Cristina de Middel escribió este texto para el catálogo de la exposición ‘Un cierto panorama’ que, comisariada por Jesús Micó, recoge el variado trabajo de 54 autores seleccionados entre lo más reciente de la fotografía española. En el artículo, de Middel hace un análisis de los antecedentes que llevan a la actual situación de la fotografía y arroja luz sobre la realidad de esta “neo-generación”.

Una de las principales razones por las que decidí decir lo que tenía que decir con la fotografía fue precisamente para evitar escribir. Tengo con “lo escrito” una relación de amor odio que me lleva a rodearme de libros con letras y al mismo tiempo evitar tener que redactar cualquier idea u opinión, y mucho menos tener que compartirla.

Lo que dejas escrito no cambia al mismo ritmo que tu opinión y entiendo que es una actividad de riesgo que se puede volver en tu contra. Por eso, mejor lanzar tus ideas con un lenguaje más abierto, dónde sólo queda constancia de que una vez opinaste sobre algo pero sin llegar a sentar cátedra sobre su contenido. La fotografía y el uso que hago de ella es el medio que más flexibilidad me ofrece. También es el lenguaje que prefiero consumir porque no cierra las puertas tras de sí.

Y bueno, aquí estoy, tratando de ofrecer una panorámica sobre los últimos acontecimientos relacionados con la fotografía en nuestro país. Tratando de explicar, desde mi propia experiencia, las razones por los que muchos parecen estar de acuerdo ya al anunciar que estamos viviendo un cambio de ciclo. Y lo hago por escrito consciente de los riesgos que conlleva y no muy segura del resultado final. Quede constancia de ahora en adelante que reivindico mi derecho a contradecirme.

© Fernando Maselli

Pertenezco a una generación que ha vivido los cambios tecnológicos en la fotografía sin preámbulos. De un día para otro las publicaciones pasaron a pedir archivos y a acelerar el plazo la entrega. No guardo una nostalgia especial por el laboratorio ni echo de menos estar expuesta a soluciones químicas y a la luz roja. Yo abracé el cambio digital con tanta alegría como resignación. Recuerdo las conversaciones encendidas que teníamos los fotógrafos cuando aún me estaba formando en Barcelona y las actitudes intransigentes de muchos que estaban dispuestos a inmolarse y convertirse en mártires de lo analógico, ideando estrategias de resistencia para un fenómeno que ya no tenía vuelta atrás. Fue la primera vez que tomé conciencia del cambio de ciclo, un cambio generacional. Los nuevos, los que intentábamos rascar la venta de una foto sin estar en plantilla, teníamos un monstruo menos contra el que luchar.

El cambio de analógico a digital es ya por suerte un tema superado en los corrillos fotográficos pero aún estamos sufriendo, al menos aquellos que trabajan en prensa, las consecuencias de una transformación que ha puesto en la cuerda floja a la misma razón de ser del negocio. A día de hoy ninguna publicación ha dado con una solución que amortigüe y haga viable un cambio tan radical en su manera de producción y sobre todo, de distribución. Ni siquiera es rentable la versión digital del New York Times con más de un millón y medio de suscriptores.
Pasé unos años asentada en la prensa local, a la que considero mi verdadera escuela fotográfica, y no fue muy complicado llegar a manejar los códigos y exigencias del lenguaje documental. Creo que fue precisamente cuando más asentada estaba cuando vi una foto de Ricardo Cases que me volvió loca.

© Bernardita Morello

Ricardo acababa de ganar el concurso Nuevo Talento Fnac de Fotografía con su serie ‘La caza del lobo congelado’ y sus imágenes me sacudieron tanto a nivel técnico como conceptual (por no hablar del título). Yo simplemente nunca había visto nada igual y por otro lado nunca había sentido tanto interés por la caza. Su lenguaje hacía que se tambaleasen todos los fundamentos que yo andaba intentando replicar en mis proyectos personales, si es que entonces podía llamarlos así.

La suerte quiso que no tardase en conocerle personalmente y entender mejor lo que había detrás de esas imágenes: una entrega tan profunda como lúdica a la práctica fotográfica y un entretenimiento genuino dedicado a sacudir los pilares de la fotografía que se venía consumiendo en España. Ricardo fue una persona fundamental en mi progresión y para mí sigue siendo el que lleva la bandera de esta nueva generación. Sus títulos por otro lado siguen sorprendiéndome. De nuestro primer encuentro sólo recuerdo las ganas irrefrenables de querer tirar todos mis discos duros por la ventana y pensar en empezar de cero tras un episodio de vergüenza intensa al mostrarle mis retratos de niños en Haití. En blanco y negro, por supuesto.

