Las afinidades [s]electivas

Sí, lenteur es la lentitud: pero si lentitud suena como un ritmo de pasos marcados, el sonido de lenteur sugiere una continuidad entre ellos, sin cesura posible; por eso intento hacer aquí un elogio de esta lenteur, pensando en la elaboración de un pensamiento reposado, a contra corriente de las precipitaciones de nuestra época.

Ahora que nos acaba de dejar Bill Viola, cuando sentimos de pronto la imposibilidad de su ausencia, de nuestra orfandad, es momento para la pausa, el sentar la mente en el hueco de calidez que nos deja su recuerdo e intentar hacer nuestro un gran legado. En gran parte de su obra parece que Viola hubiera ralentizado la vida para ampliarla y sentirla más hondamente, porque la verdad tal vez se encuentre en los intersticios. 

Muchos recordamos ahora la belleza de sus videos: los gestos sublimados en la extrema pero fluida descomposición del movimiento, la expresión y el sentimiento evolutivos en las caras, en los cuerpos, casi inmóviles; la caída del agua y el ardor del fuego, abajo y arriba, infinitamente contenidos, retenidos; un hombre que parece parado pero sí avanza, venciendo a la fuerza su detenimiento, otro que desaparece, de forma imperceptible, suspendida su fantasmagórica imagen por encima de un aljibe de agua verde; un Cristo emergiendo del agua y los brazos de dos mujeres acogiendo, con extrema devoción, el divino y tan humano cuerpo: una infinidad de segundos antes de dejarlo tendido en el suelo mientras el agua invade la escena en calmada impetuosidad, como un sudario de pureza…

La lentitud hace que el presente sea menos fugaz, que no se transforme inmediatamente en desperdicio, la lentitud nos incita a una reflexión que desdeña momentáneamente el futuro. “El presente puro –dice Claudio Magris en ‘Danubio’– no existe en el tiempo, que lo aniquila a cada instante; existe fuera del tiempo y por tanto de la vida, en la rarefacción del recuerdo o de la escritura”. Y hubiese podido añadir también de la fotografía.

Ravens, Erimo Cape, 1976 © Masahisa Fukase Archives

En este verano de PhotoEspaña, vuelvo a ver las fotos de Fukase: el alma paciente de Masahisa Fukase esperando que se pose, o que emprenda el vuelo, un pájaro;  esperando que caigan otra vez los blandos copos de la nieve; forzando el casi detenimiento del cuervo o de la lluvia blanca, llevando su doliente melancolía a los árboles parados en el aire, a las huellas impresas en el suelo o al pelo de una mujer peinando el viento.

Cuánta fuerza tiene la fotografía cuando, por un disparo rapidísimo, consigue congelar  el tiempo y hacernos estar en el instante, ese instante que sin ella no somos capaces de ver: percibir esas ‘duraciones visuales’, ese ‘silencio lleno de vibraciones’, de los que habla Alejandro León a propósito del trabajo de Barbara Brändli buscando las arabescas interminables, por nunca terminadas, en el vasto espacio de los estudios de danza.

© Barbara Brändli / Colección C&FE

Otros momentos, los de Erwin Olaf, también y tan bien elaborados con la extrema paciencia de los perfeccionistas, de los que saben exactamente lo que quieren significar al mundo. O, sin duda, lo que se quieren significar a si mismos. Trabajar horas para reflejar la actitud peculiar de un ser humano en una situación igualmente peculiar: recordada, o imaginada, instante a instante creada en la mente del artista. Habría que impregnar de una perseguida lenteur todos los días de nuestra vida, aprender a ralentizar el tempo de la exacerbada música cotidiana. Habría que sosegar, domar el deseo. Explorar el mecanismo de una existencia inmensamente rica en fragmentos y saber que el less is more de Mies Van der Rohe, en estos tiempos agitados y veloces, nunca ha sido tan necesario para una edificación digna de lo humano.

American Dream, Self-Portrait with Alex 1, de la serie Palm Springs,2018 ©  Erwin Olaf, courtesy Studio Erwin Olaf / Galerie Ron Mandos – Amsterdam, The Netherlands