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Entraste al vagón de metro después de una breve espera que siempre amenizabas con música. La cámara en bandolera, no tanto por seguridad como por comodidad. Se trataba de una pequeña compacta ya descatalogada que solías usar para perderte por la ciudad. No llamaba la atención, tampoco tu aspecto cuidadosamente desvencijado: pantalones rotos por las rodillas, en las que a menudo te apoyabas para conseguir la toma, zapatillas desgastadas aunque cómodas, camiseta lisa, sin ningún logo y unos auriculares de cable que ya casi no se veían por la rápida expansión de los inalámbricos. 

Te jactabas de ese camuflaje infalible, todavía dices que funciona a la hora de salir a hacer fotografía callejera. Insistías en que no era street photography, sino de fotos hechas en la calle. 

Empezaste a disparar de forma casual y, casi sin darte cuenta, te topaste con un estilo de blanco y negro con el que te sentías cómodo y satisfecho. Usabas una aplicación para teléfono móvil, quizás para quitarte una presión que nadie ejercía. La aplicación simulaba una cámara analógica y las fotos quedaban guardadas con el efecto que conseguías combinando “lente y carrete”. No era necesario retocar y eso te animó a continuar con aquel oxímoron fotográfico del que tanto presumías: fotografía analógica con el teléfono móvil, un delirio. 

La transición a esa pequeña cámara fue más asequible de lo que nos confesabas. Insistías en disparar en jpg porque lo hacías directamente en monocromo, apenas disparabas en raw. Ante nuestras protestas, siempre insistías en que esos jpg en blanco y negro eran una suerte de formato raw. Trataste de explicarlo dibujando tus histogramas en una servilleta que todavía guardo. 

Recuerdo la primera vez que nos enseñaste aquella cámara, blanco inmediato de burlas y bromas a las que no correspondiste. Una sarcástica sonrisa quedó rematada con un cigarro que tardaste en encender. La cámara reposaba en tu pecho, apretaste un botón con el móvil en la mano, hiciste una breve selección que mostraste sin ceremonia. Lanzaste las primeras fotos mientras las risas se iban mitigando, hasta desaparecer por completo cuando las pasaste a la App Snapped y les aplicaste uno de los filtros que ya tenías guardados. Con el cigarro aún por la mitad, tu sonrisa quedó satisfecha ante el silencio. 

En aquella visita a Nueva York solo llevaste el móvil y esa pequeña Fuji que nos terminó de gustar a todos. Antes de la despedida, Héctor te lanzó un mohín de reproche pidiendo que dispararas en raw.  “Vas a Nueva York, al menos dispara en ambos formatos”. Tu sonrisa amenazaba con la burla antes de darte la vuelta, andando con un paso estúpido hacia las cinco semanas que duraría un viaje que no habías planeado. 

Llegaron los primeros mensajes al grupo, algunos enviados desde el exterior de una cadena de cafeterías cuyo wifi siempre encontrabas abierto. La primera frase era para Héctor “hoy tiro en jpg”, acompañado de un emoticono impreciso que usabas con frecuencia. Yo siempre lo interpretaba como una burla cariñosa. No mandaste ni una sola foto. Nos contabas los barrios que pateabas, detalles técnicos que no todos entendíamos, alguna comida nueva, pero ni una sola foto. Hacías referencia a la productividad de la jornada, explicando poco y dejando que la imaginación completase las pocas pinceladas con las que describías algunas tomas con las que habías disfrutado. 

Aquella mañana accediste al metro por la estación de la calle setenta y dos. Al chat había llegado un escueto “hoy voy al lower east side y a ver dónde aparezco”. En aquella época la isla no era peligrosa, especialmente de día, y había pocas zonas donde poner a prueba tu camuflaje. En cualquier caso, aquellas jornadas interminables las afrontabas con unos ojos afilados, avivados por la música seleccionada con mimo. El último susto, que después de explicarlo parecía absurdo, lo encontraste girando una calle de Berlín cuyo barrio estaba demasiado retirado de las zonas que conocías. Susto al verte observado por tantas miradas clavadas en ti, pronto siguieron a lo suyo y tú a lo tuyo. Al parecer si funcionaba el camuflaje, con ejemplos parecidos explicabas esos disfraces tuyos que a veces cambian como lo hacen también las condiciones ambientales.

