‘Cielo abierto’ ha sido una exposición experimental del autor vasco Nader Koochakique ha ido evolucionando desde el 17 de febrero al 27 de mayo en el MUSAC de León. Ha ido cubriendo diferentes etapas utilizando una visión extendida de la fotografía para hacer una investigación relacionando la extracción del carbón en León y el desarrollo urbano de la ciudad de Teherán. Carmen Dalmau fue testigo de la evolución de este trabajo fruto de la convocatoria Laboratorio 987 realizada por el museo.

En ocasiones, la fotografía consigue llegar a ser algo más que un registro indicial de la realidad y, sin perder su anclaje en indagaciones rigurosas, ya sean estas de carácter científico, antropológico o sociológico, logra armar un relato mágico.

Este prodigio se manifiesta en ‘Cielo abierto’, la exposición de Nader Koochaki, gracias a la Convocatoria Laboratorio 987. Laboratorio 987 es un espacio del MUSAC, alumbrado con carácter colaborativo y concebido para cuestionar los modos de hacer tradicionales en el arte, generando un lugar de encuentro y un espacio de investigación que permita repensar el papel de la institución museística, posibilitando herramientas que permitan cuestionar las jerarquías y tabiques existentes entre géneros y disciplinas, así como los procesos y conceptos expositivos.

El Grupo de mediación de la Convocatoria Laboratorio 987 es rotatorio, renovándose periódicamente, es pluridisciplinar y acompaña a las propuestas presentadas, actuando como instrumento que intenta disolver los muros del espacio expositivo, provocar la alquimia que trasmute el espejo de Alicia, lo transforme en niebla, en materia maleable, y le permita traspasar al otro lado.

“Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través- ¿pero, cómo?, ¡¡ sí parece que se está empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie de niebla!! ¡Apuesto a que ahora me sería muy fácil pasar a través! – Mientras decía esto, Alicia se encontró con que estaba encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no podía acordarse de cómo había llegado hasta acá. Y en efecto, el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante.”

© Nader Koochaki. Cielo abierto. 6_28, 2017. Cortesía del artista

Nader Koochaki viaja con la cámara fotográfica, como instrumento catalizador que le permite el desplazamiento, el movimiento, como objeto mediador que le sirva para iniciar la investigación, y que opere como alguna forma de pensamiento visual, como una forma de relacionarse con el mundo a través de las imágenes.

El investigador, para poner en orden sus ideas, puede optar por la escritura, por pergeñar fórmulas matemáticas, construir gráficas, crear estadísticas, y también puede pensar en imágenes.

Aquí es donde radica el interés que despierta su trabajo. Entender que la fotografía pueda constituir un potente vehículo de reflexión.

© Nader Koochaki. Cielo abierto. 80_19_r, 2017. Cortesía del artista.

‘Cielo abierto’ sugiere la hipótesis formulada por Vilém Flusser en su ensayo ‘Hacia una filosofía de la fotografía’ (1989) y que consiste en un intento de constatación de que la segunda revolución experimentada por la humanidad tras la invención de la escritura, fue la invención de las imágenes técnicas, de las fotografías, que estaría a punto de provocar, si no ha provocado ya, un cambio estructural en el pensamiento.

Nader Koochaki no solo desborda los límites temporales y espaciales de la sala de exposiciones, en una suerte de realidad expandida, más allá del museo, sino también el modo de concebir la materialización de la propia exposición. Esta es entendida como una especie de ser vivo que va germinando con el paso del tiempo.

‘Cielo abierto’ ha sido concebida en tres tempos: línea editorial, mesa editorial y fuga editorial, que, a su vez, han ido alterando la ordenación del trabajo en la sala, como si de una redacción se tratase, donde primero se piensa a qué va a dedicar el número, luego acumula documentos e investigaciones, para su ulterior publicación

En Línea editorial comienza a definir el espacio con dos ejes, horizontal y vertical. El horizontal es una bionda que actúa como línea del tiempo, como las vallas metálicas de protección, cuyo perfil tiene dos ondas, que quedan fuera de campo y se desdibujan cuando circulamos velozmente por las carreteras asfaltadas.

El eje vertical viene determinado por tres columnas de asfalto suspendidas del alto techo de la sala, convertidas en el soporte de los documentos consultados en la biblioteca del Instituto Geológico y Minero de España.

