Carmen Dalmau recorre la exposición ‘El aire conmovido…’ que se puede visitar en el Reina Sofía. Comisariada por el pensador francés Georges Didi-Huberman, la exposición parte de unos versos de Lorca para articular un ensayo poético sobre la emoción y lo político a través de muy diferentes obras y autores.
Grabiele Münter (1877-1962 fue una de las fundadoras de El Jinete Azul (Der Blaue Reiter) el grupo de artistas expresionistas con sede en Múnich que amaba a los caballos y el color azul. En la exposición que le ha dedicado el Museo Thyssen y que se puede visitar hasta el 9 de febrero, además de apreciar que su mirada se construye a través de una cámara Kodak, regalo de unos parientes en su visita a Estados Unidos donde se habían conocido sus padres como inmigrantes alemanes, observamos ya en la madurez de sus días cómo contempla la pintura de los niños, refugio no contaminado, para trascender sus formas de representar la realidad desde una mirada aun no contaminada por las reglas y leyes académicas.
Un verso del ‘Romancero Gitano‘ de Federico García Lorca “En el aire conmovido…” extraído del ‘Romance de la luna, luna‘, es el desencadenante de la exposición de tesis comisariada por el historiador del arte y filósofo Georges Didi-Huberman, uno de los más significados continuadores de la manera de entender el arte de Aby Warburg.
Ambas muestras, la exposición de género y la de tesis del Centro de Arte Museo Reina Sofía, esta segunda visitable hasta el 17 de marzo, siendo muy distantes en su narrativa, coinciden en una reflexión común: la necesidad de volver a mirar la representación del mundo con los ojos de un niño.
Los versos de Lorca, tan bellos que hieren el corazón, están plagados de niños que miran a la luna en el aire conmovido, que van por el cielo con la luna de la mano. Y quizá Lorca sea el hilo rojo que une la tesis estética de la exposición porque sus ojos seguían conservando una mirada prodigiosa en la edad adulta. En la semblanza del poeta que traza otro poeta amigo, Vicente Aleixandre, se le compara con un niño, con un ángel, con una sucesión de paisajes que dependían de la hora, de su estado de ánimo y de la luz que despedían sus ojos.
En Infancias, preámbulo de la exposición, Huberman nos recuerda que “los niños no están ciegos ante nuestro mundo, ante su caos”. Los niños miran sin el desdoblamiento que impone la razón ilustrada, desde lo cercano y real hasta lo profundo imaginado o soñado. Y esos niños que miran son los niños retratados por la cámara de José Val del Omar con los ojos iluminados, que contemplan por primera vez el cine cuando las Misiones pedagógicas, con la inocente fe en el poder de la cultura, acercaron el cine, el teatro, la pintura y la poesía a universos cerrados que permanecían aislados en la España de los años treinta, o los niños de ojos desorbitados fotografiados por Robert Capa en la Barcelona del 39 que evoca Víctor Erice en ‘El espíritu de la Colmena‘ en ese rostro todo ojos de la niña Ana Torrent.
Al fondo de la blanca sala se proyecta ‘Diez minutos más mayor’ (1978) la ya clásica película de Herz Franz, en la que en un plano fijo se despliegan las emociones que atraviesan el rostro de un niño absorto en la representación de un teatro de títeres que solo vemos en el mirante niño. Es magia pura.
La exposición está dispuesta de forma diáfana en siete capítulos, dotando del espacio necesario a cada pieza lo que posibilita una observación tranquila y respirar el aire conmovido. Poco a poco vamos entrando en el desgarro afectivo, la desesperación ante la constatación de los males del mundo, en la reificación que transforma todo ser en tener, en objeto con valor de uso intercambiable, que convierte todo en mercancía y objeto vendible, incluidos los cuerpos, las emociones y las obras de arte. Y está bien resignificar piezas emblemáticas como los caprichos y dibujos de Goya que van pautando cada capítulo del discurso junto a los versos de Lorca. Así como un trato a toda forma de expresión artística con la misma entidad, ya sean las foto-documentos de Val del Omar o los dibujos de lunas crecientes y noches oscuras de Goethe de 1777.

ordenes de arquitectura adornada con otras reglas utiles, 1731. Patrimonio Nacional.
