Las afinidades [s]electivas

De septiembre ya se ha dicho casi todo, de la dulzura de las uvas y los higos, de la sangre de la granada y de la melancolía de Reed; y la otra ‘September Song’, la de Weill, nos vuelve un año más, tras un tiempo que muchos quisiéramos poder revisitar con la serenidad y la paciencia que tal vez, con todo lo que ha pasado, aún no hemos adquirido.

¿Sabremos nunca lo que aprendimos en el silencio? Lo dudo; los ladrillos de nuestra construcción se van solapando en un anonimato cruel y sólo percibimos el perfil del último bloque, el que aún está vibrando bajo nuestros pies. Dudo que seamos capaces, aún queriendo, de visualizar el mapa entero de nuestra vida, ni siquiera sus porciones o etapas. La memoria, nuestra amante infiel porque siempre fragmentaria, nos remite a minúsculos y dispares territorios que copia y pega, mal que bien, para concedernos la ilusión de una unidad existencial. 

A veces me pregunto si nos puede salvar la fotografía, si puede llenar esas lagunas donde habita el olvido y restituirnos la vivencia de la realidad. De ello todavía dudo más. 

Ni siquiera podemos pretender que nos devuelva el atisbo certero de algunas zonas recientes de nuestro mapa vital; ‘Le journal de l’oubli’ de Bernard Noël nos diría mucho acerca de lo reiterativo de las olas en el agitado mar de nuestro cerebro, y de ese bagaje ‘primitivo’ de ‘lo olvidado’ que llevamos en nuestros genes sin saberlo; otros hablarían de las hojas esparcidas, volátiles y por tanto nunca disponibles en el mismo lugar entre los árboles y filamentos neuronales. 

«Todo mapa es una abstracción que explica una posición en el mundo«, afirma Carmen Dalmau en uno de sus artículos; sí, aunque no siempre seamos capaces de reconocer la mano que lo trazó, la mente que lo vivió. 

La fotografía dibuja en nuestro cerebro una similitud de la remembranza, como si se tratara del  fotograma de una película de la que extraviamos la banda sonora; ahora la música es otra, espontánea e irremisible, reajustada al nuevo tiempo. 

Me atrevería a decir que cualquier imagen, hasta la más rabiosamente actual, encierra algo de lo que ya hemos vivido.

‘Anamnesis’ © Juan Santos
‘Qualquier coisa de intermédio’ © Catarina Botelho

Son legión los artistas que buscan, en algún momento, esas trazas del pasado como estrellas fugaces en la noche. Juan Valbuena insiste en rescatar vivencias en los pliegues de sus mapas –su obra nos lo muestra ahora en el Canal de Isabel II–; Paco Gómez reúne en un libro las peripecias de los Wattebled, y sus propias idas y venidas en busca de una plausible cartografía vital de esa familia desconocida, perdida entre las imágenes anónimas del Rastro madrileño; Adriana Lestido expone en Casa de América la historia de un engaño provocado por nuestro insensato sistema de vida: donde el recuerdo y la búsqueda de lo intensamente blanco se transforma en una desconcertante ‘Antártida negra’; Catarina Botelho visita las descargas, reuniendo objetos desechados por gente desconocida y dándoles una nueva dignidad gracias a instalaciones hermosas y precarias, inventando otros afectos; Carma Casulá aborda múltiples veces las islas del Mediterráneo, muy especialmente las Tabarkinas y su colonización en el siglo XVIII; tantos otros…

«Todo recuerdo esconde una traición, pero también una íntima conquista«, escribe Alfonso Brezmes en ‘Recuerdo’, un libro de Juan Santos.

Puede que el olvido sea a veces saludable porque la nostalgia puede parecerse demasiado a una paralizante adicción, pero mirar atrás no nos provoca vértigo, ni nos espanta la posibilidad de transformarnos en estatuas de sal –figura recurrente en la obra de Javier Viver–. La melancolía es propia de septiembre, y también el afán por recordar el paraíso perdido, cualquier verano aunque fuera en invierno, o el gozo que nos quebrantó en un instante bendecido: hacemos fotos para recordarnos en ellas, para situarnos otra vez en ese cruce de caminos que fue, un momento, nuestro existir.

O tal vez se trate solo

…de pensar de otro modo las cosas,
palparlas de otro modo,
abandonar las palabras que las usan
y acudir a las palabras que las cantan…[1]

O de ir a rescatar en otros lugares del tiempo una etapa de civilización que se nos desgarra en jirones.

O tal vez se trate sólo de una valiente resiliencia. «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».[2]

[1] Roberto Juarroz / ‘Poema 8 (III), Undécima poesía vertical’.
[2] Gabriel García Márquez.
‘Balas de paja, Tabarka’ © Carma Casula