Anoche no pude hacer una fotografía que apareció de regreso a casa. Este pensamiento me ha despertado de malas formas y ahora me arrastra a la cafetera que dejé preparada la víspera. Suelo acompañar el café con un cigarro que siempre me resulta insuficiente. Siento los labios calientes, también los dedos. Doy otro sorbo y trato de recordar.
Me sorprendió la lluvia al salir del teatro cuya representación me pareció excelente. Después la repasé con mi acompañante, sonriente. No hubo selfies. Nos gustó mucho y discutimos detalles delante de unas cañas que no dejó de reponer el camarero. Era mitad de semana y decidimos no prolongar la noche pensando en la mañana, en la resaca.
Nos despedimos sonriendo, bajo una lluvia más intensa. Apreté el paso hacia el metro mientras me ajustaba los auriculares, decidí no seleccionar canción alguna y simplemente seguí escuchando la lista de reproducción que me llevó a las puertas del teatro unas horas antes.
Avanzaba decidido, esquivando turistas a medida que me acercaba a la zona de Gran Vía. No continué hasta la estación premeditada y, para evitar la lluvia, entré en el metro de Sevilla, aunque la línea dos me dejaría más alejado de casa. Tuve que esprintar al ver que un convoy estaba en el andén, su salida era inminente. Me molestó aquel esfuerzo tras el cual no se cerraron las puertas, aguanté aquel pinchazo absurdo que duró demasiado.
Saliendo del metro me arrepentí de no haber seguido con la ruta inicial, pues aquella lluvia se había convertido en un aguacero. Me ajusté la capucha, tratando de avanzar rápido. Mi calle estaba a un par de minutos, quizás tres. Apuré un semáforo que me exigió otro esprint, tras el cual, esta vez, sonreí.
Dejé atrás la glorieta de San Bernardo para transitar por la calle Sandoval, llegaría en línea recta a mi portal una vez cruzada Fuencarral. Iba muy pegado a las fachadas, tratando de evitar tanta agua. Crucé la acera al verme menos protegido por las cornisas. Tuve que esquivar un par de charcos que se habían formado en el paso de peatones, levanté la mirada y me extrañó que el gimnasio estuviera abierto a esas horas. Tan solo había un puñado de personas en un espacio enorme.
En realidad no era un gimnasio. Este era un “Boxing Center”, el abuso de los anglicismos me desespera. Se habían puesto de moda en los últimos años, aunque distaba mucho de esos que retratan las películas: decadentes, sucios, oscuros y con extraños dueños que guardan secretos.
Éste era un lugar moderno, bien iluminado, espacioso y con unas instalaciones bien cuidadas.
Hace tiempo que el culto al cuerpo es una nueva religión. En mi barrio hay diversos lugares para ello, todos salpicados por anglicismos, como no. Había un espacio que ofrecía un servicio más exclusivo y personalizado, a esto lo llamaban “fitness club, personal trainer center” la segunda frase en tipografía más pequeña. Un pequeño espacio con un gran letrero donde ponía “Sky Fitness Experience”. Otro gimnasio más grande y tradicional cuyo nombre lo componían dos palabras en inglés, un par de centro de pilates, yoga. La oferta era variada y abundante. Pensé en la cantidad de selfies vistos en redes sociales realizados en estos espacios, con ropa a juego y de diseño. Publicaciones salpicadas de sudor y sonrisas forzadas, siempre rematadas con jastags en inglés.
La primera vez que me topé con aquel centro de boxeo me sorprendieron las enormes cristaleras que permitían ver el interior, repleto de gente entrenando. Era una mezcla muy heterogénea de personas, las había más experimentadas que otras. Se descubrían por detalles que no escondían, como la forma de moverse o la descuidada equipación. A los nuevos les delataba el brillo de sus guantes.
Aquella noche había muy poca gente, conté nueve. El espacio parecía más amplio y ordenado, la iluminación me obligó a mantener la mirada. Avanzaba más lento a pesar de la lluvia, dejé atrás un pequeño grupo que charlaba sonriente, parecían satisfechos. Lo siguiente que vi fue un cuadrilátero que ya conocía, pegado al ventanal. Había dos personas con la guardia preparada.
Parecía un combate amistoso entre un hombre experimentado que se mantenía en el centro del ring, con pequeños pasos y un chico más joven cuyas piernas huían frenéticas de su contrincante. Me detuve uno instante, lo justo para ver una imagen estática. La que quedaría grabada en mi mente.
El mayor bajó la guardia tratando de provocar una reacción en su adversario, dejando desprotegida la zona hepática. Pelo corto y plateado, cara plisada y hombros robustos, bajo un atuendo discreto y gastado que contrastaba con el de su oponente.
Una sonrisa burlona y arrogante invitaba definitivamente a un ataque que no llegaba. La mueca quedó congelada por unos segundos interminables. Aquella provocación que también exigía respeto, era la experiencia tentando al novato.
Seguí andando, bajo el aguacero, sin siquiera pensar en sacar el móvil para hacer una foto que llegaría a destiempo pues la sonrisa desapareció en un pestañeo.
