Rocío Bueno es una fotógrafa madrileña cuya obra se expresa en dos direcciones: la búsqueda interior y el compartir hacia afuera. Esto la ha llevado a realizar trabajos como ‘Hilo’, ‘Renascence’ o ‘Tú, yo, ellas, nosotras’, del que actualmente se puede disfrutar su secuela vasca en la Sala Amárica de Vitoria-Gasteiz.
Curiosamente, la vida fotográfica de Rocío Bueno (Madrid, 1969) está conectada con Clavoardiendo desde el nacimiento de la revista, ya que fue la encargada de realizar las fotos de su presentación hace nueve años, cuando ella era estudiante de fotografía. Desde entonces, hemos coincidido en multitud de festivales, visionados, presentaciones y exposiciones. Es, probablemente, la persona a la que he visto evolucionar más rápido en esto de la fotografía. Su inteligencia, sus ganas de aprender, su valentía al experimentar y su facilidad para apoyarse en los demás (sobre todo en las demás) no podían dar otro resultado.
La familia, la maternidad, los vínculos, las herencias, las cargas heredadas, así como la búsqueda de referentes femeninos mediante la fotografía de archivo, forman parte del cuerpo de su obra, que incluye trabajos como ‘Hilo’, ‘Renascence’, ‘Ancestras’ o ‘Tú, yo, ellas, nosotras’.
El rojo siempre está presente cuando aparece: en su pelo y en su obra. Ella es como una suma de muchas mujeres, como si hubiera tenido otras vidas antes: un poco de Betty Boop, otro poco de alta aristocracia inglesa –que se hace enfermera en la Primera Guerra Mundial–, trazas de una hippie dándolo todo en Woodstock… Y un poco de todas esas mujeres a las que homenajea.
Como en ‘Beraiek, geu’, la exposición colectiva que ella impulsa con artistas vascas en la Sala Amárica de Vitoria-Gasteiz y que se puede visitar hasta este domingo.

¿Cómo llegas a la fotografía?
En realidad, no soy consciente de querer hacer fotos. Llego a la fotografía a través de una crisis personal. Estudié Económicas, pero quería haber estudiado Bellas Artes. Mi padre, un pintor frustrado, me influyó para que no lo hiciera. Me metí en el carril adecuado de la vida y me dediqué al mundo de la empresa. Llegué a una posición estupenda en una multinacional. Tenía, aparentemente, la vida resuelta.
Pero tuve una crisis increíble y empecé a replantearme qué hacía con mi vida. Recordé la creatividad que tenía de joven, cuando pintaba, y un amigo me recomendó hacer fotos. La fotografía es algo interesante porque es prospectiva e introspectiva a la vez. Tenía por ahí una réflex que me habían regalado y que no sabía usar; la utilizaba en automático. Empecé a hacer fotos de lo cotidiano que me rodeaba. Y me sorprendí, porque las fotos me hablaban de mí, de esa insatisfacción que sentía.
¿Desde el principio viste eso?
Sí. Empecé a ver pequeñas cosas. Fotografiaba objetos que tenía alrededor. Una copa de vino solitaria bajo el sol, por ejemplo. Y me decía: “Esta copa soy yo. ¿Qué me pasa?”. Así empecé a adentrarme más. Me dije que tenía que aprender a usar esa cámara. Fue entonces cuando comencé a formarme. Entré en contacto con Elisa Miralles, a la que considero mi madre fotográfica. Estuve con ella en MadPhoto, una escuela que ya cerró, haciendo varios cursos y compaginando el trabajo con la fotografía.
La fotografía cada vez me atrapaba más. Quería contar historias. Recuerdo que empecé haciendo fotografía de calle. Trabajaba en Azca y me llevaba la cámara para hacer fotos durante la hora de la comida a los oficinistas y directivos.