Entre cuatro y seis horas solías emplear en cada salida, nunca la misma duración, ni la misma distancia, ni el mismo número de fotos. Llegaba un momento en el que decidías parar y volvías con la prisa que marcaban las calles. Después, sentado frente al portátil, empezaba tu parte favorita de la jornada: descargar la tarjeta de memoria. Abrías una carpeta nueva dentro de la creada antes de empezar el viaje, con el nombre de la ciudad de turno. Las fotos se transferían, mientras la música sonaba, te ponías cómodo y terminabas la liturgia abriendo una cerveza con un cigarro esperando en el cenicero. Era momento de editar.

Lo hacías con agilidad, con la seguridad de tantos años descartando fotografías. Asignabas colores a las correctas. “Funciona como un semáforo”, decías. En rojo quedaban marcadas las que menos te gustaban, aunque quedaban marcadas. Las amarillas necesitaban una revisión más detenida y las verdes eran las que considerabas pasables. Las elegidas tenían otro color, las preferidas, las que serían retocadas se teñirían de azul cian una vez visionadas las que componían el semáforo. A veces sonaba una canción que te hacía recordar una toma que no localizabas y volvías a empezar. A menudo contabas la banda sonora de las fotos que más te gustaban, todas tenían título y no sabías explicar cómo los recordabas todos. 

La jornada había terminado como tantas otras, sentado en algún banco después de un rápido vistazo mental a las fotografías que habías almacenado como correctas después de muchas tomas y muchos más cigarros. Ese momento era especial, parte de un ritual que se componía de bebida energética acompañada del enésimo cigarro. Con la cara buscando vitamina D, el sol te cerraba los ojos, protegiéndolos del humo y sentías todo el peso de los kilómetros recorridos, que siempre comprobabas en tu móvil. Pensaste en encender otro, pero apuraste la lata y pensaste en el trayecto de camino a casa. Solo tendrías que hacer un transbordo en Union Square para tomar cualquiera de los metros que discurrían por la línea roja, 1,2 y 3. Los tres te devolverían a la estación que utilizaste por la mañana. 

© Sergio de Luz

Te gustaba esperar el convoy con la zapatilla rozando el antideslizante amarillo, desgastando las suelas al compás de una música mucho más pausada ya. El vagón estaba medio vacío y te sentaste forzando la pose para no parecer un turista. “Lo malo de llevar cámara, estés donde estés, es que siempre pareces turista… Hasta en la ciudad donde uno vive” repetías a menudo. 

La cámara descansaba desconectada en tu costado. La tapa protegiendo la lente sugería que no la usarías más aquel día que ya avanzaba hacia la noche.

Dos paradas más tarde, las puertas tardaban en cerrarse más de lo habitual. La canción que te aislaba terminó y escuchaste los pitidos previos al cierre de puertas, frenadas con violencia por un afroamericano corpulento que entró al vagón maldiciendo y se sentó frente a ti. Gorra con visera recta, camiseta exageradamente amplia y pantalones caídos. Remataba la estampa estereotípica unas botas marrones que parecían recién estrenadas. Tardó poco en acomodar su cuerpo para un trayecto que imaginaste largo. 

Fue fácil adivinar su destino. Había agachado la cabeza y una de sus botas reposaba en la barra central del vagón. La visera de su gorra le tapaba la cara, los brazos relajados, muñecas flexionadas, cruzadas en su rodilla, exhibiendo sus manos tatuadas. Lo leíste al revés por las manos cambiadas, “con cierta dificultad” recordaste, porque era tipografía de la vieja escuela. Bronx en la primera y South en la otra. El destino era mucho menos escalofriante que la idea de llevarte el visor a los ojos y retratar a aquel tipo. Busqué en Google “South Bronx” y comprendí que no intentaras hacer aquella fotografía.