Click en mi cabeza

Si «la forma obedece a la función» a la hora de desarrollar un idea a través de la imagen, ¿qué misión desempeña la IA? Blas González recurre a la serie ‘Los Invisibles’ de Francisco Uceda para especular sobre el papel de las nuevas tecnologías generativas en el mundo fotográfico.

Desde que Midjourney anunciará su primera versión beta en el verano de 2022, la generación de imágenes mediante IA ha ocupado buena parte de los debates y tertulias fotográficas. Las opiniones y posturas pivotan entre el abierto rechazo a cualquier tipo de utilización de esta tecnología con relación a la creación y manipulación de imágenes, la aceptación cautelosamente y siempre acotada con advertencias o el declarado entusiasmo con que los creadores más audaces han comenzado a experimentar las posibilidades de estas herramientas.

No han sido infrecuentes en los últimos meses las colisiones entre la fotografía y la IA, con la sospecha de fraude  alimentando la polémica y, en algunos de los casos más sonados, con los propios autores desvelando el engaño. Así sucedió, por ejemplo, con el fotógrafo alemán Boris Eldagsen quien rechazó el Sony World Photography Awards de 2023 en la categoría creativa, confesando que su imagen había sido generada mediante IA.

Según declaraba el autor su intención era verificar si los concursos fotográficos estaban preparados para detectar la participación fraudulenta de imágenes construidas con IA, para seguidamente vaticinar que las próximas ediciones del concurso recibirán “un aluvión de imágenes IA en todas las categorías documentales”.

Eldagsen rechaza categóricamente la naturaleza fotográfica de estas imágenes y sugiere que el término «Promptografía» como más adecuado para referirse a la generación de imágenes mediante IA a partir de las indicaciones del texto introducidas por el artista (prompt).

Pseudomnesia (2023). © Boris Eldagsen

Más profunda fue la brecha que abrió el noruego Jonas Bendiksen, fotógrafo de la agencia Magnum con una reconocida trayectoria como documentalista, con la publicación en 2021 de ‘The Book of Veles’, un supuesto documental sobre una localidad situada en el norte de Macedonia que en 2016 se situó en el mapa mundial como el epicentro de producción de “Fake News”. Con la misma metodología y rigor que cualquiera otro de sus trabajos documentales, el libro fue un éxito editorial y recibido positivamente por el público, ignorando que los personajes y situaciones que aparecen en las imágenes habían sido recreados mediante técnicas de generación computerizada y los textos completamente redactados por un motor de IA (GPT-2).

El propio autor, lejos de aclarar esta circunstancia, presentó la serie entera en el Visa pour l’Image de 2021 –prestigioso festival internacional de fotoperiodismo que se celebra en Perpignan, Francia–, para ser exhibido durante una de las sesiones de proyección que se celebran al anochecer. Una vez consumada la profanación del sanctasanctórum de la fotografía documental, Bendiksen confesaba su delito recurriendo a un falso denunciante que destapaba el engaño en las redes sociales. 

‘The Book of Veles’ es la respuesta de Jonas Bendiksen a la pregunta «¿es fácil lograr que la gente cante una melodía falsa?”, la demostración mediante prueba de evidencia de que en la sociedad del espectáculo la representación opera como un reemplazo autónomo de la realidad: “Todo lo que antes se vivía directamente se ha convertido en mera representación”. (Debord, 2004)

Veles. North Macedonia (2019). © Jonas Bendiksen 

Ni las declaraciones más rigurosas y bendecidas con ensayos académicos sobre la naturaleza espúrea de la “fotografía” generativa o la invención de una nueva terminología adecuada que permita referirse tanto la práctica como a los resultados visuales de las tecnologías de generación computacional de imágenes resolverán la cuestión que alimenta la mayoría de los debates actuales sobre Fotografía e Inteligencia Artificial.

En realidad, ni la creación artificiosa de imágenes o la manipulación de fotografías con la intención de engañar al espectador son un hallazgo de la IA. En la historia de la fotografía encontramos bastantes ejemplos de tomas escenificadas con pretensión de candidez o fotografías retocadas como evidencia de fenómenos o sucesos inexistentes. La fotografía que, sin necesidad de añadir o quitar nada, recoge el testigo de la tradición pictórica y se pone –si cabe, con más descaro– al servicio de las apariencias y de la vieja querencia que el ser humano tiene por delimitar entre la realidad y la representación.

Si como más arriba declaraba Debord, ahora vivimos en el plano de la representación, la evolución y el perfeccionamiento de las herramientas encargadas de su construcción sería la consecuencia lógica para poder satisfacer las aspiraciones de credibilidad de la representación.