Colecciones Reales. Biblioteca del Palacio Real de Madrid
Pensamientos es el germen que nace de otro verso lorquiano, ¿qué misterioso pensamiento conmueve a las espigas? que intenta revelar los dos caminos que se han ido configurando para entender las emociones, el que las intenta explicar y someter por tanto a una reglas o el camino del comprender. Se trazan dos líneas, la línea de la alfabetización que va desde Aristóteles a Le Brun, y la línea que llama de la emancipación que puede arrancar de una partitura de Beethoven y acabar en el ‘Atlas Mnemosyne’ de Warburg.
En la alfabetización se entrelazan los dibujos fisiognómicos de ojos y líneas de la frente con las fotografías de Charles Darwin de crías humanas llorando que nos recuerda que aunque nuestras almas sean múltiples siempre podremos encajar en un patrón predecible y que al fin y al cabo somos animales como las tortugas o los elefantes. En la emancipación nos emocionada ver el jeroglífico de una partitura de Beethoven que musicaliza el poema ‘Deleite de la melancolía’ dialogando con los disparates de Goya o con los ejercicios de Aby Warburg en el Instituto de Arte de Florencia.
Es misterioso como el pensamiento estético necesita combinar imágenes para encajar los discursos, al tiempo que las piezas adquieren un significado ético y político diferente al estar expuestas junto a otras piezas artísticas. El conjunto de las obras que se seleccionan, se escogen y se muestran nunca es inocente.
Otro de las hilos discursivos de ‘En el aire conmovido’ es la conferencia de Lorca ‘Juego y teoría del duende’. El duende como el aura son conceptos escurridizos, porque ambas cosas pueden ser una quimera filosófica o una punzada en el corazón. Lorca termina su conferencia diciéndonos que poco puede hace el poeta con ángeles y musas sino despierta al duende en las últimas habitaciones de la sangre. Una idea estética inaprensible que viniendo del desgarro del cante jondo es identificado por la sabiduría popular como un algo difícil de apresar que vibra en el aire y nos conmueve, más allá de buenas técnicas y laureles, puede aplicarse a las obras de arte, ya sea un cante o una imagen como se hace en esta exposición.
Caras nace de La cara con poca sangre, los ojos con mucha noche… porque nuestro rostro respira las emociones contenidas en el aire ambiental. Vemos los rostros de niño enfermo o niña riendo de Menardo Rosso, los Giacometti o las cabezas llorando de Picasso, los dibujos preparatorios para el Guernica con ojos como lágrimas y lenguas afiladas que desgarran con gritos mudos el soplo del aire conmovido.
Y junto a ellos las fotografías de Franco Pinna, el fotógrafo italiano que trabajó como cámara junto al antropólogo Ernesto De Martino en los viajes de estudio por el sur de Italia durante los años cincuenta dejando un testimonio cultural, documental y ahora visto también como arte que le han concedido el sello del fotógrafo neorrealista por excelencia. O las fotografías del barón Schrenk-Notzing, parapsicólogo e hipnotizador, en las que registraba sus experiencias con las masas teleplásticas y los médiums.

En Gestos El duende sube por dentro, desde la planta de los pies… hasta las fotografías del tríptico de las manos del autor surrealista Hans Bellmer y el gesto de las manos es el movimiento de todo el cuerpo que danza y se conmueve como el cuerpo del bailaor Vicente Escudero registrado por Oriol Maspons en la Barcelona del 58 o el de Pilar bailando recogido por Man Ray.
También podemos apreciar las imágenes de Jean Manzon, el fotógrafo de origen francés que formó una escuela de fotorreporteros en Brasil legando las primeras imágenes de Brasilia junto a las del imaginario de un Brasil selvático, y que sin embargo empleo la cámara de forma surrealista para captar el momento del milagro de la levitación, el último gesto del bailarín Vaslav Nijinsky en el asilo psiquiátrico de Munsingen en 1939.
El azul de un cuerpo de Klein es la huella que queda flotando en la sala, donde el aire cada vez se hace más denso, para pasar a Sitios Espacio y distancia. Vertical y horizontal. Relación entre tu y yo. El lugar se presenta como un espacio donde se manifiestan las tensiones contenidas en los gestos, en los rostros, en los cuerpos, atravesado por los vientos.
