Una de las mayores suertes con las que ha contado Clavoardiendo durante estos 10 años ha sido disponer de dos series de artículos del gran Fernando Puche: ‘Los fotógrafos son gente extraña’, en la que trataba sobre las paradojas que se dan en la fotografía; y su ‘Diccionario (muy personal) de la creación fotográfica’, en el que además hacía una genial pareja con José María Passalacqua. Oro puro. Para este aniversario, Puche nos recuerda que, parafraseando a Julia Roberts, en ocasiones las imágenes solo son una foto delante de una persona pidiendo que la miren.
Una cosa es hacer fotos de paisajes y otra muy distinta mostrarlos. Parece de Perogrullo, pero la diferencia es abismal, cuántica diría yo. En teoría, las dos acciones deberían estar unidas por la imagen, el proceso creativo y la observación. La parte creadora vinculada a la parte espectadora en un baile conjunto, a menudo inseparable. Dos miradas enfrentadas a un mismo desafío: la búsqueda de la «belleza». Y que cada persona decida qué es para ella la belleza, ya sea una sensación más allá de las palabras, placer estético, una experiencia reveladora, conectar con aquello que se mira, el gozo del alma…
El caso es que, para mí, se han convertido en dos acciones completamente separadas; diría que casi irreconciliables. Fotografiar paisajes supone un acto emotivo, casi espiritual. Busco una conexión más profunda con lo que me rodea; en este caso con las cosas que me gustan, me seducen, me embriagan. Es una experiencia emocional y me deleito con ella. No sé si es el mismo tipo de gozo que cuando te comes un helado de chocolate, pero es algo que me produce dopamina y un montón de energía positiva.
Precisamente por ello, asumí que mis fotografías no necesitaban explicarse. Que solo tenía que mostrarlas para que alguien conectase con ellas. Tal era la experiencia que yo mismo había tenido con la obra de mis paisajistas favoritos. Gente enamorada del paisaje, de la naturaleza, de su ambiente y su estética. Personas que me convencieron de que había que fotografiar con el corazón, con las entrañas. Tal y como uno llora de alegría. Y así llevo toda mi carrera fotográfica: dando placer a mis ojos y a mi espíritu.

El divorcio llegó cuando decidí mostrar mi obra. Yo pensaba, ingenuo de mí, que no tendría que hablar ni explicar nada. Que ahí, en la imagen, estaba todo. Además, yo no quería comentar mis fotos, no sabía muy bien qué decir. ¿Que eran maravillosas? ¿Que disfrutaba haciéndolas? ¿Que me encantaba salir al campo con la cámara? Todo sonaba obvio y trivial. De eso precisamente se trataba, ¿no? De pasártelo bien, gozar, tener un rato agradable. Nunca concebí la fotografía como algo aburrido, insípido, tormentoso o molesto. Uno hace fotos, toca música, pinta o danza porque disfruta con ello. Para pasarlo mal ya está el trabajo.
Aprendí que mostrar mis paisajes no era suficiente cuando comencé a coleccionar frases como “qué fotos tan bonitas” o “¿dónde están hechas?”, el tipo de comentarios que yo mismo había escuchado frente a las maravillosas postales de numerosos parques nacionales. Eso eran mis imágenes: bellas postales de lugares hermosos. Y, claro, yo me enfadaba sin entender nada y sin saber qué hacer.
El tiempo me ha ido enseñando varias cosas que me han permitido evolucionar y dejar de estar enfadado. Una de esas cosas ha sido el uso en nuestra sociedad de las fotografías de naturaleza. Ya no es solo el inmenso escaparate de la revista National Geographic, sino que me encuentro paisajes similares a los que hago en la consulta del dentista, en el herbolario, en los centros de yoga, en las portadas de libros de autoayuda, en los balnearios, en la publicidad de suplementos alimenticios, etc. La lista es interminable, de verdad. Nadie quiere decorar una consulta de fisioterapia con fotografías perfectamente enfocadas y bien compuestas de gente pidiendo, ropa tendida en edificios ruinosos, aceras llenas de colillas o fábricas abandonadas. Quieren amaneceres rojizos y lagos de montaña. Quieren belleza clásica, salud, gozo visual, sosiego y motivación. ¿Y quién no?

Pues resulta que el mundo de la fotografía busca otras cosas. Ahora, y desde hace bastantes años, el mundo de la fotografía quiere historias, razones, relatos y palabras. A ser posible muchas palabras y mucho relato. Por eso te preguntan qué quieres contar. Y yo siempre pienso que para contar una historia mejor escribir un libro, ¿no? Pues no. Tienes que contar, hablar, relatar, razonar y conectar tu obra con un pensamiento, una idea o una palabra mágica. Un amigo fotógrafo y yo bromeamos a menudo diciendo que un trabajo fotográfico no vale nada sin alguno de estos términos: mapa, territorio, memoria, frontera, archivo, identidad, límite o huella (hay más, pero se me han olvidado).
Y por eso doy gracias al universo por haberme dado el impulso para escribir, porque gracias a ello he podido dotar a mi obra de un sustrato conceptual que ni tenía, ni quería darle. Ahora mis fotos de paisaje están agrupadas en series con un texto que habla de alguna idea o justificación. Por supuesto, nunca hablo de placer, endorfinas o belleza. Hablo de diálogos con la estética, de homenajes, de representación, de daguerrotipos, de paisajes imaginarios, de abstracción o de sueños.
Y gracias a que me gusta mucho escribir y reflexionar, esta parte ya no me cuesta tanto, pero en el fondo yo sé que mis fotos son paisajes creados a partir de un impulso por encontrar la belleza en las cosas que me emocionan. Lo demás es decorado (pero no se lo digáis a nadie, por favor).
