La segunda edición de Àlbum de Terrassa cuenta con el proyecto ‘Ruinas que (no) ves’ del artista catalán Jorge Conde, una instalación que resume muy bien el espíritu de este festival. Laura Castillo le entrevista para Clavoardiendo.
Descender a las Carboneras del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de Cataluña tiene, hasta el 7 de julio, una recompensa doble. Este espacio rotundo y pétreo acoge la exposición ‘Ruinas que (no) ves’, de Jorge Conde, en el marco de Àlbum, festival de imagen y fotografía contemporánea de Terrassa.
Quedamos con Jorge Conde (Barcelona, 1968) en la cafetería de un hotel. No es una entrevista, más bien una charla a tres bandas junto al director artístico del festival, Paulo Cacais. Se conocieron en un visionado de portfolios y desde las primeras imágenes, Cacais tuvo claro que la obra de Conde tenía que exponerse en las Carboneras. “Era su ecosistema natural”.
‘Ruinas que (no) ves’ propone una reflexión sobre el papel de la institución cultural en la construcción de los relatos históricos, así como en la recuperación de la memoria y el análisis crítico del modelo de desarrollo surgido con la Revolución Industrial y el sistema económico y productivo colonial europeo.
Al escucharlo hablar de su obra no puedo evitar encontrar cierto paralelismo con su fotografía: al igual que sus imágenes, bajo su elegancia innata y su sinceridad amable, palpita una emoción que no es habitual en la fotografía arquitectónica.

Las carboneras de un antiguo vapor textil, ahora convertido en museo, no es un espacio fácil de trabajar para una exposición.
Las Carboneras son rotundas. Son negras. Pétreas. Profundas. Los espacios con personalidad como este imponen sus condiciones. Por eso desde el principio me resultó muy inspirador desde el punto de vista físico y también histórico. Y un reto. En mis exposiciones intento buscar complicidades con el espacio, establecer un diálogo íntimo y directo con él.
La forma en que has trabajado el espacio es claramente instalativa.
Soy un artista contemporáneo, pero la fotografía forma parte central de mi práctica artística. Uso la fotografía pensando en la imagen, no como algo individual o aislado, sino como algo que debe expandirse hacia lo instalativo. Me interesa que en las exposiciones haya escucha, lectura, visión, experiencia, atmósferas evocadoras…

Quizás el ejemplo más claro es con la pieza ‘Who Owns the Past?’…
Esa bóveda de las carboneras me pareció que era una pequeña capilla, una cripta donde uno se siente sobrecogido por su materialidad. Estás bajo tierra, bajo una pequeña claraboya que proyecta una luz cambiante a lo largo del día. Y allí te espera la imagen de tres mujeres trabajadoras de un molino de papel de Alcoi de finales de los treinta con las palabras «Who Owns the Past?» (¿A quién pertenece el pasado?). Una pregunta que intento responder desde hace años y para la que hay muchas respuestas posibles.
Es una pieza que cambia con el espectador
Se trata de una pieza que cambia a medida que el espectador se acerca, según sea su posición con respecto a la imagen. Para atraer al espectador quiero que mis exposiciones sean sexis, que tengan un atractivo sensorial y que muchos públicos puedan acercarse de maneras diferentes a la exposición. Para ello es importante que haya multiplicidad de lecturas. Me interesa el concepto de veladuras: sutilezas que se superponen hasta formar algo mucho más potente.
‘Ruinas que (no) ves’ es un proyecto de largo recorrido… ¿En qué momento empieza tu interés por investigar estos entornos industriales y su resignificación a través de la cultura?
En mi caso, para iniciar un proyecto antes debo partir de un concepto, ver el potencial discursivo y artístico. El momento inicial, la epifanía, fue la crisis del 2008. La hecatombe económica, social y política me hizo pensar en el circuito artístico y preguntarme qué iba a pasar con esos edificios dedicados a la cultura tan costosos de mantener y que tanto había costado crear. En un primer momento, empecé a construir un archivo y a revisar imágenes anteriores. En ese proceso de documentación acumulé tanto la literatura que producen estos espacios, como mis propias vivencias, clips de vídeo, sonidos ambientales, imágenes históricas… Al principio me fijaba en lugares que habían sido transformados y que anteriormente habían cubierto necesidades diferentes a las culturales. No fue hasta mi residencia en la Academia de España en Roma en 2016 y con el apoyo de Begoña Torres, que entonces dirigía Tabacalera Madrid, que decidí acotar el objeto de investigación.
¿Y decidiste entonces centrarte en espacios industriales?
Decidí que debían ser espacios que cumplieran tres características. Por un lado, que fueran espacios dedicados a la cultura contemporánea. En segundo lugar, que las transformaciones hubieran sido en cierto modo institucionales o provocadas por la iniciativa ciudadana. Y finalmente que su función primigenia fuera industrial. Al fin y al cabo, lo industrial es lo más representativo del modelo económico y social del momento histórico justo anterior al nuestro y las fronteras con nuestro tiempo son muy difusas.

