Alberto García-Alix ha publicado hace unos meses ‘Archivo nómada. Vol. 1’ en el que se recoge y contextualiza todo el archivo del fotógrafo leonés, excusa que nos sirve para conversar con él sobre su origen y evolución como fotógrafo.

Si alguien que no supiera nada de fotografía me preguntara por un fotógrafo español en activo al que conocer, ese es para mí Alberto García-Alix. Llevo casi treinta años en el oficio de ser fotógrafo. No soy mitómano. No creo en genios o genias de la fotografía. Pero es uno de los fotógrafos que desde siempre me han impresionado.

Su vida me importa poco. Su lado salvaje, menos. Su estética simplemente me hace gracia. Es más, todo ese rollo de la Movida hasta me pesa. Había tanta movida o más en Barakaldo o Vigo que en la capital madrileña. Pero sus fotos, sus fotos me siguen encantando. No todas, por supuesto, pero sigo queriendo parecerme a él cuando sea mayor.

Hay cuatro entidades a las que me hacía ilusión entrevistar: Björk, Hidrogenesse, Maruja Torres y García-Alix. Las cuatro me dan mucho respeto. Pero cuando me llegó la información de ‘Archivo nómada. Vol. 1’ por un correo de Frédérique Bangerter de Cabeza de Chorlito pensé que había llegado el momento. Además, acababa de presentar el libro de Carmen Dalmau que hemos editado en Clavoariendo.

‘Archivo nómada. Vol. 1’lo puedes comprar aquí por 48 €, recopila 2.154 fotos realizadas por García-Alix entre 1975 y 1981, un diario exhaustivo e íntimo del Alberto que vive la Transición y la preMovida. Y en breve llegará el segundo tomo que irá del 82 al 86, los tiempos del primer felipismo, del Naranjito y la nueva progresía.

Normalmente en las entrevistas hago una introducción en la que describo al autor o autora con la impresión que me transmite. Pero Alix es como Rocío Jurado, Lola Flores o Raphael. Son siempre más que aquello con los que los quieras comparar. No llevan disfraz, llevan traje.

Además, si mal no recuerdo, el primer libro que yo me compro en la librería Zuloa de Vitoria, cuando ya era “profesional” de la fotografía (que trabajaba de fotoperiodista en un periódico y me pagaba el alquiler con ello) fue precisamente ‘García-Alix, 1977-1998’ que publicó La Fábrica. Trabajar en prensa local, cuando la referencia estética era El Marca, no siempre era fácil. Y aquel libro me sirvió para pensar que otra fotografía era posible. Se supone que la prensa se acerca a la vida cada día. Pero lo hace siempre con tal impostura que soñar con Alix era un alivio. 

Pues nada, veintitantos años después, unas semanas antes de la muerte de Alberto Anaut (importante su figura para entender la trayectoria de Alberto García-Alix) tuvimos esta conversación sobre sus inicios en la fotografía. Eso sí, la voz de Alberto es una condena para cualquiera que tenga que transcribir sus entrevistas. La suerte que tenéis de verla escrita.

¿Cómo empiezas con la fotografía? ¿Cuál es tu primer contacto? Te regalan una cámara, te gusta…

Mi hermano corría en moto. Yo también, pero para aquello no… No era mi hermano. Mi hermano era deportista y yo estaba más pendiente de otras cosas. 

El caso es que teníamos un amigo que iba a las carreras con mi hermano, que hacía de técnico. Era el que decía: “los pistones llevan dos mil kilómetros, vamos a cambiar pistones; que las motos de carreras hay que mantenerlas”. Y este chico hacía fotos, era muy buen fotógrafo. Y si corríamos el domingo y los entrenamientos eran el sábado, el venía el jueves y venía con las fotos. Y a mí me gustaban las fotos que traía. Y les pedí a mis padres una cámara por navidad.

© Alberto García-Alix

¿Cuántos años tenías?

