Seguimos celebrando nuestro décimo aniversario con una entrevista a la lanzaroteña Carmela García, la última Premio Nacional de Fotografía y referente para muchos fotógrafas (y fotógrafos) por su trabajo sobre la representación de la mujer y su discurso queer. Considerada una de las artistas canarias más determinantes de las últimas décadas, su trayectoria es un ejercicio constante de resistencia y de renarrar los relatos que han configurado el imaginario colectivo desde una óptica de género. 

Carmela García inició su trayectoria pública en 1998 tras cursar estudios de fotografía en Madrid, Barcelona y Londres. Su trabajo se articula en torno a la necesidad de reevaluar la construcción de la historia, escrita fundamentalmente por hombres, y renarrar los relatos que configuran el imaginario colectivo, revisándolos desde una óptica de género. A través de la fotografía, el vídeo o la instalación, García explora las relaciones entre mujeres y la recuperación de genealogías olvidadas.

Desde sus primeros proyectos, como ‘Chicas, deseos y ficción’ (1998) o la serie ‘Mujeres’ (donde utilizaba muñecas Barbie), su obra ha planteado interrogantes acerca de los estereotipos de la mujer en la sociedad. Esta propuesta de repensar y cambiar el mundo se traduce en una experimentación formal que hibrida la fotografía con lenguajes contemporáneos como el collage, el uso de archivos o la instalación.

Su trayectoria cuenta con presencia en instituciones como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el MUSAC de León, el IVAM de Valencia, el CAAM de Gran Canaria y el PS1 Contemporary Art Center del MoMA en Nueva York. Entre 1998 y 2015 estuvo representada por la galería Juana de Aizpuru, participando en ferias internacionales como Art Basel, Paris Photo y Frieze.

Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid (2018), y Premio Nacional de Fotografía (2025) Carmela García (Lanzarote, 1964) analiza en la siguiente entrevista su proceso creativo, su relación con el paisaje, el peso de su origen, Lanzarote y su evolución desde la fotografía de moda hacia un discurso centrado en la identidad y la visibilidad.

Actualmente prepara una intervención para conmemorar el centenario del el Lyceum Club Femenino (LCF), fundado en Madrid en 1926 por María de Maeztu, que fue la primera organización cultural y laica de mujeres en España, y una gran exposición el Tenerife Espacio de las Artes que verá la luz próximamente.

Hemos quedado una mañana fría de febrero. El tiempo amenaza nieve. Carmela viene abrigada y lleva una braga tejida con los colores de la bandera LGTBIQ al cuello. Su discurso combina cierta dureza, cierta pluma, con un agradable acento canario que de vez en cuando una sonrisa luminosa. Mi perra se hace de inmediato fan de ella y no para de pedirle mimos durante la entrevista.

¿Cómo te inicias en esto de la fotografía?

Bueno, mi amor por la fotografía empieza en la infancia, mirando las fotos familiares. Me tiraba horas viéndolas y tenía una conexión emocional brutal con eso. Que es la capacidad que tiene la fotografía, que conecta con lo emocional. Entonces, ahí yo me «pillé» mucho por la foto.

Después, mi hermano mayor tenía una cámara; tenía diez años más que yo. Le gustaba hacer fotos en blanco y negro. Y ahí tuve mi primera cámara. Y ahí empecé a hacer fotos y me montaba como mis historias. Siempre fue de hacer pocas fotos. Luego me fui a Barcelona a estudiar, donde tuve profesores como Manolo Laguillo u Ouka Leele.

¿En qué año fue eso?

A finales de los 80. Luego, me voy a Londres y entro en contacto con la fotografía más conceptual, que era una cosa muy nueva para mí. The Photographers’ Gallery es una galería actualmente, pero en aquel momento era como una escuela también, que organizaba charlas y encuentros. Y me encuentro con otro tipo de cosas que yo desconocía. Y luego entro a estudiar al Centro de Estudios de la Imagen.

Desde que terminas tus estudios hasta que presentas tu primera serie, ¿a qué te dedicas?