© Allan Sekula. Dripping Black Trapezoid. De la serie Black Tide (Marea Negra). 2002-2003. Colección MUSAC.

‘Dripping black trapezoid’ de Allan Sekula (1951-2013), pieza fotográfica conservada en la colección del MUSAC, es un fortuito hallazgo que se convierte en el nexo que une el museo con el proyecto de Nader. La serie realizada por Sekula a propósito del desastre ecológico del Prestige, también hace referencia al asfalto y al carbón, elementos sobre los que se provocan todas las variaciones e hilos de unión de los múltiples planos entrelazados en este proyecto.

La propia teoría fotográfica de Sekula también es el sustrato de este trabajo. El fotógrafo, pensador y activista, concibe la práctica fotográfica como un ensayo visual, que en el caso de la serie sobre el desastre en las costas gallegas de 2002, forma parte de un conjunto de reflexiones sobre los efectos de la globalización en la economía marítima.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.1º estadio [Línea editorial], 2018. Cortesía del artista.

Para el norteamericano, que intentó reinventar el arte documental tanto fotográfico como en movimiento, o al menos hacernos reflexionar sobre dicha categoría, “el arte es principalmente un modo de comunicación humana, un discurso anclado en relaciones sociales concretas, y no un ámbito mistificado, vaporoso y ahistórico de expresión y experiencia estrictamente afectivas”.

Por otro lado, el significado fotográfico es indeterminado, ya que una fotografía puede significar una cosa y la contraria según las circunstancias de su representación, y la única verdad que ofrecen (u ofrecían) las fotografías es que alguien o algo estaba ahí y disparó una fotografía. Todo lo demás, queda libre a la interpretación.

Si Allan Sekula habló del mar llevando a las salas de exhibición cuatro pencas de bacalao seco y la voz de las sirenas, Nader Koochaki introduce aquí las texturas del carbón y el asfalto.

En ‘Cielo abierto’, reflexiona sobre cómo estos materiales, el carbón y el asfalto, generan un ciclo productivo, una eterna cinta de Moebius, en un círculo de permanente destrucción, transformación y alteración del paisaje.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.1º estadio [Línea editorial], 2018. Cortesía del artista.

Junto con las coordenadas espaciales y temporales, la línea horizontal y la vertical construyen el espacio físico dentro del MUSAC, como el vientre de una ballena. Al mismo tiempo, trae a la sala tres cotas topográficas que construyen el espacio expandido. La cota 818 marcada en una roca de carbón de la Mina Santa Lucía, es la altura al nivel del mar de la sala, la 987, encontrada en una pared de la mina, hace referencia al Laboratorio del museo, y la 978 sitúa la altura del túnel que conecta la mina con los lavaderos de La Robla, un túnel de 6,5 km. en oscuridad, sin pisar asfalto y que representa la línea de fuga.

© Nader Koochaki. Cielo abierto. 2º estadio [Mesa editorial], 2018. Cortesía del artista.

En la segunda fase, Mesa editorial, la bionda de acero, que dividía el espacio en dos, se pliega cambiando de dirección, como cambian las líneas editoriales, o las líneas de investigación, y aparecen unas estructuras modulares diseñadas en colaboración con el arquitecto Martin Ferrán, que actúan como mesas de trabajo de una redacción, en las que se despliegan las fotografías que cuentan las múltiples capas y puntos de fuga de la investigación/exposición.

Estas estructuras enlazan con la línea del tiempo y provocan ese tiempo heterocrónico del que hablaba Keith Moxey, y que está tan próximo al medio fotográfico.
“La modernidad necesita creer que el tiempo va a alguna parte – quizás, incluso, que tiene un final- . No puede aceptar que pueda haber más de una “configuración” del tiempo, pues su dominio global depende de la negación de cualquier alternativa”.

La prodigalidad de la muestra en imágenes fotográficas es un inventario de los trabajos de campo que habla de los modos de hacer de la fotografía antropológica, que actúa por exceso, donde es difícil rechazar imágenes, ya que cualquiera puede contener un fragmento esencial de potencial información.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.2º estadio [Mesa editorial], 2018. Cortesía del artista.

