Minor White recomendado como refugio por marie geneviève alquier.
He tenido que esperar unos años para reencontrarme con ese hombre silencioso que casi descubrí un día en –estuche cálido– la pequeña sala Loewe de Gran Vía. Cuando poco más de veinte imágenes bastaron para enamorarme de una mirada atenta sobre las cosas, sobre los hombres, sobre los amados.
Necesitaba de una pausada discreción como la suya para confortarme de un verano emotivamente movido y de un PhotoEspaña en gran parte ausente de mi organigrama, por falta de tiempo, pereza física debida al calor y desgana relativa a la vista de un programa agotador y en gran parte alejado de mi verdadero interés.
Me salvaron, en parte, un Robert Frank –bien– revisitado y un Richard Avedon inmortal, aunque muy descorazonador, más algunas pequeñas exposiciones periféricas del festival, el ‘Grand Tour’ de Rafael Trapiello… Confieso que lo que se suele exponer últimamente de la nueva fotografía me seduce poco, así que lo mío es un eterno retorno a los clásicos, únicos en infundirme paz en este mundo lleno de remolinos e, incluso, algún que otro agujero negro –la maquinaria aspiradora de generaciones enteras para dejar paso a la inmediatez de las novísimas oleadas de artistas–. Llamadme desfasada.
[Pero no, rectifico: acaban de reconocer con el Premio Nacional de Fotografía a un autor muy querido, parte de esos eslabones perdidos de los que hablaba justo antes. Vari Caramés se merece de sobra ser celebrado como un gran artista, sensible, coherente, poeta. Y también se lo merecerían muchos fotógrafos de su generación, una magnífica remesa.]

The Minor White Archive, Princeton University Art Museum, Minor White’s Estate, © Trustees of Princeton University
White, volvamos a él, es un tipo amable –en el sentido más profundo y primario de la palabra– que nunca alardeó de una vida rica ni muy activa, y la suya lo fue. Su descubrimiento de la poesía, a muy corta edad, le llevó a transformar su mirar en una meditación y un hondo amor a la vida; siempre le acompañaron la melancolía del pensador y la seriedad de un ser eminentemente espiritual. Los amores de su vida nos han proporcionado bellísimos desnudos y melancólicas miradas, y sus ojos han sabido transmitir, desde la naturaleza y el transcurrir de la cotidianidad, el eterno enigma de la belleza. Algo me falta ahora, en la etapa fotográfica moderna, de esa épica banal –si se quiere entender aquí tal oxímoron–, de esa mirada concentrada en lo no insignificante sino invisible, indiscernible de la materia básica que constituye el mundo.
Parecería, por momentos, que White se inclinara hacia todas las fisuras de la tierra, la menor irregularidad del terreno vital para hacer de ello una magnificencia. Y lo mismo pasa cuando sondea la faz expresiva de los demás, detectando en ella la falla por donde se infiltra la luz o la amargura del vivir, del amar, del ser entero y vulnerable. White ‘estiró’ hasta los límites las enseñanzas de sus maestros, Stieglitz, Weston y Adams –con quien creó la revista ‘Aperture’–; y la serie ‘Sound of One Hand’, por nombrar solo una, refleja a la perfección la metafísica que impregna toda su obra, así como se vio en la exposición ‘Minor White: Manifestations of the Spirit’ en el J. Paul Getty Museum de Los Ángeles, en 2014.
Id a verlo –Fundación Mapfre, Madrid–, merece la pena dejarse invadir, en esta época avinagrada, por la paz interior,aunque sea de otro.