Diecinueve. Entonces mis padres me regalaron una cámara de fotos y mis primeras fotos fueron de una carrera de motos. 

Y a partir de ahí empezaste.

Es un momento muy convulso en mi vida en el que abandono la universidad y me voy de casa de mis padres a vivir solo. Y ese año, el 75, hago muy pocas fotos; tengo una cámara, pero no tengo ni idea, ni idea, ni idea. 

Acabo viviendo con un amigo que sí que hace fotos, y pone un laboratorio, en la cocina del piso al que nos vamos a vivir en el Rastro. Y en ese laboratorio, donde me da una mala bajada de ácido, me doy cuenta de que no hago nada en todo el día. Porque siempre estoy fumando porros y poniéndome por la noche, delirando… En una independencia total, porque tengo padres pero no están conmigo… Y con la bajada de ácido me da por pensar que necesito hacer algo para no estar así todo el día. Y entonces me meto en el laboratorio para disciplinarme. 

Pero para empezar en el laboratorio necesito tener negativos, claro. Y entonces empiezo a hacer fotos y entro en el laboratorio todas las tardes. Entonces no conocía nada de fotografía, no tenía ni idea. Ni de historia de la fotografía, ni de qué era el hecho fotográfico, ni nada. Pero, rápidamente, empiezo a revelar y a sacarle partido y me siento fotógrafo.

O sea, que casi desde el principio dices: yo soy fotógrafo.

Sí. Sí, sin serlo. Tampoco tenía ni idea. Pero claro, rápidamente aprendo que lo primero es componer, a usar la cámara, luego a manejarte en el laboratorio…

Entonces empiezas de esta manera autodidacta, y empiezas a producir. Pero, ¿cuándo empiezas a ver que la cosa es más complicada y que, además, puedes dedicarte a ello?

No, en eso tardo muchísimos años…

Porque tú ya enseñas fotos casi desde esa primera época…

No. Vamos a ver, no se puede separar la fotografía de mi vida. 

Sí, pero, por ejemplo, yo tengo un libro tuyo antiguo que empezaba en el 77. Este empieza en el 75.

75. Con mi primera foto. La primera foto que sale es mi primera foto. A lo mejor es la quinta de ese carrete, pero vamos. Y entonces esta es la carrera que te decía antes. (Busca la foto en el libro). Pero claro, ya desde el principio hay una composición.

Y también desde el principio hay retrato.

Sí, desde el minuto uno. Entonces en el 75 todavía no… No hay casi tiempo, pero ya en el 76, empiezo. La casa a la que me había ido a vivir. Y enseguida ya entramos… (Pasando páginas del libro…).

© Alberto García-Alix

Sí, sí, a tu vida en todos los sentidos.

A mi vida en todos los sentidos. Enseguida… (Ramoncín, el primer concierto…). Pero enseguida… (Vemos fotos de jeringuillas en los brazos).

Hay una cosa que a mí me llama la atención, que es que parece que todo es como un poco caótico. Sin embargo, tú guardas los carretes… Para otras cosas eres metódico.

Sí, sí.

O sea, para la fotografía eres metódico.

No tenía ni idea. Era mi amigo, el que vivía conmigo, el que sabía de fotos. Y rápidamente me enseña: “¿Qué hago con los negativos?” “Pues los guardas en sobres, y tal, y les pones la fecha”. Y por todo lo que fui pasando y de sitio a sitio fui conservando todos los negativos. Pero claro, ya en el año 76 te encuentras con esto. Somos unos niños.

Entonces la heroína era una cosa de élites. Era todo de gente que iba a la India o venía de aquellos viajes que se hacían desde Ámsterdam. Había mucha morfina también de la guerra de…  En las farmacias: “Hola, qué tal”. Luego empezaron los atracos. Pero sí, desde el principio estoy componiendo. La cámara me sirve para componer una realidad.

© Alberto García-Alix

Desde el principio la fotografía ha sido tu diario.