Construye el espacio con Goya, con Goethe, con las inverosímiles imágenes de Víctor Hugo y con el políptico fotográfico del artista y escultor Giuseppe Penone, ‘Respiraciones’, el aliento que se desplaza en el bosque. La artista Corinne Mercadier nos muestra el cristal pintado para la fotografía A los cuatro vientos. Una artista que juega con lo efímero y la posibilidad de su permanencia a través de la obra fotográfica.
Miró, Fontana y Fred Sanback rasgan el aire que ya casi se puede cortar mientras vamos avanzando hacia las últimas secciones.
Políticas. Luchaban. Luchaban. Luchaban. Así toda la noche. Y diez. Y veinte. Y un año. Y diez. Y siempre. El mundo conmovido por lo mejor y por lo peor de lo que el ser humano es capaz de perpetrar. Lamentos por guerras, masacres y genocidios o luchas por conquistar libertades.

El duelo es el ‘Velatorio español’ de Eugene Smith en que condensa el gesto en los rostros de las mujeres enlutadas y vuelven como hilo conductor los grabados de Goya que se mezclan con el llanto de las mujeres napolitanas en el funeral de veinte partisanos de Robert Capa. Y vuelve el grito afilado de la madre con el niño muerto en brazos de uno de los postcriptos del Guernica que pertenece a la Colección del Museo y que apenas sale de los sótanos pero que permite entender que el Guernica es un cuadro pintado desde las tripas y que la rabia y el estupor siguen germinando aún acabado el cuadro.
La obra de Astrid Jahsen es una de las grandes piezas fotográficas destacables de la exposición. Fechada en 2024 es otra de las obras que encajan en el engranaje de esta exposición en la que conviven con total naturalidad los dibujos románticos de Goethe con un óleo de Gerard Richter o la fotografía de más reciente creación de la fotógrafa peruana. Jahsen pone el foco en la necesidad de la mirada personal crítica alerta a las narrativas históricas y tradicionales que nos imponen las imágenes. En la serie Desarme trabaja sobre fotografías de archivo. Amplia con una lente macro las fotografías que se encuentran en libros que hablan sobre la guerra para convocar el inmenso poder de la fotografía para crear nuevos significados de la imagen. Amplia los gestos pequeños, que en una visión general nos pasarían desapercibidos, unas manos entrelazadas, una caricia, una mano posada sobre una frente, gestos de humanización entre el horror que invocan a la vez a la esperanza y al desastre, gestos que se condensan en el aire conmovido.
Los collages de John Hearfield nos retrotraen a una de las épocas mas feroces de la historia del siglo XX, la resignificación de las imágenes seleccionadas por Bertolt Brecht a modo de los desastres de la guerra de Goya.
La lucha se registra a través de las fotografías de Gilles Caron sobre los disturbios de Irlanda del Norte o en el guión cinematográfico de Pasolini para su filme ‘Accatone’.
Y el epílogo regresa a las Infancias “Un aire con olor de saliva de niño (…) que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas”. Y es entonces cuando descubrimos que es un relato circular, un uróboro, una serpiente que se muerde la cola. La exposición sitúa a los niños en la frontera entre lo real y lo imaginario, y reivindica a un Federico que sigue siendo niño en unas fotografías en las que está vestido de sombra para la representación de ‘La Vida es sueño’ de Calderón, en un decorado de Benjamín Palencia. Fotografías de archivo de niños judíos en el gueto, y dibujos de niños sirios y palestinos en campos de refugiados de Grecia y Turquía.
La película de Jean Vigo, ‘Cero en conducta’ de 1933, prohibida en Francia, recoge la escena de una batalla de almohadas en la que los jóvenes estudiantes deciden luchar contra la institución que les atenaza y es uno de los broches finales junto ‘Para Sama’, el documental de la directora Waad al-kateab, un relato sobre la vida de una mujer durante la revolución de Alepo en Siria y como la vida ya te empuja como un aullido interminable.
Al salir de la magnífica exposición surge el dilema si alinearse con la locución latina Homo hominis lupo o con la esperanza de que el arte pueda tener algún poder de sanación, o al menos ayude a comprender esta terrible sinrazón que vivimos, con las venas abiertas del mundo, Gaza, Siria, Sudán, Ucrania… que hace el aire casi irrespirable.
