Francisco Uceda y Cristóbal Cassinello firman el fotolibro ‘Night & Day’ y de la exposición con el mismo nombre que desde el 29 de noviembre, y hasta el 20 de diciembre, la Escuela de Arte y Superior Carlos Pérez Siquier de Almería y que origina este texto de Blas González.
Antes de inventar el fuego, el hombre conoció la sombra. Quizá, a efectos prácticos, este hallazgo no tuvo especial trascendencia, pero la sorpresa de comprobar cómo, en los límites de su propio cuerpo recortado en negro sobre el suelo, ese análogo de la propia figura replicaba sumiso sus gestos, le reveló la conciencia de la identidad y, aunque efímera, se constituyó en la primera manifestación artística la autorrepresentación. Desconozco si existe alguna evidencia antropológica que demuestre la huella de la sombra «humana» en la cultura, pero no me parece muy descabellado pensar que, en algún momento temprano de la historia de la humanidad, las sombras formaron parte de algún ritual o juego (tal como sucede en una de las últimas escenas de la película ‘Perfect Days’ de Wim Wenders, en donde el protagonista libera toda la tensión emocional del momento jugando al pillapilla de las sombras).

Que la sombra no es cosa banal ni que deba ser tomada a la ligera queda patente en su ‘alargada’ presencia en el ámbito del pensamiento, la religión, la literatura, la pintura, el cine, etc. Desde Platón sabemos que la sombra es apariencia y que, por tanto, representa una distorsión de la realidad, al punto de resultar una sustancia muy maleable con la que moldear y dar forma de trascendencia a las esperanzas y temores de los mortales. Diría Giorgio de Chirico que hay “más enigmas en la sombra de un hombre que camina al sol que en todas las religiones pasadas, presentes y futuras”. Según relata Plinio el Viejo en su ‘Historia Natural‘, el origen de la pintura tiene que ver con el mito de una doncella corintia que quería conservar un recuerdo de su amado, perfilando su sombra proyectada sobre una pared. No será, sin embargo, hasta el Renacimiento cuando la sombra comience a adquirir carta de naturaleza, primero aliándose con la perspectiva y el volumen, para terminar desarrollando una retórica propia que permite construir con la sombra un discurso conceptual y simbólico tan elocuente como el de la luz. De la eficacia narrativa de las sombras queda también constancia en lo escénico y lo musical, tanto en el argumento de la ópera ‘La Mujer sin Sombra‘ de Richard Strauss, donde una Emperatriz la precisa con urgencia para librarse de un maleficio, como en la película de Murnau con la que se introduce la horrorosa presencia del terrible Nosferatu.

Ya en el ámbito de la fotografía, cualquier Historia de la Fotografía suele comenzar mencionando como un antecedente a la invención de la fotografía la utilización de un artilugio denominado pantógrafo, que se utilizaba para copiar siluetas y las sombras de los objetos y las personas. Sobre todo, las personas. Esto otorgaría a la sombra la categoría de análogo de la realidad y la función de sustitución, tal como sucedía en el relato de Plinio. También Clément Chéroux dedica un apartado a las auto-sombramanias en su ‘Breve historia del error fotográfico’ donde -además de ilustrar el texto con notables ejemplos- afirma que a comienzos del siglo XX la auto-sombra «se convirtió en el signo reivindicador de un autor que se afirma, pero también de una técnica que se exhibe», como si la presencia de la sombra del fotógrafo humanizase la naturaleza mecánica del procedimiento. Mientras que el reflejo parece pertenecer casi exclusivamente al ámbito de la propia identidad (Narciso se enamora de su reflejo en el agua), la sombra parece apuntar con más insistencia hacia el otro (la muchacha Corintia del relato de Plinio conserva la proyección de la sombra de su amado).
Por ello, no creo que el recurso de la autosombra que Lee Friedlander exhibe en sus exploraciones urbanas tenga que ver tanto con la afirmación de la identidad o un ejercicio de vanidad del autor, como con la posibilidad de crear un espacio de sustitución para el espectador. La sombra funcionaría en este caso, deformada por la perspectiva e integrada con el paisaje, como un espacio “disponible” que cualquiera podría reclamar. Ese carácter integrador se manifiesta en el espacio vacío que debe de ser completado, como el de pieza de puzzle que el espectador debe encajar visualmente para reconstruir la imagen. Así lo razona también Carlos Gollonet en el texto que prologa el catálogo de la exposición retrospectiva que en 2020 dedicó la Fundación Mapfre a la obra de Friedlander: el autor “se presenta a sí mismo como parte de la elaboración de la imagen y nos obliga a introducirnos en ella, a verla a través de su sombra o su reflejo desde un lugar privilegiado que nos hace confundirnos con él” (Gollonet, 2020). Aproximadamente de la misma fecha es la publicación.