Sí, de alguna manera sí. Esto se puede ver como un diario también. Iba pasando por todas las casas que pude ir viendo, por toda la gente que aparecía en mi vida. Claro, va saliendo toda una época.

Y, aunque tú te sintieras fotógrafo, en qué momento se funde la fotografía con ser fotógrafo como profesión, como medio de vida.

Yo no llego a la fotografía a través del mundo fotográfico, no.

La primera persona que ve esas fotos es un hombre del que me acabo de hacer amigo, Quico Rivas. Quico Rivas en mi vida es una persona fundamental, y además es un gran amigo, durante muchos años fuimos uña y carne. Él ve mis fotos en el momento que me conoce y me dice que las va a llevar a una galería a ver si les gustan. Yo nunca he soñado con exponer ni con nada. Sí que es verdad que al estar con Ceesepe y todos los amigos que hacían obra…

Te mueves en un entorno cultural y no es tan raro que esto acabara así.

Claro. Ceesepe ya llevaba exponiendo desde el 79. Bueno, el caso es que mi amigo me lleva a la Galería Buades que decide hacerme una exposición. Y hacemos una primera exposición con unos precios de risa: cinco mil pesetas la foto. Pero yo no vivo de la fotografía, eso es un divertimento. 

¿Qué pasa en esa época? Que a la expo vienen todos los amigos: roqueros, teddy boys… Y eso genera un “¿esto qué es, qué gente es esta?”. Nuevo color, cambiamos hasta el mundo del arte, de la gente. Yo siempre tuve ese plus. Pues como se vio el otro día en la exposición esta que he hecho (en su nueva galería, Albarrán bourdais). Estaba todo el mundo. Porque claro de repente una galería de arte se llena de raperos, de gente tal… “¿De dónde sale esta gente?”  Y todos con sus mejores galas. Pero yo eso no… 

Y en el año 83 le regalo una foto una amiga mía en Londres. Le regalo una foto que está aquí en el libro. Ella lleva a enmarcar la foto a una galería de fotografía que se acaba de inaugurar. Se llama la Portobello Gallery. Aparejada a la galería hay una tienda de enmarque. Y le dicen que qué bonita foto, “¿quién la ha hecho?”. “Un amigo español”. “Ah, pero dónde la ha hecho, ¿aquí en Londres?”.  “No, no, en España”. “¿En España?”. Les suena raro eso de España a esta gente. Y pasa como no sé cuántos meses, y le vuelvo a mandar otra foto de regalo a mi amiga. 

© Alberto García-Alix

Y mi amiga vuelve a llevar a foto a la galería esta. Y le dicen: “¿Quién es tu amigo español? Oye, nos gustaría que este chico viniera aquí”.

Cuando mi amiga me llama, me dice que les ha encantado mi obra. Aquello me sonó muy loco. Yo en esos momentos tengo muchos problemas. Entonces cojo un portafolios de fotos y me voy para Londres. Y me dicen que les encanta mi trabajo. Yo para entonces positivaba en papel baritado.

La expo tuvo mucho éxito y resulta que en aquella época El País tenía corresponsalía en Londres que contaba lo que pasaba por allí todas las semanas y me saca. Y también me dedican unas páginas las revistas de fotografía de allí. Y me propone que presente un portafolio la directora de la Photographers’ Gallery. Pero entonces yo tenía problemas y la exposición no se hace. Y los problemas van a peor. A perro flaco todo son pulgas.

Pasan los meses y me llama por teléfono la mujer esta. Yo le pido perdón. Y vuelvo a prometer que lo vuelvo a enviar. Pero nunca lo mando porque mis problemas se agudizan mucho. Hasta el punto de que pierdo la casa, pierdo la novia, Ana Curra… Todo se va a la mierda.

