, reaccioné bastante calmado y resignado (gracias, Laura, siempre).
Mi primo Andrés me acogería los siguientes días después de asistir a un concierto memorable en Ámsterdam.
Me propuso salir a conocer Kampen, una pequeña localidad al noroeste de Ámsterdam, donde vivía. Le pedí que me liara un legalizado, por la tontería de olvidar las penas. Solo fumaría yo, aunque no lo supe hasta más tarde.
Dejamos atrás el callejón de acceso a la vivienda unifamiliar y rápidamente llegamos a un frondoso bosque en el que tuve problemas para encender mi cigarrillo. Sentí frío en la primera calada, eché de menos una sudadera… Peor aún, la cámara. Choqué la mano con mi frente, rematé aquel sonido con un chasquido de mi lengua. Meneé la cabeza para enfatizar mi histriónico descontento. Torcí aún más la mueca cuando creí que tocaba pasar el cigarro; lo rechazó con un gesto tajante de su mano: “No quiero, te lo fumarás tú”.

No podía creer que me hubiera dejado la cámara y salir a pasear sin una de respaldo, el móvil siempre lo había sido. Traté de no hacer un drama de aquello y de convencerme de que no pasaba nada por no hacer fotos un día, además la luz estaba bajando. El problema es que sí las “hice”… No recuerdo el número.
Con el cigarro en pausa, dejamos atrás la fresca vegetación para acercarnos poco a poco al centro de la localidad. Mi primo me iba contando cosas o apuntando hacia lugares de interés, me enseñó las placas pavimentadas frente a las casas donde vivieron personas arrastradas a campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial.
De la nada surgió un canal, la luz caía sobre el agua calmada convirtiéndola en un espejo gracias al contraste con los edificios de la ribera. Me sorprendí encuadrando con la mano que sostenía el cigarro. Volví a encenderlo al verlo y una amplia sonrisa sentenció: es una pequeña Ámsterdam. Tres risitas acompasadas me negaron el debate, “¡Claro, claro!”, respondió Andrés pausado.
Más adelante volví a encuadrar las sombras sobre una fachada desigual, seguimos andando en plena hora dorada. Ya no estaba preocupado por la cámara, estaba disfrutando de unas vistas privilegiadas. Seguía encuadrando casi con la misma calma con la que hago las fotos, incluso apoyando la rodilla en el suelo. Andrés me esperaba paciente con aquella risilla con la que se dirigía a mí.
Pasamos por un callejón, su índice me invitó a mirar hacia arriba. Se trataba de unos rudimentarios contrafuertes de madera, que apuntalaban dos casas en peligroso ángulo. “Hay otros más antiguos de ladrillo”. Le pedí ir a verlos como un niño en el parque de atracciones. Unos metros después, giré la cabeza para ver aquellas maderas a contraluz en un armonioso enjambre de vigas a las que también dirigí mi mano con una ele bien formada entre el pulgar y el índice.
Seguí repitiendo este gesto con la sonrisa instalada hacía ya un buen rato, en frenético paseo donde veía muchísimas fotos y se las trataba de explicar, además. Paseamos por calles estrechas, como en un ratonero, tan solo interrumpidas por los canales que aparecían de repente. Era un lugar fantástico.
Pensé que me acordaría de cada sitio, de cada encuadre, pero no fue así. Iniciamos el regreso más apresurados, huyendo del frío que aumentaba por momentos. No era un pueblo, tampoco una ciudad, una localidad de cuyas calles había quedado enamorado.
Días después volví con la cámara, con ganas. A una hora parecida, aunque sin fumar. La localidad parecía otra, no conseguía encontrar las fotografías que tenía almacenadas en la cabeza, de las que tanto había disfrutado. Por eso es tan importante llevar una lente siempre encima, esto que tanto repito desde hace años.

