Rocío Velázquez es una artista malagueña que se vale de la fotografía y el vídeo para hablar de la construcción de su identidad y sus contradicciones, como mujer, como individuo o como miembro de una sociedad.

Rocío Velázquez (Málaga, 1986) es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Málaga. Máster en Investigación en Arte y Creación por la Universidad Complutense de Madrid, se ha especializado en Documental Creativo y Fotografía Contemporánea en Barcelona. Tiene en su haber diversos premios y expone en Málaga, Sevilla, Madrid, Barcelona o Zaragoza desde 2008.

Sus proyectos hablan de un compendio de luchas internas asociadas a la construcción identitaria. En particular a esas características y roles asociados a la identidad femenina y en cómo nos son trasladados desde el entorno familiar.  El arte le sirve también de bálsamo y ritual para situarse, encontrarse a sí misma, y acercarse a la consciencia de cómo somatiza la sociedad, en su diálogo con el cuerpo. 

Emplea la fotografía o el vídeo como herramientas para contar una historia biográfica ficcionada que pudiera construir un relato comunitario. 

Construcción identitaria

La construcción identitaria parece ser una de las constantes de tu trabajo. ‘Cartografía de la Nada, ¿habla de una búsqueda o de un encuentro?

Habla, sobre todo, de una búsqueda. Durante unos años he sentido que estaba en mitad de una crisis, o saliendo de una de ellas, o provocando una nueva, no lo sé todavía identificar, quizás. Y con la sensación de que estaba en barbecho, como que necesitaba tiempo de reposo para empezar a producir de nuevo. Eso supone como ese espacio de espera, de regeneración, y dejar un poco a que las cosas sucedan. Intentar que se normalice una situación, o intentar provocar que ocurra algo, al final genera una sensación de estrés, de ansiedad constante; sin embargo, dejar que las cosas sigan su ritmo y se vayan encauzando poco a poco, era un poco el objetivo. Que los mapas se vayan descubriendo al andar, de alguna forma. Traducirlos luego en imágenes, o cartografiarlos, me da una guía para cosas futuras. 

Al ver las imágenes, esos fragmentos muy cercanos, casi abstractos, que intentan estar entrelazados entre ellos, te preguntas ¿son parte de tu cuerpo, de tu entorno?

Este proyecto partió concretamente de una deriva. En algunos de mis trabajos, cuando necesito huir un poco de mí misma, o de lo que estoy viviendo, me voy al campo. Me permito estar en esos espacios con la naturaleza haciendo fotografía automática, en este caso de cosas muy pequeñas. De hecho, este proyecto lo hice con analógica, con un carrete caducado, y sin esperanza ninguna de que saliera nada. Simplemente tener la cámara era una excusa para andar. Voy caminando, haciendo un recorrido por mitad del campo, tomando fotos al azar y luego esas imágenes son trastocadas y manipuladas a través del escáner, pero un poco como entrando en una especie de ritual en el que intentar dejar la mente en blanco, como una forma de meditación.

Tus primeros proyectos parten de esa búsqueda de la raíz, desde los recuerdos, a partir de imágenes que puedan anclar a lo que somos como identidad social o física. ¿Somos un mundo o somos un cuerpo?, ¿cuánto de mundo hay en nuestro yo desnudo? 

He pasado muchos años tratando de investigar sobre los procesos de socialización y creo que esta pregunta puede estar muy vinculada con esa intención de observar cuáles son esas instituciones socializadoras y cómo nos amoldan a lo que se supone que tenemos que ser. 

Tanto desde las expectativas que ponen sobre ti en el círculo familiar, que te están diciendo en lo que eres bueno, en lo que eres malo, lo que deberías hacer o lo que no deberías, como en los colegios, el contexto histórico, etc. Casi todo mi trabajo parte precisamente de esa lucha interna generada por esa contradicción acerca de lo que soy y lo que me están imponiendo desde fuera. Me pregunto: ese pensamiento, o esa necesidad, ¿es mía, o es algo que me están creando? Creo que es importante pararnos a analizar, a pensarnos profundamente, a observarnos, para determinar lo que somos y lo que queremos ser. Intentar que no venga nada dado o nada impuesto. Parto de la sensación de que hago mías las necesidades de los demás y no quiero que se me cuelen estas necesidades, ni que me generen pensamientos introyectos.