Guy Debord (1968). © Raoul Vaneigem

En el desarrollo histórico de la fotografía encontramos evidencias de la progresiva desconexión entre el fotógrafo y la sustancia de la fotografía. Así, la desmaterialización de la fotografía se ha ido consolidando en una sucesión de hitos tecnológicos que, mediante la automatización y simplificación de los procesos, han alienado al fotógrafo del proceso de producción de la imagen.

El menú de configuración de cualquier cámara digital da buena cuenta de la cantidad de procesos computacionales que pueden llegar a intervenir en la captura de la imagen, la difusión y visualización de la misma depende de un mayor y más complejo entramado de dispositivos y protocolos, cuyos principios son totalmente ajenos al fotógrafo y al espectador.

Mientras que la fotografía química en su forma más elemental es un procedimiento “artesanal”  con muy poca aportación de procesos industriales (productos químicos), la fotografía digital no es posible realizarla sin la intervención de complejos procesos de ingeniería y software.

Aunque en la actualidad la aplicación de la IA en las cámaras fotográficas tiene un carácter instrumental (asistencia a los procesos de enfoque y corrección de errores), ya estamos viendo cómo la industria comienza a incorporar en los dispositivos y aplicativos relacionados con el procesamiento de imágenes capacidades generativas (reducción de ruido, corrección de  enfoque, resolución ampliada, relleno generativo..).

Sin duda, la convergencia futura entre la fotografía y la IA nos conducirá a la fotografía algorítmica, algo que sucederá de forma tan natural e inadvertida que acabará haciendo tan irrelevante esta reflexión, como las predicciones que Fontcuberta hizo sobre las capacidades fotográficas de los teléfonos móviles.

Hacia un nuevo collage

Hoy nadie cuestiona el estatus de independencia del collage dentro de la cultura visual, reconociendo la importancia que tuvo como espacio de resistencia de las vanguardias de principios del siglo XX. La técnica del collage aún conserva cierto carácter refractario contra la disciplina del canon y su práctica siempre ha sido un “valor refugio” para aquellos creadores que militan en posicionamientos artísticos más críticos.

No en vano, se asocia el fotomontaje con el rechazo de las vanguardias al status quo de un arte considerado burgués y decadente, con el activismo y la crítica política que militaban los creadores de la Modernidad, con una actitud artística transgresora y radical que impulsó la regeneración artística a principios del siglo XX, con el cuestionamiento de las inconsistencias sobre las que se asienta el orden establecido, con la disrupción de la realidad mediante la fragmentación, con la yuxtaposición como estrategia de resignificación y provocación o con la creación de un espacio discursivo que se sostiene  sobre la hipótesis de lo improbable. 

Bailarina India. Desde un Museo Etnográfico (1930) © Hannah Hösch 

La forma obedece a la función y para poder expresar las contradicciones e incertidumbres que modelan la existencia del individuo en las sociedades contemporáneas, los nuevos lenguajes de la modernidad tienen que romper con la linealidad de la narrativa, abandonar el rigor de la perspectiva y el plano, apropiarse, fragmentar, recombinar, repetir…

No es posible representar una realidad compleja, dominada por fuerzas que crean continuas tensiones y fracturas, sin transgredir la propia sustancia sobre la que se formula el objetivo de su crítica, sin mostrar las horrendas costuras sobre las que se sostiene el simulacro de la realidad. De esta forma, collage, assemblage y montaje liberan la expresividad del autor de cualquier servidumbre estética y se convierten vehículos eficaces del pensamiento crítico.

No puedo evitar identificar ciertas similitudes entre la irrupción de esos lenguajes visuales que sacudieron los cimientos del Arte a principios del siglo pasado y las propuestas de algunos autores actuales que utilizan la IA generativa en sus obras.

Del mismo modo, que el creador de fotocollage hace acopio de imágenes en revistas, anuncios y otros materiales gráficos preexistentes, los repositorios que alimentan a los algoritmos generativos se nutren de un espacio latente formado por la descomposición en ruido visual de los millones de imágenes con las que se entrenan los modelos.

El hecho de que la programación de estos sistemas pueda incorporar algún tipo de sesgo ideológico, de que no exista un espacio discursivo específico donde insertar las obras generadas con IA o de que los límites de la autoría sean aún objeto de encendido debate, hacen que la comparación sea aún más pertinente. Allí donde la tijera corta y la cola pega, reconfigurando y subvirtiendo elementos preexistentes en un fotocollage, la palabra del creador de IA tiene la facultad de desafiar las restricciones de los algoritmos para modelar el resultado conforme a su intención.

