Juanan Requena publica nuevo libro, el tercero ya, de nuevo con Ediciones Anómalas. ‘el vuelo lleva al vuelo’. Pero no necesita de la actualidad para estar presente, como le sucede a las montañas o los árboles. El tiempo lento pero juega a su favor. Sobre esto y más, charla con Roberto Villalón.

“When the moon is in the seven cause…”, me pongo los cascos y suena ‘Aquarius’, la banda sonora del musical ‘Hair’ de los 60 por sugerencia del spoty.

¿Casualidad?

Bajo desde la sierra madrileña para encontrarme con Juanan Requena. Cada vez estoy más desconectado con la ciudad y volver a Madrid me genera más desazón. El bus se retrasa y el metro vuelve a ser esa prueba de resistencia a la presión sobre los cuerpos humanos con las que nos agasaja la EMT.

Le mando un sms –no usa whatsapp– “Llego 10 minutos tarde”. “No te preocupes, ni corras. Hay margen y felicidad”. 

Quedamos junto al Mercado de la Cebada. Juanan tiene allí una exposición en el BARFUTURA titulada “existiríamos en el azar”.

Se puede ver hasta el 31 de octubre, día en el que presenta su nuevo libro ‘el vuelo lleva al vuelo’ como cierre de la muestra. El libro, que tiene una tirada de 2.000 ejemplares, vuelve a salir de la mano de Ediciones Anómalas (gracias al apoyo y participación de la Fundación Antonio Pérez de Cuenca).

También podrá verse en Fiebre este fin de semana y lo presentará el 8 de noviembre en Barcelona, y el 14 en París. Y por supuesto el 12 de octubre en El Granero, la casa-refugio fotográfico en Torralba de Ribota donde además celebrará los diez años del espacio.

Tuve la suerte de pasar un día allí hace unos años entrevistando a Juanan. Grabamos un piloto para la tele , que lamentablemente, la productora no llegó a montar. Quien sabe, tal vez, lo que sucede conviene.

Conozco a Juanan desde hace varios años, con encuentros más o menos breves, y siempre me ha llamado la atención su capacidad para triunfar transitando por carreteras secundarias. Publica un libro y lo agota; hace una exposición y es un éxito; lanza un crowdfunding y consigue miles de euros en pocas horas.

No nos engañemos, Juanan Requena (Albacete, 1983), el fotógrafo con aspecto de Juan Bautista que procesa sus fotos con café, es muy consciente de su «fórmula del éxito»: apostar por lo que parece un fracaso, por lo que te hace diferente.

¿Cómo llegas tú a esto de la fotografía?

Fue por un par de hechizos con un libro y un disco. Principalmente, el disco, tenía una fotografía que resultó ser de Fernando Maquieira. Yo no sabía nada, ni quién era él. Pero lo vi en una tienda y me lo llevé porque hubo esa cosa que tiene la imagen a veces que no sabes por qué, pero te llena, te conquista.

¿Qué disco era?

Quique González, ‘Salitre 48’. Él vivía en la calle Salitre en el 2001. Yo conocí el disco en 2003. Y fue como, ¿dónde están hechas estas fotos? ¿Qué es esto? Porque el disco me rompió. Entonces me fui al lugar donde estaban hechas las fotos, descubrí que era Cabo de Gata, donde nunca había estado. Ese paisaje también fue un hechizo.

Y preguntando por dónde estaba la localización donde se habían hecho las fotos, encontré un libro de fotografías y poesías, en un camping. Estaba en un camping preguntando por otra cosa, en un supermercado del camping y, esperando en la cola, estaba ese libro.

Y yo lo abrí. Hay miles de libros así, pero yo nunca había visto poesía e imagen relacionándose. El libro se llama ‘Calas’ de Jeanne Chevalier, que es una fotógrafa que creció en Cabo de Gata, vivía ahí, era una vecina, y de José Ángel Valente. Y lo compré el libro.

Esa imagen del disco y del libro me hicieron querer copiarlos. Querer ser eso, más o menos. Porque yo ya escribía. Había como una pulsión dentro de mí también de narración.

Y entonces, ¿dices, bueno, me apunto a algún sitio para ver de fotografía o cómo…?

No, me voy a una tienda de fotos y compro una cámara. Y empiezo a hacer fotos. Era la época del carrete, que ibas a la tienda y al tiempo de hacer las fotos y descubrías que no te había salido lo que esperabas. Ves las fotos y es: «Esto no… Esto no… ¿Por qué no es lo mismo?», te preguntas.

