Es imposible celebrar una década de Clavoardiendo sin contar con Ana Zaragoza. Formó parte del equipo fundador de la revista y sin su entusiasmo, su trabajo y su alegría, hubiera sido imposible siquiera salir al aire. Autora de algunos de los reportajes más interesantes sobre fotografía y libros que hemos publicado en estos años (como ‘Las extrañas campesinas del mar, de Fosco Maraini‘, o ‘La aventura cosmopística de Dunlop y Cortázar‘), ahora es una de las mejores copy del país, especializada en email marketing. Hoy nos trae una entrevista a Tamara Pastora sobre su particular estilo de fotografía de bodas y cómo venderla.
Cuando Roberto Villalón me propuso escribir un artículo para los 10 años de Clavoardiendo, le dije que sí. Pero no tenía ni idea de qué contar. Unos días después, lo puse en contacto con Tamara Pastora. Una anafotógrafa de bodas “intensa” (nomenclatura Cienojetes) con la que llevo un tiempo trabajando. Le estoy ayudando a usar las palabras para vender mejor sus servicios. Y bueno, después conecté puntos y le dije a Roberto: «¿Y si entrevisto yo a Tamara sobre otra mirada de las bodas y cómo el copywriting puede servir a un fotógrafo para vender sus servicios?». ¡Ecco! De eso va esta entrevista.

Me ha dicho un pajarito que tú de bodas no querías ni oír hablar…
Efectivamente. No es tanto que tuviera algo contra las bodas, sino que sencillamente las ignoraba. En mi familia no había habido muchas, salvo la de mi padre, en sus segundas nupcias. Y no recuerdo nada especialmente gratificante, ni que me lo pasara especialmente bien, ni en esa ni en ninguna.
Y conforme me fui haciendo mayor, las amigas de mi alrededor, de distintos grupos, no se casaban. Era un universo bastante alejado del mío y tenía muchos prejuicios. Algunos con razón, otros no.
Esto en el plano personal, ¿y en el plano fotográfico?
Es que va unido. Quiero decir, al haber tenido tan poco contacto con ese mundo, no me había llamado la atención nada. Ni las fotos, ni los vídeos, ni nada. Eran unos eventos bastante ajenos a mí.
Por eso cuando me hicieron el primer encargo en mi propio pueblo, en Estadilla, yo dije que no. Muy airada, ¿no? «¿Cómo osas ofrecerme esto a mí?» Como si fuera una aceituna envenenada. Menos mal que fui humilde, al menos en esa ocasión, y la hice. Y bueno, me costó, pero se fue revelando ante mí un mundo muy interesante y con el que comparto mucho más de lo que yo esperaba.

¿Qué es lo que te hace cambiar de opinión y dedicarte a fotografiar bodas?
Realmente nunca hubo un cambio consciente de opinión. Fui aceptando encargos porque era trabajo. Y sobre todo porque venía de estudiar periodismo y sentía que me venía bien para foguearme.
Además, me solían llegar algunas bodas para mí o también como “second” de otras fotógrafas, que además eran amigas mías, con las que compartía muchas cosas. Era una manera también de trabajar juntas, de hacer equipo, ya que la fotografía suele ser algo bastante solitario.
Yo lo veía desde el punto de vista del aprendizaje. Como se dice aquí en Cádiz, “coger el roante” de mi propio trabajo. Mi espontaneidad, mi capacidad para adaptarme a las luces, a los tiempos, a cosas que no se pueden repetir. Y realmente ha sido una escuela muy interesante. Pero no fue una decisión de «a partir de aquí sí voy a hacer esto». No, fui haciendo y a raíz de eso he empezado a conectar de verdad.
Entiendo, pero ¿ha habido algo que te ha hecho, de repente, reconsiderar el acto de la boda en sí?
Más bien fue que no hace tantos años, yo te diría que después de la pandemia, que tanto nos ha cambiado a tantas personas, o al menos la percepción que tenemos de algunas cosas, me di cuenta de que me emocionaba muchísimo en las bodas.
Estás de repente allí con una pierna en el suelo, haciendo tus posiciones, aguantando la respiración para no desenfocar a nadie, para que todo esté en su sitio y, cuando te levantas, te ves con la lagrimilla…
Yo qué sé, siempre he sido muy de emocionarme, pero como que las bodas me habían parecido siempre muy cliché, muy repetitivo, siempre se decía lo mismo. Si encima eran religiosas solían ser bastante misóginas. El cura decía un montón de cosas absurdas que a mí hasta me cabreaban.
Pero de repente me vi emocionándome con cosas muy pequeñas, con microgestos, quizá no con grandes discursos, pero con gente que hablaba desde las tripas. Y empecé a darle mucha importancia a fijarme más, a detenerme más en todo eso. Y, mira, me estoy emocionando ahora (el llanto es cierto, eh. No hay ningún efecto) de ver gente entregada, aunque igual desde fuera lo podríamos juzgar como algo pues más… cursi o lo que sea.
Me ha salido solo dejar de juzgar y empezar a valorar a la gente que habla y hace desde las tripas, desde el amor. Y que lo da todo por la gente que quiere sin olvidarse de sí.

