El hecho de que hiciese calor no era argumento suficiente para hacer la primera salida en chanclas. Las calles adoquinadas de París no me lo pondrían fácil aquel día.
Aparte del ya mencionado calzado, salí bien pertrechado: una mochila pequeña donde llevaba dos baterías externas, tres más para la cámara, un pequeño cargador para ellas, un amasijo de cables, un par de tarjetas con demasiados gigas, una botella de agua y unos cascos de repuesto. Sigo sin poder hacer fotos sin música.
Tracé una ruta al azar la noche anterior, que pasé casi en vela por el incómodo colchón. Salí de la pequeña plaza donde se encontraba el hotel más barato que pude encontrar. Todavía cansado, me topé con un mercado de alimentos con un ritmo frenético de carretillas, compradores y vendedores gritando su género.
Pronto inicié el camino, ya con la música puesta, en dirección al departamento 17 con la ridícula idea de llegar a Montmartre antes de comer. Empecé un paseo relajado, mirando a todas partes y a ninguna, dejando que la música despertase mi vista. El sol todavía estaba bajo e hice algunas tomas con sombras largas, aprovechando diagonales y la luz en contra. Había bajado la exposición, ya que el día prometía ser espléndido, con un sol que más tarde me recordaría la gorra que olvidé en la habitación.
Era sábado, todavía temprano, y las calles estaban vacías en aquella zona residencial, lo que me permitió concentrarme mejor, aunque ya estoy acostumbrado a que algunas personas se queden mirando, ya sea por los espacios donde dirijo la lente o las posturas que adopto para conseguir la toma. Hay gente que se acerca y pregunta; esto no me desagrada tanto como la mayoría que guarda una distancia prudencial poniendo muecas incrédulas o los que se acercan a mirar exactamente lo que estoy disparando y después vuelven la vista a mi cara como esperando una explicación.
La deriva me había llevado a una calle paralela a la concurrida Saint‑Honoré. Un rápido vistazo al móvil me sirvió para localizar el “Palais Royal”, donde quería probar suerte. Con los pies más rápidos para llegar a su jardín, repleto de gente, cambié la música y adopté una cómoda postura contra una pared. Esperé mientras fumaba un cigarro.
No dejaban de llegar turistas, gente con cámaras réflex y sonrisas de Instagram. Tomaban fotografías clásicas de las plataformas de la plaza: caras sonrientes, en grupo, selfies al lado de las columnas del jardín, apoyadas en ellas, sobre ellas o cerca de ellas. Me encendí otro cigarro.
A esa hora era inútil esperar un espacio sin gente y decidí encender la cámara de nuevo, que reposaba hacía un buen rato en la bandolera. Me acerqué al centro del jardín e hice unas tomas procurando evitar turistas (¡aunque también yo lo era!). Seguí paseando lento por la plaza, acompasado por una banda sonora que había bajado mis pulsaciones. Caminaba errático, despacio, recorriendo poco terreno, como quien espera a alguien con quien ha quedado. No dejaba de mirar las famosas columnas; a veces me agachaba para comprobar el tiro de cámara.
Llegué a una parte del jardín donde las columnas iban desapareciendo poco a poco hasta parecer fichas de un casino. Levanté la cámara y disparé un par de veces, intuyendo el encuadre. “Benditas digitales”, pensé al revisar las fotos. Repetí la operación un par de veces, con paciencia, evitando personas o cualquier parte de su cuerpo. Al final conseguí una foto que me hizo sonreír y salí de allí alegre, descompasado, con una música que cambié con urgencia.

La mañana siguiente desperté otra vez sin descanso y, resignado, salí con intenciones similares, esta vez en dirección al sur del Sena. No llegué a Le Marais aquella mañana y, después de comer, regresé al hotel con prisa, tratando de mirar al suelo para no ralentizar la marcha con fotografías. París es un millón de fotos.
Después de una siesta incómoda, me preparé para salir, pues había quedado con unos amigos locales con los que iba a cenar y, después, seguirles allá donde quisieran llevarme. Nos encontraríamos en una calle que hacía esquina con los Campos Elíseos.
Ya me resultaba fácil salir de las callejuelas que rodeaban el hotel y, en pocos minutos, llegué al Arco del Triunfo, que había usado como referencia hasta entonces. A pesar de ello, la noche me hizo dudar qué dirección tomar.
Unas arrugas profundas cuyos pliegues formaban un rostro de gesto esquivo, excesivamente maquillado, con descuido, componían una estampa grotescamente bella. Me acerqué a ella dispuesto a desplegar mi francés depurado durante años (merci, Claire I.). Llegué frente a ella y esperé paciente a encontrarme con su mirada. Se resistía a levantar el rostro, como si le molestase mi presencia allí.
—Excusez‑moi, madame —despertó su curiosidad, seguramente por mi marcado acento occitano (por ejemplo).
Me hizo una radiografía mostrando su malestar, sosteniendo su mirada con la mía. De elegancia anacrónica, enlutada y remendada, aquella señora menuda, sentada encorvada bajo un gran abrigo, era una gran fotografía que hubiera quedado enmarcada por aquella mirada profunda. Levantó la barbilla, esperando a que siguiera hablando, sin dejar de mirarme a los ojos.
Solo pude balbucear: —¿Champs‑Élysées? —acompañándolo con los hombros encogidos, enfatizando.
Sin cambiar de posición, levantó un brazo y señaló una dirección mientras seguía mirándome. —Les lumières —dijo con voz tranquila.
Al alzar la vista y ver lo cerca que estaba la avenida, me sentí bastante ridículo. Forcé una sonrisa para agradecer su paciencia. Después de aquella estupidez no podía siquiera insinuar hacerle un retrato, aunque siguió en mi memoria.
