En estos 10 años han pasado decenas de personas por estas páginas, pero pocos textos tan libres, emocionantes e inspiradores como las afinidades [s]electivas de marie. Sabe tanto de fotografía, del oficio, sin imposturas… Una de las firmas con las que más orgullo lucimos.
Primero fue la sombra, la huella de la mano, el contorno de la presa… Un hombre le enseñó a otro las primeras formas, y las nombró con unos sonidos, y esos sonidos fueron para siempre los nombres de esas formas.
Poco a poco, el hombre observó los detalles de la forma, y a cada uno le dio un nombre.
Desde entonces el verbo acompañó a la imagen, y la imagen acompañó al verbo. Siempre, desde las cavernas hasta la IA, siempre fue así. La historia de los descubrimientos es esa, girando eternamente en la misma rueda y agrandándola, volviendo siempre al origen.
El verbo denominó lo visto, el lenguaje dicta ahora la imagen imaginable. Yo escribo y la IA crea según mi dictado.
Nunca la fotografía, que tanto amó la literatura, se encontró tan cerca de ella. Pero una imagen creada por inteligencia artificial no es una fotografía; es, en cierta forma, ajena a nosotros. Habrá que adquirir mucha maestría en el lenguaje para que lo creado se ajuste exactamente a lo que nace en la mente y lo sepamos transmitir. Conozco imágenes perfectas y seductoras pero no sé en cuánta medida responden a lo que realmente imaginaron sus creadores cuando comunicaron su mensaje. Tampoco sé hasta qué punto les convenció la interpretación gráfica de ese mensaje.
Pienso en esto cuando no tengo nada en qué pensar…
Ahora mi mente deriva hacia otro tema.
Poseo fotos de familia, antiguas ya, inmutables y maravillosas porque se alían con el recuerdo, con lo nunca olvidado. Cada una de esas fotografías ha eternizado un instante fugaz e irrepetible: es lo que más amo en ellas —una sonrisa llena de candor, el movimiento de un cuerpo parado en estado de gracia, la sombra misteriosa que pasa en un nanosegundo, la majestuosidad de una nube que el aire deshace justo después…
Con la IA, podemos darles movimiento a esas fotografías, a esos momentos privilegiados que, como la nube de antes, rápidamente se van a deshacer, diluir, desaparecer. Algunos de estos experimentos son seductores, graciosos y hasta emocionantes —¿Quién no se derrite al ver cómo sus padres de repente reviven?—. Pero… ¿no es esto una profanación de la fotografía? ¿No es desfigurar un instante único y sagrado? ¿No es diluirlo en el magma de lo común?
Y ahora esto: un clavo ardiendo es un clavo que arde, ¿verdad? Pero es exactamente como una fotografía: no se consume. Y lleva ya diez años.
¡Felicidades, Clavo!