Cuando tuve que hacer el primer trabajo de fin de curso, Elisa me dijo: “Vamos a buscar un proyecto”. Yo le contesté: “Si yo hago fotos sueltas, no tengo ningún proyecto. No hablo de nada. Encuentro algo en la calle que me llama la atención y disparo”. Ella me respondió: “Seguro que hay algo. Tráetelas y las miramos”.
Y, efectivamente, había cosas. Siempre estás presente: tú, tus preocupaciones, tus inquietudes. Por mucho que quieras alejarte de ti misma, siempre estás en tus fotos. Me obsesioné con hacer fotos a mujeres alienadas, mujeres que caminaban por la calle, absortas en su mundo, reflexivas. Me di cuenta de que, en realidad, eran un espejo: yo era esas mujeres. Lo que necesitaba era mirar hacia adentro.
La fotografía me atrapó por completo. Finalmente, llegué a un acuerdo con mi empresa, me fui y recibí una indemnización. Después, decidí hacer un máster de fotografía en una escuela que desapareció de mala manera.
Pero para entonces ya habías hecho un proyecto, ¿no?
Sí, había hecho cosas. Había iniciado un proyecto, que aún no doy por finalizado, sobre la familia. Ahí surgieron los hilos y la intervención en las fotos. Pero cuando empecé el máster, me di cuenta de que ese proyecto necesitaba reposar para retomarlo en el futuro. En realidad, necesitaba indagar en lo que me preocupaba en ese momento. Yo trabajo sobre cosas que tienen que ver absolutamente conmigo. Si miro atrás, todo lo que he hecho con conciencia de proyecto cerrado está relacionado con los referentes que me marcan y me construyen. Primero, como madre: el origen, la familia, una familia tradicional… En mi caso, una madre ausente, porque murió y porque era ausente.

Entonces te apuntas al máster…
Sí. Y no sabía muy bien qué proyecto hacer. Pero lo que me pedía el cuerpo en ese momento era trabajar sobre la construcción de la maternidad, mi maternidad, y la relación con mi madre. Ahí fue donde hice, con la ayuda de los tutores y los compañeros, el proyecto ‘Hilo’. Fueron 18 meses de trabajo. Un proyecto que cerré con un fotolibro.
Justo acabó en pandemia, e hice una exposición, mi primera exposición en solitario, en el Centro Cultural de la Cárcel de Segovia, gracias a un concurso. Me pareció tremendamente simbólico exponer un proyecto sobre la maternidad en una cárcel de mujeres presas políticas, porque, de alguna manera, la maternidad también puede ser ambivalente. Para mí es refugio, pero también puede ser cárcel.
¿Fue la primera?
Sí, la primera en solitario, fuera de una escuela, en un espacio que me había seleccionado. Eso te hace mucha ilusión. Luego vino la pandemia. Presenté ‘Hilo’ en MadPhoto y al día siguiente nos confinaron. Tenía varias exposiciones concertadas, pero todo se canceló.
Acabé el máster con una inseguridad tremenda, porque había cambiado de rumbo completamente. Sentía un vértigo atroz: “¿Y ahora a qué me voy a dedicar?”. Me quedé un poco desolada.
Acudí a una coach. Estuve con Patricia Sotomayor haciendo terapias para encontrarle sentido y objetivo a este nuevo camino que había decidido emprender. Seguí trabajando y expandí ese proyecto de la maternidad, saliéndome un poco de mí misma y contactando con otras mujeres a través de la pantalla. Hice pequeños vídeo-retratos en los que ellas reflexionaban sobre qué significaba la maternidad para ellas.
Al principio, todo era muy amable, hasta que conecté realmente con esa ambivalencia que tenemos todas las mujeres con la maternidad, porque nos viene esa herencia y ese peso sobre la “buena madre”. Tras eso, decidí que tenía que salirme de mí misma, dejar de mirarme al ombligo.