Entonces quise apuntarme a un taller que se anunciaba en Cabo de Gata, de los que daba Óscar Molina. Se habló de 2004 aproximadamente, no me acuerdo.

Y al lado había un taller de iniciación en la fotografía, en blanco y negro y tal. Y había uno gratuito. Y descubrí un taller de Apertura, subvencionado por el INJUVE. ¡Y allí conocí el laboratorio! La magia del laboratorio ya sí que fue como, «bueno, esto sí es». Y yo creo que sigo en ese enganche de laboratorio. Y ahí sigo, igual.

Sigo igual que cuando empecé haciendo laboratorio, haciendo carretes, haciendo laboratorio, haciendo copias. Con el tiempo he ido sabiendo qué hacer con esas fotos, pero mi dinámica es la misma desde entonces.

© Juanan Requena

¿Nunca te planteaste el digital? Es una época donde empieza el digital. El digital ya pasa a ser de uso común, más o menos.

Sí, justo empezaban los primeros réflex a un precio asequible. Luego sí, porque tuvimos un colectivo en Murcia, a donde me fui a vivir, y hubo unos años que sí que hacíamos cosas en digital. Sin dejar el carrete y todo eso. Pero hacíamos algún encargo incluso. Pero siempre decía, «me llora el ojo». Y luego necesitabas un ordenador. Yo los ordenadores y las pantallas no las quería. Yo era como que, no, yo quiero laboratorio.

La obra personal siempre fue analógica. A lo mejor luego para otras cosas utilizaba, digital. Hubo un momento que yo sentía que me estaba quedando atrás, porque todo el mundo estaba con blogs, los vídeos cuando se empezaba con las proyecciones en la calle. Entonces, en esa época era como, «joder, está todo el mundo haciendo esto y yo…»

Tú estás en lo tuyo.

Claro. Y yo, mis referentes y todo esto era en el laboratorio. Era Nicholas Nixon.

Dices que te vas a vivir a Murcia. ¿Qué supuso Murcia para ti?

Murcia en ese momento fue una explosión fenomenal. Estaba Mónica Lozano, Pasaban por allí Juan ValbuenaDavid Jiménez… Había talleres. Organizaban muchas cosas. Estaba Fotoencuentros.

Conocí a Fernando Maquieira, Roger Guaus, Baylón… O sea, pasaron por ahí y fue como una escuela. Aunque no llegué a estudiar, sí que era como un hervidero. Fue una época maravillosa en el sentido de que cada semana había algo. Cien ojetes…. Estábamos un poco… Fuego empezaba. Fue sobre todo camaradería con todos ellos.

Era como muy constructivo. Fue esa escuela de hacer sin pensar. Venga, pura expresión. No eran ayudas, no eran metas, no eran becas. Era crear y hacer y juntarnos y exponer. Y para mí fue como una época muy efervescente. Sí.

Luego creo que también se basaba en Fotoencuentros, cajas, obras sociales y tal. Todo eso fue cayendo y hubo como un vacío ahí después. Pero mientras estuve ahí, fue una maravilla.

¿Y tú en ese momento qué hacías? ¿Quién eras tú como fotógrafo?

Yo iba haciendo mis fotos sin mucha idea, sin tener un proyecto claro, como siempre. Pero iba con mi cámara siempre, o mis cámaras. Y entonces me hacía mis diarios, empezaba a hacer mis libros.

Yo seguía, seguía, seguía. Seguía haciendo mi obra, mi obra, pero no había ni una web ni un nombre.

En el 2012, 2011 después de haber sido nómada a vivir un poco alejado de todo eso. O sea, esa época también me llevó a comprarme una furgoneta y decir, «yo con tanto ruido no puedo, ¿no?» Estas exposiciones  en las que la gente no las ve, sino que está con la cerveza… Necesité salir. Y al volver fue cuando me dije: ¿Qué puedo hacer? ¿Mercadona o…?»

Ya, ya, hay que tomar una decisión.

Pues venga. Y entonces compré un ordenador, puse internet en casa, hice una web. Y con el dinero que tenía cogí un coche y me fui al Scan, a Madrid, a vender fotos a la calle, a mover mi obra. Mover mi obra físicamente. Porque por aquel entonces, no sé si había muchas redes, pero todavía había mercadillos.

