Terminábamos la cena que puso el broche a un gran día de trabajo, una jornada frenética y agotadora.
Antes de que llegasen los postres, un compañero que residía en aquella ciudad me propuso quedarme en lugar de regresar a Madrid con los demás. No tuve dudas, ni siquiera cuando pensé en que mis lentes de contacto deberían dejar mis ojos en algún momento de la noche. Pero su propuesta era tan clara como tentadora: salir por Barcelona.
Quince minutos después, el personaje principal de esta historia, Alejandro, se sentó con un acrobático movimiento junto a nosotros, con sus pupilas claramente dilatadas. A su parco atuendo le acompañaban dos cascos de moto, uno de los cuales sería para mí… Pero yo todavía no lo sabía.
Después comenzaron unos minutos de llamadas aceleradas: lugares, personas, horarios, cantidades. Apuré mi cerveza al escuchar el imperativo «vámonos» de uno de ellos. De camino hacia la calle, pregunté dónde íbamos. «Vamos un rato al casino y luego ya nos vamos por ahí«. Nunca olvidaré esas palabras.
En el casino, las sonrisas se multiplicaron, pues el grupo se fue ampliando y todos parecían agradables. Alejandro se movía como pez en el agua por aquellas latitudes. Caminaba con rumbo fijo; de vez en cuando nos tranquilizaba con una cimentada sonrisa que no convencía a todos los que lo seguíamos. En uno de esos giros, balbuceó: «Esa mesa me dio suerte ayer«. Esas palabras produjeron en mí cierta desconfianza. (Primera bandera roja).
Llegamos a la mesa. Recuerdo la armonía en los movimientos de Alejandro. Saludó a la crupier con la cabeza y una sonrisa amigable, se sentó acodándose en la mesa de blackjack. Algunos de los otros también tomaron asiento, mientras yo permanecía de pie con las manos en los bolsillos, acariciando un par de billetes de veinte asignados para ese rato en el casino (ni un euro más, me obligué a repetir). Todavía en pie, cambié a un prudente cruce de brazos mientras contemplaba el nutrido fajo de billetes que Alejandro esperaba cambiar.
El plan inicial —«pasaremos por el casino a tomarnos unas cañas, solo será un rato»— se desvanecía por la intensidad del juego de nuestro personaje. Parecía todo un experto jugador de blackjack, y en aquellos momentos empecé a dudar si eso era bueno o malo. Las dudas se despejaron cuando saludó a una camarera que acercó sus mejillas para completar el gesto. «Estos están conmigo, tráeles lo que pidan«. A la voz de «para mí, un tercio«, saqué sin pensar uno de los billetes y tomé el asiento de uno que se retiraba, cabizbajo. La crupier me cambió el billete con una sonrisa impoluta. Pensaba que desaparecería en menos de diez minutos, pero no fue así.
Sabiéndome inexperto, decidí apostar a las jugadas de Alejandro. La crupier estaba atenta a su juego, que, poco a poco, fue perdiendo mordiente. Pronto se esfumó mi dinero, y al volver la vista para reír mi estupidez, me di cuenta de que el grupo había desaparecido. Solo quedábamos Alejandro, mi compañero de trabajo y yo.
A los cinco minutos de comprender que los planes habían cambiado, el jugador seguía cambiando billetes como si estuviese jugando al Monopoly. A unos metros de distancia, vi a mi compañero hablando por teléfono con una sonrisa de satisfacción. Se acercó e informó de que nos tenía que abandonar por un par de horas: «Me está esperando una amiga«, sentenció.
Allí estaba yo, solo con aquel personaje que había conocido unas horas antes. Parecía simpático, sí, pero estaba perdiendo hasta la camisa y no parecía tener intención de abandonar. Vi la espalda de mi compañero alejándose mientras otra cerveza fría llegaba a mis manos. «Brindemos«, dijo el personaje sin mover su culo del asiento. Resignado a emborracharme, viendo cómo el personaje y su juego se arrugaban. La siguiente hora disfruté de más cervezas, siempre acompañadas por la sonrisa de la misma camarera. En plena alegría, Alejandro se acercó a mí, siniestro: «Tienes que hacerme un favor«. Un jugador sin un duro pidiéndome que le hiciese un favor. (Segunda bandera roja).