Así, en una estructura se alinean fotografías de fachadas de una ciudad de Irán. Las fachadas que dan al norte de la ciudad se aíslan con tela asfáltica que al atardecer se trasmutan en una luz incandescente. Ellas relatan los diversos usos de una materia, al mismo tiempo que registran el ordenamiento urbanístico de la ciudad.

Porque este trabajo, no solo habla de la minería en León, sino también de Irán (Nader Koochaki tiene dos corazones, uno nacido en el País Vasco y el otro en Irán). Y este relato transfronterizo, autobiográfico de alguna manera, también habla del cuerpo social, político e ideológico. El pensamiento de este artista dista mucho de ser kantiano, es un pensamiento en red, de interconexiones subterráneas, un pensamiento P2P.

En otra estructura modular, a modo de plotter que escupe imágenes incansablemente, encontramos fotografías en color de las escombreras de las minas de León y en la mesa siguiente, en blanco y negro, imágenes de las huellas dejadas en las carreteras por las barricadas en las huelgas de 2012 con las que los mineros cortaban las carreteras y una vez más la cadencia de los materiales, asfalto, neumáticos, carbón.

Si este trabajo poseyera un inicio, algo solo concebible desde un pensamiento lineal de la modernidad, estas imágenes podrían ser el arranque.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.3º estadio [Fuga editorial], 2018. Cortesía del artista.

Fuga editorial, el tercer acto de ‘Cielo abierto’, comenzó el pasado domingo 27 de mayo. Y quiero recalcar comenzó, aunque la exposición en el espacio físico del MUSAC se clausurase ese mismo día. Y esta es otra de las cosas fascinantes de este trabajo, que cuando llega al final, renace un nuevo relato.

El Laboratorio 987 está a 27 km, en línea recta, de la mina de Santa Lucia. Existe un túnel de 6,5 km que conecta Santa Lucia con el lavadero de La Robla, que marca el final del proceso comenzado con la extracción del carbón en la mina. El artista propone una fuga mental a través de ese túnel.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.3º estadio [Fuga editorial], 2018. Cortesía del artista.

La fuga se hace a la inversa, desde el lavadero, presente en la sala mediante unas bolas de acero y de carbón, hasta el cielo abierto de la mina.

El tiempo del viaje mental y del relato descriptivo y táctil del túnel, dura 35 minutos, como si una máquina del tiempo nos permitiera viajar a la misma velocidad que el carbón. El viaje, a través de la poética del lenguaje, nos conduce desde lo más oscuro hasta los helechos y la vida antigua transformada en energía.
Por el túnel transitan camiones lagarto y las galerías con nombres como ‘El olvido’, ‘Ilusión’, ‘Triunfo’ o ‘Sorpresa’ son “agujeros negros que respiran vacío” donde “el tiempo lineal deja de funcionar” en palabras de Nader.

Al final del túnel encontramos las escombreras, una acumulación de materia estéril, con la que se vuelve a intentar remedar las formas originales de la montaña. Esta nueva topografía es una geografía por explorar.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.3º estadio [Fuga editorial], 2018. Cortesía del artista.

Y en la última mesa, se distribuyen las fotografías de unas extrañas formas de rocas, como si se tratara de un parque escultórico. Algunas podrían evocar construcciones neolíticas, dólmenes, tótems, estelas marcando hitos del paisaje o refugios espirituales. Piedras dispuestas con una percepción estética que no solo es patrimonio del genio del artista.

Y aquí el trabajo, se abre a nuevas líneas de investigación, una investigación de índole demográfica, descubierta de forma azarosa. Salvador un trabajador que emigró de los latifundios del sur de España a las escombreras de León, como mano de obra especializada en saber mover la tierra con pesadas máquinas excavadoras, intervino en el paisaje siguiendo intuitivamente el trazado como un artista del land-art. Su final fue trágico.

Nader Koochaki seguirá explorando las historias del carbón y el asfalto, viajará a Irán o al seno de la familia de Salvador, y allí donde el azar, el destino y el estudio le vaya abriendo sendas, buscando o encontrando, siempre con una cámara fotográfica, como instrumento que media en su movimiento, y con el que intenta ordenar su pensamiento.

© Nader Koochaki. Cielo abierto.3º estadio [Fuga editorial], 2018. Cortesía del artista.

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