Pablo Martínez Muñiz, una de nuestras firmas destadas, ha sido nuestro orientalista de referencia y nuestra voz autorizada para hablar de la fotografía del siglo XIX, cuando esta era una actividad al alcance de muy pocos. En estos diez años, nos ha ayudado a entender mejor el presente a través de la mirada al pasado. Pero, además, Pablo es autor (llegamos a incluirlo en nuestra sección «Visionados») y, por supuesto, docente. Es precisamente por su faceta de formador por lo que hoy se pregunta sobre el estado de la educación fotográfica durante la última década: ¿está la formación realmente adaptada a las demandas actuales?

La revista Clavoardiendo acaba de cumplir 10 años. Y estamos de enhorabuena, porque bien sabemos lo difícil que resulta desarrollar un proyecto editorial en el campo de la fotografía —contra viento, marea y algoritmo— y, además, lograr resistir durante una década. Aprovechando esta efeméride, recientemente se me invitó a participar en el aniversario con la elaboración de un texto que tratara, en palabras de Roberto, de «algo que me dé rabia» en relación con la fotografía. Y pensé inmediatamente en la educación.

Me refiero a la educación en fotografía, a la que llevo dedicando los últimos 13 años de mi vida como docente universitario e investigador. Aprender a hacer, leer, interpretar y compartir una imagen es hoy una necesidad ineludible, tal y como ya intuyó László Moholy-Nagy hace más de 100 años cuando afirmó que «el analfabeto del futuro no será quien no sepa escribir, sino quien no sepa de fotografía». En tiempos de posverdad, bulos informativos, proliferación de la IA generativa y derivas autoritarias cada vez más normalizadas, educar la mirada se vuelve no solo algo urgente, sino profundamente político.

Llegué a Madrid hace casi 14 años para trabajar como profesor de fotografía y, desde entonces, me he desarrollado profesionalmente sin que me haya faltado trabajo. La docencia ha sido un eje fundamental, pero no el único: he podido crecer también en el ámbito de la creación artística, en el de la fotografía profesional y en la investigación. Siempre digo que estos cuatro ámbitos constituyen los pilares básicos de mi experiencia profesional en el campo de la fotografía, y que es precisamente su interrelación lo que da sentido a mi práctica profesional.

A lo largo de estos años he trabajado en una escuela universitaria, en tres universidades —una pública y dos privadas— y en una escuela de fotografía. He impartido docencia en títulos oficiales de grado y máster, así como en títulos propios: cursos especializados, másteres no oficiales y diplomaturas. He trabajado en contextos muy diversos, no solo como profesor, sino también ocupando cargos de gestión y dirección, elaborando planes docentes, organizando actividades académicas complementarias o participando en la selección del profesorado. Todo ello me ha permitido conocer a excelentes compañeros y compañeras de profesión y formar parte de proyectos ambiciosos, ilusionantes y necesarios.

Pero no todo han sido luces. También he sido testigo de malas prácticas por parte de algunas instituciones educativas, que han derivado en vulneraciones claras de los derechos fundamentales del colectivo docente. He visto cómo escuelas de fotografía cerraban sus puertas de la noche a la mañana, dejando al alumnado y al profesorado en un limbo administrativo y vital difícil de gestionar. Como en casi todo, la experiencia ha estado marcada por contrastes: momentos de entusiasmo y compromiso junto a episodios de precariedad, improvisación y abandono institucional.

Durante este tiempo, la educación en fotografía vivió un cierto auge, curiosamente paralelo al boom del fotolibro en el Estado español. Aquel crecimiento acelerado generó, con el paso de los años, un efecto burbuja que terminó por desinflarse y provocó el cierre de varias escuelas. En contraposición, asistimos hoy a una mayor presencia de la fotografía en el ámbito universitario: no solo como asignatura transversal —en grados como Bellas Artes, Historia del Arte, Diseño o Periodismo— sino también a través de títulos oficiales de grado y máster específicamente dedicados a la fotografía. Todo apunta a que esta presencia seguirá creciendo en el futuro. La gran asignatura pendiente sigue siendo el doctorado. A día de hoy no existe en el Estado español, ni en la universidad pública ni en la privada, un programa de doctorado específico en Fotografía. Quienes hemos investigado y defendido tesis doctorales en este campo lo hemos hecho desde programas de Bellas Artes, Historia del Arte o Ciencias de la Información, adaptándonos a marcos que no siempre recogían del todo la especificidad del medio fotográfico.

En marzo de 2018 se celebraron unos encuentros de docentes en fotografía en la Escuela de Arte de Huesca, que dieron lugar al nacimiento de la Asociación Nacional para la Enseñanza de la Fotografía (ANEF). Durante algunos años, la asociación estuvo activa y formuló un decálogo de reivindicaciones orientadas a mejorar las condiciones de la práctica docente. Sin embargo, con el paso del tiempo, su actividad fue disminuyendo hasta desaparecer; de hecho, su página web ya no existe. Un síntoma más de la fragilidad estructural que sigue afectando a este ámbito.

A pesar de todo, y quizás precisamente por ello, sigo creyendo firmemente en la educación en fotografía; en su capacidad para formar sujetos críticos, conscientes y sensibles ante un mundo saturado de imágenes. La fotografía no es solo una herramienta técnica ni un lenguaje artístico: es un modo de pensar, de situarse frente a la realidad y de relacionarse con los demás.

El camino recorrido en estos años demuestra que, aunque lleno de obstáculos, también ha sido fértil. La creciente institucionalización de la fotografía en la universidad, la aparición de nuevas generaciones de docentes e investigadores y el interés sostenido del alumnado son señales claras de que algo se está consolidando. Tal vez no al ritmo que nos gustaría, ni con las estructuras ideales, pero sí con una base cada vez más sólida.

Mirando hacia el futuro, el reto pasa por reforzar redes, dignificar la labor docente y seguir defendiendo la fotografía como un espacio de pensamiento crítico y emancipador. Proyectos como Clavoardiendo —que sobreviven, resisten y celebran— nos recuerdan que la perseverancia, el compromiso y la pasión siguen siendo herramientas fundamentales. Educar la mirada no es solo enseñar fotografía: es apostar por una sociedad más consciente, más justa y, en última instancia, más libre.