SCAN Tarragona cumple ya 12 ediciones siendo un festival de referencia que mira al Maditerráneo. Bajo el lema «el agua» nos ha traído sus habituales Talent Latent y Full Contact, además de una muestra variada de exposiciones, algunas de ellas visibles hasta febrero del años que viene. Roberto Villalón estuvo en su semana inaugural para contarlo.
Decía Heráclito que nadie puede bañarse dos veces en un mismo río, pero es un placer zambullirse un año más en el SCAN Tarragona. Festivales, como ríos, hay muchos, pero pocos como este. La mayoría proponen convertir su ciudad en “el epicentro de la fotografía» y, francamente, de muchos no tenemos clara su finalidad. ¿Difundir la fotografía? Si ya estamos saturados de imágenes. Inundan nuestro móvil. Por eso se agradece tanto que exista un festival que sí nos ayude a ver el mundo, a entenderlo y a entendernos. La excusa para ir al SCAN es la fotografía, sí, pero sin desconexión con lo que sucede «en la vida».
Precisamente por eso cada año buscan un hilo conductor potente, como han sido en otras ediciones la guerra, las «trazas», las ciudades, y esta edición, el agua. Un festival en Tarragona, una ciudad que mira al mar y celebra sus actos centrales en el puerto (rodeado de grandes barcos de lujo), aspirando a ser referencia cultural del Mediterráneo, no podía dejar escapar un lema así.
Talento que emerge
El ‘Talent Latent’, la exposición central del festival y termómetro de la creación fotográfica actual, ha puesto el acento en la variedad de formas que el agua (y la fotografía) puede adoptar, y en su capacidad de adaptación a discursos y realidades diferentes.
Comisariada por Diana Padrón, la muestra nos trae diferentes formas de abordar las miradas sobre el agua. No se puede dedicar una exposición sobre este tema sin tener en cuenta el desastre de la DANA en Valencia. ‘L’Empremta de l’Aigua’ es un trabajo de Lucas Momparler que rescata imágenes de los álbumes familiares de afectados por las graves inundaciones que se produjeron en Valencia hace un año.

El agua y el barro han dejado una huella imborrable en las vidas y la memoria de los afectados por el devastador fenómeno meteorológico (y la pésima gestión ante el mismo). A través de su archivo fotográfico, sus voces y testimonios, se muestra la huella física y emocional que el agua ha dejado en sus vidas.
He de reconocer que ya era fan del valenciano Momparler desde que descubrí su proyecto ‘Donde crecen los acantos’, en el que desvela su gran sensibilidad y que publicaría sin dudar si tuviera una editorial de fotolibros.
Realmente la exposición arranca con el trabajo del chino Tu Ximeng, ‘Whither Rivers Flow’, en el que documenta la relación de los habitantes de su ciudad natal Chongqing con las estructuras portuarias que en ella se encuentran: astilleros, almacenes y diques de hormigón, puentes enormes, arquitecturas flotantes y complejos de ocio costeros. Llama la atención lo similar que resulta su mirada a la de otros fotógrafos occidentales, como Nadal Kander o gente más cercana como Mikel Bastida. La mirada (y las modas) ya son globales.
En ‘Aftersun’ del fotógrafo y arquitecto catalán Pol Viladoms se combinan imágenes de parques acuáticos abandonados de diferentes puntos del mundo con imágenes de postales que nos llevan a los momentos de apogeo de esos lugares artificiales de felicidad hídrica.
Por su parte, la argentina Mariela Sancari mezcla imágenes de archivo, que muestran nuestra relación con el agua a lo largo de la historia y sus efectos sobre la salud —en el cuerpo y el alma—, junto a fotografías de sudor “purificador”, tratando de darle una nueva relectura a dichas imágenes.
Kristina Sumfleth pone el acento en la contaminación de los ríos con ‘Ebullition’, donde muestra algunas de las vías fluviales más contaminadas de Norteamérica. En el extremo contrario, la griega Eva Vei busca la limpieza máxima en ‘Touch the ground and lick your finger’, que trata la germofobia y la obsesión por la higiene.
En ‘Ondes’, la belga Bénédicte Blondeau fotografía microorganismos que encontramos en el agua y los combina con imágenes de glaciares y los paisajes que el agua crea, buscando relacionar el líquido elemento como origen de la vida y su carácter transformador.