Para mí, todas las relaciones cercanas tienen un punto de asfixiante, de tener que limarte una parte de tu identidad, o de tener que adaptarte para encajar en el grupo. Entonces, la necesidad de pertenencia a la tribu está muy presente en mi trabajo. Me cuestiono: si quiero formar parte de algo, ¿tengo que dejar de ser yo? o ¿cómo puedo ser aceptada sin moldearme? Hay ciertas preguntas que siempre están rondando mi cabeza, como un runrún.

‘Oxímoron’, ‘Lazos y rejas’ y ‘Algo va a pasar’ son narraciones en confrontación con las relaciones tóxicas en el ámbito de lo doméstico. ¿Qué implica este discurso en tu hacer artístico?

Casi todos mis proyectos están vinculados a mi historia de vida. No considero que tenga malas relaciones familiares, pero sí que he crecido en un contexto en el que siempre ha estado muy presente lo oculto, los tabús, enmarcado en una falta de comunicación. Y creo que es una experiencia generacional, ya que he podido observar entre personas de mi edad la tendencia a considerar que dentro de las familias se perpetuaban ciertos roles de género, había ciertos temas de conversación que no se podían llevar a la calle: “lo que pasa dentro de la familia se queda en la familia”. Coincido en que hay ciertas tensiones, ese punto oscuro, como siniestro, en esas relaciones familiares. Y es lo que transmito en algunos de esos trabajos.

Hay palabras que se repiten en tus proyectos, como “ritual” o “resistencia” que ahora, de alguna manera has referido también. ¿Cuánto de político y cuánto de íntimo hay en tus trabajos? 

Yo creo que lo íntimo y lo político son una misma cosa. Al final, somos construcciones políticas. Lo identitario es algo que está justo en lucha o en armonía con esos contextos, y esos contextos son políticos. Como el tema de las micropolíticas y como con las pequeñas acciones, o con las decisiones que tomamos en nuestro hacer diario, podemos cambiar una parte del mundo. O al menos de nuestro mundo más cercano. Si todo el mundo cambiara, si todo el mundo ejerciera una simple acción, siendo tantas personas, las cosas cambiarían. Ese es el poder que tenemos, aunque creamos que no lo tenemos. Todo el rato nos estamos convenciendo de que no vale para nada, pero no, te haces consciente de que al menos vale para ti, o al menos vale para tu núcleo cercano.

De hecho, hay un marcado activismo en la reflexión sobre el papel de la mujer en la construcción social en tu pensamiento proyectual. Me ha parecido muy interesante tu manera de abordarlo en ‘Aporías’, relacionando la construcción de identidad a partir de los formatos televisivos que consumimos en confrontación con cómo inciden esos estereotipos en nuestra cotidianeidad. 

En ese trabajo sigo en poco en la misma línea de investigación sobre las instituciones socializadoras, y los medios de comunicación son una institución más. Nos reflejamos en ellas y al mismo tiempo las utilizamos incluyendo su influencia en nuestra cotidianidad. Normalizamos hechos, o normalizamos actos a través de lo que vemos. Aunque es verdad que a día de hoy sí que se está haciendo mucha más revisión, o quizá es que en los grupos en los que yo me estoy moviendo hay mucha más conciencia sobre eso, pero en aquel momento tenía esa necesidad de evidenciarlo. 

Parto de la reflexión de que habitualmente consumimos productos que supuestamente son fáciles, de entretenimiento, sin activar ninguna alerta, porque precisamente los estamos viendo para desconectar, cuando a través de esos productos nos están metiendo discursos que son políticos. Como, por ejemplo, el papel de la mujer. A través de ese consumo al que nos habituamos desde niños o jóvenes, estamos asumiendo como normales determinadas bromas, determinados comentarios, determinados roles o determinadas situaciones en torno a lo femenino dentro de las diferentes narrativas o de las diferentes escenas, y eso al final termina permeándonos. 