Y tengo que volver, después de diez años, a casa de mis padres. Con una enorme sensación de fracaso. La droga se ha convertido en una fuente de problemas importante. Mi hermano muere de sobredosis… 

En el famoso viaje de la movida a Vigo me encuentro con Valle Quintana, que era la directora de la Galería XXX, y me dice que va a abrir en Madrid una galería Alfredo Fraile. Con restaurante, en un palacio. Y me pregunta cómo estoy, y le digo que estoy en la mierda. Que no tengo nada.

Y me dice que estoy así porque quiero. “Tú dame una exposición y yo te la vendo”. “Pues no tengo dinero”. Y me da mes y medio para hacer esa exposición y que ella paga la producción. Y para que yo no me lo gaste en drogas, me compra el material. Montamos en el cuarto de baño de casa de mis padres un laboratorio.

© Alberto García-Alix

Esta vez sí cumples. 

Sí. Y tenía razón. La exposición se vende de puta madre. Y me da suficiente dinero para coger un apartamento en Pacífico, comprar un equipo de luces que todavía tengo, y una Hassenbland de segunda mano. 

Lo bueno de aquella exposición es que pasó mucha gente que va a ser muy importante. Uno de los que pasa es Manuel Piña, el diseñador de moda. Y al verla Manuel dijo: “Yo quiero a este tipo”. A partir de entonces empiezo a hacer portadas de discos, empiezan a pedirme retratos, y primero el ABC y después El País me encargan una página en un suplemento que se llamaba Estilo que incluía el dominical. Alberto Anaut, que era el director del dominical, me hizo el encargo.

A partir de ahí puedo decir que soy fotógrafo profesional. Pero sigo sin tener ni idea. Y tengo que ir aprendiendo con los clientes.

Ahora es muy fácil informarse, buscar referentes. Hay muchas publicaciones, internet… Pero en los ochenta era bastante complicado. 

Yo no tenía libros de fotografía. No tenía nada. El primer libro que me regalaron mis padres fue uno de Walker Evans, una navidad. Sería el 81. Pero yo no fui profesional hasta el año 86, pero desde el 81, cuando hago mi primera exposición, empiezo a ser consciente del hecho fotográfico porque había visto una exposición en el Instituto Alemán de un fotógrafo alemán de entreguerras, August Sander. Ante las fotos de este hombre, entiendo una cosa, que yo ya había contemplado en la soledad de la foto, la independencia de la mirada. Tú ves así, así y así. Y es curioso. Aquello me impactó. 

Hasta entonces, para mí, la fotografía era la foto del cazador de tigre, con la escopeta y el tigre boca abajo. Pero cómo hace Sander al peluquero de la Alemania de entreguerras, o el panadero, me marca. Para mí la fotografía pasa a ser muy naturalista desde ese momento. Pero si en vez de ver a August Sander, hubiera visto una de Lee Friedlander, posiblemente mi fotografía hubiera cambiado.

© Alberto García-Alix

¿Y en ese momento tienes conciencia de cómo es tu propia fotografía?

Sí. Desde el 81 la fotografía ya es para mí la independencia de la mirada. La creación. Yo no conocía fotógrafos. No tenía relación con ninguno. Yo era rocker. Yo iba tatuado ya en año 79. E iba así a las revistas o los periódicos. A mí no había perrito que me ladrara. Pero eso sí, me preocupé de meterme en el laboratorio, y era delicatessen.

A raíz de esa exposición empiezas a trabajar para medios y por encargos. ¿Siempre has podido ser libre y hacer lo que querías? ¿Te ha tocado alguna vez hacer algo que no te gustaba por encargo? 

Me ha tocado alguna vez retratar a alguien a quién rechazaba moralmente. Pero cuando haces de fotógrafo para un medio, la gente con los fotógrafos se da un poco… A mí alguna vez me han hecho entrar por la puerta de servicio. 

He trabajado en prensa muchos años y somos el último mono.