Veo que en ese proceso ya sembraste la semilla de hacer trabajos más plurales, dialogando con otras autoras.
Sí, de ver lo que a mí me inquieta. Para mí, la fotografía es un diálogo, una indagación. Una búsqueda en mí, pero también me interesa dialogar con el espectador y con el mundo. Ver cómo viven lo que yo estoy tratando de plasmar en imágenes y cómo lo viven los demás.
Sí, hay un germen. Esto me pasa a mí, pero ¿y qué pasa con el resto de las mujeres? ¿También lo viven como yo o no? Te das cuenta de que hay una pluralidad y se establece un diálogo maravilloso. Ahí surge el trabajar en colectivo. Cuando luego lo piensas, te das cuenta de que vas cogiendo cositas de lo que has hecho y se traspasa al siguiente trabajo. De hecho, esa coralidad se traspasó al siguiente, ‘Renascence’.
En ese trabajo quise salir del yo. Me dije: “Voy a trabajar con una mujer que no tenga nada que ver conmigo”. ¡Mentira! Porque, además, elegí a una poeta norteamericana.
Llegué a ella por un recorte de prensa que mi hermana encontró en un libro en casa de mi madre, cuando desmontamos su casa. Ella hizo una obra de teatro y me pidió que le hiciera las fotos para el cartel de la obra.
Como ya había trabajado con archivo en ‘Hilo’—y el archivo para mí tiene ese pozo de memoria que te conecta con un mundo más allá de la imagen, con el pasado y con tus propias emociones—, decidí trabajar con fotografías de archivo de esta mujer. Me enamoré del personaje, de la mujer y su obra.
Una vez más, lo que estaba haciendo era volver a un referente para construirme desde otro lado. Porque necesito construirme como creadora. Ahora necesito referentes de mujeres. Y en los libros no los encuentras, no los hay. Estudié Historia del Arte y me di cuenta, con mucho enfado, de que sigue sin haber mujeres. Hay algún capítulo en alguna asignatura, y nos tratan con una condescendencia increíble.
Para mí, esta poeta, Edna St. Vincent Millay, fue un espejo en el que mirarme y un modelo. La coralidad surge porque no quise homenajear a esta mujer sola, sino que quise que participaran otras fotógrafas.

¿Cómo tomas estas decisiones? ¿Cómo decides que vas a trabajar con otras? ¿Sabías que iba a ser un libro?
Este proyecto empezó siendo un libro porque solicité una ayuda del Ministerio y tuve que preparar un dosier cerrado. ‘Hilo’ surgió muy de las tripas, y luego le puse cabeza. En ‘Renascence’ fue al revés: primero le puse cabeza y luego me dejé llevar.
Desde el principio tuve claro que quería trabajar con la memoria de ella, con intervenciones, que son esa capa adicional que le añades a la imagen para conectarla con el presente, con las emociones, con lo que quieres contar, y con fotografía contemporánea hecha por mí. Y con mujeres que me ayudaran a construir este relato para homenajearla.
Me pareció muy bonito conectar fotografía con poesía. Busqué a ocho fotógrafas de mi entorno y les envié un par de poemas a cada una. Les pedí que se hicieran un autorretrato. Fue maravilloso porque, sin pretenderlo, muchos de esos poemas tenían mucho que ver con el momento vital que estaban pasando. La poesía, como la imagen, es muy proyectiva. Las fotógrafas hicieron suyos los poemas y crearon retratos. Según íbamos recibiendo los autorretratos, veíamos que encajaban como un puzle con las fotos que yo iba haciendo. Se hizo en un tiempo récord. Elisa me ayudó mucho. Sin ella no hubiera podido hacerlo. Además, fue la editora del trabajo.