Ese fijarte en «cosas muy pequeñas, microgestos» que has comentado ¿crees que es eso lo que más les gusta a tus clientes de las fotos que les entregas?
No sé si es lo que más, pero sí es una de las cosas que más me dicen. Algo que puede ser bastante general (porque es un día a veces acelerado) como «jo, a través de las fotos veo cosas que no recuerdo haber vivido». Pero lo que más me llega tiene que ver con «gracias por fijarte en esto, porque me hace darme cuenta de lo importante que era para mí y no lo sabía».
Hostia, voy a llorar toda la entrevista, Dios mío de mi vida. Estoy pensando en la mano de la abuela de una novia. Le hice una foto justo cuando el cura acababa de dar la bendición y la abuela agarra a su nieta por el hombro y le daba una luz muy especial. A mí me pareció bonito el momento, pero no esperaba gran cosa. Y esa chica lloró mucho y me dijo «cómo se te ha ocurrido»… como si le hubiera hecho una foto a un alien.

¿Qué es lo que más te gusta de fotografiar bodas?
Diría que son tres cosas.
La primera es que es un día en el que prácticamente todo el mundo está predispuesto a pasárselo de puta madre. Entonces, en un recinto donde todo el mundo tiene esa energía, no sólo la gente no te pone pegas, sino que te siguen el rollo como quizá no harían en un día “normal”. Me lo ponen muy fácil, como que se dejan llevar mucho. Hablo en general, no sólo de las parejas. Hablo de la comunidad.
La segunda es que se come muy bien. A mí siempre me tratan muy bien. Mi menú vegetariano me lo ponen con mucho cariño, con mucha dedicación. Y es un disfrute.
La tercera es que ponen temazos para bailar. Quiero decir, es un momento en el que todo el mundo está de buen humor, con ganas de disfrutar. Encima van todos guapísimos y con ganas de experimentar con su gente, también fotográficamente.
En ese contexto me siento apreciada, valorada, incluso querida y lo paso realmente bien. Te cansas mucho, por supuesto. Pero es un cansancio con sensación de trabajo bien hecho, de haberlo dado todo. Pero lo puedes dar todo cuando se reúnen esos ingredientes y mi sensación es de subidón tremendo. Es como estar en las fiestas de mi pueblo y tener la posibilidad de retratar lo que es significativo para los demás. Un regalo.
¿Y ese rumor que corre por ahí de que Tamara Pastora no se va de una boda hasta que el DJ no pincha ‘Suavemente’ de Elvis Crespo?
Te confirmo el rumor y la verdad es que pocos DJs me fallan. Hasta que no ponen esa canción, no me voy. Y si veo que mi trabajo está redondo y no la han puesto, o mando a alguien subrepticiamente, o directamente voy y le digo «¿tú no podrías hacerme feliz a mí hoy que lo he dado todo, porrita mía?» Sí, es radicalmente así, pero ya te digo me suelen decepcionar muy pocos DJs porque es un temazo incontestable.