Yo tuve unas broncas terribles. Al día siguiente llamaban a El País para quejarse. “Este señor es un grosero”. Pero siempre tuve suerte de poder hacer mis fotos como yo quería. Con mi soberbia, difícil era que me dijera alguien algo que no fuera inteligente o que aportara. Yo mando. Es en esta libertad donde yo puedo dar lo mejor de mí. Siempre puedes encontrar con alguien que sepa hacerlo mejor que tú, pero eso se da muy poco. Yo tuve la suerte de ser totalmente libre. Es la mayor aportación que me ha dado la fotografía: libertad. 

Una vez que te metes en el circuito comercial, puedes combinar tus fotos con la fotografía de encargo.

Pero mis fotografías de encargo se convertían en iconos y se vendían como obras de arte. El Vogue me encargaba una foto de Inés Sastre. No me querían mucho, porque yo era una fuente de problemas siempre, pero la foto que salía publicada luego gustaba mucho.

© Alberto García-Alix

Yo recuerdo los suplementos de El País con esas fotos en casa de mis abuelos, especialmente de la de Inés. 

Las fotos se convertían en eso, en iconos. Pasaban a la pared de las casas de la gente con una chincheta.

¿Y tú eras consciente de eso? 

Lo que pasa es que a mí no me importaba. Era consciente, con la foto de Elena Mar en el 88 se hizo un cartel que estuvo por todo Madrid y la gente se llevaba el cartel. Pasan los años y ves la cantidad de gente, mucho más joven que yo, que la conoce.

Tuve la suerte de que, con la Movida, yo era un gran actor de la época, en el sentido en el que se me veía todas las noches en los bares, con la moto… Y es un momento en el que por España pasa mucha gente. Todo el mundo quiere saber qué está pasando aquí. Ya con la muerte de la Movida. Y pasan periodistas franceses que vienen a España. 

Y la primera foto mía que sale fuera de España es la de la puñalada que me pegan unos de extrema derecha. Hay curiosidad. Y comienza mi relación afectiva con Francia que se ha mantenido en toda mi carrera. De hecho, soy Caballero de la Orden de las Artes y Letras de Francia.

¿Se tranquiliza tu vida al empezar a tener reconocimiento y éxito comercial, o sigues con tus problemas?

Soy consumidor y sigo metido en problemas. La vida sigue. A veces me quito, a veces voy. Según mis amigos, yo tengo una gran fuerza de voluntad, aunque yo no me lo creo, je, je. Y si me decía que tenía que salir, me pasaba varios meses sin nada. Y luego empezaba de nuevo lentamente. Tiro y aflojo, tiro y aflojo.

© Alberto García-Alix

Con lo que podías seguir manteniéndote y sobrevivir.

Yo ganaba dinero y podía permitirme ser adicto de alguna manera. El asunto es que aquello era terrible. Aquello malogró a muchísima gente. Y la única manera para salir es tocar fondo. Tuve que tocar fondo para salir. 

Y empiezas tu época dorada…

No dorada, no. Lo era por la libertad ante la vida. Ahora estamos en regresión política con las derechas. Nosotros éramos totalmente libres, de alguna manera. Éramos modernos, estábamos por una sociedad nueva. Buscábamos una sociedad más igualitaria y mejor. Por eso no puedo entender lo de Vox. Es un sinsentido.

En esos años pasé por muchas crisis fotográficas. Pensaba, sí bueno, he hecho una exposición, pero no iba más lejos. 

¿Qué significa eso?

El arte en España significa que tiene que ser gratis. Yo podía hacer una buena exposición en Moriarti, una galería que hizo mucho por el arte emergente de aquella época, de Hortelano, Ceesepe, Uka Leele… Y vendías tres, cuatro fotos. Pero no te daba para pagarte la expo. Lo que daba dinero eran los encargos. Pero tenía que encontrar los clientes a mi medida. Que no me pusieran ninguna cortapisa.

Los encargos no eran solo para el mundo editorial, sino que eran también particulares. 