Entonces ahí fue cuando la obra me dio a conocer, pues alguien dijo, «jo, mira, laboratorio, oh, mira, escritura, ah, diario, ah, manual».

© Juanan Requena

Frente a una saturación de lo digital...

Por suerte me encajé en «eh, se está haciendo algo diferente». Y yo decía, «no, no estoy haciendo nada diferente, estoy haciendo lo que habéis dejado de hacer, ¿no?» Pero bueno, al final sí que había algo diferente porque, por ejemplo, había una hibridación de otras técnicas. Pero fue apostar una forma de vida.

Además te centras mucho en el objeto desde el principio, como en el libro único.

Todo es físico, es artesano. «Voy a intentar exponer y lo pongo con luz». «Voy a construir algo dentro de una caja». Mi problema siempre era pasar eso a la pantalla. No sabía cómo. Y aún me cuesta porque no es lo mismo.

Y de ahí llegó la primera exposición y ya fue como, «voy a marcar, voy a hacer las cajas de transporte, voy a…» Siempre me han gustado también los libros que luego se editaron, pues que fueran más libro-juego y aparte con narraciones dentro, también que fuera escultórico. Que tenga ese componente también de poder desplegarse, instalarse. Que no sea solo una simple lectura. Y las exposiciones también han sido cada vez más escultóricas.

Para mí hay una cosa clara, viendo tu trayectoria, que hay que perseverar y no tener prisa, ¿no? O sea, parece ser que hoy en día, en cuanto terminas de hacer tu primer taller o tu primer curso, ya tienes que estar haciendo un fotolibro. Y ya tienes que triunfar, entre muchas comillas, cuando casi ni siquiera sabes por donde te da el vieno al viento. Y no sabes ni lo que quieres contar.

Subrayo todo lo que acabo de decir, todo. Totalmente. Cuando hicimos el primer libro editado, que era un riesgo porque no sabíamos cómo iba a funcionar la cosa. Claro, era el primero, era diferente. Y cuando funcionó, y era como, «estabas llamando a una puerta que se llama éxito», ya te estaban preguntando por el siguiente.

Y yo decía, «¿de qué voy a hablar? ¿De hacer libros?» Y entonces perseverar y ser paciente es la clave. Va de perseverar, no tanto resistir, pero estar ahí, estar ahí… Bajar un poco también el ritmo, estar contigo y confiar, ¿no? Confiar, confiar, confiar. Y creer, y creer, y creer… 

Yo confío en que la obra encuentra. No tanto que el autor o la autora se mueve, sino que la obra va encontrando su camino. Ahora acabo de hacer una exposición y alguien que no conoces, pues llega y se enamora de algo y te llama, o te ofrece, o te busca, o hace un taller. Y todos estos años ha sido la obra la que ha ido llegando. Y luego el tú a tú, claro.

¿Cómo te describirías tú como fotógrafo? ¿En qué consiste tu obra?

Más que fotógrafo, soy compositor. Que compongo. Compongo con ingredientes. El ingrediente principal es la fotografía, para mí. El laboratorio… ¿Pero cómo me definiría? Me preguntan mucho esto y creo que tú me definirías mejor que yo mismo. Porque a veces no sé lo que estoy haciendo. Porque no lo analizo. Hay una parte muy bonita de la creación que es no analizar lo que estás haciendo.

¿Se podría decir que tienes más claro, entonces, qué es lo que no tienes que hacer que lo que tienes que hacer? ¿Y qué es lo que no tienes que hacer?

No correr. Decir que no a muchas propuestas. Cuando la naturaleza no es cómplice y no hay afinidad y es puro interés. En mi fotografía, en mi trabajo hay muchos más noes que síes.

Hay muchas más dudas. Y hay muchas dudas que son geniales. Y mucha más claridad en los «no». Como «no, esto no». «Yo no expongo aquí». «Mi obra no se ve aquí». «Mi libro se hace así, así no». «Este concurso o este no sé qué, no». 

Yo quiero que la obra se vea así y que la gente entre poco a poco. Pero yo estoy respetando a la obra que es. Se hace así, se hace lento, se hace tranquilo. Pero yo a lo mejor me gusta el jaleo y yo quiero hacer barbacoa. Pero no es el momento de enseñar la obra. El momento de enseñar la obra es este, más íntimo. Entonces tengo claros los «no» en cuanto a la naturaleza de la obra y cómo quiero que se vea y se comparta dentro del control que uno puede tener y ya no tiene cuando publica.