Pero Ricardo Cases no era el único. Por entonces ya me intrigaba Carlos Irijalba, con su proyecto ‘Twilight’, que ganó la beca Botín a la que yo me presenté también con los mismo niños haitianos. La posibilidad de construir imágenes a ese nivel, con esa grandiosa logística abrió mil puertas frente a mí. Honestamente, no tenía ni idea de por dónde empezar.

También estaba Sergio Belinchón con su proyecto ‘Público’ que me llevó a descubrir los “no-lugares”, que son el equivalente de la “no-fotografía” que circula hoy en día por las vanguardias de las escuelas. Si en los 2000 la fotografía se dedicó a desmontar las postales, en los 2010 es la misma fotografía la que se está desmontando.

Tanto Carlos como Sergio jugaban en otra liga. Ya eran artistas reconocidos, representados por galerías y apoyados por comisarios y quizá por eso no se incluyen a día de hoy en las listas y retrospectivas precipitadas que surgen para tratar de poner orden en este nuevo panorama emergente. Ellos llevaban ya tiempo en la superficie.
Así que con estas referencias, algún libro de Magnum que me habían regalado por navidad mis padres y poco que perder decidí que tenía que probar otros lenguajes antes de acomodarme del todo en mi puesto de trabajo. Empezaban ya a escocerme las limitaciones de la foto en página con pie de foto, las manipulaciones gráficas y lo rápido que había que reaccionar. Dejé mi trabajo e hice ‘Afronautas’ sin saber que era el inicio de una etapa mucho más acelerada. La prensa había sido sólo el entrenamiento, ahí empezaba lo serio.

Lo que no te mata te hace más fuerte.

Muchas veces he tenido que contestar a preguntas sobre las señas de identidad de esta nueva generación y siempre he decidido apuntar la crisis económica como el verdadero motor. Muchos de los que dimos el salto hacia un nuevo lenguaje veníamos de un puesto seguro en un negocio debilitado como la prensa. Muchos vimos cómo conseguir una publicación o incluso un encargo se había convertido en una gesta imposible y quizá lo que hizo detonar todo fue que ninguno decidió abandonar y sacarse unas oposiciones a bedel. El objetivo seguía siendo el mismo, compartir un proyecto, que llegase al público, y esa última fase, por suerte, también había sufrido una pequeña revolución. Para publicar un libro o hacer una revista no necesitabas una editorial detrás. Casi al mismo tiempo que Obama acuñaba el “Yes we can”, en España algunos nos decidimos tomárnoslo al pie de la letra.

© Andrés Galeano

Todo ocurrió muy rápido, pero de repente, y gracias a escuelas como Blank Paper, que crearon un ejército de nuevos documentalistas sensibles a los mismos temas, la flora fotográfica tomó un tinte radicalmente distinto. Empezaron los lenguajes personales, los procesos de autoconocimiento, la adoración a Paul Graham, la avidez por conocer y comprender lo que sucedía fuera de España, las excursiones a los festivales en los que la banda española se movía como los japoneses frente a la Sagrada Familia… Al menos así lo vivía yo, desde el extrarradio y siendo mujer, una posición que no me favorecía mucho de entrada y curiosamente mucho menos en esta generación tan revolucionaria y tan moderna.

Pero volviendo al “Yes We Can”, el lenguaje que estaba floreciendo no era nada nuevo en el mundo de la fotografía, pero aún era difícil de clasificar en España. Se situaba en ese terreno inexplorado (Fontcuberta no cuenta) que se encuentra entre el arte y el documento y parecía poner en aprietos tanto a los fotoperiodistas como a los comisarios de arte. Era fotografía, contaba una historia, pero estaba tan cargada de opinión y usaba un lenguaje tan poco neutral que no podía ser documento. A mí misma me llevo un tiempo entender que simplemente se trataba de un nuevo género híbrido que de momento no se podía encasillar.
Por poner un ejemplo, todos sabíamos de la existencia de la Casa de Campo pero ninguno podía intuir las imágenes que Antonio Xoubanova recopiló en su libro.

