Lo primero es el tropiezo, la sorpresa. Hace dos años, cuando me encontraba en mi laboratorio analógico comprobando la calidad del revelador, sumergí un trocito de papel fotosensible y de allí surgió el primer quimigrama. El juego de luces y sombras hacía que pareciese un paisaje nocturno, con sus diferentes líneas de horizonte; todavía se trataba de una imagen reconocible, un imaginario representado. Esta sería la primera imagen de una larga serie de miles de experimentos que culminarían en la abstracción. Poco a poco ese primer paisaje se desdibujaba hasta ya no ser reconocible.

Luego llegó la experimentación. En este nuevo camino también utilizaría elementos básicos de la fotografía analógica pero no de la manera en la que se utilizaban habitualmente sino como si no supiera cómo se usaban. Se trataba de huir de los habituales métodos fotográficos y experimentar con ellos de manera azarosa. Esta sería mi nueva herramienta: un soporte fotosensible, el revelador y el fijador, intercambiando el orden establecido para su buen funcionamiento. Me encontraba en las antípodas de la fotografía, ya no se trataba de buscar un sentido ni de sostenerse en la representación, ya no había foto, no se trataba de fotografiar, no había máquinas entre el ojo y la imagen, no se revelaba en el cuarto oscuro.

A partir de aquí nos encontramos con una nueva estética y un nuevo discurso.

Fotógrafo con ojos, fotógrafo castrado

Gracias a estas contingencias e incidentes, comencé la búsqueda de una nueva estética, se trata de un primer tiempo en el que el fotógrafo queda cegado. Así pues, en ese primer tiempo, el quimigrafo era fotógrafo, luego el fotógrafo abandona la cámara, deja la cámara ojo, se saca los ojos para empezar a ver. Ante un mundo cámara, un mundo ojo que busca la mirada de los otros, el quimigrafo ha castrado al fotógrafo y camina hacia la abstracción.

Ahora pueden volver los animales de lo invisible, lo inhumano, lo falto de identidad, la extrañeza de la grieta que somos. El quimigrafo segándose ha abierto un espacio para el reencuentro. 

Aquí está el quimigrafo, con nosotros, un nuevo animal que viene de lo invisible con su mirada ciega.

Más seguía trabajando y más se iban depurando los quimigramas, los paisajes habían desaparecido, se formaban nuevas líneas verticales, grietas, se abrían espacios, flujos, intensidades, hasta finalmente aparecer el agujero puro, el agujero hecho línea abstracta aquello que Deleuze llamó la línea de fuga, una nueva Moby Dick, un animal de lo intolerable que nos va a abrir el camino de la extrañeza como vía transitable. 

Allí empieza una colaboración con un amigo psicoanalista, Sebastian Bravo, a partir de la cual realizamos la metáfora de la grieta que somos…

¿QUID JURIS? UNA PLAGA POSITIVA

¿Quid juris? La cuestión del fundamento. ¿Con qué derecho? (Deleuze) Tenemos que comenzar siempre los discursos preguntándonos con qué derecho podemos ejercer el discurso. Y el único derecho que reconocemos es el de que se hace el discurso en nombre de lo sufrido, lo intolerable, lo traumático. 

“Nací para encarnar la herida” (Busquet). Nuestro sujeto será el sujeto-herida, el sujeto-grieta que abre la herida de lo intolerable, lo insoportable a ser dicho, expresado, traído. Lo intolerable en la fotografía, lo intensivo, los flujos, las fuerzas. Se trata de los poblamientos, las infecciones, los rostros deformados, el tic, el gesto desabrido. La quimigrafía comienza con la grieta, con la locura de la grieta.

Sabemos que “el desastre cuida de todo” (Blanchot) y que solo podemos agarrarnos al clavo ardiendo del desastre, de lo que vuelve como descuido, sombra, error, caída, desgarro, lo que vuelve tergiversado; se trata de los falsarios, los simulacros, el malentendido.

Se trata del derecho de lo imperdonable, la extranjería, los movimientos erráticos o como dice Lapoujade a propósito de Deleuze: “los movimientos aberrantes”. Pero el gran peligro está en la desexualización de la identidad, ese es el “instante del peligro” (Benjamin), el momento en que ya no me reconozco, en que soy otro de sí que ya no está guiado por la filiación, el Nombre del Padre (Lacan), la cultura del patriarcado, sino que la errancia le va a proporcionar el camino a seguir. 

Una quimigrafía con fundamento cumple aquello que Zizek rescata de la película Los viajes de Sullivan de Preston Sturger a propósito de la pobreza. Dice el criado a su señor:

Verá, señor, los ricos y los teóricos, que por lo general son ricos, tienen una visión negativa de la pobreza, como si fuera sólo falta de riqueza, igual que podríamos llamar a la enfermedad falta de salud. Pero no lo es, señor. La pobreza no es falta de nada, sino una plaga positiva, virulenta en sí misma, contagiosa como el cólera, y de la que la cochambre, la criminalidad, el vicio y la desesperación son sólo algunos de sus síntomas. Hay que permanecer alejado de ella, incluso a la hora de estudiarla. 

La quimigrafía, una plaga positiva

Julien Charlon, titulado en École Technique de Photographie (ETPA) y profesor de fotografía en los Laboratorios de La Casa Encendida desde sus inicios. Afotógrafo, quimígrafo, su obra ha sido expuesta en Photoespaña 2001y en Les Rencontres d’Arles 2006. Muchas de sus obras tienen un marcado carácter participativo y su último trabajo ‘Los Animales de lo Invisible’ tiende puentes entre la imagen abstracta, a través del quimigrama, y el psicoanálasis.

Sebastian Bravo, empedernido lector llega a trabajar en la clínica psicoanalítica hasta interesarse por la diferencia de sí bergsoniana lo que le acerca a artistas que tienen ese concepto de fondo.

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