Las afinidades [s]electivas

El viaje más noble es el que no traspasa los límites de la mente: no sé de dónde me ha salido esta afirmación aunque no me extraña, de tantas veces que le doy al ‘pensamiento automático’ –al menos tantas como a la escritura celebrada por los surrealistas–. Tal vez sea una sencilla forma de conclusión al encierro forzado en tiempos de pandemia. Pero ya estamos en otra etapa, al menos quiero creerlo.

El anhelo del viaje surge a veces con algunas palabras: de pequeña soñaba con los Tanganica y los Valparaíso –pronunciar Valparezo, por favor–, los Pondichéry o la Cochinchine. Poseían, esos nombres que no entendía, la sonoridad exquisita de lo desconocido muy muy lejano, solo alcanzable en los sueños, que ni siquiera nuestros padres habían visto. Así que si viaje viene del viaticum latino –y del viatge occitán y catalán, pasado por el filtro francés con age– y significa ‘carga para emprender un viaje’, ya tenía yo el hatillo listo para embarcar. Y sería imposible creer que otros no lo tuvieran al igual que yo.

¿De dónde sino surgió en los primeros grandes viajeros, y viajeras que las hubo, la pulsión por ponerse en marcha hacia lo gran desconocido? Ya a Herodoto, siglo IV a.C., le picó la curiosidad por explorar y describir el mundo antiguo del que sólo había oído hablar, «para que el tiempo no abata el recuerdo de las acciones humanas y que las grandes empresas acometidas no caigan en olvido». 

Los viajeros de otras épocas se iban con papel y lápiz para que sus impresiones no se perdieran en la memoria; escribiendo y dibujando, cuidadosamente compilaban informaciones en cuadernillos, componían a base de trazos y letras unos diarios que hacen hoy nuestras delicias –esquemas de itinerarios, mapas erráticos o asombrosamente fieles, botánica pintada con amorosa meticulosidad, escrituras elegantes o precipitadas, algunas crípticas, algunas poéticas…–. 

Hasta que Mnemósine se hiciera con la caja mágica, la sublime captadora de sombra y luz del siglo XIX, la auténtica maga capaz de reproducir sin error posible la realidad. Y ahí parece que murieron  algunos sueños; porque la realidad, lejos de ser universal, es tan diversa como diversos son los hombres. Lo hemos ido descubriendo de a poco: las pirámides de Egipto no siempre eran iguales, aún tomadas desde el mismo ángulo, algo extraño pero evidente. Ahí es donde se comprueba lo del hatillo, lo que llevamos en la mochila interior cuando abarcamos un trozo de mundo con la mirada, una mirada capaz de registrarlo a nuestro antojo –casi se podría hablar de manejarlo–. Sergio Larraín lo tenía muy claro: “Cuando paseo por ahí con el rectángulo en la mano, es el interior de mi mismo lo que busco”. La realidad, la propia, es una cuestión de cultura, la que recibimos, la que nos hacemos y elegimos en cada paso de la vida, y es esa la que captamos en nuestros viajes, sean mentales, espaciales o temporales; “Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”, escribió Pessoa.

El turismo de smartphone ha creado un mundo de apariencias y egolatrías, justificando la belleza del Niágara con la cara que sonríe en el primer plano, como si la razón primera del viaje no fuera el descubrimiento sino el montar una especie de bazar donde venderse a los otros o quien sabe si atizar su envidia. 

© Julia Borissova

Menos mal, nos quedan los recalcitrantes, los verdaderos contestatarios que son los exploradores del tiempo o del espacio a la búsqueda insistente de otros exotismos: los propios, los ignorados que todos llevamos dentro; sí, con constancia, como el ostinato sostenido de la música. Aquellos que en el transcurso del viaje no temen dejar por momentos todo lo que saben –el hatillo– para abrazar lo desconocido, sin miedo al error, a la elección equivocada, al camino escondido a punto de revelarse, a la hendidura sospechada, a la tormenta cercana, a la hierba sin pisar, a la nube tenebrosa. Eternamente ‘en état de voyage’ –en estado de viaje, como el título de un documental en los Encuentros de Arles de los ochenta. Porque el viaje es también mental, parte del sueño despierto y de la lírica evadida de lo cotidiano; el viaje se construye en las neuronas inquietas.

La literatura ha sido y sigue siendo una herramienta excepcional para la plasmación de nomadismos y exploraciones, y a menudo se piensa que la imagen –dibujo, pintura, fotografía y cine– aporta un plus de realismo figurativo. Pero lo visual también está imbuido de onírica transfiguración y de permanente misterio. Incluso va un paso más allá al hacernos creer que vemos como realidad algo impostado y realmente inexistente: el retrato del mundo que no es sino el retrato de una mente fértil. 

Los fotógrafos son maestros en el oficio. Entre ellos están los trashumantes del tiempo buscando sus raíces hasta en las de otros, porque algo en ellas les ha golpeado como un déjà vu; rastreadores ajenos al cansancio que tal vez se resisten –aún sin saberlo– al borrador de la Historia, de las historias, y emprenden entusiasmados el itinerario invertido a la corriente que, imperturbable, nos quiere llevar a todos. 

Que no se extinga la sed por descubrir y describir. Porque aunque el espacio y el tiempo se nos agotara de tanto conocerlo, aunque saturemos de clichés la entera superficie del planeta, siempre habrá tantos viajes como viajeros inquietos. Siempre habrá un Paul Bowles, cargado de misterio y hambre, en ese café de Tánger donde también andaba la luminosa Debra Winger antes de adentrarse en sus propios shadowlands.  

© Paco Gómez
Fotos:

Nº 1-. Asier Gogortza / ‘Concret landscapes’. Serie de imágenes tomadas al transformar viejos búnkeres de hormigón en cámaras fotográficas.

Nº 2-. Julia Borissova / Trabajo sobre uno de los viajes a la Antártida, llamado ‘White Blonde’ por los propios exploradores, a partir de fotos de archivo y fotos personales.

Nº 3-. Paco Gómez / ‘Los Wattebled’.
(“Me ha hecho mucha ilusión descubrir por unos trozos de letras el lugar donde los Wattebled se tomaron una cerveza. Café Félix, Le Portel, 1929”)