A través de la fotografía y de todos estos trabajos se nos forzaba a volver a mirar y así redescubrir todo lo que nos rodeaba. Las posibilidades eran infinitas. Desde tu propia familia hasta el portero de tu finca o una sala de fiestas. Las miradas se exacerbaron y se volvieron cínicas, melancólicas, irónicas y nostálgicas, como si de repente nos diéramos cuenta de que a pesar de pertenecer a una generación históricamente cómoda, nuestras vidas también eran interesantes. No podíamos contar batallitas de la guerra civil, ni habíamos ido a conciertos de Los Beatles, pero tampoco estábamos vacíos por dentro!

La mayor ventaja de todas y la que expandió paradójicamente nuestros horizontes fue que para hacer una historia interesante ya no era necesario viajar a Guatemala en busca de forajidos por la noche. Bastaba con irse al parque con la cámara, ir muchas veces (muchas), y editar el resultado dándole la prioridad a conceptos como el ritmo, el contraste, la estridencia y sobre todo la secuencia. Por mucho que las sesiones de edición en los nuevos corrillos se desarrollasen a base de dictaminar si una imagen era “fotón” o no lo era, el resultado iba siempre más allá del interés particular de una imagen, lo importante era la historia y el croma de fondo era lo de menos

 

© Antonia Moreno

También es cierto que estas nuevas historias visuales no iban dedicadas al mismo público. El objetivo final no era una Beca Botín o un premio Luis Valtueña. Mirábamos hacia fuera porque sabíamos que en España estaba todo el pescado vendido y que había que salir a alta mar a buscar bancos con nuevas especies a lo vikingo. Nuestras propuestas llegaban cuando el Olimpo de los fotógrafos ya estaba consolidado con 5 nombres y la capacidad de atención del público español con respecto a la fotografía no estaba para muchas fiestas. Mejor apostar por lo seguro, recuperar la inversión. Nunca fuimos un país que fuese abriendo brecha ni sosteniendo estandarte alguno, y los tiempos de la movida ya quedaban muy atrás como para ir apostando por nuevos valores a lo loco.

Aquí debería poner varios asteriscos porque no siento que la llegada de nuevos nombres a la fotografía haya modificado ese Olimpo del que hablaba. La presencia de estos artistas no se ha visto afectada en absoluto, si acaso el espacio que ocupaban, ese Olimpo, hizo una reforma para ampliarse. Alberto García-Alix, Cristina García Rodero, Chema Madoz, Cristóbal Hara, Isabel Muñoz, etc. siguen sentados allí arriba más o menos involucrados con la actualidad de la fotografía española y su trabajo parece tan pertinente como siempre.

Lo cierto es que nuestra generación no contó por defecto con el apoyo institucional clásico pero también hay que decir que los verdaderos trampolines que nos permitieron dar el salto final, en muchos casos, vinieron de pequeñas iniciativas o instituciones que supieron adaptarse a las nuevas necesidades y eran conscientes del caldo de cultivo que estaba a un paso de solidificares. El festival Emergent de Lérida o por supuesto, el trabajo de Jesús Micó con los Cuadernos de la Kursala fueron, en mi caso fundamentales para conseguir dar un paso más, y yo sólo seguía el camino que habían marcado ya otros con tanto éxito como Juan Diego Valera, Camino Laguillo o Federico Clavarino, por nombrar a algunos.

El paso que yo di me llevó fuera de España y desde entonces sigo los acontecimientos con esa distancia.

La Armada Invencible

Quizá otro de los motores que hizo que se consolidara el “fenómeno español” fue que traspasó nuestras fronteras. Al final todas esas excursiones a los festivales en manada estaban dando sus frutos y durante unos años se volvió casi tradición que hubiese algún trabajo español entre los finalistas en las pasarelas de París y Nueva York. El British Journal of Photography, la publicación de fotografía más antigua del mundo, nos llegó a llamar “La Armada Invencible”, no sé si deseándonos lo mejor desde Inglaterra o usando un nombre gracioso que les trajese buenos recuerdos. Desde entonces la presencia de fotógrafos españoles y las voces de los analistas en revistas de referencia se han convertido en algo común. Hay pocos festivales que no incluyan obra de uno u otro en su programación y parece que el complejo de Alfredo Landa se nos ha quitado.

