9+1 textos

Segio de Luz comienza una serie de textos basados en su relación con la fotografía y con esos momentos en los que la mejor opción es bajar la cámara.

Preparé aquel viaje de igual forma que el resto de visitas a países que no conocía, con una absurda idea romántica de la fotografía de viajes demasiado idealizada y de la que carecía experiencia. La decisión de no llevar cámara digital era siempre tajante, me acompañaría una fantástica Nikon Fm2 analógica y manual. En esta ocasión, dejar el teleobjetivo en casa surgió de manera irracional y poco meditada, “iré más ligero” pensé. 

En los primeros paseos con la cámara, me asaltó un pensamiento tan triste como lógico. No había reparado en las hordas que inundaban aquel país desde el norte, miles de yankis bajaban con sus réflex digitales y sus grandes lentes. Robando fotografías sin siquiera pedir permiso a sus protagonistas, gentes que habrían desarrollado un rechazo razonable a formar parte de aquel saqueo. 

Llegué a destino con el 50 mm. en la cámara que siempre me acompañaba en bandolera y la única alternativa de la que disponía era un maravilloso Nikkor 30 mm. que apenas terminaría utilizando. En la mochila tenía dos bolsas, tal y como hacia cuando disparaba en analógico, una para los carretes usados y la otra para los que se iban a usar. 

Después de unos días frenéticos en la ciudad de México, el viaje seguiría en dirección sur. Durante el curso de aquellos días, todavía no sabía que el grupo con el que empecé el viaje se reduciría y que lo seguiría haciendo. Aquella semana en el DF nos alojamos en tres casas diferentes cuyos dueños habían sido entusiastas anfitriones, aconsejando qué visitar, dónde comer y los lugares a evitar. Incluso nos acompañaron en alguna escapada, su presencia me animaba a llevar la cámara preparada. 

El primer día recibimos unas confusas instrucciones para reconocer los seis tipos de taxis que existían en la ciudad por entonces. Me sorprendí confundido ante colores, matrículas y otros detalles no menos importantes. Salimos a la calle, cerca del Zócalo y una bofetada terminó de despertarme: “a partir de ahora ustedes no hablan”, se dirigía al grupo de españoles. Acababa de conocer a Ernesto y aquella seriedad que imprimió a sus palabras contrastaban con la calidez de su mirada que parecía decirnos “todo irá bien, si me hacen caso, todo irá bien”. Así fue. El primer paseo lo dedicó, en un desordenado callejeo, a explicar los siniestros sucesos que habían tenido lugar cerca de su casa. Se paraba en mitad de la calle, estiraba el brazo ­–y también el índice– y comenzaba su relato: “tan solo cuatro días atrás, justo aquí…”. Solo necesitó un par de horas para que aumentara la inquietud con la que llegamos y que se transformó en miedo una madrugada después de abandonar una fiesta. 

Salimos del portal a una oscuridad inesperada por encontrarnos en un “buen barrio”, comenzamos a andar con el único propósito de encontrar un taxi que nos devolviera pronto a la cama. Mientras susurrábamos las instrucciones a cerca de los taxis de confianza, vi pasar por el extremo contrario de la avenida un escarabajo negro por segunda vez, iba más despacio que la primera y esta certeza aceleró mi zancada mientras explicaba al resto lo que creía que estaba pasando. La tercera vez, vimos que el viejo Wolkswagen aparcaba unos metros delante de nosotros, aunque el motor seguía encendido. “Menos mal que dejé la cámara”, pensé. 

Apretamos el paso aún más, reconociendo más adelante una gran avenida mejor iluminada, aquel trayecto parecía interminable. Más tediosa aún fue la elección de los pocos taxis que pasaban. La mayoría eran ignorados por Félix, quien ya conocía las reglas. Cuando decidía levantar la mano solo le hacía falta un rápido vistazo al interior del vehículo para descartarlo, apenas cruzaba un par de palabras con sus conductores. Se daba la vuelta con los labios apretados y leve gesto de cabeza que se iba acentuando a medida que descartaba coches. La aparición de nuevo del Escarabajo rebajó tanto nuestras expectativas que subimos al primer taxi que apareció. Permanecí callado mientras Félix se esforzaba en demostrar al taxista que sabía el camino de regreso y así lo fue indicando desde el asiento delantero, moviendo la mano, indicando con movimientos rápidos y seguros. 

© Sergio de Luz

Una semana más tarde nos encontrábamos en un autobús cuyos asientos eran similares a los de primera clase que tanto había envidiado embarcando en los aviones. Como en otros países grandes, estas largas rutas en las que se dormía la noche que duraba el trayecto, eran muy frecuentes. Tras horas de sueño profundo, el sol que me despertó iluminaba las tierras del estado de Oaxaca. Realicé algunas tomas, sin ganas, apenas cambiando de postura. El paisaje era extraordinario, pero no era el tipo de fotografía que quería hacer. Tardamos más de lo imaginado en llegar a su capital, donde pronto encontramos alojamiento. Un pequeño establecimiento regentado por un hombre extraño, medio hechicero y totalmente borracho. 