¿Se puede decir entonces que lo que te define fundamentalmente es el proceso más que el final?

Sí. Aunque en mi caso también el resultado final me tiene maravillado y asombrado de cómo va saliendo todo y cómo quedan los libros, por ejemplo, que son procesos… Pero el proceso, el camino es lo que más me divierte. En un montaje, en una exposición, estoy hirviendo y luego el resultado es fenomenal. Pero lo que mola es cómo de la nada se va creando todo. Claro, el proceso es más íntimo. No hay expectativas, no hay metas. Yo creo que sí, totalmente. 

Soy alguien que disfruta mucho más del camino y que no le importa la meta ni le afecta dónde va a llegar o si resuena, pero está en conexión con lo que está haciendo, no tanto con el resultado final, pero el caminito, el estar en casa, la escucha diaria, las experiencias vitales, los viajes… son lo importante.

© Juanan Requena

Has hecho dos libros con Ediciones Anómalas y ahora sacas el tercero ‘el vuelo lleva al vuelo’ ¿Cómo fue encontrar Anómalas?

Otro punto de inflexión y un cambio en mi vida genial y maravilloso por conocer a Montse Puig, que es una maravilla y que he tenido la suerte de que creyera en mí, en mi obra. Me ha dado toda la libertad del mundo y hay una complicidad enorme.

Siempre que hablo de los libros hablo de Montse, de su pasión y de cómo ella sabe hacer libros. Yo sé hacer un libro, ella sabe cómo orquestar todo lo que hay que hacer alrededor de fabricar libros.

Pero se ha quedado en tu esencia. Esa es en cierta manera la complicación.

Ese fue el gran reto del primero. El segundo se consiguió muy bien. El tercero esperamos que también, aunque va a haber una interacción menor por mi parte y mayor por la parte del espectador.

Está pensado para que tenga más tirada, para que tenga más recorrido porque el segundo, tú te acuerdas de él, pero mucha gente me dice, «has hecho dos, ¿dónde está?» Porque duró 20 días. 

Este siguiente fue como, lo quiero hacer con Montse sí o sí y ojalá exista Montse en mucho tiempo.

Cuando hablo de comunicación en talleres te pongo de ejemplo, porque siempre hay como unas normas de lo que hay que hacer, pero que siempre hay alguien que se las puede saltar. No hay un único camino. Por ejemplo, eres la única persona a la que le he publicado una nota de prensa mandada en verso. Para mí eres un ejemplo de que se puden hacer las cosas de otras formas, y que hay que buscar la propia. Si no todo es impostado. Es decir, si imitas a los demás, siempre vas a ser la imitación.

Claro, es muy difícil ser otro. A mí no me sale. Entonces intentas ser a tu manera, porque es tu esencia. Incluso cuanto te imponen algo, como dices tú, o porque hay reglas, te dices: “¿cómo puedo darle otra vuelta para adaptarlo a mí.

Vamos a llevar el agua por mi acequia.

Eso, no puedo pintar la pared en esta expo pero podemos hacer unos vinilos que imiten mi letra. Yo qué sé, hay mil formas. O no preguntas directamente y haces, también, que muchas veces prefiero no preguntar. 

Respecto a comunicación, tú sabes que yo he sido siempre muy tranquilo. No comunicar de más. Mucho de tú a tú, de correo. Como en los crowdfunding.

También has ido creando una red durante años: tienes una lista de correos importante, mucha gente que te apoya. Me gusta ponerte de ejemplo para que la gente entienda que tiene que haber trabajo, que tiene que haber constancia y que tiene que haber autenticidad. 

Tú eres así y te sale hacer esto así, respétate y respeta tu obra. Mi obra no quiere gritar… La escuchas y la respetas y tiene que salir natural. Para mí es algo obvio también.

Mucha gente me pregunta cómo se hace, pero al menos diría «siendo tú». Es básico. Y lo que dices tú, yo no estoy en redes pero mi obra sí está en redes. Y luego diferencio a la persona de la obra. Yo no estoy en redes, pero mi obra sí.

© Juanan Requena

Vives en un pueblo de Aragón donde creas El Granero, que cumple ahora 10 años. ¿Qué es El Granero?

El Granero es mi casa. Llegué allí también buscando estar más comunicado que antes porque es un pueblo que está bien comunicado. Alejarme en un pueblo pequeño, tranquilo, alejado pero comunicado y donde empecé a hacer también encuentros que fueran mucho más íntimos y más caseros. 