Trabajo como ayudante de fotografía de moda mucho tiempo, en Barcelona y en Canarias. Era fotografía de moda convencional, un poco más moderna en Barcelona en aquella época. Pero de ayudante, teniendo que levantarme a las cinco de la mañana; hacía producción, de todo. También hacía fotografía de arquitectura y diversos trabajos mientras estaba desarrollando mis propios proyectos. Y todo eso luego ha formado parte de mi forma de trabajar, incluso por oposición a eso. Y empiezo mi investigación.

A mediados de los 90, tengo una necesidad más imperiosa de expresarme. Y empiezo a venir a Madrid. Y en el 98, aproximadamente, me vine con una serie que la titulé ‘Mujeres’, unas fotos de unas Barbies que era muy audaz y radical.

En el Círculo de Bellas Artes estaban haciendo unos talleres y estaba por allí Rafael Doctor. Y me invitaron a una exposición colectiva en el Canal de Isabel II.

Cogí esas fotos y las hice en formato gigante, de dos metros por uno ochenta, y las pongo directo a la pared. Quedó espectacular y fue una campanada. Yo no me lo esperaba. Entonces llegó Juana de Aizpuru y quiso venir a mi estudio. Yo estaba trabajando en otra cosa y cuando lo vio me dijo: «Esto lo llevamos a ARCO». Y así empecé. Fue llegar con mi proyecto hecho en Lanzarote y empezar con Juana; y ahí empecé una carrera visible con muchas posibilidades.

‘Las nietas del Lyceum’ © Carmela García

¿Tú te habías planteado dedicarte al mundo del arte?

No, conscientemente no. Obviamente estaba trabajando como artista —no me gusta decir que soy artista, sino que trabajo como tal—. Tenía una necesidad obvia, porque yo tenía treinta y tantos, no era tan joven. Era claro que o me lanzaba o no. Porque además, las islas tienen mucho imán.

Pues Juana llevó a ARCO ‘Chicas, deseo y ficción’, que también fue una campanada, porque parecía que en aquel momento las lesbianas no eran seres humanos. Y yo las saco como chicas monísimas, rapadas, muy en mi estilo. Aquello sacudió bastante porque, a pesar de que el mundo del arte es así como abierto y tal, luego… Incluso el Pink Power.

Pero vamos, que no esperaba entrar en el mundo del arte. Yo esperaba expresarme a través de la fotografía. Fue todo sobrevenido y yo creo que muy orgánico también. Lo que yo hacía era arte y la forma en la que yo lo concebía estaba en el territorio del arte. Entonces fue el arte el que se acercó a mí. Porque si a mí me llevaba un publicista, por ejemplo, y me da un trabajo, yo lo cojo y podría haber tirado mi carrera por ahí.

¿Te metes de lleno al mundo del arte o mantienes el encargo?

Mantuve encargos institucionales. Yo trabajaba para ayuntamientos, o incluso presentaba proyectos. Pero nunca me han hecho muchos encargos cuando empecé mi carrera artística. Pero me gustan los encargos porque son siempre un reto. Y también me parece que se puede humanizar eso de lo comercial, «artistizarlo». Pero en España no existe esa idea de utilizar a artistas para estas cosas y no quieren pagar lo que vale, ¿sabes?

‘La conspiración de las pintoras portuguesas’ © Carmela García

¿Hay un momento en el que tú te sientas para decir «qué tipo de artista soy, qué quiero contar» o simplemente vas cubriendo etapas?

Soy una persona más intuitiva que racional. Nunca me he sentado a decidir mi carrera. Rechazo un poco la idea de marcar un camino porque seguir una forma académica instituida no me gusta, eso como que me aburre.

Yo voy haciendo, trabajando. Todo está muy conectado con mi experiencia vital, con mi propia biografía. A mí lo de «artista profesional» no me cuadra. Por eso mi carrera tiene muchas lagunas, muchos espacios en blanco, de épocas dedicados a aspectos personales más que al trabajo.