Por suerte de nuevo, y debido a la celeridad con la que aconteció todo, ese nuevo género híbrido y tan difícil de clasificar floreció en un contexto en el que el fotolibro estaba surgiendo con fuerza como nueva plataforma para la fotografía y encontró allí y de manera muy oportuna su pabellón definitivo.

Personas mucha más expertas que yo se han encargado ya de recopilar y ordenar la evolución del fotolibro en España así que no pretendo aquí hacer un análisis serio, tan sólo quizá, explicar cómo me fui sumergiendo en ese mundo casi sin darme cuenta.

© Mar Sáez

Me parece que a estas alturas ya ha quedado claro que mi papel en este fenómeno se hizo desde la periferia. Yo no formaba parte de los corrillos y mi proceso de creación de ‘Afronautas’ se hizo con la ayuda de dos personas que, aunque ahora son nombres propios en el mundillo, entonces, tenían escasa relevancia. Laia Abril, Ramón Pez y yo empezamos a idear el libro sin apenas experiencia ni referencias y sigo opinando que eso nos favoreció. Se hizo con frescura y sin ambición, como un juego que iba a marcar nuestras prácticas artísticas para siempre de manera inconsciente. La reacción inicial a la serie en España fue bastante discreta y no fue hasta que presenté el libro en concursos y ferias internacionales que la historia comenzó a ponerse seria. Más tarde, siendo fiel a una tendencia en España que no es exclusiva de las artes ni de la fotografía, cuando el reconocimiento llegó de fuera, se me abrazó con ternura. Todo bien.

Esto fue en el año 2012 y muchas cosas han pasado en tan solo cinco años. Se han multiplicado las publicaciones, las editoriales, las distribuidoras, los concursos, las exposiciones… estamos en definitiva en uno de los mejores momentos de la fotografía española en cuanto a su visibilidad e inclusión en el codiciado mundo del arte. Pronto otro de los temidos debates sobre si la fotografía es arte o no, quedará también obsoleto, porque la tendencia no es a la baja.

La neo-nueva generación

Ahora supongo que toca hablar del futuro, de cómo aunque se me asigne un papel en esta nueva generación de fotógrafos españoles yo ya siento como que pertenezco a otra era.

Insisto, todo ha pasado muy rápido. Igual que España pasó de la dictadura a la democracia en unas semanas, nosotros ya estamos dando clases a nuevas generaciones que viene con ideas aún más frescas. Me divierte pensar que haya fotógrafos que me vean como a García-Alix, intocable ahí arriba con su carrera consolidada, en posición de dar consejos. Me han llegado a llamar “La reina del Fotolibro” o “Monumento de la Fotografía española”, haciendo alarde este país de nuevo de un gran sentido del humor. Resulta irónico cuanto menos que de un año al siguiente yo pasara de estar sentada en el auditorio a ocupar el atril (o escribir este texto). A veces me pregunto si la base sobre la que todo este fenómeno se ha construido no necesita algún tiempo más para madurar y ver en qué acaba todo porque es sinceramente muy difícil situarse en un contexto en el que pasas de ser joven promesa a ser una referencia de un día para otro.

Pero voy a dejar ya de lloriquear y compartir mis vértigos. Mi preocupación no viene por el reto que supone enfrentarse a lo nuevo y además entenderlo, viene más bien por la perspectiva que me ofrece el haber crecido en el Levante español y haber sido testigo de lo que ocurre cuando a los españoles nos da por construir: Torrevieja o Benidorm.

Parece como si el fotolibro se hubiese convertido en una fórmula de éxito per se, y se multiplican las publicaciones que independientemente de su calidad llevan adosadas expectativas que resultan irreales. Como el que se compró el piso haciendo una inversión convencido de que el alquiler pagaría las cuotas de la hipoteca. Parece que estamos ligados a la crisis de una manera mucho más profunda y que va más allá de irse a Alemania a buscar trabajo.

© Alberto Feijoo

Hace no mucho estuve de jurado en un concurso de maquetas de fotolibros en un país del Norte. Las deliberaciones del jurado fueron intensas y al final ganó la propuesta por la que yo había apostado. No era un gran libro. No era nada nuevo. Era simplemente correcto y divertido. Se anunció el ganador en una gala muy nórdica y nos fuimos todos a dormir. El día siguiente desperté con un email del ganador y un mensaje muy perturbador. Yo no le conocía más allá de haberle dado un ramo de flores en un escenario y él me preguntaba, sin hola ni adios: “En serio, Y ahora qué?”. Me sorprendió la osadía y me entristeció la falta de perspectiva. En algún lugar de la cabeza de ese joven fotógrafo estaba la idea de que bastaba con ganar un concurso y que podía pasar a recoger las llaves de su ático en Nueva York. Es por supuesto un caso aislado y además no ocurrió en España, pero me hizo pensar sobre lo que se estaba perdiendo: aventura de arriesgarlo todo y aprender de los fracasos, aunque hubiese ganado!