Y ha sido desde el primero hasta el último una droga también súper enganchado porque es maravilloso lo que ocurre cuando la gente llega allí, se abre, te enseña sus procesos, sus dudas… Y de repente yo he aprendido gracias a esas personas a narrar, a ayudarles, a escucharles. Porque lo que necesitan un poco es que alguien les escuche y no es de una clave ni de una solución sino que les diga, «haz lo que quieras».

En El Granero impartes talleres. No tienen fecha fija. De vez en cuando haces convocatorias por mail de fin de semana.

Sí, es intenso, viernes, sábado, domingo. Es un cambio, es una escapada rural y ahí ponemos de comer, de cenar, de desayunar. Dormimos todos juntos en la casa. Es una convivencia que al final salen cosas. Si el viernes no sale algo, el domingo desayunando.

Es una residencia artística de fin de semana.

Hace unos años empecé a ofrecer las habitaciones como residencia y en un futuro sacaré otra cosa que es parecida para fijar más población y que vengan a quedarse, incluso a exponer, a taller… De alguna manera va a crecer un poquito.

El propio Granero creció, ahora tienes sala de exposiciones.

Sí, eso es.

¿Y se puede hacer esto desde un pueblo pequeño?

Se puede. Los vecinos me preguntan y sí se puede, hoy en día se puede. Está una hora de tren de Madrid. Ha venido gente de toda España y del extranjero y se puede, para mí sorprendentemente se puede.

Hay mucha gestión, mucho trabajo detrás que sigue siendo lo mismo de cuidar a la gente, escribirles, decirles que vuelvan. Vuelven a aparecer en un evento. Son gente que se queda cerca porque la convivencia hace que también surja ese lazo. No es lo mismo ir a las nueve a casa y volvemos mañana, no. Es como que al final estás emborrachándote con la gente, paseando, abrazándote, tirados en el sofá, viendo pelis, se genera y se puede, se puede.

¿Y puedes vivir haciendo esto?

Se puede. ¿Qué pasa? Tienes ciertas renuncias, que no son renuncias,. Yo las llamo felices, no son renuncias. Vives una vida más sencilla, más pequeña. Entonces sí se puede, donde no te falta de nada porque vivir, supervivo. No sobrevivo, supervivo, superfeliz. Se puede, se puede. Se puede también haciendo esto y esto, y de aquí… Yo siempre voy con mi maleta y obra y vendo, galerías, vas con los libros, con la caravana… 

Hay que trabajar. 

Hay un punto creativo, y de hacer, y de cuidar todo eso, y de saber cuándo lanzar el mailing, pues ha venido alguien pues escribirle… Hay como mucho trabajo detrás, igual que hay lavandería, etcétera.

20 años de trayectoria como fotógrafo, 10 años con El granero, 3 libros. ¿Qué hubieras cambiado de tu trayectoria? 

Cambiado, nada. Totalmente nada. Una vida afortunada a la que cuido y a veces me asombro porque me siento superafortunado.

© Juanan Requena

Estamos en unos tiempos rarísimos en el mundo de la fotografía. La llegada de la inteligencia artificial nos estamos un poco tentándonos la ropa. Pero a ti no te afecta.

No, no lo he pensado tampoco. A lo mejor porque vuelvo al punto artesano y a lo mejor lo artesano, como la comida y como muchas cosas, se va a valorar mucho más porque lo otro empieza a ser menos hecho por nosotros.

Yo tengo mis negativos, mis cuadernos y sigo con mis bolis. A mí me afecta que se acabe el pegamento o el boli o la película pero es un mundo artesano, físico, entonces todos mis resultados son físicos, el libro final, sean mil o dos mil libros son físicos. Entonces a veces sí que digo, ¿me afecta? Pero no.

¿Qué le habrías dicho al Juanan del principio?

Sí le habría dicho que frenara y que fuera paciente y que perseverara. Porque al principio a lo mejor no lo ves tanto como «bueno, sí yo estoy perseverando pero el alquiler no lo pago».

Y uno no quiere tampoco convertir su trabajo solo en algo que le ayude a pagar la factura, si quiere ser, quiere ser, quiere crear. Entonces decirle, «tranquilo, no corras». Aprendes diciendo, «yo aquí no me vuelvo a meter», «yo a esto no me presento», pero no cambiaría nada. Y hoy en día a la gente le diría : paciencia.