Por eso hago la comparación con las posturas de yoga, que es algo que se ha asociado a lo femenino, a los cuidados de la mujer, y es un deporte que puede parecer bastante estático, bastante postural, al principio algunos ejercicios cuestan mucho, como que no los encajas, no los ves natural. Pero conforme lo vas haciendo, lo integras en tu cuerpo y lo haces con sencillez como si ya no te pesara, lo mismo pasa con ciertos productos audiovisuales, que los integramos, cuando es algo que no deberías estar asumiendo. La tensión está ahí, está presente, pero lo he normalizado de forma que ya no me duele.

‘Metamorfosis’ © Rocío Velázquez


El fondo y la forma

En ‘Metamorfosis’ existe una indagación más poética hacia lo interior que, de alguna manera, podríamos conectar con ‘Todos los mapas mienten’, a pesar de estar bastante distanciados en su momento de producción. Cuéntanos acerca de ese proceso que va de un proyecto a otro. ¿Cómo evoluciona esa visión más poética, más plástica?

Creo que los dos tienen cierto encaje en la naturaleza. ‘Metamorfosis’ está hablando del ovillo, del renacer, del recrear, desde cerrar etapas para poder abrir otras. Está hablado de la identidad, nuevamente, del mirarse, del observarse, del analizarse, del cambiarse, ser dueños de nosotros mismos y decidir quiénes somos. Es como echar una mirada hacia el yo, hacia los yoes, por decirlo de alguna forma y hacia esa construcción identitaria. Yo creo que ‘Metamorfosis’ fue como el germen de esa mirada, el germen de esa necesidad de estudiarme yo, en mi contexto. Fue ese punto de partida.

La imagen formal, en cuanto a iconicidad, varía según tus trabajos. En estos dos, por ejemplo, ‘Metamorfosis’ es como más difusa, y, sin embargo, en ‘Todos los mapas mienten’ se ve más claramente la imagen documental. En otros proyectos también apreciamos una imagen matérica y otra más performativa. ¿Desde dónde se construyen una y otra?

La verdad es que creo que cada proyecto se construye en base a lo que estoy sintiendo en ese momento y a lo que me está rodeando. Absorbo mucho de mi contexto visual y de los referentes y a lo mejor, de pronto, he visto una exposición o me ha llegado una imagen de no sé qué, y esas imágenes se me quedan grabadas y surge la necesidad de trabajar a partir de ese referente. Normalmente, comienzo dos caminos paralelos en los que hay una parte teórica, más conceptual, de investigar sobre lo que me está pasando desde la teoría, y trabajo a partir de textos de sociología, antropología, política, de psicología; y otro camino plástico, en el que estoy estudiando diferentes referentes visuales de artistas plásticos o cualquier elemento visual que se me presente. Y de pronto hay un momento de “eureka”, en el que esos dos caminos que estoy haciendo paralelamente, de los que me estoy desviando, y a los que vuelvo y en los que descarto cosas, etc., de pronto tiene sentido que estén juntos.

‘Aporías’ © Rocío Velázquez

Depende mucho de ese momento vital que el resultado sea uno o sea otro. No creo que mis trabajos se definan por tener una línea estética común. Por ejemplo, ‘Aporías’ bebe mucho de la imagen publicitaria, de la estética “Ikea” que tenía en aquel momento, y, sin embargo, ‘Metamorfosis’ era mucho más íntimo, más oscuro, que creo que retomo después en ‘Oxímoron’ o en ‘Lazos y rejas’, que coinciden con mi vuelta a Málaga y el reencuentro con la familia y con determinadas heridas que me trasladan a esta etapa de mi vida en la que estaba más cercana a ellos, y creo que visualmente tienen una conexión, en esa oscuridad, en lo visceral.

El valor de lo performativo, el vídeo como registro de la acción ritualista de la que antes hablábamos crea una mezcla interdisciplinar que parece esencial en tu construcción narrativa. ¿De dónde nace?, ¿por qué te sientes más cómoda en esos formatos?

Como parto siempre de mi necesidad de expresarme, o más que expresarme, mi necesidad de entenderme, considero que mi cuerpo, desde la idea de somateca, está muy presente en todo eso. El cuerpo y, quizás, la acción. Al final, el ritual tiene una acción detrás, y esa acción es sanadora. Creo que en todas las culturas hay tradiciones y rituales, depende de la cultura que tengas existen determinados tipos de movimientos o acciones que, de alguna manera, son modos de sanación, la gente lo hace creyendo que eso le va a resolver algo, y yo creo que el arte es lo que me sana a mí. El arte es un poco mi religión, tengo esa herramienta para encontrar en mí misma o en mi contexto cómo adaptarme. 