Cuando haces un proyecto, para que no se quede en un cajón, lo tienes que dar a conocer. Tú eres un ejemplo en ese sentido: acudes a festivales, a visionados, te presentas a concursos… ¿Cómo afrontas esa parte?
Con ‘Hilo’ fue muy fácil, muy fluido. De repente, empezaron a confluir los astros. No sabía si hacer una maqueta o directamente una pequeña edición, ya que es un libro muy manual, con intervenciones. Entonces, Juan Valbuena me dijo: “Vamos a ver a Rocío. ¿No tienes 80 o 60 amigos a los que vender el libro? Pues lánzate”.
Fue muy curioso, porque una de mis referentes, Julia Borissova, una fotógrafa estonia que vive en Rusia y hace libros de autor, vio mi libro en redes y me propuso intercambiarlo por uno suyo. Después, lo nombró en la revista Photo-eye como su libro favorito del año. Y me empezaron a llegar un montón de pedidos de fuera de España. Hasta me escribieron del MoMA de Nueva York para pedírmelo. Yo pensaba que era una broma. ‘Hilo’ se hizo conocido por sí solo y surgieron cosas muy bonitas.
Con ‘Renascence’ ya tuve que hacer más esfuerzo. Es tedioso ese trabajo.
Mucha gente no sabe hasta qué punto hay que sistematizar la difusión de un trabajo, tener una estrategia. Y eso que ya tenías un libro conocido.
Sí, pero también es un reto volver a estar a la altura.

En los talleres suelo explicar que hay mucho trabajo de difusión tras esos proyectos que parecen estar en todas partes. El nivel de fracaso es muy alto; hay que llamar a muchas puertas para que se abra alguna.
Efectivamente, los proyectos hay que venderlos, hay que comunicarlos. Y hay que tratar de monetizarlos también. Yo no vivo de esto, pero me encantaría ganar un dinerillo. Con ‘Renascence’, tengo una carpeta llena de festivales, concursos de libros y exposiciones, ya que también se expone. Pero he recibido muchos noes. Muchísimos más noes que síes. No puedes gustarle a todo el mundo.
Y después de ‘Renascence’, ¿cómo llega el nuevo proyecto?
El nuevo proyecto viene de dos partes. Cuando investigaba sobre la poeta, leí su correspondencia, sus poemas y su biografía. En la biografía, me di cuenta de que por su vida pasaron mujeres maravillosas: literatas, artistas, escultoras, fotógrafas como Berenice Abbott… Además, ella viajó mucho a Europa, a España. Conoció a muchas mujeres de las vanguardias del siglo XX, hasta unos pocos años antes de su muerte, en 1958.
Justo entonces, estaba estudiando Historia del Arte, donde no aparecen mujeres. Necesitaba encontrar esas mujeres, investigarlas. Y decidí hacer un trabajo que supusiera mi genealogía artística. Así nació ‘Ancestras’, un proyecto que sigue vivo.
Es un proyecto sencillo: retratos de archivo que saco de internet, me apropio de ellos y los resignifico con elementos de la naturaleza, que es otra de mis pasiones: plantas, flores…

De alguna manera, estoy construyendo una galería de retratos de mujeres. Hasta aquí es un trabajo muy en solitario, pero yo necesito hacer cosas con más mujeres. Se me ocurrió hacer un diálogo visual, de imagen a imagen.
En ‘Tú, yo, ellas, nosotras’, doce fotógrafas contemporáneas dialogan con la obra de artistas visuales, no necesariamente fotógrafas, del siglo XX europeo. Primero hay una fase de investigación en la que yo elijo a las artistas y luego las emparejo con las fotógrafas.
Conté con la ayuda de Elisa Miralles, y se sumó María Santoyo, quien me ayudó a elegir a las referentes. Envié a las doce fotógrafas una investigación previa, y ellas, libremente, hicieron varias imágenes para quedarnos con una y hacer una publicación, que tuvo forma de agenda, y una exposición.
Pero además de ese comisariado, tú también eres autora.
Sí, yo también participo con una escultora, Margall Rosell, de la Generación del 27.
Y de ese trabajo salió un “spin-off”.
A raíz de ese trabajo, la Sociedad Fotográfica Alavesa contactó conmigo, y hicimos una secuela con fotógrafas relacionadas con el País Vasco. Tomamos como referencia para la investigación inicial el Centro de Documentación del Museo Contemporáneo del País Vasco, Artium, que tiene fondos dedicados a mujeres que han tenido que ver con el museo.
Hicimos una convocatoria abierta y seleccionamos a trece fotógrafas. Esta exposición se inauguró el 29 de noviembre en la Sala Amárica de Vitoria-Gasteiz y se cerrará el próximo 2 de febrero. La idea ahora es que itinere.
En este caso, a diferencia del proyecto original, que era exclusivamente fotografía, hubo libertad absoluta de creación. Algunas hicieron instalaciones, otras fotografía, escultura o vídeo… A mí me gusta mucho conectar las artes. Más que fotógrafa, soy una híbridadora, como me bautizó Miguel Oriola en un visionado.