En cuanto a las motivaciones de los creadores actuales, es posible que no difieran mucho de las que encendieron la chispa de las primeras vanguardias. Después de casi un siglo de adoctrinamiento neoliberal, la conciencia revolucionaria sin duda se ha adormecido y algunos de los creadores que hoy utilizan la IA han asumido la colosal misión de alertar sobre las inconsistencias y la falta de evidencia que sustentan la representación en la cultura actual.

Los Invisibles

En la última sesión de la segunda temporada de los Encuentros 5+1 (Diálogos en torno a la fotografía) recibimos a Francisco Uceda, que para la ocasión presentaba su proyecto ‘Los Invisibles’, una obra en curso creada mediante una combinación de herramientas de IA y manipulación de imágenes con Photoshop. A este artista visual almeriense, afincado en Nueva York, lo avala un extenso cuerpo de obra en donde se conjugan la fotografía, el fotomontaje y el collage con una intención declarada no muy diferente de la que impulsaba a los creadores de las primeras vanguardias del siglo XX: “formular, comprender, cuestionar, visibilizar y denunciar” la realidad.

Con un panel de invitados en su mayoría procedentes del ámbito de la fotografía convencional, la tentación de centrar el debate sobre la legitimidad de la IA como medio de expresión artística, ciertamente representaba una amenaza de dejar en un segundo plano el objetivo que convoca este tipo de reuniones: que el autor reciba un comentario razonado sobre los hipotéticos efectos que su obra tendría en la audiencia que la reciba.

Sin pretender ser categóricos, lo pertinente sería hablar sobre el modo en que la declaración artística del proyecto sitúa al espectador ante la obra, sobre la correspondencia de la serie con la intención del autor, sobre la coherencia formal y conceptual del conjunto, sobre el ámbito de difusión previsto por el autor y sus efectos sobre la forma, la estructura interna de la obra, la edición, el ritmo… Por tanto, es esencial para que este diálogo sea productivo que el análisis se enfoque en la obra misma, en cómo ésta consigue ser trascendente y generar significados en la audiencia.

Los Invisibles. Ilusionista (2023). © Francisco Uceda

Tanto en el título del proyecto, como en la cita inicial y en la imagen con las que se abre el proyecto se hace explícita la alusión a la novela ‘El hombre invisible’ (1952) de Ralph Ellison, que narra en primera persona las desventuras y decepciones de su protagonista, un anónimo joven afroaméricano, esforzado en la búsqueda de su identidad en el Harlem de Nueva York. Semejante referente no solo revela la intención de Uceda de abordar la cuestión de la invisibilidad desde un punto de vista social, de alguna manera, también anticipa la utilización que hará el autor de la clave simbólica como elemento catalizador de su reflexión sobre la diferencia, la alteridad o la alienación.

Del mismo modo que sucedió con Robert Frank, el punto de vista de Francisco Uceda como outsider de la cultura estadounidense, sin duda le ofrece una perspectiva privilegiada sobre la frustración de expectativas y sus consecuencias a las que se enfrentan aquellas personas que aspiran a integrarse en el complejo escenario de la sociedad norteamericana. Por otro lado, la implicación personal del autor dentro de la comunidad y su participación en programas de integración fue un indicativo durante la conversación que mantuvimos con él en los Encuentros del alcance de su preocupación social y de la integridad que avala la intención de este proyecto.

Los Invisibles. Mago (2023). © Francisco Uceda

Uceda propone a sus personajes en el marco hipotético del circo. Son trapecistas, equilibristas, encantadores de serpientes, magos, escapistas, comedores de fuego, forzudos, domadores,mentalistas… Aunque en algunos personajes resulta evidente su vinculación circense, en otros los indicios son más sutiles o simplemente se informa al lector de las habilidades que poseen en el pie de foto. En cualquier caso, sin demasiado esfuerzo y como un ejercicio de reflexión preliminar, podemos intentar imaginar a cada uno de estos caracteres protagonizando su número en la pista central de algún circo. Quizás pensaba en el circo Debussy cuando decía que la atracción que el virtuoso ejerce sobre el espectador se fundamenta en la esperanza de que algo peligroso pueda suceder. Bestias salvajes, personas deformes, acrobacias arriesgadas, etc. Lo extraordinario y lo sorprendente siempre han alimentado la esperanza morbosa de la multitud, que, ante la llamada del “pasen y vean”, se congregará apresurada en torno a “lo nunca visto”, sin conceder demasiada importancia –o por lo menos, no de forma duradera– a las consecuencias éticas del espectáculo.