Eran particulares que me pedían retratos. Gente que ya conocía mis reportajes y que ya sabía lo que había. Era una época más permisiva. Podían pensar, “pobre chico con problemas”, pero las fotos son las fotos. Se permitía todo. Yo hacía fotos borracho. 

Y cuando pasa la época de esplendor, y buenos precios, del mundo editorial, ¿ya te ha dado tiempo para que la parte artística sustituya a la parte del encargo?

Es que siempre ha sido así. Yo siempre he tenido encargos de gente a retratar. Ahora he retratado a dos filósofos. A mí los personajes me interesan en positivo. Me interesa una persona interesante, inteligente. No hago a gente que no me interesa, como políticos o de programas de la tele. Meterte en otras cosas es tirarte piedras en tu propio tejado.

En todos esto años, la fotografía ha cambiado mucho. Se reconoce tu fotografía, tu marca, pero uno cambia con los años. ¿Cómo dirías que has evolucionado?

Tengo una mirada mucho más expresionista, más abstracta. Mucho más incisiva. Sí he evolucionado, sí. La mirada evoluciona, se educa. Tuve un gran paso evolutivo cuando fui a vivir a París. Dejo el alcohol y las drogas, porque tengo que hacer un tratamiento de interferón durísimo, con muchos efectos secundarios que me deja una depresión química, debilidad, fiebre, dolores… Una pesadilla. Pasaba tres días a la semana en la cama. Estoy en París porque tengo medios para vivir sin trabajar en esos momentos. Pero el dolor y la depresión me aporta una mirada mucho más abstracta. Mucho más introspectiva. El diálogo con lo que miro, cambia. Lo que miro tiene que volver para que yo me vea en ello. 

Yo veía los tejados de París en desde una claraboya desde mi cama. Se produce una introspección y una abstracción. La imperfección no era abstracta siempre. Con la mirada a París, amplío la subjetividad de mi mirada. Después de eso hay una ruptura con mi trabajo anterior. 

© Alberto García-Alix

Para mí hay dos líneas fundamentales en tu trabajo: contarte a ti mismo a través del entorno y contarte a ti mismo a través de los retratos.

Los retratos son lo que más me cuesta. Lo que más me tensa. Lo demás no me tensa tanto. Ayer estuve en Lyon, en una carrera de motos. Llevo la cámara. Y estoy con los amigos haciendo fotos, divertido. Pero el retrato es más tenso. Es un enfrentamiento siempre. ¿Qué tiene esa persona? ¿Cómo la voy ver? ¿Dónde la ensalzo? ¿Dónde realzo? Y además se produce un diálogo. Son complejos. Cuando uno tiene el día brillante, entonces me siento muy poderoso. Pero si no, tiras de profesionalidad. Luego está la contrapartida. 

Ahora estás llevando la mirada hacia atrás con la publicación de tus archivos. 

Estos es una idea de Frédérique. Yo nunca lo vi. Y de repente me dijo que iba a hacer este libro. Conocía el trabajo, porque vino conmigo a París Nicolás Combarro. Él me cuidó, me ayudó… He hicimos la primera revisión de mi archivo. Él se ponía por las tardes a ver los contactos. Y me preguntaba quién era la gente que allí aparecía. “¿Esta quién es?”. “Esta es una amiga que era prostituta y yonqui que ya murió…”. Yo le decía que todo había sido muy divertido. Y un día me dijo: “Sabes lo que te digo, no es nada divertido. Es todo una tragedia”. Fue la primera vez que revisamos eso. A ver, fue divertido, pero pasaron cosas. Nicolás vio el potencial. Y tiene la cabeza muy bien amueblada. No como yo.

Luego a Fred se le ocurre hacer esto y a mí al principio me choca. Además, es un trabajo salvaje de dos años. Ha habido que escanear, verlo todo, todo, todo. 

Y este es un primer tomo. 