No hemos hablado de un pequeño proyecto que a mí me encanta, porque tiene humor: ‘Cocinando con mamá’.
Yo tenía una foto fetiche en ‘Hilo’, una de mi madre antes de ser madre. Esa foto me dice mil cosas; de hecho, en el libro aparece cuatro o cinco veces con mis intervenciones. Creo que el duelo por la muerte de la madre nunca se cierra del todo, y seguí necesitando hacer cosas, a pesar de haber cerrado el libro. Entonces pensé: ¿qué cosas sigo haciendo yo que hacía ella? Y es cocinar. La base de mi cocina son los platos que hacía ella, aunque nunca me enseñó. Me dije: “Voy a hacer las mismas recetas con ella”. No sé de dónde me surgió la idea de imprimir una imagen e incluirla como si fuera un ingrediente más en la receta. Mientras el plato se hace, reflexiono, hablo con ella… Luego saco la foto, la seco y la enmarco.
Al principio no se lo contaba a nadie, porque me parecía algo muy friki, casi psicoanalítico. Además, luego nos comíamos el plato. Un día, la fotógrafa Eva Sala me dijo que le parecía muy bonito comerte a tu madre, el mayor acto de amor.
Pero no está en mi web porque es algo muy catártico y personal. Aunque no me gusta la fotografía como terapia. Una cosa es la terapia, que yo hago por mi cuenta, y otra es un proyecto con intención de ser artístico o que dialogue con el espectador.
Curiosamente, dos aspectos muy presentes en tu trabajo —la mirada introspectiva y lo colaborativo— son poco frecuentes en los trabajos de los hombres.
Creo que una parte de esto proviene de lo que llamamos sororidad. Las mujeres, al haber sido y seguir siendo un colectivo olvidado, hemos encontrado fuerza en estas redes de apoyo, en ese compartir. Y yo me siento muy a gusto ahí.
Pero no solo con mujeres. En el primer trabajo de ‘Tú, yo…’ sí estaba restringido a mujeres, pero en Euskadi los hombres también podían participar. Porque creo que es interesante volver a unirnos, que no haya cosas “de mujeres” o “de hombres”. Como sabes, el trabajo incluye algunos retratos que realizo y que combino con fotografías de las participantes, y para mí era un reto mezclar a una mujer y un hombre, pero no se apuntó ninguno.

