Elegíaca, poética y silenciosa. Con estos tres adjetivos describe David Campany el nuevo papel reservado a la fotografía tras la revolución mediática que se inicia en el último cuarto del siglo pasado. Si las urgencias informativas de la actualidad quedan satisfechas por las distintas formas de la imagen en movimiento (TV, Reels, TikTok…), la imagen fija –distanciada y liberada de la obligación de ser evidencia de los acontecimientos– parece haber asumido la responsabilidad de ser instrumento para la reflexión y depuración de la realidad.

Según razona Campany en su conocido ensayo sobre la fotografía tardía, la nueva vocación de la fotografía ya nada tiene que ver con el instante decisivo, si no con presentarse en el escenario de los hechos cuando “ya todo ha pasado” y destilar sus conclusiones en su “capacidad natural para condensar y simplificar las cosas”. Según esto, la fotografía sería la huella de una huella y la única evidencia que registraría sería la de las secuelas causadas por los acontecimientos.

© María Meseger

Hoy, más que nunca, es necesario reivindicar la capacidad de síntesis de la fotografía. La complejidad del mundo paraliza el análisis en tiempo real y las decisiones se toman con la misma torpeza y celeridad con las que nos aproximamos al abismo. Es aquí donde algunas propuestas del arte contemporáneo han demostrado su eficacia para cuestionar –en distintas escalas- los principios ideológicos y mecánicos que rigen el modelo económico y sociopolítico actual.

La fotografía de autor contemporánea –y afectando prácticamente a cualquier género– está comprometida con ese desplazamiento en la intencionalidad de los autores desde lo anecdótico –o la simple retórica visual, «l’image-pour-l’mage» –hacia un documentalismo más analítico, que no está tan preocupado con la narración de los eventos, como con la elaboración de un pensamiento crítico a partir de los mismos.

© María Meseger

Sirvan de ejemplo tres miradas femeninas que, desde distintas perspectivas y con estilos marcadamente diferentes, parten de un enunciado en primera persona para proponer reflexiones con carácter universal: 

  • En ‘Orixe’ (Origen) la artista Glorianna Ximendaz, XI Premio Galicia Fotografía Contemporánea (2023), parte de su propia experiencia familiar para abordar la cuestión de la violencia machista y los feminicidios en América Latina.
  • Posiblemente el jurado de la segunda edición de los Star Dummy Awards reconoció en ‘I Imagined it Empty‘ (Lo imaginé vacío) de Ruth Lauer-Manenti, el recorrido que lleva desde el trauma personal por la muerte de su madre a una reflexión sobre el vacío existencialista que asola al individuo contemporáneo.
  • Desapego‘ de Andrea Costas, expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo el año pasado, es un alegato a favor de las nuevas maternidades feministas que tiene como punto de partida y estructura orgánica del proyecto la crianza de sus dos gemelos.

En estas coordenadas se inserta ‘Hot España‘, el último fotolibro presentado por la editorial Solar de Edicións. Fotografía tardía donde la fotógrafa coruñesa María Meseguer (1966) propone una reflexión sobre las secuelas físicas y emocionales de la cultura del turismo, mostrándonos el backstage de una industria que fundamenta sus promesas en la ficción de la felicidad.  El “reverso tenebroso del turismo” al que alude Ignacio Pérez-Jofre en el texto que prologa la publicación, tiene que ver con los desechos producidos en el tejido urbano por el entramado turístico, por la obstinación con la que estos residuos surcan de espantosas cicatrices la epidermis de la ciudad. La autora explora estos espacios liminales que se extienden extramuros del brillante glamour de los catálogos y de las guías de viaje.

© María Meseger

Deambulando por estos lugares marginales, ahora sobados por el tiempo y el olvido, sus imágenes certifican como los esplendores del pasado se han reducido a tenues signos que se aferran doloridos a fachadas maltrechas, a escaparates vacíos de mirada y propósito, o a carteles estériles que, devorados por el sol, parecen burlarse de los transeúntes. 

Sin profundidad ni perspectiva, Meseguer recurre en este trabajo a una fotografía plana que, con intención forense, rastrea el significado en superficies y texturas. Si como apuntaba Campany, en la fotografía tardía la imagen es la huella de una huella, en los rastros visibles que deja el pasado en los abandonos fotografiados por María en ‘Hot España’ también ha dejado el tiempo su registro. Si para el espíritu melancólico estas huellas pueden ser una evocación nostálgica del pasado, con absoluta certeza una mirada crítica encontrará en los signos de desgaste y en el silencio de estas imágenes un elocuente mensaje sobre los excesos y fanfarrias que se encuentra en estos escenarios de turismo caducado.

Precisamente, porque este libro se construye sobre el atributo del silencio, la planitud de las imágenes y el formato horizontal sobre la que se disponen –con eventuales ajustes de compás–, contribuyendo a crear una secuencia muda que, ya liberada de relatos fantásticos, conducirá progresivamente al espectador hacia lo que quedó una vez que se extinguió el sonido del acorde final.

© María Meseger

El registro poético del fotolibro de María Meseguer es fugaz, con sutileza esbozado en una imagen reflejada, en el temblor de una sombra proyectada, en algún capricho cromático y, sobre todo, en la magnitud de la escala del tiempo que siempre da una mirada perdida. Incluso la utilización de alguna disonancia formal, a modo de arista estética, sirven para romper el ritmo, la armonía y la tensión del verso. 