Lo cierto es que “nuestros alumnos” vienen ya casi un manual de instrucciones que seguir paso a paso: tienen la lista de direcciones a dónde mandar sus maquetas, tienen listados con los concursos y alarmas de Google que les recuerdan las fechas de entrega, tienen también miles de entrevistas en las que contamos cómo sucedió todo. Sobre lo que no podemos escribir con propiedad todavía es sobre cómo conseguir un sistema sustentable, y yo personalmente ando investigando el tema a fondo. Las condiciones de las editoriales, sobrepasadas por la oferta, son casi ridículas y convierten el flujo de trabajos de alta calidad en un negocio en el que por lo visto nadie gana.

© Jorge Fuenbuena

Los autores entregan su trabajo a cambio sólo del estatus que supone tener una publicación en parrilla. Las editoriales ceden casi la totalidad de su beneficio (por lo visto) a los distribuidores, quiénes colocan las publicaciones en Amazon con descuentos que hacen llorar. Para maquillar la debilidad del negocio las campañas de crowdfunding se multiplican convirtiendo la amistad en una moneda de cambio y la sensación es que más allá de algunos coleccionistas ávidos, el mercado lo mueven los propios creadores apoyándose unos a otros ad infinitum.

El resultado de todo esto es que contamos ahora una variedad increíble de propuestas fotográficas en forma editorial, la calidad no se ha visto afectada, más bien todo lo contrario, pero es lógico preguntarse cuánto tiempo más se puede sobrevivir con este esquema. La autoedición podría ser una solución, pero hace falta ser un genio de las redes y tener la agenda del director del MoMa para conseguir crear un modo de vida a partir de esta actividad. Parece que estamos aún lejos de poder vivir como los escritores, que sacan un libro cada tres años y pueden recostarse tranquilamente a preparar el siguiente, y la razón es que no hemos creado interés genuino en la audiencia. No quiero ser agorera pero sí que considero necesario hacer hincapié en la necesidad por parte de todos de encontrar la manera de abrirse al gran público, como lo hicieron las instituciones con los que ocupaban el Olimpo antes de llegar nosotros: con la misma estrategia con la que consiguieron que mi madre reconociera las fotos de Chema Madoz. Y quizá sea ese el reto de esta neo-nueva generación, encontrara través de las redes la fórmula que nos salve a todos.

Después de cinco años frenéticos en los que muchas veces me han preguntado cómo he conseguido aguantar el ritmo, sigo siendo optimista. Por decirlo de algún modo he visto “cosas que jamás creeríais atacar naves en llamas más allá de Orión” y el problema es el mismo en todo el mundo. El fenómeno fotolibro se manifiesta casi como una avalancha de automecenazgo que ha llenado de productos endogámicos las librerías especializadas, como si los fotógrafos hubieran hecho una huelga a la japonesa sólo por el gusto de hacerla, sin exigencias.

Quiero pensar que estamos en la fase inicial de algo más grande y que sabremos encontrar entre todos las fórmulas definitivas para conseguir ser los máximos beneficiarios de nuestros nuestro propio trabajo. Y me van a disculpar ahora este venirse arriba y hacer uso del atril sin miramientos, pero la transformación que necesitamos es común a toda una generación y no es sólo cosa de fotógrafos inspirados. La base es simple, mis fotos son tu materia prima, todo lo que sigue se estudia en primero de empresariales. Un “Power to the people” en toda regla.

Y bueno, hasta aquí lo que me atrevo a dejar por escrito sobre este tema. Puede que en dos semanas consiga un contrato millonario con una editorial que sepa hacer sus cuentas y tenga que revisar todo lo dicho, pero como ya dije, reivindico mi derecho a contradecirme.

‘Un cierto panorama’ es una exposición que puedes ver en el Canal de Isabel II hasta el 23 de julio.

© Pachi Santiago