¿Y qué es lo que hace diferente tus reportajes de bodas del resto?
Cuando hablamos del reportaje (quiero decir, las fotos) estamos hablando ya de una parte del trabajo bastante avanzada. Pero para llegar a la materia prima, hay un proceso previo con las parejas de vernos varias veces, intercambiar información y preguntarles (no rollo interrogatorio) cosas que por experiencia considero importantes.
Entonces, cuando llego a disparar ya tengo una película en mi cabeza que me da muchas pistas de por dónde van a ir los tiros, de dónde están las sensibilidades y de dónde están los dolores. Cuanto más me acerco al universo de esas personas, consigo imágenes en las que se ven muy representados.
También hay gente que tiene un concepto de sí misma muy diferente de la realidad. Gente que entra en la iglesia y quiere que salga Victoria Beckham. O cree que su marido es un modelo de Calvin Klein. Y claro, luego hay un choque de civilizaciones, ja, ja, ja, ja, ja. Afortunadamente, estoy llegando a un punto en el que la gente que me contrata no espera que yo los transforme en lo que no son, sino que espera que saque esa parte más suya que ni siquiera saben que tienen o que está más dormida.
Recuerdo una boda de hace un par de años de una chica sevillana que se casaba con un chico indio en el Pirineo Aragonés. Lo que me dijeron cuando les entregué el reportaje fue «nos encantan todas las caras raras porque así somos nosotros». Personas que no le tienen miedo a no salir con el estándar de la belleza, sino que saben quiénes son y que eso es lo que van a ver. Es un juego, no una competición ni un catálogo.
Conseguir captar eso, armonizar lo que sé hacer con lo que ellos son (o al menos lo que son ese día en esa circunstancia), es lo que creo que me hace más diferente. Luego, por supuesto, que bailo merengue…
Por cierto, en esta misma boda, en la de Marina y Ashu, cuando ya me iba, me dijo una tía de la novia: «¿Pero ya te vas? ¿Tú no eres amiga de Marina, de la novia?». Y yo, no, no, soy la fotógrafa. Y la tía: «Pues es que tenéis tan buen rollo que llevo todo el día pensando que sois amigas». Y sin ánimo de ser amiguísimas del alma (porque hay cosas que no se pueden forzar), esa cercanía y ese poner al servicio mi caja de herramientas, sin juzgar, intentando que salgan bien las cosas (no solo mis fotos), sino que salga bien el día, creo que al final se aprecia.

El tema de los álbumes de bodas, ¿cómo son los álbumes que entregas a tus clientes? ¿Qué tienes en mente ahí?
Precisamente, fruto de ese proceso que llevo a cabo con las parejas para conocerlos, saber quiénes son, saber qué música escuchan, cuál es su ropa de diario, de qué color es su pijama… Fruto de eso hago una pieza única alejándome cuanto más mejor del concepto más clásico del “álbum de bodas”.
Una pieza “joya” que no cuente necesariamente su día con una narrativa cronológica, sino que tenga más que ver con el universo propio que ellos tienen y que he podido observar. Entrego un objeto que tiene más que ver con el fotolibro, tanto con la materia prima que se usa, las fotos, como con la forma de contarlo, el embalaje… Y en eso estoy.
¿Hay algún fotolibro en particular que te haya inspirado especialmente para este objeto-libro que tienes en mente para tus clientes?
‘I love you’ de Mario Testino, porque me gusta mucho cómo mira con ojos nuevos las bodas. Esa fue la primera vez que vi un fotolibro que era de bodas y que no era algo aburridísimo o cliché.
Y luego también me gusta mucho este de Enrique Escandell que se llama ‘10 5 4’. Lo veo un libro sin grandes ambiciones. Sin pretender ser un Ferrari, sino un coche antiguo reparado a mano. Con el cosido visto, con una forma de narrar que tiene más que ver con cómo dialogan las fotos, que con contar mi hijo nació, ahora tiene un año, y ahora tiene dos, y ahora tiene cinco, y ahora tiene diez… Y luego también me llamó mucho la atención la textura. Podría reconocerlo entre otros libros con los ojos cerrados solo con tocarlo. Y me parece que tener tanta personalidad sin pretender grandilocuencias es bonito y algo que me gustaría mucho conseguir a mí también.
Otro es ‘Hombrecino’ de Susana Cabañero. Me gusta mucho porque está editado por Juan Valbuena (fan de su curro), pero no lo sabía cuando me lo encontré por internet y lo compré del tirón. Me flipa porque tiene mucho que ver con la memoria histórica y trata sobre su abuelo y una lista de nombres que llevó durante 40 años en el bolsillo de la camisa y está reproducida aquí. Es un libro súper pequeño y volvemos otra vez a lo artesanal. Me gusta mucho notar la caligrafía del protagonista y con qué pocos elementos dice tanto.
También me gusta porque mi trabajo está muy vinculado con la memoria histórica. No porque en mi familia haya habido (que yo sepa) nadie fusilado o desaparecido, pero tampoco me hace falta para empatizar con algo que me parece justo reivindicar. Y creo que la mirada que aplico a las bodas tiene que ver con algo que puede parecer muy loco, pero lo pienso: qué pasaría si toda esta gente, de repente, como pasó en 1936, desapareciera injustamente, violentamente, sin dar explicaciones, sin abogado, sin juicio y sin sentencia. Y trato de aplicar también eso sin que me nuble. Pero eso está muy presente en mi mirada también: las personas mayores, la infancia, gente que igual no ocupa el centro del escenario, pero que para mí es fundamental, las periferias, los entresijos, los huecos… Estoy llorando otra vez.