Afirmaba Susan Sontag que el carácter elegíaco de la fotografía, su naturaleza crepuscular, impregna de patetismo todo lo que se fotografía. Aunque no se busque intencionadamente la poesía, el medio otorga cierta facultad poética a cualquier discurso visual. Así, después de contemplar las imágenes del viejo París fotografiadas por Eugène Atget en los inicios del siglo XX, ni Walter Benjamin ni Berenice Abbott se pudieron resistir a la evocación poética de unas imágenes creadas bajo la voluntad del archivo. 

La parte elegíaca del texto de Meseguer no solo tiene que ver con aquello que el turismo nos ha arrebatado, sino con los espacios que, irremediablemente contaminados por la codicia del mercado y la mirada banal del turista, han desaparecido para siempre. En este catálogo de pequeñas derrotas urbanas no se hace inventario del brillo y la gloria de una Arcadia levantada con atrezzos de madera chapada y amueblada con sillones de skai.  En la sociedad contemporánea el espectáculo ha desplazado al conocimiento y el simulacro a la realidad.  Paradójicamente, la crítica que este fotolibro propone también salpica a la fotografía. Si el “viaje” ha perdido la esencia iniciática que inspiraba a los viajeros del siglo XIX, en la fotografía tampoco queda rastro de la solemnidad implícita al acto fotográfico de antaño. No quiero con ello decir, que viajar y fotografiar deban ser un privilegio, pero sí que se han banalizado a tal extremo ambas experiencias que se han convertido en superfluas (para el lector interesado en profundizar en estas cuestiones, ‘Lógicas turísticas de la fotografía’ de Carmelo Vega y ‘La furia de las imágenes’ de Joan Fontcuberta son dos textos imprescindibles).

El turismo y la fotografía –además de la complicidad y simbiosis mutua con la que se nutren– forman parte de la misma simulación; si el primero mantiene en movimiento el sistema, la otra lo vigila (Sontag identificó dicha concurrencia, al considerar a cualquier persona con una cámara como un turista de la realidad).

© María Meseger

La cultura de la inmediatez genera necesidades y deseos que deben satisfacerse con urgencia. Somos adictos al plástico, al neón y a los píxeles fugaces que sin pausa se deslizan por las pantallas de nuestros dispositivos. La velocidad nos impide leer los signos de advertencia ni percibir la dimensión trágica del destino, insistiendo en refugiarnos al amparo de una cultura que se define por la banalidad, el hedonismo y la indiferencia. El ensayo de David Campany citado al principio de este artículo señala la posibilidad de que la fotografía tardía sea solamente una respuesta estética, incapaz de sacarnos de la parálisis ni provocar una respuesta. Su finitud y mutismo pueden dejarnos en un estado de limbo perpetuo, eliminando la necesidad de análisis y reforzando una especie de melancolía liberal que evade las explicaciones políticas.

Sin embargo, dentro del discurso cultural predominante, Campany reconoce la superioridad que pueden tener estas imágenes y la posibilidad de elaborar a partir de ellas un pensamiento crítico. Por ello, sería pertinente reconocer la vocación de María Meseguer en este trabajo: situarse en la frontera, distanciarse de los acontecimientos y del estrepitoso clamor, ser sombra y ausencia para remover las cenizas de ese paraíso quemado por el sol.

© María Meseger

Maria Meseguer Alcain

Maria Meseguer Alcain nació en Madrid en 1966. Estudió Imagen y Sonido en la Universidad Complutense de Madrid y luego fotografía en el International Center of Photography (ICP) en Nueva York, donde tuvo profesores como Nan Goldin y Mary Ellen Mark. Al regresar a Madrid, trabajó como fotógrafa en la Residencia de Estudiantes y asistió a Rafael Roa y Manuel Zambrana. Se involucró en la comunidad fotográfica madrileña a través de la asociación El Caballito. En ARCO, trabajó en la Galería VISOR y en la edición del 98 colaboró con Javier Campano y Luís Bailón, retratando a galeristas, coleccionistas y comisarios. Participó en la VIII Tarazona Foto y trabajó como asistente de Alberto García-Alix, Eduardo Momeñe y Valentín Sama. En PHE’00, presentó su trabajo «Diario» en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Trabajó en Galicia para instituciones como el MAC, la Fundación Seoane, GAIÁS y en el Festival de Cinema Periférico (S8), entre otros. 

Ha expuesto su trabajo en la Casa de América, Ateneo y Canal de Isabel II en Madrid y Galería Visor en Valencia. En Galicia, ha inaugurado exposiciones en la Sala Palexco, Asociación Alexandre Bóveda, Casa de Cultura Salvador de Madariaga, Museo Municipal de Ourense, Galería Trinta y Museo Gaiás entre otros. Su trayectoria refleja un compromiso constante con la fotografía y una exploración continua de nuevas formas de expresión visual.

Referencias:

Campany, D. (2003) Safety in Numbness: Some remarks on the problems of “Late Photography”, David Campany. Disponible en: https://davidcampany.com/safety-in-numbness/

Sontag, S. (2019) On Photography. Harmondsworth: Penguin.