Los Invisibles. Mujer forzuda (2023). Francisco Uceda

Pero en esta ficción dramática de ‘Los Invisibles’ nos convertimos en inopinados testigos de lo que sucede cuando los focos se apagan y de cómo algunos de estos personajes extraordinarios en el desempeño de sus habilidades, parecen ahora, alejados de la mirada pública, estar atrapados en el círculo de sus obsesiones, mientras que otros languidecen en la soledad de sus pensamientos y todos ellos, aunque improbables, parecen inquietantemente plausibles.

A pesar de la extrañeza que provocan estos personajes y las situaciones en las que se encuentran, este inventario de seres imposibles provoca en el espectador un sentimiento de compasión. Bajo la “lejana y calmada paz” de la iluminación crepuscular que le da coherencia visual al conjunto, no podemos dejar de contemplar la belleza marginal de todos estos fracasados. Quizá nos conmueve el cansancio que sus vidas acumulan y que, al final de cada día, se extinguirá con la misma pregunta que se hacía Joseph von Eichendorff en el último lieder de Strauss: “Qué cansados estamos del camino, ¿será acaso esto la muerte?”

¿Acaso no cabría preguntarse si la invisibilidad no conduce irrevocablemente a la muerte? Como individuos sociales nos definimos en relación con los otros. La cuestión del  “yo” y de cómo la individualidad es una consecuencia de la alteridad  ha sido objeto de reflexión filosófica: En la ‘Fenomenología del Espíritu’ (1807), Friedrich Hegel identifica la formación de la individualidad en el reconocimiento mutuo, Jean-Paul Sartre reflexiona en ‘El ser y la nada’ (1943) como en la mirada del otro se fundamenta la percepción de uno mismo y, desde una perspectiva de género, Simone de Beauvoir explora en ‘El segundo sexo’ (1949) cómo la identidad de las mujeres se ha definido históricamente en relación al hombre. Somos en la medida en que nuestra presencia o actos sean tenidos en cuenta, mientras seamos sujetos de alguna mirada y objeto de valoración de los demás, existiremos. De lo que se deriva una suerte de conclusión lógica: si la visibilidad otorga reconocimiento de existencia social al individuo, la invisibilidad se la niega.

De la apreciación de que las escenas de la obra de Uceda nos resulten improbables no se deduce que no puedan existir, también podría ser un indicio de que sus protagonistas son socialmente invisibles y, por tanto, no habíamos reparado en ellos hasta ahora.  

Los Invisibles. Transformer (2023). Francisco Uceda

La invisibilidad es un acto de voluntad que delegamos en la mirada: el ladrón se hace invisible para cometer sus fechorías y el policía acecha escondido para sorprenderlo; el rico se niega a ver al pobre y, con frecuencia, por vergüenza se oculta el desposeído. Lo que no se ve, no existe. Consentimos en contemplar las más grotescas atrocidades que sufra el otro mientras la distancia del espectáculo nos mantenga a salvo de cualquier implicación personal. Más allá de la mirada, el otro y sus consecuencias ya no existen. 

«Soy invisible, entiéndelo, simplemente porque la gente se niega a verme. Como las cabezas sin cuerpo que ves a veces en los espectáculos de circo, es como si estuviera rodeado de espejos de vidrio duro y distorsionador. Cuando se acercan a mí, solo ven mi entorno, a ellos mismos o fragmentos de su imaginación.» (Ralph Ellison)

Que la propuesta de Francisco Uceda se enuncie dentro del marco de la IA no solo le da el carácter performativo y reivindicativo característico de las acciones y manifiestos de las vanguardias, sino que también la vincula con una corriente de creación crítica contemporánea que cuestiona uno de los paradigmas de la cultura dominante utilizando los instrumentos sobre los que esta se legitima: la progresiva virtualización de los habituales espacios de socialización y la mediación digital en las interacciones humanas, sin duda, han contribuido a empobrecer la identidad de los individuos y la calidad de las relaciones entre ellos.

Aunque la atmósfera crepuscular de esta obra coral pueda parecer cargada de frustración y derrota, con algunos personajes grotescos inevitablemente condenados a la extinción social, también muestra cómo algunos pocos, a pesar de sus circunstancias, parecen tener la determinación y voluntad necesarias comandar un movimiento de resistencia que inicien la revolución silenciosa de los invisibles.