Me da mucha rabia cuando afirman que hay que visibilizar a las mujeres “para que las niñas tengan referentes”, cuando en realidad todos y todas deberíamos tener referentes femeninos.
Obviamente. Hasta ahora, esa separación era comprensible, pero cada vez me gusta menos. Una de las cosas que decía Edna cuando le preguntaban era: “Yo soy poeta, da igual que sea mujer u hombre”. Todavía nos falta camino para llegar a eso, pero ese es el ideal: que no haya segregación.
Has hablado de lo importante que fue la formación para ti, con Elisa Miralles o en EFTI. Incluso hiciste un curso de creatividad con Javier Vallhonrat. Lo menciono porque es una de esas personas que muchos citan como punto de inflexión en su trabajo.
A mí me explotó la cabeza con él.
¿Por qué?
Empecé a trabajar en ese proyecto sobre la familia que tengo aparcado. Sabía que debía incorporar fotografías de archivo, pero no tenía claro cómo hacerlo. Para mí, era algo muy serio: no profanar ese formato, ese rectángulo donde está toda la información. Era casi como escribir con faltas de ortografía. Y en su taller, junto a los laboratorios con Elisa, me di la libertad de transgredir la fotografía de archivo, a la que damos autoridad, veracidad y cargamos de una simbología muy pesada. Poder romperla, rasgarla, volver a ser niña para encontrar respuestas o hacerse más preguntas, indagar en la imagen… Todo eso se lo debo a él.
Esto me lleva a un tema que me inquieta. ¿Hasta qué punto pesa la autocensura en la creación?
Mucho. Ahora mismo estoy en un bloqueo de autocensura, dudando de si podré hacer imágenes interesantes… Y es terrible, porque no te deja experimentar. Sé que tengo que soltarlo para crear cosas que quizá no use, pero que me desbloqueen.
¿Qué recursos utilizas para eso?
Me estoy dejando llevar por el no hacer nada. Llevo tiempo sin hacer una foto para el proyecto en el que estoy ahora. Estoy trabajando sobre la menopausia. Hablar de una misma implica enfrentarse a los propios miedos y sombras, y eso requiere abrir un melón. Ahora me permito el “no”, respeto esa inactividad. A veces hay que escuchar al cuerpo; no siempre debemos obligarnos a crear. Quizás este reposo sirva de poso.
También es importante escuchar a los demás, recibir un juicio crítico constructivo. A veces es duro, pero a mí me activa. En este proyecto quiero fotografiar un proceso, pero también incluir a otras mujeres. Y necesito darme tiempo. Hay quienes me dicen: “No tienes que hablar desde el pesamismo o la frustración, sino desde la celebración”. Ya, pero yo no estoy ahí. No puedo hablar desde la celebración cuando no la siento. Pero eso me hace reflexionar: “Tal vez lo que toca es celebrar”. Hablar con gente que valoras a veces te ayuda a salir del bloqueo.

Antes hablábamos de la formación. Ahora has dado un paso y estás impartiendo talleres. ¿Qué te aportan y qué crees que aportas?
Me costó mucho dar talleres. Elisa me animaba, pero me daba miedo. Sin embargo, organizamos uno sobre memoria y archivo para trabajar con el álbum familiar, y para mi sorpresa, se llenó enseguida.
Me encanta transmitir lo que he aprendido y ayudar a las trece personas que se apuntaron a conectar con sus historias, a jugar, a desbloquearse, a centrarse en el proceso y no en el resultado, a explorar la imagen y descubrir lo que les cuenta. Me he enriquecido mucho con este juego, con ellas y ellos. Se inscribieron dos hombres, y me pareció maravilloso porque aprendí observando cómo cada persona se enfrentaba a sus propios cuestionamientos, imágenes y miedos. Al final, son cuestiones universales.
Aunque ya lo has apuntado, ¿en qué consiste tu próximo proyecto?
Estoy trabajando en el proceso vital en el que me encuentro: la menopausia. Es un tema muy tabú. A las mujeres nos cuesta hablar de ello, incluso dentro de nuestros propios círculos. Y creo que es fundamental abrir esa conversación, no solo entre nosotras. Me he encontrado con personas, tanto hombres como mujeres jóvenes, que piensan que vivimos esto de manera melodramática. Con la menopausia, nos dicen que dejamos de ser atractivas, que nos volvemos invisibles, que ya no podemos ser madres… Y todo eso va calando, generando insatisfacción. Eso es lo que quiero abordar en este proyecto.