Por ejemplo, cuando dejé la galería, tengo menos visibilidad, a partir del 2015. No podía más con la productividad que te exige una galería, que van a un montón de ferias. Estaba completamente metida en una dinámica que no tenía nada que ver conmigo, con mi forma de crear.

La respuesta es que no, yo no me siento a establecer unas líneas conceptuales o estilísticas del tipo que sea. Han dicho de mi trabajo un montón de cosas, algunas muy distintas. Y fíjate que me encanta, me gusta porque en el fondo es aperturismo también. Me parece que está bien que las cosas puedan contar cosas solas.

De hecho, la ambigüedad es en muchos sentidos parte de tu obra. Como por ejemplo tu uso de fotografía de archivo que usas para crear nuevas historias.

De hecho, todas las fotografías de situaciones que podían ser lésbicas en esas fotos de archivo, no lo son en absoluto. Pero al final yo hago como una contaminación con todo esto, contamino la mirada para que nos la cuestionemos. Y me viene muy bien también para cuestionar todo el tema de lo que son las vidas de las mujeres.

Aunque ahora me ha dado por comprar fotos de tíos. Empiezas a analizar esas imágenes y es flipante todo lo que te están contando y todo lo que están ocultando. Todos los lenguajes corporales que estás viendo ahí también. Las masculinidades…

Pero esa es la idea, me gusta contaminar un poco la mirada de forma que te obligue a cuestionarte lo que ves. Delante de mis fotos he escuchado decir que son unas amigas de paseo. Y es que es verdad.

La mujer es precisamente una constante de tu trabajo.

Eso es una respuesta a la invisibilización de las mujeres. Lo que más sorprende de esto es que autores del XVIII o el XIX solo pintaban a mujeres; pero que lo haga una mujer y lesbiana lo transforma. Y una cosa que me sorprendió desde el minuto cero, en los 90, es cómo el hombre se siente agredido por este trabajo. Da igual gay o no. Eso que ellos sienten como exclusión les genera una reacción incómoda. No han entendido nada, no han entendido nada.

‘Estado de buena esperanza’ © Carmela García

Me parece interesante no solo que pongas a la mujer en el centro, sino el cuestionamiento de la representación de la mujer. Problema: la mirada patriarcal tiene miles de años. ¿Cómo se puede representar a la mujer sin caer en esa mirada?

Ese es un reto que no pretendo resolver. Yo utilizo esa mirada. Lo que podríamos cuestionar es si es lícito volver a representar a las mujeres. Algo que yo me he cuestionado porque es volver a utilizar el cuerpo de la mujer. Algo que pasa mucho en la performance. Y el desnudo. Es un cuestionamiento que me he hecho y me genera una cierta crisis. Pero a la vez lo justifico de alguna manera porque yo lo utilizo como un código en mi trabajo. Es un código que está contándonos algo y que, como está hecho por mí, cuestiona esa mirada.

‘Paraísos’ © Carmela García

Hay un trabajo que se titula ‘Paraíso’, que lo hice en la naturaleza, que para mí era como una manera de recuperar esa fotografía tan masculina de la apropiación del paisaje. Entonces introducir la figura femenina como una apropiación del paisaje desde un lugar que no se había hecho. Todas esas cuestiones están detrás.

Hay como una cosa que es la verdad, que aparece en mis imágenes porque están construidas desde ese imaginario, pero también desde una ideología, una convicción. Todas esas mujeres que aparecen ahí en medio del paisaje, para mí tienen muchísimas connotaciones. Y son mujeres, porque tienen que ser mujeres. Si no, mi trabajo no existiría, porque en el fondo soy yo. Son autorrepresentaciones.

También es transversal en tu trabajo la mirada queer.

Obvio, lo diferente de lo único, de lo que se expresa de otra manera siempre. Aquí también hay un discurso hegemónico del hombre, representación del hombre en la pintura e incluso en la fotografía. Sin embargo, las lesbianas, como tú dices, han estado invisibilizadas.

De hecho, las lesbianas han estado infrarrepresentadas o mal representadas. Ahora salen en las series de TV, que son maravillosas porque son vectores de comunicación y de apertura de mente. Pero todas las que salen son monísimas y superfemeninas. Y está bien, pero ¿y la butch? ¿Dónde están?