NIGHT & DAY
Este es el título del fotolibro que firman Francisco Uceda y Cristóbal Cassinello, que se presenta como un diálogo fotográfico y transatlántico (New York-Almería) entre los dos autores, con la autosombra como tema y argumento formal de su conversación. No es la primera vez que ambos autores concurren en común, ni que las sombras son el objeto de su reflexión. Hace unos pocos años, Francisco y Cristóbal promovieron un proyecto de investigación visual denominado ‘Free your shadow‘ que ya anticipaba su interés por las sombras como recurso fotográfico. En aquella ocasión, lanzaban un reto fotográfico en el que exhortaban a otros autores a “salir y buscar su sombra, liberarla, dejarla volar y capturarla en pleno vuelo”. Más de trescientos nombres se sumaron entonces a la iniciativa y las sombras de Gonzalo Azumendi, Pepa Cobo, Tino Soriano o Javier Arcenillas figuran en el inventario de colaboradores. En el argumentario que se utilizaba para motivar aquel proyecto, se señalaba el carácter mágico de las sombras y su probada habilidad para situarse en el perturbado espacio que se abre entre lo real y lo ilusorio, recurriendo a un razonamiento similar al que Platón utilizara para señalar los efectos que estas invenciones (pintura de sombras o prestidigitación) tienen sobre nuestra débil naturaleza: el impacto engañoso que produce la ilusión mimética del simulacro.

De naturaleza más dúctil que el reflejo, el efecto perturbador de la sombra tiene que ver con su capacidad para transformarse en casi cualquier cosa y en adaptarse a la superficie y contorno de los objetos sobre los que se proyecta. Liberada de volumen y sustancia, la sombra se deforma, se moldea, se acopla, se arrastra, se yergue, se anticipa o sigue al sujeto exagerando su gesto hasta el punto de causarnos asombro, inquietud y cierto estupor. En el plano de la sombra, concurren oscuridades que proceden de distintos objetos interpuestos en diferentes planos del espacio, creando formas singulares sin equivalencia en la realidad. Será, pues, en esa falta de coincidencia entre el original y la copia, donde la sombra revela su relación de alteridad con el sujeto. Aunque el uno y la otra se pertenecen, son objetos de representación de diferente naturaleza y en cada uno operan retóricas visuales especificas. Yo soy otro (Je est un autre) declara en letras capitales una de las sombras engendradas por Francisco Uceda, como confirmación de su independencia.
Como sucedía con el legendario personaje del Gólem, las sombras de Uceda y Cassinello no tienen conciencia ni voluntad propia. Actúan obedientes y, aunque inicialmente nos entretenemos en adivinar las formas de sus creadores, pronto estas sombras se vuelven presencias imprevisibles e inestables. Contenidas en los límites de lo tangible que las origina, su apariencia siempre los desafía. Las sombras toman distintas formas, se insinúan, se ocultan y se revelan, mientras nos obligan a reconocer nuestra propia vulnerabilidad ante lo ilusorio. Son dobles inquietantes, presencias derivadas, que viven entre la dependencia y la autonomía, que aun careciendo de sustancia, son capaces de alterar profundamente su propia morfología y la percepción de los espacios que habitan.

‘Night & Day’ nace de la necesidad dialéctica de dos autores de muy diferente signo creativo y la resonancia que esta conversación produce ha engendrado una criatura fantástica y absolutamente original. Podemos empeñarnos en buscar antecedentes en la obra de Lee Friedlander, Lewis Hine, Alfred Stieglitz o Fernando Scianna, pero la naturaleza binaria de la obra de Cassinello y Uceda la hace absolutamente diferente. Separados por más de 6000 kilómetros, lo que comienza siendo una confrontación de gestos proyectados y de paisajes intervenidos, conforme se suceden las páginas adquiere otra dimensión y se convierte en un espacio ficticio y sobrecogedor escenario de una extraña conversación. Para el espectador estas sombras dejan de tener valor referencial y no lee en ellas la “reivindicación de una técnica que se exhibe”. Y aunque la obra no tiene un vector narrativo identificable, en la naturaleza elíptica de las imágenes y la correlación visual que se produce entre ellas reside su potencial para introducir al espectador en un espacio que, sin duda, tiene que ver con esa singularidad fantasmal y precaria que Jacques Derrida identificara en la presencia fotográfica, que “se oculta para siempre cuando él se ha hundido ya en el pasado, [..] la presencia del referente es fantasmal en tanto que es una presencia de lo ausente”.