Solo quedábamos tres del grupo inicial que formábamos siete personas.  Al menos, sería más fácil llegar a consensos, delinear planes. Félix, Diego y yo nos conocimos varios años atrás, aquellos dos mexicanos ahora eran tan diferentes a la época en la que coincidimos en la ciudad de Nueva York… Comenzamos aquella mañana con el desayuno ofrecido por el hostal, aunque no vimos al dueño. Lo comentamos mientras mirábamos un gran mapa de la región desplegado sobre la amplia mesa de madera. 

Aquel papel solo parecía tener sentido para Félix quien me pidió los primeros días que forrase de negro mi guía “Lonley Planet Mexico”. Bautizaron aquel pesado libro como “la biblia”, a la que acudimos más veces de lo imaginado. Al menos pasaríamos desapercibidos, Félix se obsesiona con no parecer un turista en su propio país. Habíamos terminado el desayuno y decidí pedir otro café con el siguiente cigarro. “Acá” sentenció Félix clavando el índice en el mapa como si hubiera atacado un mosquito. Otro cigarro me acompañó durante el repaso de nuestro propósito, alquilaríamos un coche para llegar hasta la zona que queríamos visitar primero.

Dedicaríamos el resto del día a conocer el centro y conseguir el coche. Fui el primero en bajar, midiendo luz con el 50 mm. puesto desde hacía ya unos días. Tomando referencia de la parte soleada y la que se encontraba en sombra, memoricé los paramentos. Salimos en busca de la plaza principal, tal y como hacíamos en cada parada. 

La cena fue puro trámite, aunque a mí me pareció excelente. Comentamos los por menores del plan que quedo trazado en el desayuno. Ya era de noche cuando nos sentamos en el patio comunitario. Una baraja de cartas, una botella de mezcal y tres pequeños vasos. Las horas transcurridas no las contó ninguno de los tres. No despertamos a la hora establecida, tampoco importó y dedicamos largo rato en prepararnos, aunque las duchas debían ser cortas por las restricciones de agua en la región. 

Recogimos un coche que yo esperaba destartalado. Tras un par de firmas, nos entregaron las llaves que Diego tomo sin ceremonia. Pronto nos vimos en mitad de la nada. El camino en seguida se vio flanqueado por pequeñas casas que parecían granjas improvisadas, puede que fuese al contrario. Seguimos adelante con una placentera ausencia de tráfico, la carretera estaba bacheada y llena zanjas que ralentizaban nuestra marcha. Aquellas casas dispersas fueron mostrándose más agrupadas hasta que llegamos a una suerte de plaza que parecía ser el centro de una localidad cuyo nombre no vimos en el mapa. 

Aparcamos con facilidad frente a un mercado en cuyo interior había diferentes puestos de compra, también sitios donde comer. Hice algunas fotografías hasta que escuché las quejas de mis amigos, ya estaba acostumbrado. 

Nos dejamos fiar por el olfato de Félix, quien pronto se acercó a un mostrador tras el cual nos miraba una señora que debía ser abuela. “Buenas tardes, ¿qué tiene hoy de comer señora?” 

Continuamos en la dirección que nos había sugerido un grupo de ancianos que jugaban al dominó. No nos advirtieron de la ausencia de asfalto, tampoco de la presencia de una colonia cuya pendiente puso a prueba el motor del coche, subiendo de revoluciones mientras apostábamos a si conseguiría salvar aquella cuesta interminable. Una vez en lo alto, paramos el motor y bajamos del coche para contemplar el pequeño pueblo que se extendía ante nosotros. “Simón”, afirmó Félix. Hice unas tomas con el 50 todavía puesto, la vista era extraordinaria y el sol comenzaba su descenso. Bonita luz. 

Tardamos más de lo esperado en llegar al pueblo que nos recibió con un camino sin asfaltar. Se levantó el viento, moviendo una arena fina teñida por el sol de la tarde. La hora dorada se anunciaba con esta ceremonia visual que tanto celebré. El coche avanzaba lento, las calles estaban vacías, era muy extraño no ver a nadie. El terreno obligaba a seguir usando la segunda velocidad del coche, ventanillas bajadas. 

Llegamos a una amplia intersección en la que había unos niños jugando al balón, aunque uno de ellos, mucho más pequeño, permanecía sentado, como si hubiera sido rechazado para el juego. Tenía la cámara cerca, pero seguí mirando la escena. 

El pequeño levantó la cara, sucia de polvo por la que discurrían dos regueros de llanto. La luz estaba muy baja, nos cegaba. Los rayos de sol se hacían más visibles atravesando el polvo. Aquella luz de contra apenas permitía ver al grupo de jugadores, pero teñía la camiseta del pequeño de un dorado imposible que dudaría poco. Agarré la cámara, levanté la vista para tomar referencias y vi al pequeño mirándonos. Cabeza gacha, los hombros caídos, las manos ocupadas en el suelo donde estaba sentado. Me miró directo, mirada derrotada, triste, encerrada en una cara redonda con los surcos de lágrimas brillando al sol. La cámara seguía en mis manos, ni siquiera quité la tapa de la lente. Miraba la escena que pronto se rompió cuando alguien llamó al niño y los demás detuvieron su juego. 

El coche seguía su marcha. “Debí haber traído el teleobjetivo”, me reproché.