Las fotos de mis chicas, muchas de ellas van rapadas. Es un código sencillo, pero el código de «rapada» es muy amplio e interesante y tiene que ver con un montón de cosas. El tema del pelo también me parece que es una simbología superpotente. Entonces la lesbiana siempre está en territorio distinto, con cierta mala fama. Por eso está la foto de las chicas en tetas, en el gimnasio, donde se ve que están ligando…

¿Ahora sería distinta una serie como esa?

No te creas. Pero es verdad que ahora no la haría. Pero porque ya está hecha y no me vibra. Ahora lo haría de gente no binaria, porque me da curiosidad. Porque en el fondo es mi ideal de siempre: la androginia, la bisexualidad, la libertad de elección; es como mi ideario fundamental, seminal.

Los no binarios nos están trayendo todo eso, bueno, esa fluidez. Para mí eso es un gran logro de la sociedad. Nos han vendido todo eso que yo soñaba, que me ha parecido el estado ideal del ser humano. Por ahora estoy trabajando con eso; me gusta mucho el tema de la ropa, que tiene esa capacidad de transformar, entonces ahora mismo me interesa más eso.

Es curioso, tal vez porque compartimos más o menos generación, que veo que has documentado a las lesbianas de una época.

Es que eso sucedió así en ese momento. Ahora es distinto. Ahora es eso de lo indefinido. Hay algo que para mí es muy importante: que sea orgánico, que sea verdad, que tú lo sientas. Es que me da curiosidad, y también me parece un triunfo, un éxito, y me siento un poco parte de eso. Me parece que es lo que yo persigo en lo que hago.

‘Narciso’ © Carmela García

Otra constante de tu trabajo es la importancia de los espacios, tanto públicos como privados.

Sí. Los espacios naturales. La conquista del espacio. Porque el espacio nos conforma. Piensa que yo vengo de una isla que es Lanzarote en la que yo me crié como una salvaje. Vivía rodeada de espacios inmensos de mucha belleza. Además, donde vivíamos nosotros, en una zona muy bonita cerca del parque de Timanfaya. Todo eso da alguna cualidad estética que ya tienes impreso en tu retina, en tu mente. Entonces claro, hay incluso esa idea medio mítica de mimetizarse con el espacio, que son experiencias medio místicas que yo he vivido. De ahí viene esa fascinación por el paisaje por un lado también.

Si te fijas, en todas mis fotos se juega con la proporcionalidad, por eso son formatos tan grandes: son de cuerpos pequeños en espacios muy grandes, que viene también un poco de la asimilación del espacio como un lugar casi cósmico. Y luego eso también lo llevo a la arquitectura, a la idea del espacio público: un espacio urbano con un espacio arquitectónico, y es muy parecido el tratamiento. También cómo nosotros ocupamos ese espacio. Si yo subo una montaña, esa montaña me va a pertenecer si ese es mi concepto.

‘La casa de las niñas’ © Carmela García

En el fondo son mujeres conquistando espacios.

Mujeres siendo espacios. No es posesión, hay mimetización.

Otro elemento importante en tu obra es el homenaje a las anteriores.

Eso es por supervivencia. Yo necesitaba referentes. En esa época no conocíamos artistas abiertamente bolleras. Luego descubres que muchas lo eran, como Berenice Abbott. Para mí, la búsqueda de referentes no es una cuestión teórica o académica. En mi caso fue por supervivencia. Necesito encontrar mujeres como yo en el pasado. Hice una búsqueda, lectura y ahí encontré y me satisfizo. No necesité hacerlo más. Esa necesidad de referentes es una necesidad de supervivencia, de autoconocimiento. Esa etapa fue muy dura, porque las biografías de muchas de esas mujeres fueron muy duras.

Tu trabajo es claramente inspirador para otras mujeres.

Me parece genial. Yo soy muy del s. XX, soy individualista, poco de colectivos, pero me encanta tener relación con ellas y tener mi público.

