Las afinidades [s]electivas

Cuando Sebastião Salgado enseñó por primera vez, en 1986, imágenes de los garimpeiros, racimos de hombres sucios aferrados a las paredes verticales de una mina de oro en Serra Pelada, el espectador que somos todos enmudeció ante la representación de tan dramática belleza. Como en sus anteriores fotos realizadas en el Sahel, cuando nos sorprendió la extraordinaria elegancia de esas mujeres retratadas en sus durísimas tareas cotidianas, como si fuesen encarnadas divinidades de la moda. Contemplamos, admiramos, y nos rendimos ante el savoir-faire de un gran fotógrafo.

Pero algo empezó a gritarnos por dentro cuando recordamos las palabras antiguas: Nulla aesthetica sine ethica. Nos sentimos incómodos y nos invadió un cierto remordimiento, tal vez hasta vergüenza por haber celebrado antes que compadecer. Nos acordamos de Susan Sontag preguntándose acerca de “la inautenticidad de lo bello” en la obra de Salgado, pensando justamente en ‘El dolor de los otros’.                  

Aunque todo pasa, todo se va pasando; con el tiempo se instala la costumbre, el déjà vu y su lastre de conformidad con el horror más duro. No podemos negar la indiferencia que va ganando terreno en nuestros corazones demasiado curtidos a la tremenda desazón del mundo. Gaza supera a Ucrania y ambas, por ser más próximas a nosotros, entierran las otras atrocidades cometidas en este planeta, llegando a un cierto punto de saturación en nuestra mente y en nuestra mirada.

Ahora, con la increíble ayuda de la Inteligencia Artificial, podemos construir el mundo a nuestro antojo, o al menos su representación, y obtener imágenes perfectas a partir de lo que construye nuestra imaginación: edificaciones de gran poder precisamente por la minuciosidad con la que trabaja la IA bien ‘educada’; y si ella no es, aún, capaz de emocionarse, sí lo puede hacer el que la manipula y también el que contempla sus resultados. Esto me pasa con la serie de imágenes que está realizando Lourdes Carcedo de Sebastián en la actualidad. Ella es fotógrafa, e insiste en que lo que está haciendo con esta serie no es fotografía sino una especie de collage digital perfeccionado. Llevado a sus últimas consecuencias, sin duda diría yo, viendo la precisión y la limpieza de esta imaginería nueva y obediente a nuestros deseos. 

En este trabajo donde la casa es concebida como un refugio, una referencia frente al caos, un símbolo del arraigo y de la familia, aparecen lugares de desastres: inundaciones, derrumbes, incendios, devastaciones todas contempladas por humanos inocentes, guapos, pulidos. Y es ese contraste entre la perfección y el desorden lo que nos hace reflexionar acerca de nuestra actitud frente al cataclismo inminente. No son éstas unas imágenes inútiles, o solamente exitosos ensamblajes; en realidad representan el espanto de la belleza y la huida de la razón; exponen lo que no debe suceder, el error colosal de nuestra civilización.

Es relevante la capacidad que tiene el ser humano para huir de su propia realidad. Ahí donde, desde siempre, el artista nos enseñó el coraje por explorar senderos desconocidos, se encuentran ahora las rutas devastadas por nuestros desmedidos deseos de progreso; y me pregunto si el creador de tanta belleza como hemos conocido empieza a encontrarse en este punto muerto, este camino sin salida que parece dibujar nuestra ahíta civilización. Aún así, ha de buscar los resquicios de la armonía, el refugio de un valor estético con tanto ahínco fragilizado, preguntándose hasta cuándo le será permitido su acceso. No quiero pensar que algún día debamos vivir con el espectáculo de un mundo inventado y completamente artificial donde la estética esté desprovista de ética ¿Qué nos sería dado a ver? ¿De qué armonías, o desórdenes, o interrogantes tendríamos que alimentarnos? No quiero pensar que uno de los iconos de nuestra época llegue a ser la puesta a subasta de Velintonia, transformando en ’chalet’ prospectivo la casa que durante años Vicente Aleixandre empapó de poesía, aunque este tipo de milagros no le conviniera a la marcha del mundo. ¿Qué haríamos sin los libros, sin la danza, sin los escultores y los pintores, sin la música, sin la fotografía y el cine? 

¿Qué haremos sin los poetas?

“El arte tiene una fuerza que te arrastra –dice Jaume Plensa–, y es fundamental para que no te distraigas”. Ta vez tengamos que mirar a Julia, y cerrar los ojos de vez en cuando para recuperar la calma y la confianza en uno mismo. Nos urge seguir buscando caminos bajo la lluvia ignominiosa de los insultos a la vida. Seguir, siempre seguir, y cultivar la esperanza como una rara flor. Nos urge reivindicar a los poetas de todas las artes porque, lo decía el escritor argentino Juan José Saer, «la gran poesía es el resultado de una elección del dolor, una búsqueda, una disciplina de la extrañeza que lo borra todo, que consume el mundo, lo sumerge en la oscuridad y lo rescata lavado y nítido para una historicidad más alta, menos primitiva». Me quedo con las imágenes que Jon Cazenave realiza en las gélidas tierras de Finlandia, me quedo con esa extraordinaria desnudez como una ofrenda a un mundo todavía posible.