Tiene también algo de bestiario esta compilación de criaturas fantásticas y mitológicas. Sin duda, se trata del primer y más extenso inventario de sombras realizado hasta la fecha, donde los autores se han empleado con rigor casi metodológico en ilustrar la amplia variedad de situaciones y formas que habitan su imaginario. La figura e ironía de Uceda ha engendrado a seres tan extraordinarios como improbables: un Birdman alicaído y mohíno, de alas diminutas, que se ha posado sobre los cables del tendido eléctrico; un Icaro nocturno, que se aferra a la inesperada oportunidad que le trae la noche o un abatido Creeper que quizá sufre con el pensamiento enredado en algún tipo de contradicción moral. No menos sorprendente es la tipología de individuos que nos presenta Cassinello quién, habituado a jugar con la superposición de planos significantes, nos propone a un Cerbero, mutante, descomunal y desconcertado, que provoca más compasión conyugal que temor, un Sísifo entretenido en dificultades de orden trigonométrico o al tremendo y cruel cíclope Polifemo que protege cauteloso su terrible ojo. Un desfile de personajes que exhibe su alteridad como un atributo diferencial, adoptando formas grotescas y deambulando por paisajes solitarios. Convocados por sus autores sin intención moralizante, se reivindican ante al lector como expresión de un imaginario que demuestra la capacidad del “hombre de captar y conocer su propio ser en la medida en la que sepa con seguridad expresar en imágenes sus propios dioses” (Antropología filosófica, México, F.C.E., 1945, p. 60). Por otra parte, me parece acertado que las imágenes de este libro no se muestren acompañadas de los títulos propuestos por los autores, dejando espacio al criterio e imaginación del lector. En el apéndice, se pueden encontrar dichos títulos, agrupados por autor, y junto a una miniatura de cada imagen y número de página.

Night & Day, además de ser absolutamente original, creativa y trascendente -como corresponde al probado ingenio de estos dos grandes autores-, es un extenso repositorio de sombras mágicas, donde la presencia de la silueta humana recortada sobre el paisaje, imprime una sorprende transformación en los lugares donde han sido tomadas las fotografías. En ocasiones, la simple presencia de la silueta proyectada en el asfalto u otro escenario banal inquieta al espectador, que se siente sobrecogido por esa oscura presencia, y en otras, el gesto de la figura superpuesto y deformado sobre algún elemento urbano o unos transeúntes, parece insinuar en la imaginación del espectador alguna historia protagonizada por un ser fantástico.

El libro está editado por la Universidad de Almería y es el sexto volumen de la colección “Cámara Lúcida”. Un libro bien diseñado y editado, con generosa amplitud que favorece el despliegue visual de la obra. De tacto agradable y cómodo de ver, incluye textos en español e inglés de Alfredo Oliva (Doctor en psicología evolutiva y educación de la Universidad de Sevilla), y Pablo Juliá (presidente de la Real Academia de Bellas Artes de Cádiz), quienes han identificado con solvencia y criterio las claves de este trabajo.
Desde el pasado 29 de noviembre, y hasta el 20 de diciembre, la Escuela de Arte y Superior Carlos Pérez Siquier acogerá la exposición de las 60 fotografías de ‘Night&Day’, coincidiendo la inauguración con la presentación del libro donde los autores estuvieron acompañados por Miguel Gallego Roca, (Director de la Editorial de la Universidad de Almería, Edual), Fernando Barrionuevo (Director de MECA Mediterráneo) y Pepa Cobo (Artista visual. Licenciada en Bellas Artes y profesora de Fotografía en la EASD Carlos Pérez Siquier).

‘Night&Day‘ también fue protagonista de uno de los Encuentros 5+1, donde los autores compartieron los retos y motivaciones de este proyecto, convocando la mirada y reflexión de dos invitados excepcionales: el fotógrafo gallego Alberte Pereira, avalado por series donde la deriva urbana y la experiencia de lo fragmentario configuran su discurso y la historiadora del arte Carmen Dalmau, ensayista cuya notoria solvencia en el campo de la cultura visual la hacía imprescindible en dicho encuentro. El panel crítico lo completaban Malena Carballo, Pepa Cobo y quien firma este artículo.
