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Terminó la videollamada algo aturdido; una agencia de representación de fotógrafos quería que viajase a Bombay para trabajar con ellos. No recordaba los detalles, solo pensaba en aquel viaje por el que hubiera pagado. 

Decidido a aceptar, se obligó a contestar un par de días después, una nueva llamada cerró los últimos flecos del contrato que recibiría minutos después. 

Llegó al destino demasiado excitado para sentir el cambio horario que es más pronunciado cuando se viaja hacia el este. Salió de la terminal con una pesada maleta y otra, más pequeña, con todo su equipo fotográfico. Al atravesar las puertas lo abofeteó la humedad y un olor que había imaginado más desagradable. Reconoció su nombre en un cartel que despertó una absurda sonrisa, todavía intacta cuando identificó al conductor. Le arrebataron el equipaje con gran ceremonia y tuvo que insistir en llevar consigo la maleta con su equipo. Eran tres las personas que habían ido a buscarlo, aunque solo una dominaba el inglés con el que iba describiendo las zonas que atravesaban con un intenso tráfico. 

Después de un trayecto más largo de lo esperado, lo recibieron los directores de la agencia. Una pareja joven, elegantes y sonrientes, que lo acompañaron a la que sería su residencia. Un apartamento con estancias amplias y una terraza con vistas al Índico desde la decimocuarta planta. Lo dejaron acomodarse e invitaron a una fiesta para la que no se arreglaría demasiado.

Le costó despertarse por la mañana, arrastró los pies hacia la terraza y quedó abstraído por las vistas, más espectaculares de lo que pudo intuir la tarde anterior. Hizo algunas tomas con un teleobjetivo, el sol estaba bajo. Unos golpes en la cristalera llamaron su atención y una sonrisa andrógina preguntó “Chai?”. Afirmó agradecido y decidió no encender el cigarro que ya tenía preparado. Bebió el té sin prisa, acompasando los sorbos con el humo. Las vistas lo mantuvieron ocupado durante un largo rato y otro cigarro. 

Se encontraba en la zona norte de la ciudad y desde aquella altura pudo distinguir un pequeño pueblo, una explosión de colores que había sido absorbido por la expansión de la metrópolis cuyos tentáculos formaban pequeñas chabolas y cabañas de color impreciso que habían llegado al pueblo. Decidió que ese sería el blanco de su primera salida, se preparó con rapidez y bajó a la calle con una pequeña cámara en bandolera. Lo rodeaban cientos de olores, colores y gente… Mucha gente. Algunos lo miraban extrañados y pronto descubrió que era el único occidental desde que empezó su paseo. No tardó mucho en llegar al mar. Su intención de perderse por aquel pueblo fue interrumpida por un interminable corredor que se extendía en dirección contraria, compuesto de un entramado de largas cañas de bambú de las que colgaban un número incalculable de pescados que no supo identificar. Allí las miradas eran más incómodas y decidió bajar la cámara. 

Varios cigarros más tarde, dejó atrás el pequeño puerto del pueblo que terminó visitando. Le habían convocado a una reunión con la directora de una revista en Bandra, una zona occidentalizada, lejos de allí. Ya dentro del coche, cuyo aire acondicionado lo obligó a bajar la ventanilla, comenzó a hacer fotografías. Quedó nuevamente sorprendido por el tráfico, todavía ignoraba que el trayecto duraría unas dos horas y media. Tan solo hubiera sido una transitando en moto y apenas cinco minutos de haber usado uno de los múltiples helicópteros que atravesaban la ciudad. 

Desde entonces, aceptó ir como pasajero de una moto sencilla que conducía uno de los empleados de la agencia. “Where do you want to go today?” Eran pocos los días en los que no trabajaba y los aprovechaba para descubrir una ciudad inmensa y llena de contrastes. Las formalidades desaparecieron pronto y sus conversaciones eran más relajadas, siempre llenas de preguntas que no siempre encontraban respuesta. 

Trabajar fotografiando moda le gustaba. Apenas conocía a las celebridades, confundiéndolas a veces con asistentes o parte del equipo de producción. También él tenía asistentes, nunca llegó a acertar su número exacto, pero le ayudó a comprender el sistema de castas del que tanto había oído hablar. Siempre tenía a uno de ellos pegado y cuándo le dejaba la cámara para hablar con la persona fotografiada o dar instrucciones de iluminación se daba la vuelta con espanto al ver su cámara “varios asistentes” más lejos. Siete contó la primera y única vez que decidió confiar la cámara a aquel sinsentido. 

Pasaron las semanas y decidió salir con la moto sin dirección. Sugirió ir a comer al sitio favorito del conductor quién tardó poco en llegar, quedó fascinado por aquella comida cuyo nombre olvidó hace tiempo. No olvidaría el viaje de regreso. 

Caía la tarde, parados en un semáforo. Se encontraban en mitad de una intersección cuya enorme rotonda les obligaría a girar varias veces. La hora dorada obligó al piloto a encender las luces que otras motos ya tenían. El semáforo les permitió iniciar el primer giro cuando se levantó una pequeña tormenta de arena que le obligó a inclinarse hacia la espalda del conductor. Apenas podían entenderse por la intensidad de aquel viento repentino cuya bruma dorada inundaba hasta donde alcanzaba la vista. La luz verde apenas se distinguía e iniciaron otro breve giro.

Desde la parte posterior de la moto levantó la vista con dificultad aunque pronto dejo su mirada inmóvil. Entre aquella gran nube de arena naranja vio algo. Alguien. 

Entró en su campo de visión con movimientos leves, la piel curtida se confundía con el manto de arena que parecía envolverlo. Pensó que era un asceta, un anciano medio desnudo cuyo raído pantalón apenas era perceptible por su color indeterminado de pobreza. A la barba anciana y poblada la enmarcaba un pelo largo y descuidado. En el rostro, de piel más curtida, sobresalían unos grandes ojos oscuros cuya mirada no conocía el tiempo. Cruzaron sus miradas un segundo eterno, aquellos ojos ajados parecieron sonreírlo bondad sincera. 

Otra luz verde puso en movimiento el vehículo, volvió la cabeza pero no pudo ver más que arena. La cámara seguirá en bandolera, apagada.