¿Cómo te ha sentado el Premio Nacional?

Me ha gustado, no deja de ser un reconocimiento. Pero es muy estresante, yo soy muy tranquila. Pero es bueno por la alegría que le das a un montón de gente. En Canarias estaban muy emocionados.

¿Te has sentido alguna vez nicho? ¿Que se cubría una cuota por ser temas de mujer o queer?

De hecho, tengo prohibido que se me programe para el mes de marzo o por el Día de la Mujer. Es una putada, por supuesto que te sientes excluida. O sea, no hay una mirada universal sobre mi trabajo. Es muy difícil que haya una mirada que vaya más allá de eso. Es una lucha que yo tengo que hacer.

Por ejemplo, ahora yo estoy preparando un proyecto para el TEA, para salas muy grandes. Y hay dos comisarios. Entonces mi trabajo consiste en intentar generar un diálogo con estos dos comisarios e intentar generar el diálogo que rompa esas estructuras y que sea capaz de ver todas las capas.

La mirada universal sigue siendo la del hombre. Y últimamente el discurso feminista ha ganado tanto terreno que hasta artistas que no tenían nada que ver con discursos feministas se han acogido a su discurso para tener un poco más de visibilidad. Que todo suma, pero se pierde un poco el rigor.

‘Chicas, deseos y ficción’ © Carmela García

¿Cómo te planteas tus proyectos? 

Depende. No es lo mismo preparar un proyecto expositivo para un museo que tiene una producción, un comisariado y responsabilidad de fechas, que el trabajo que yo llamo el evolutivo o disperso, que luego es el que te lleva al museo.

Yo tengo mucha confianza siempre en el fluir de las cosas, y vuelvo a lo orgánico otra vez. Dejo fluir y unas veces con más acierto que otras. Pero entonces normalmente lo que hago es ir generando imágenes.

Por ejemplo, ahora tengo que hacer una instalación para el Ministerio de Cultura, para un edificio, por el centenario del Lyceum Club. Me han encargado hacer una intervención en una fachada. Para mí parte del proceso es el espacio, saber qué vas a hacer con eso.

Y luego tiene que ver mucho también con que la imagen me la planteo casi como una pintura y veo que quiero representar la fuerza o la belleza o la armonía, o hay detrás una idea sobre lo que quiero representar. Me documento, miro cuatro clásicos, me voy al Prado… Hago cosas así para relajarme un poco, para que lo visual sea casi inconsciente. Hago bocetos. También me miro mi colección de fotos antiguas. Otras veces utilizo referencias clásicas…

Pienso en qué personas me pueden ayudar o estar dentro de esa foto, los llamo. Busco localizaciones, veo las luces… Todo eso es un proceso que forma parte y mientras la idea va madurando. A veces sale. Depende si es para una obra más mural, más grande o no. El proceso se va alargando y a lo mejor una cosa que empecé hace un año o dos, sale ahora. Y más o menos así funciona.

‘Memoria’ © Carmela García

Trabajo con cámaras de placas. Me gusta mucho eso de trabajar con placas porque es brutal la experiencia que se tiene haciendo ese trabajo. Me gusta mucho la idea de la experiencia como fotógrafa, la idea esa de la emanación barthesiana, la imagen como una emanación.

El ritual también forma parte del ritual: la experiencia del encuadre, de la espera, de cómo se ve la imagen, de verla invertida, de cómo se afina el enfoque. Ese tipo de elementos tiene que ver con lo físico, lo artesanal. Eso me interesa mucho también, y creo que tiene un resultado luego en la imagen.

He leído que hacías fotografía para cambiar el mundo, para mejorarlo y para cambiar la manera de verlo.

Era muy joven cuando dije eso. La fotografía me ha ayudado a ser yo. Y muchas chicas, sobre todo mujeres lesbianas, me han dicho cosas maravillosas. A muchas mujeres les ha venido bien ver mi trabajo y verse reflejadas en ese trabajo; verse por primera vez representadas como ellas se ven de una forma muy natural, pues eso, sin cuernos ni rabo.