El arte como catarsis o como válvula de escape y el autorretrato en el paisaje doméstico o social parece que te dejan entrar y salir de un lugar que exploras con cautela, ¿por qué ese cuerpo que aparece como derrotado o inerte, y que luego como que se escapa?

Esa es también una de las disociaciones que te comentaba. Es como ser capaz de explorar todos mis yoes viéndome a mí misma desde una perspectiva poliédrica, quizás. Preguntarme quién soy, cómo cambio según el contexto y hasta qué profundidad puedo llegar analizando esas modificaciones que a veces son muy sutiles. El concepto de fragmento, el concepto de puzle, cómo engancho esas piezas, cómo encajo, cómo conseguir que este puzle sea lo más perfecto posible, aunque siempre encuentre que hay una pieza que no termina de encajar. ¿Esa pieza viene de dentro o esa pieza viene de fuera?, ¿cómo hacer que esa pieza encaje? Igual no importa que no encaje. Se trata de reflexionar sobre las vivencias, sobre los momentos y sobre el contexto. Yo creo que todo el rato estoy haciendo lo mismo, en bucle, pero con excusas diferentes.

‘Algo va a pasar’ © Rocío Velázquez

La construcción en lo colectivo

Aparte de tu trabajo individual como artista, y partiendo de tu interés social, has participado en proyectos de arte relacional como Espacio Pool, ¿qué relación existe entre esas experiencias y lo que transitas en tu producción personal?

Yo creo que está totalmente conectado. Creo que hay una parte relacional, en cuanto que los proyectos salen de mí. En la necesidad de sentirme parte de un colectivo o de que esa experiencia sea una experiencia compartida. No creo que mi situación familiar sea peor que ninguna otra, ni mejor que ninguna otra, pero sí que creo que refleja una generación, en cuanto que hechos compartidos, ahí se generan estos lazos y estas relaciones. Tener la oportunidad de trabajar con otras personas, que también crean, que tienen esa necesidad de comunicar y de sentirse también parte de algo, creo que es algo superbonito. Al final es una forma de decir que no estamos solos en este mundo. El unir distintas voces evidencia la importancia de determinadas cosas. Cuando haces algo tú solo puedes tener mayor repercusión o menor repercusión, pero cuando haces algo con alguien, las sinergias que se están generando dentro de ese espacio ya están teniendo una repercusión en cada uno de los que pertenecen a ese colectivo o a esa acción. 

Antes mencionabas la importancia de la reflexión teórica, y en tu labor como investigadora, que es evidente que está en la base argumental de todo tu trabajo, también hablas de esa construcción colectiva. 

En mis proyectos todo el rato estoy hablando sobre cómo situarme yo en el mundo, cómo habitarlo, y cómo poder aportar a esos espacios que yo habito. A través de la colaboración se estipulan otras reglas del juego, con otros resultados visuales. El trabajar en colectivo me da la oportunidad de salirme de mi neurosis, de salirme de mis necesidades propias. Me da la oportunidad de analizar cómo los demás crean, de analizar cómo los demás piensan, los intereses que tienen, y sumar en lo colectivo, sumar en lo común, que es, a lo mejor, lo que más necesitamos. Y eso me parece muy interesante.

‘La quinta fases’ © Rocío Velázquez

En Espacio Pool, por ejemplo, cuando yo entré el colectivo ya se había iniciado. Como surgió en un espacio que de por sí en el que se creaban relaciones con gente de ese sector, e la Facultad de Bellas Artes de la Complutense, se trataba de activarlo de forma que esas personas, que ya lo habitaban, mostraran allí sus trabajos, se crearan proyectos comunes, o se usara el espacio como excusa para esa creación. Sí que seguimos esa línea durante algún tiempo, pero al año siguiente nuestra intención fue llevárnoslo a la calle. Se trataba de llevar fuera los proyectos de esta gente –que normalmente se quedan visibilizados sólo entre los propios alumnos de la Facultad y se generaba una situación un poco endogámica– y abrirnos a participantes de fuera de la facultad, pero no queríamos llevarlos a espacios ya habitados por artistas o por gente que consume arte, sino llevarlos a interpelar a la gente que normalmente no lo consume. De ahí la idea de crear proyectos en plazas, crear proyectos en calles, en espacios públicos, para que la gente se los encontrara por sorpresa, para generarles esa necesidad de saber qué estaba pasando ahí dentro, que vieran cosas nuevas que normalmente en su día a día no tienen necesidad de buscar. 