La escasez del agua y la posición de poder que genera su control, en este caso en las Islas Canarias, es la excusa para la exploración visual que realiza el Colectivo Labarra en su propuesta ‘La isla como verbo’.
David Sagarzazu se encuentra con el mar como espacio que separa en su melancólica ‘distància: l’aigua com a unitat de mesura’, en la que documenta sus viajes en ferry entre Barcelona y Mallorca durante tres años.
La exposición se cierra con la instalación ‘Alta Mar’ del artista italiano Fabrizio Contarino, en la que cuelgan 24 fotografías tomadas en aguas internacionales del Mediterráneo, un mar que podemos “cruzar” como aquellas personas que arriesgan sus vidas para llegar al “paraíso” europeo.
Ícaro sobrevuela el Mediterráneo
Mucho más política, y en mi opinión también mucho más interesante e incluso emocionante, es la propuesta de Xavier de Luca y Houari Bouchenak, comisarios de ‘El despertar de Ícaro’, en el Refugi 1, a unos metros de la muestra anterior. Según sus propias palabras: “El agua se convierte aquí en un vehículo de vida, pero también de muerte, memoria y olvido, historias oficiales y relatos silenciados”.
Un año más, realizan una propuesta instalativa donde los trabajos conversan entre sí, con fotografía, escultura o vídeo, en la que la implicación de los y las espectadores es importante.
“Fethi Sahraoui y Jose Lorrüe comparten miradas intimistas sobre fragmentos de vida de la juventud argelina y marroquí que tienen sed de vida y de crecimiento, mientras que los trabajos de Philip Scheffner, Aureli Ruiz y Maya-Inès Touam interrogan las presiones y las formas de violencia ejercidas por Europa sobre los movimientos humanos”, explican los comisarios.
“La propuesta de Djamel Agagnia aborda de manera crítica la voluntad política de dominación de los cuerpos, de los mares y de las tierras, donde el hormigón se convierte en un símbolo del control de los tiempos modernos, mientras que la instalación de Zineb Sedira interroga lo que ella llama los «espacios donde la movilidad expira», o la incapacidad de los individuos para marcharse, volver, volver. Irene Zottola presenta, con su instalación, las historias de las personas que ha conocido en Túnez, así como sus sueños y relatos, situando este mar Mediterráneo como elemento de unión y cuestionamiento”.
Luca y Bouchenak vuelen a brindarnos con su selección una experiencia que va más allá de lo formal, de lo teórico y de lo estético para realizar una propuesta –sí, artística–, pero que no da la espalda al (complejo) mundo que vivimos.
Visionados de altura
Curiosamente, Jose Lorrüe, que forma parte de esa exposición, también ha sido uno de los seleccionados en el ‘Full Contact’, los mejores visionados que se celebran en España, tanto para aquellos y aquellas que visionamos, como para los y las seleccionados.
‘El salto’ de Lorrüe también ha sido uno de los que más disfruté. En él se conectan distintas costas del Mediterráneo, como la de Barcelona o las de diferentes localidades del norte de Marruecos, con una serie en la que aparecen adolescentes que se lanzan al mar “como espacio simbólico de tránsito, anhelo y pertenencia”.

Pero para mí el más sobresaliente con diferencia era ‘The Darker the Night, the Brighter the Stars’ del italiano Glauco Canalis. En él documenta las guerras pandilleras con la excusa de los fuegos de San Antón (algo parecido a nuestro San Juan) en los barrios de Nápoles. Los jóvenes recrean guerras territoriales entre bandas rivales similares a las que desarrollan los adultos en la región. Pero sobre todo se trata de un profundo ensayo social que documenta los problemas que afectan a los adolescentes de esta comunidad. Desde mi punto de vista, un clásico inmediato del que estoy esperando el fotolibro.
También pude reencontrarme con los retratos de Jesús Umbría y su ‘Retaguardia’, la ‘Ciudad Secreta’ de Javier Arboledas, o conocer el interesante seguimiento de una persona con esquizofrenia, Gabriel, que hace Juan de la Quintana en ‘I gotta Change’.
Mención especial para Mendía Echeverria que presentó su extenso trabajo ‘890 km a Volary’ en el que documenta una de las marchas de la muerte que protagonizaron cientos de mujeres al final de la Segunda Guerra Mundial, y que una semana después obtuvo uno de los dos premios Certamen Baffest del festival de Barakaldo, y el enigmático ‘Background’ de Carla Oset que consiguió una mención de honor en ese mismo festival.

Por su parte, el SCAN ha recuperado el premio ‘Full Contact’, que ha sido para ‘Tinto ®’ de Ana Tejedor Ruiz, sobre las minas del río Tinto en Huelva. El jurado, presidido por Lúa Riberia, buscó premiar a aquel proyecto para que el galardón sirviera como trampolín, frente a otros que ya tenían un recorrido y una proyección garantizada. Gracias al premio, se podrá ver esta serie en la próxima edición.
Fotolibros húmedos
En la semana inaugural también pudimos disfrutar en el Museo de Arte Moderno de Tarragona de una selección de 30 fotolibros, seleccionados por Moritz Neumüller con la colaboración de Tono Arias de Dispara.
Variedad de libros en torno al agua que incluye ejemplares como ‘Río’ de Andrés Medina, el libro escultórico ‘Maidan Faces’, del ucraniano Mykhaylo Palinchak, el monumental ‘The Antropocene Ilusión’ de Zed Nelson (y que podéis regalarme si os sobra uno), o el maravilloso y delirante ‘In Almost Every Picture #11’ publicado por Erik Kessels que recoge ‘The Soup’, en el que una pareja de Florida se dedica a coleccionar instantáneas donde Vallerie se sumerge vestida en fuentes, mares, ríos, bañeras y donde toque, mientras Fred la fotografía en una “aventura húmeda y divertida”.

El festival ha contado también con más exposiciones, algunas de ellas se podrán disfrutar hasta enero o febrero, como las de Paua Artés, Santi Donaire, Mer Hausman o Txema Salvans.
Y luego no nos quedará más que esperar a que vuelva una nueva edición del SCAN, que lo necesitamos como agua de mayo.