El siguiente será del 82 al 86 y luego habrá más, pero esos irán por temas. De fotografía de viajes, o de fotografía de encargo. Mis grandes fotos han sido encargos. Lo que pasa es que trascendían y eran valorados en el mundo del arte. Pero este tomo es un trabajo extraordinario. Claro, porque no lo he hecho yo, ja, ja.

Además, igual que es un diario fotográfico, es una visión del Madrid de la época. Un encuentro con aquella gente que hizo la Movida de verdad. No son los que siempre salen. Son los anónimos, las chicas que iban con minifalda de cuero. Personajes que fueron aportando a la época el color. Los creadores somos los que lo empezamos, pero los grandes “actores” del momento fueron otros. 

Eres referencia para varias generaciones. Pero ¿qué relación tienes con la fotografía actual? Apuntabas tus colaboraciones con Combarro. También con Gonzalo Golpe, que no es fotógrafo, trabaja con fotógrafos, y es más joven… 

Gonzalo Golpe es una persona brillantísima. Un placer trabajar con él. Cuando elegí a Nicolás Combarro como comisario en mi exposición en el Reina Sofía tengo una oposición inmensa. Querían una figura internacional. Porque se da por hecho que la juventud no está preparada, pero es mentira. Para mí la edad es una cosa sin importancia. Importa la actitud, la capacidad, la brillantez y el trabajo. Y Nicolás me conoce, y tiene la capacidad de hacer ese trabajo mejor que nadie. Y de eso estoy muy orgulloso y muy contento. 

Además, Nico se formó conmigo. Venía a mi casa, yo estaba casado con su tía. Y veía la gente que había. Y se metía en el laboratorio por las tardes con mi asistente, con Kira, para no sufrir viéndome con aquella gente, que para él eran el sumun de la perdición. Pero acabó queriendo a aquella gente. Fue una suerte en mi vida conocer a Nicolás.

Has cambiado de galería. Todo esto me trasmite que sigues haciendo cosas.

Todos los días.

© Alberto García-Alix

¿Y sigues teniendo crisis con la fotografía?

Soy profundamente insatisfecho y siempre es una crisis. Si después de llevar más de 40 años haciendo fotos, para qué seguir haciendo fotos. Yo sigo siendo un dinosaurio. Uso analógico. Sigo con los carretes, hago plancha de contactos. Sigo con todo el proceso, que es caro. Pero el caso es que sigo haciendo fotos. Y sigo cogiendo la cámara porque creo en la poesía, en la poesía de la luz, la poesía de la imagen. Y también sigo por la curiosidad, la necesidad de ver. Y el juego. Tomarme las cosas como un juego a pesar de la presión. Y he aprendido que cada vez que cojo la cámara ya no vale lo que hice, sino el nuevo ejercicio. Y me obligo a coger la cámara porque la foto que puedo hacer hoy no la puedo hacer mañana. Ya será otra cosa. No hay mañana.

Eso significa que esto no es un ejercicio de nostalgia.

Es un repaso fotográfico. Todo mi archivo. No una selección. Es todo. Es toda mi vida.

Una cosa que me sorprende es que de siempre has fotografiado ¡y enseñado! lo que te ha dado la gana. ¿No tenías sentido del pudor?

Sí. Al principio sí me daba. Pero la fotografía me ha hecho un exhibicionista de mí mismo. No tengo pudor en confesar “soy eso”. Sin importarme prejuicios o convencionalismos. 

¿Y la fotografía te ha servido de terapia?

No, pero me ha servido para compensar con amor. Cuando me dan el Premio Nacional, me entra pavor. En el primer momento creo que es una broma. Y luego pensé que me iba a caer la del pulpo y me iban a sacar cantares. Pero me llamó la madre de un chico que había muerto de sobredosis: “Alberto, estaba planchando cuando he oído la noticia y me he echado a llorar, porque os han premiado a todos. A mi hijo también”. Empecé a encontrar amor. Era un “este es de los míos y se puede”.

© Alberto García-Alix