Las afinidades [s]electivas

Del de la emoción, también. La que me invadió en la presentación de un libro [1], hace unas tardes, en una sala pequeña donde hacía demasiado calor.

Éramos apenas unos cuantos, otros se lo perdieron; Manuel Vilariño, el amigo salvaje –como él mismo se define a veces– dejaba que los demás hablaran de los haikus escritos por él mientras paseaba la aurora, en la soledad de un confinamiento que no le cambió demasiado la vida pero sí le ensimismó aún más en lo que viene llamando ‘el confín’ desde hace ya tiempo. Manuel vive, sí, en el final de la tierra, el Finisterre, en ese borde del mundo sólo explicado por el océano; y Manuel ejerce, no el aislamiento, sino la soledad requerida por una espiritualidad pagana que sacraliza lo que le rodea: la montaña, las aguas inmensas, las marismas, el bosque, las criaturas silenciosas.

Contemplación.

El animal sin sombra

Guarda silencio.

He escrito aquí, muchas veces, acerca de las fronteras, de los límites, y del espacio interior. Unos no van sin lo otro; unos delimitan pero sólo limitan al que se deja, lo del territorio íntimo ya es otra historia, mucho más difícil de definir y también de explorar.

––Muchos nos acordamos, sin duda, de los enigmas que nos planteaba Vilariño con sus pájaros enlazados en cintas rojas, las tibias rotas y reparadas, los lagartos y las cruces, las muertes inquietantes y gloriosas de los bichos. ¿No había en esas imágenes una voluntad de redención, de reparación del mal infligido a la inocencia de las bestias? ¿No temblaba en ellas una profanación indebida y merecedora de tales ritos funerarios?––

Alrededor del trabajo de Vilariño, ese pequeño libro de haikus, Fernando Castro Flórez hablaba, en esa tarde, del punctum de Barthes; pero yo no sabría dónde situar ese punctum, tan infinitas son las imágenes que hace, escribe y transmite Vilariño. Son paisajes y emociones que no tienen ni partida ni meta ni pausa, son el hilo continuo de una edificación metafísica, de una estructura líquida que busca posarse pero nunca lo hace porque tiene vocación de camino y de búsqueda.

            Un pájaro dormido

            en el vacío

…como si continuara volando.

Estos haikus acompasan la música que se crea en el corazón, actúan en sinergia con el pálpito de las notas, con los dedos de su hija sobre el piano –Haikus para Hiwot, reza la primera página del libro–. Y yo entiendo esa sintonía cuando hoy, pasando por azar por un templo del barrio, oigo a un grupo coral ensayando el réquiem de Mozart. La música es otro confín: ahí se acaba la tierra y empieza el océano con su horizonte siempre huyendo, inalcanzable; toujours recommencé [2] el mar.

Tiembla una llama.

El invisible sueño 

de un rumor de olas 

Manuel también parece inalcanzable. Ojos y labios quietos, ensimismado. Pero su generosidad se abre con las palabras, elegidas, meditadas; también recuerdas luego la calidez de su abrazo, y su sonrisa discreta y profunda. Nos ofrece palabras sobrias y bellas que encierran los mismos misterios de sus imágenes. Nos sigue hablando de los animales, de los búhos que, como las estrellas, atraviesan el cielo, de los pájaros que despiertan la aurora, de un árbol que sueña con el vuelo de un ruiseñor, y del perro del que se ha enamorado…

¿Quién sabe de los desiertos del Dharma? escribía en otro libro de poemas, Peregrinatio.  


[1] Vilariño, Manuel  / “Elogio del confín/ Eloxio do confín” (Diario). Ed. MARCO Museo de Arte Contemporánea de Vigo, 2022

[2] Valéry, Paul / La mer, la mer toujours recommencée (El mar, el mar siempre vuelto a empezar), ‘Le cimetière marin’