En un apartado de tu web se puede leer «Hago las fotos del álbum familiar que yo no tuve»… ¿Algo que declarar?
Diría que esa frase es el epicentro de mi vida, no solo de mi trabajo. Porque realmente yo soy fotógrafa (no solo fotógrafa de bodas) por un afán muy temprano (prematuro diría yo) de registrar ante la desesperación de la ausencia.
Y esto tiene que ver con que yo tendría siete años cuando mi abuela muere con 51. No podía creer que alguien que había sido como mi madre (pero sin el como) hubiera desaparecido sin dejar más huellas de su paso por la tierra. Y aunque yo era muy pequeña (y los adultos de mi alrededor estaban bastante en shock), me hice una promesa. De estas promesas que no están escritas en ningún sitio y que no se las dices a nadie, pero que se revelan después el motor de una vida.
Tendría igual nueve o diez años cuando me puse a recopilar el álbum familiar buscando los restos de mi yaya Carmen. Y fui ampliando los horizontes, es decir, me fui haciendo dueña del álbum familiar de mi casa. Cuando fui creciendo, fui pidiendo a mis vecinas, a otras mujeres de mi pueblo, Estadilla, que me contaran cosas. Que si tenían imágenes, si tenían algún recuerdo, alguna anécdota, algún vídeo, algún documento. Y al principio, claro, les resultaba un poco raro porque era una cría, pero fíjate que voy a cumplir cuarenta años y me siguen llegando cosas de esas peticiones.
Y creo que eso solo puede querer decir algo importante: que no he perdido mi razón para seguir haciendo fotos. Confirma el camino en el que estoy.

Tú ya me seguías con la editorial Caravanbook y luego seguiste leyendo mi newsletter cuando empecé a hablar de escribir para vender, ¿en qué momento te das cuenta de que el copywriting puede resultarte útil?
Fue como con lo de las bodas, que no hubo un momento súper clarividente, pero sí que me gustaba esa nueva vía de correspondencia con las personas. Con el hartazgo de las redes sociales, con un afán también de salir de lo mismo de siempre, abrir un nuevo camino donde tener una vía de comunicación directa con la gente me parecía muy interesante. Y también, pero esto tampoco lo sabía cuando te escribí la primera vez, me hace reconectar con mi propia escritura. También me ayuda a clarificar las ideas, me está ayudando mucho a ser más clara, más concisa y menos rocambolesca.
Y esta web tan rara para un fotógrafo (que por otro lado es culpa mía), ¿a qué fin?
Una de las cosas que más clara tenía era la de hacer algo que fuese lo más diferente a todo lo que hace la gente de mi sector. Y claro, las webs de todos los fotógrafos que conozco, salvo alguno más raro, están llenas de fotos.
Fotos que además son siempre más o menos las mismas. Que no digo que esos fotógrafos no tengan talento, incluso que esas fotos me gusten, pero la forma en que las muestran en sus páginas web me aburre soberanamente.
Yo quería, aun a riesgo de parecer cutre, que solo por el hecho de mostrar algo diferente, la gente tuviera más ganas de quedarse.

¿Puedo decir que escribes unos emails (lo que tú llamas “cartitas”) para chuparse los dedos? Lo digo: escribes unas “cartitas” para chuparse los dedos ¿Qué más te dicen quienes las leen?
Mira, pues me acaba de escribir una chamana que vive aquí y me ha dicho «me encanta la magia», por ejemplo. Siento que a las personas (aunque me manden una sola frase) que se detienen a darle a responder, algo les ha tenido que tocar.
Otros fotógrafos, por ejemplo, me contestan diciéndome, «ostrás, pues yo también tengo muchas dudas con eso», o «es algo interesante esto que planteas», o me preguntan: «¿me puedes decir de qué libro hablas?».
Otra gente me dice «tía, me llega un email tuyo cada cinco minutos». Y pienso: yo ya te avisé, quiero decir, apuntarse es gratis, desapuntarse también.
Y bueno, luego de repente se empieza a crear una especie de correspondencia un poco marciana. El otro día me llegó la foto de un lector con la foto de su perrito. Imagino porque sabe que soy animalista y que dono parte de mis ingresos a las protectoras. Cada uno se agarra a lo que quiere, entonces me llegan cosas muy diferentes.
Hay gente por ejemplo que nunca me contesta, pero luego me ve por la calle o me escribe un whatsapp y me dice «que sepas que me leo todos los correos que mandas. Si no puedo porque están los críos por ahí, me espero el fin de semana y cuando están dormidos me los leo todos». Y no sé si se van a casar, si quieren fotos o no, pero sé que lo leen todo y me parece una hazaña.