La arquitectura está muy presente en toda tu obra artística. Se diría que a través de esos espacios consigues hablarnos de temas universales.
Hay una cita de Octavio Paz que me acompaña: «La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones…».
Esta idea me motiva muchísimo a la hora de observar las ciudades contemporáneas. A fin de cuentas, la arquitectura la construimos los seres humanos, la habitamos y la usamos los seres humanos. Está íntimamente relacionada con las personas. Por eso para mí es imposible separar arquitectura de sociedad. En realidad, la arquitectura es la excusa para pensarnos como sociedad. Todo el mundo tiene una experiencia con la arquitectura y creo que eso hace que este proyecto sea más universal y más potente.
Hay algo de arqueólogo de la contemporaneidad en esa forma de aproximarse a encontrar lo que somos a través de nuestros edificios.
Me gusta describir lo que hago como arqueología industrial viva. La arqueología industrial viva nos puede servir para hacer un análisis crítico del modelo de sociedad nacido de la era industrial, que es la que nos precede directamente, pero sobre todo, nos puede servir socialmente a las personas. Consiste en ser consciente de las diferentes vidas que tiene la arquitectura. Y eso te obliga a tener una visión proyectiva y darte cuenta de que solo estamos en un punto del camino.
En todos tus proyectos subyace una visión muy crítica de la realidad. ¿Es tu manera de entender la práctica artística?
Creo que la cultura debe ser una actividad que genere conocimiento, pero también una herramienta de análisis y de transformación de la sociedad. Pero no quiero hacer críticas complacientes ni corrosivas, sino constructivas. Quiero provocar reflexiones, abrir preguntas, entre otras razones porque yo mismo tampoco tengo las respuestas. E incluso en aquellos temas en los que puedo tener una opinión formada, no quiero que sea evidente.
Uno de los aspectos de tu trabajo que siempre me ha llamado la atención es que sabes encontrar muy bien la distancia hacia el objeto a fotografiar.
Agradezco mucho que me lo digas porque para mí es muy intuitivo. Quizás mi pasado como pintor puede haber influido también en mi mirada o en mi forma de componer, pero lo cierto es que mi aproximación a la arquitectura, más que analítica, es intuitiva. Yo deambulo, observo lo que tengo delante y hay un momento en que digo “es aquí” y lo veo, lo siento. Podría intentar racionalizarlo después, pero normalmente lo descubro físicamente. Necesito vibrar con el objeto y el espacio. Para mí es necesario estar a solas, muy enfocado en lo que hago, abstraído de todo a mi alrededor. Supongo que con el trabajo de campo he desarrollado esa capacidad de discernir qué es superfluo y qué es substancial.

¿En qué otros proyectos estás trabajando ahora?
Desde octubre estoy trabajando en el libro ‘Who Owns the Past?’, un fotolibro razonado que actúa como un archivo artístico de un proyecto que ya suma 140 casos de recuperación de la memoria industrial a través de la acción cultural en 17 países europeos. Siempre tengo la sensación que las exposiciones, por muy extensas que sean, como la de Tabacalera, nunca pueden mostrar el proyecto al completo. Solo muestran un fragmento, como la exposición en las Carboneras. Por eso estoy tan ilusionado con este fotolibro de artista, porque me permite dar una visión más panorámica del trabajo realizado y mostrar al menos una imagen de cada caso.
Además, quiero que como objeto-libro sea también atractivo. Quiero que juegues con el objeto, que la lectura sea variable y múltiple, a veces micro y a veces macro. Que lo manipules y no te limites a pasar páginas. Además, es un proyecto más subjetivo, tiene mucho de mis filias y fobias.
Y ‘Ruinas que (no) ves’, ¿es un proyecto cerrado?
Esto no terminará nunca. Su intensidad irá cambiando y surgirán otros proyectos que me interesarán, pero tengo la sensación que este será el proyecto de mi vida.