«Siéntate en mi banqueta y simplemente di ‘PASO’ en todas las jugadas hasta que yo regrese«. Con gran alivio ocupé su lugar mientras se dirigía como un yonki a por su dosis. No es difícil conseguir dinero en un casino.
Pronto regresó con una sonrisa juvenil y billetes bien rectos que fueron directos a la crupier, quien esta vez negaba ligeramente con la cabeza. Ella no era ninguna adivina, pero conocía bien su trabajo. Alejandro siguió perdiendo hasta la última ficha, mientras yo seguía bebiendo y sonriendo.
«Tienes que hacerme otro favor, sé que apenas nos conocemos, pero…«. (Tercera bandera roja, debí retirarme). Un ludópata desconocido me estaba pidiendo dinero. Una extraña sensación de camaradería se apoderó de la mano que se apoderó de mi cartera; con gesto rápido me indicó dónde estaba el cajero más cercano. «Aunque lo pierda, te lo devolveré, ya lo sabes«. Yo no sabía nada, solo que estaba a punto de cometer una estupidez. «Tengo dinero en mi casa, te lo aseguro«. ¿Quién dijo que yo quería ir a su casa?
Regresé con 300 euros en la mano y un estúpido semblante en mi cara. Me lo agradeció con una sonrisa inmensa y un medio abrazo que no me tranquilizó en absoluto. Yo solo quería otra cerveza.
No comenzaron bien aquellos 300 en la primera jugada.
«¿Le has dado dinero?«, preguntó una voz radiofónica tras de mí. «No le tenías que haber dado nada, lo perderá«, sentenció la voz cuando el reloj marcaba las tres y media de la madrugada. La noche que me prometieron distaba mucho de aquello que estaba viviendo.
«Soy el padre de Alejandro, encantado de conocerte«. Apreté la mano tendida y alcé la mirada hacia un rostro serio aunque agradable; una sonrisa torcida intentó tranquilizarme. No lo consiguió.
Después de recriminar a su hijo aquel comportamiento, desapareció unos minutos y volvió con la sonrisa cambiada. A continuación, se sentó en el último asiento de la mesa al tiempo que llegaba la hora de cambiar de crupier. Sospeché que todos allí parecían conocer a ese hombre y, sobre todo, sus intenciones.
Lo que sucedió a continuación fue una de las experiencias más increíbles que he vivido nunca. Con la ayuda de su padre, llegó la suerte. Apostando siempre al mínimo permitido por la mesa, y pidiendo cartas que no necesitaba, la suerte de Alejandro comenzó a cambiar. El entusiasmo se apoderó de él, y empezó a apostar de tres en tres, apoderándose del puesto de un par de banquetas vacías. La suerte hacía ganar cada ronda a Alejandro, regalándole blackjacks cuando nuestro personaje decidía desafiarla, doblando jugadas cada vez que tenía oportunidad… «¡Blackjack!«.
También la suerte congregó en aquella mesa a un ejército de incrédulos curiosos que deseaban ser testigos de aquel milagro. Yo permanecía con la enésima cerveza en la mano y una amplia sonrisa, queriendo gritar «es mi colega el que gana«. Reprimí la emoción e intenté imaginar lo que pasaba por la cabeza de nuestro personaje. «¡Blackjack!«. De nuevo ganaba lo máximo; cada ronda saqueaba al casino, cada ronda se hacía con mil quinientos euros, y yo no podía creer lo que veía. «Otra cerveza«, balbuceaba con emoción. «¡Blackjack!«, se escuchaba a coro. De nuevo volvía a ganar, seguía apostando tres jugadas en cada ronda, arriesgando cientos de euros. Nada de riesgo: la suerte se había sentado en la última butaca de la mesa y seguía con la misma estrategia.
Yo permanecía en pie, próximo al hombre con más suerte de toda Barcelona aquella noche. En poco más de media hora, la alianza padre-hijo hizo que Alejandro no pudiera sujetar las dos bandejas de fichas que le entregaron al cerrar la mesa.
Veinticuatro mil euros en fichas, que apenas podía sostener con los brazos. «Qué gran foto«, pensé durante unos segundos.
Las rigurosas normas del casino prohibían cualquier tipo de grabaciones o fotografías, aunque esa seguirá muy viva en mi recuerdo.
P.S. Un rato más tarde, un billete de 500 llegó a mí tras una sonrisa alocada. Seguimos con la noche…