Tamara Pastora no solo fotografía novias borrosas, corta cabezas de invitados y confunde fajas con velos… ¿qué más hace cuando no fotea bodas?
Aparte de comer aceitunas como una cosaca, que es lo que más me gusta en el planeta Tierra, hago muchas fotos en el universo del flamenco (por eso vivo en la provincia de Cádiz, antes en Jerez y ahora en Rota). He sido durante cuatro años la fotógrafa del Festival de Jerez y sigo muy vinculada a este arte que me conmueve y me emociona desde hace años.
Quitando eso, me meto de cabeza en todos los proyectos en los que sienta que pueda poner mi caja de herramientas a su servicio. Desde hacerle fotos a un psicólogo para su web (pero haciendo un proceso casi gestáltico para conseguirlas), hasta impartir talleres para mujeres mayores de Jerez donde hacemos mini exposiciones, retratos entre nosotras… Es decir, la fotografía como una excusa para estar con la gente que es, junto con las aceitunas, lo que más me gusta en el mundo.
¿Qué le dirías a un fotógrafo que quiere hacer bodas?
Le diría que trate de perder cuanto antes el miedo a hacer algo que se considera poco propio de ese universo. Que se considera cutre, incluso a veces barriobajero o que no le pega una boda. Como si las bodas solo pudieran ser un sacramento o un cliché que se repite una y otra vez.
Y no es algo que me haya inventado yo, ni soy la más especial por esto, sino que es algo que me ha enseñado la gente conforme me han ido llegando con diferentes ideas. Desde casarse en un olivar y hacer el pino puente, hasta hacerse un anillo con algo que tú no ves pero que puedes tocar y solo lo puede sentir la persona que lo lleva en la mano.
Me refiero a buscar la manera de representar algo tan diferente como el universo de los clientes que te lleguen.

¿Y a alguien que se va a casar? Aparte de que se apunten a tu newsletter…
Ah, bueno, claro. Si quieres saber cómo elegir fotógrafo para tu boda o sobre el tándem fotografía-bodas (entre dos millones más de asuntos) tienes que apuntarte a mi newsletter porque si no, estás perdida. Eso por descontado.
Pero una vez que lo hayas hecho y además lo hayas dicho a todas tus amigas, yo me fijaría mucho en una cosa que decía siempre un profesor de historia de la Complutense: «somos más lo que hacemos que lo que decimos que hacemos». Como intentar ir más allá de lo que la gente dice de sí y ver si te transmite credibilidad. Para mí eso es lo más importante, porque fotos bonitas hace mucha gente ahora mismo. Muchísima.
Yo por ejemplo, te contraté a ti para el copywriting de mi web, obviamente, porque considero que a nivel profesional me vas a ayudar. Y porque confío en tu técnica, en tu intuición, en tu mirada. Pero también he visto otras facetas tuyas en todos estos años que te sigo. Y verte con aplomo haciendo otras cosas me hace confiar en lo que haces hoy, y quizás en lo que hagas mañana, si es que cambias y haces otra cosa.
Diría que van por ahí los tiros. En fijarnos más en lo que hace la gente (los profesionales, los fotógrafos) y no en lo que dice que hace. Y también en qué tanta consistencia hay en eso que hace.
Es verdad que es un poco abstracto esto que digo y que no es tan fácil de comprobar, pero creo que todas cuando contratamos un profesional, tanto si es un albañil, un profe de gimnasia o un “personal shopper”, sabemos quién nos resuena y quién no. Creo que eso se sabe bastante rápido.
Y también creo que no hay que correr. Hay que darse el tiempo de, como dice mi amiga Luci, ver si hay “lifting” con los profesionales que nos van a acompañar. Es súper importante que haya “lifting”.
¿Que haya “lifting” en qué sentido?
“Feeling”. Le dice “lifting” a “feeling”. Ella siempre dice «no, es que no ha habido “lifting”». Entonces ya no lo sé decir bien por culpa de Luci.
Y claro, para comprobar también que haya “lifting” hay veces que hay que detenerse un poco más. A veces a las parejas les meten mucho miedo… porque ya hay que cerrar la boda para dentro de tres años, o te desesperas, o tu madre te manda un contacto y tu suegro te manda otro. Y tú quieres darte prisa resolviendo porque hay muchas otras cosas que solucionar. Y yo entiendo esa necesidad de ir soltando amarras, pero hostia, todos los proveedores son importantes, pero el que retrata a todos los demás creo que tiene un peso considerable, ¿no?
Además, piensa que esa persona va a estar contigo mientras estás en bragas, cuando tu madre está nerviosa perdida o tu padre se está cagando en lo alto. Entonces, la persona que esté ahí contigo, no tiene por qué ser tu amiga, pero lo más parecido a “amiga por un día”, conviene.
Creo que es importante dedicarle tiempo a averiguar si eso sucede o no con el profesional que hemos elegido.