Uno de tus artículos, “Co-make/ing. La colaboración como metodología”, y tu investigación sobre políticas culturales en el análisis del proyecto ‘Juega con mi vida’ desde una metodología de investigación, dan cuenta de esto de lo que hablamos. ¿Qué nos puedes contar de esos textos y de esa investigación?

El proyecto ‘Juega con mi vida’ se quedó más en la parte teórica que en la parte plástica, pero fue por la necesidad de estructurar bien ese análisis sobre los procesos de construcción identitaria concretamente. Y en ese proceso se estableció una metodología transdisciplinar, que era como una especie de “reglas del juego”, sobre cómo crear o estipular las bases, más desde una investigación sociológica, utilizando herramientas como la entrevista, como la encuesta, etc. y observar cómo esas metodologías ajenas podían dialogar con la creación artística. Dividí mi contexto en tres grandes grupos: mi contexto familiar o grupos de relación más cercanos, el profesional y, finalmente, la opinión pública. Y me comprometí a iniciar mi nuevo camino, mi nueva deriva vital, a través de los resultados de este proceso de investigación.

En la familia y la parte más cercana trabajé con la entrevista. A todos les preguntaba lo mismo: una vez terminados mis estudios, qué hacía con mi vida, dónde me quedaba, de qué iba a trabajar, qué es lo que iba a hacer. Se trataba de dejar en los demás decisiones muy importantes como una forma de evidenciar la importancia que tienen esas opiniones en el día a día en las opciones que tomamos. Como una forma de remarcarlo.

‘Todos los mapas mienten’ © Rocío Velázquez


En mi entrono profesional, que eran compañeros del master, compañeros artistas, de colectivos, realicé la misma entrevista pero a través de e-mail, y con eso se extrajo una encuesta en la que me iba a la calle a preguntarle a la gente que si ellos estuvieran en mi lugar, qué harían con mi vida. Por ejemplo, Barcelona, Málaga, extranjero, y en función de los resultados se tomaron una serie de decisiones. 

Este trabajo aún tengo pendiente traducirlo a imágenes en algún momento porque se ha quedado en la parte de investigación teórica. Pero me apetecía poner en valor el agenciamiento de herramientas de otras disciplinas para la creación de esas situaciones, donde personas de mis diferentes entornos participaban de forma evidenciada en la creación de mi futuro.

Actualmente formas parte del incipiente grupo de trabajo ‘Círculo de Cronopias’, dentro del Colectivo FAMA, un laboratorio de investigación para la creación colectiva y en contexto con el entorno. Viendo tu experiencia, ¿qué diferencias ves entre el arte como activismo en ciudades como Madrid y Barcelona en relación a una ciudad como Málaga?, ¿qué se puede construir y qué se necesita? 

A ver, construir se puede construir de todo, al final lo que hace falta es ganas, gente, porque creo que todos los que habitamos Málaga estamos teniendo muchas necesidades que no están siendo resueltas, de hecho, nos estamos sintiendo expulsados en un proceso de gentrificación enorme, cosa que también se daba ya en su día tanto en Madrid como en Barcelona. 

‘Disonancias’ © Rocío Velázquez

El encuentro en sí ya es importante. La relación establecida es parte del proceso, sin necesidad de hacer algo que sea tangible. Generar lazos en la época del individualismo ya es una acción revolucionaria. Compartir tiempo y pensamientos ya tiene su valor propio. El arte, la experiencia estética, además, es un arma que no todo el mundo tiene, eso marca nuestra identidad, que puede ser flexible y estar abierta al cambio, ya que los encuentros con personas nos modifican. 

Nuestro barrio, o la problemática de nuestro entorno, va a estar siempre en nuestro contexto. Es la base sobre la que caminamos, forma parte de lo que hacemos. Repensar el presente, repensar el contexto, es otra forma de habitar.