Si Tamara Pastora se casara (ahora que no parece una posibilidad remota), ¿quién le hará las fotos?
Una de las cosas que sí que he pensado (en cuanto vi que mi cuerpo reaccionaba favorablemente a que mi compañero Jack dijera un día «oye, pues este sitio puede estar bien para casarse») es en quién quiero que mire mi día. Y no quién, sino “quiénes”. Porque otra de las cosas que me parece importante es contratar más de un fotógrafo principal y que cada uno despliegue su mirada sobre lo que pase. Es una inversión que estoy más que dispuesta a hacer. Lo que me gusta de este planteamiento es que los dos fotógrafos estén en todas las situaciones y, sobre todo, le den importancia a lo que ellos se la suelen dar. No que se “repartan” el trabajo, digamos.
¿Algo inspirador del “universo Tamara Pastora” que no nos podemos perder? (libro, peli, canción, fotógrafa… lo que sea que te emocione profundamente)
La canción ‘Medianoche’ de Inti-Illimani me conmueve que me muero… No habla directamente del exilio que vivieron tras el golpe de Pinochet, pero sí toca temas transversales del grupo: la melancolía colectiva, las despedidas inevitables, la memoria compartida, la convivencia humana…
Luego por supuesto del flamenco rescataría a las tatas de Jerez, que son estas mujeres que sin haber ido a academias de baile, bailan pa’ comerles la cara. Y no es tanto bailar, es bailarle al cante: no tienen una coreografía preestablecida, sino que están bailando según lo que están oyendo y eso puede cambiar. Cada vez que las ves hacen algo igual y algo distinto. Esa gente y sus hechuras es la que más me gusta seguir, más allá de lo que pase en los escenarios, que también puedo disfrutar.
Estoy leyendo ahora un libro que me parece una joya. Se llama ‘La fosa abierta’ de Brigitte Vasallo. Creo que no hemos leído un libro así en nuestra vida. Y como dice mi querida Virginia Mendoza, huele a premio (y no solo literario).
¿Qué más cosas? Bueno, claro, me estoy haciendo muy fanática de la astrología. Y más allá de que mucha gente cree que eso es lo que hacían Rappel y Aramis Fuster, la astrología evolutiva me parece un lenguaje con el que entiendo mucho mejor las situaciones, las personas y las reacciones. Me emociona mucho (y aprendo un huevo) de un astrólogo que vive en el Moncayo, en Zaragoza, que se llama José Millán. Ahí lo dejo.
Y por citar fotógrafos que a mí me interesan… John Dolan, un fotógrafo de bodas maravilloso. También citar a las titanas latinoamericanas que me rompieron. Por supuesto la chilena Paz Errázuriz, que es un poco lo mismo que estoy diciendo todo el rato: gente que mira donde no mira nadie. Esta tipa que se mete allí en los psiquiátricos en las condiciones en las que estaba tanta gente. O cuando se va al Sur no tanto a documentarlos, sino a estar con ellos, con los Cahuéscar, creo.
Adoro los cómics de Ana Penyas, el teatro social de Alessia Cartoni, la escritura de Alba Correa y, de mis últimos descubrimientos, el clown de la mano de Alain Vigneau.
Ya ves, completita la géminis. JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA.

