Elena Pedrosa es una firma fundamental de ‘Clavoardiendo‘ porque comparte nuestra esencia: es activista y feminista. Sabedora de que no podemos arreglar el mundo, está convencida de que al menos sí podemos generar pequeñas acciones que lo mejoren. Son actos de resistencia que, aunque duren por tiempo limitado —como ocurrió con Colectivo Fama—, resultan imprescindibles. Ha sido, además, nuestra mirada en Andalucía. Por eso, hoy celebramos con ella nuestros 10 años.
“Por entonces, el tiempo pasaba, el tiempo seguía su curso, y lo hacía girando sobre sí mismo, como una rueda.”
(John Berger, ‘Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos‘)
Hace diez años me encontraba en plena metamorfosis: de la palabra a la imagen como herramienta de Vida. Y lo escribo así, con mayúsculas, porque no me refiero a lo laboral, sino a la materia con la que te expresas y te vives, hacia adentro y hacia afuera. Hacía otros diez que cambié el medio técnico por el artístico. Otros diez atrás, decidía continuar estudiando la imagen antes que Periodismo. Todas esas decisiones me llevaron a la mezcla de lo interdisciplinar en la que hoy me encuentro. Los griegos decían que la vida es cíclica.
Fue el interés en explorar la experiencia de lo artístico desde lo personal para acompañar a mi alumnado de Escuelas de Arte —entonces aún no se había estrenado la actual disyuntiva entre el arte y el diseño, la creación y la profesión, como foco clientelista en nuestros centros— lo que me hizo zambullirme de lleno en la creación personal desde dos frentes.
Por un lado, la imagen-ventana, que en mí no puede sino ser una con el activismo social por las causas que considero justas; por otro, la imagen-espejo, gracias a la cual comenzaba a indagar, antes incluso de formarme como arteterapeuta, sobre el poder de catarsis de la cámara cuando se vuelve hacia ti misma y te mira a los ojos. Acompañar con la imagen, construir desde lo íntimo.
Estos diez últimos años se han pasado volando, porque el arte resume y consume. Han pasado los años de galería (‘PHotoESPAÑA‘ en Meca), los de comisariado (‘Centro Andaluz de la Fotografía‘, ‘Museo de Arte Contemporáneo de Málaga‘), los de tejer colectivas en torno a un concepto altruista, social e íntimo.
Han pasado proyectos que se cierran este año y que nacieron inspirados por un impulso en plena llama: Foto Acción Almería-Málaga (2015), que indaga con la fotografía documental como herramienta de investigación antropológica en barrios gentrificados, y Colectivo Fama (2020), que pretendía unir a una comunidad de fotógrafas y artistas malagueñas en torno a una reflexión social desde y sobre el arte. Un proyecto que sirviera para construir, con apoyo mutuo, otras fórmulas en las que no fuera necesario seguir funcionando únicamente desde lo institucional.
En ese camino he ido explorando lugares y reuniendo saberes en entornos de y para la fotografía, que me han nutrido y acompañado. Siempre con mi cuaderno de apuntes en ristre para absorber todo lo que entraba por mi mirada: atónica y fascinada unas veces, perpleja y desencantada otras.
Y he ido observando que la fotografía, tal y como reflexionó Susan Sontag en su día, puede llegar a ser una herramienta demasiado superficial para promover una reflexión potente hacia el cambio social, porque en realidad no puede aportar, por sí sola, pensamiento profundo al mundo. Porque, al fin y al cabo, es una herramienta de poder. Un arma de doble filo.
De lo interdisciplinar y lo híbrido
Ayer me tomé un café con una fotógrafa extremeña afincada en Málaga, Marta Pozas, y tuvimos una interesante conversación acerca de esto último. Hablamos sobre la visión fotográfica de los barrios desfavorecidos; sobre el cuidado, la honestidad, la ética y el compromiso que se necesitan para aportar algo a una comunidad herida o en lucha con nuestra herramienta de vida, que no de trabajo.
Hace unos meses me visitaba en clase Paula Guardián para hablar de la relación entre fotografía documental y proyecto de autoría. Con ella compartimos también historias de resistencia entre personas y territorios a los que su cámara se acerca con una delicadeza que, en ocasiones y desgraciadamente, no es habitual.
Es ese interés el que nos ha unido en el grupo de investigación Artografía para la justicia social a algunos docentes afines de Artes Plásticas y Diseño e investigadores de Educación Social, Arte y Educación de las Universidades de Málaga y Granada. Nos preguntamos acerca de la pretendida inocuidad de la fotografía en los llamados “safaris fotográficos” en los barrios, su uso en antropología, geografía, sociología o urbanismo, y el papel asistencialista de las asociaciones de regeneración urbana. También analizamos los colectivos o particularidades artivistas y las orientadas a la fotografía de autor, con la intención de elaborar una guía de buenas prácticas tras compartir diversas experiencias en nuestro ecosistema, ya bastante maltrecho ante la turistificación masiva.
En nuestro Círculo de Cronopiashemos puesto sobre la mesa esa necesaria interdisciplinariedad y las cuestiones de sensibilidad consciente con respecto a una misma y al otro. En cada una de nuestras reuniones y acciones compartidas, gracias a la mirada de Rocío Velázquez en confluencia con Clara Ayala, debatimos sobre la función del artista o el fotógrafo en territorios ajenos y, por otro lado, sobre cómo nos sentimos en nuestros propios territorios; qué papel desempeñamos como artistas en un mercado del arte que a veces resulta tóxico. Qué otras formas tenemos de vivir y de vivirnos. Qué lenguajes utilizamos para expresarlo.
En mi investigación sobre fotógrafas andaluzas, muestro a estas jóvenes citadas y a otras con mayor o menor trayectoria —igualmente conscientes, reflexivas e interesantes— como herederas de un nuevo documentalismo íntimo que surge de sus particulares formas de vivir y de sentir. Quienes llevamos ya tiempo en la gestión cultural tenemos la responsabilidad de apuntalar estas voces en nuestra docencia y mentorías. Pero debemos hacerlo desde una horizontalidad necesaria, impregnándonos de la riqueza que supone sumar a personas de diferentes estratos sociales y generaciones. Es una oportunidad para iluminar miradas frescas que buscan con energía y, a la vez, sostener otras que siguen siendo muy necesarias y corren el riesgo de ser excluidas al equivocar progreso con superficialidad, o reacción con fundamento y experiencia.
Considero imprescindible, por ejemplo, para poder hablar de nuevo documentalismo y fotoensayo de autor hoy en día en nuestro país, el trabajo de colectivos como ‘Blank Paper‘; la mirada que luego he podido compartir con profesionales como Fosi Vege o Julián Barón; el camino de Miren Pastor y Olmo González Moriana en Fiebre Photobooks; o el encuentro con Anais Florin y Carol Caicedo. Son apuestas desde lo interdisciplinar, donde hay pensamiento complejo, activismo social y una búsqueda que va más allá de la imagen estética. Se apuesta por la forma y el contenido, poniendo el soporte al servicio de la idea y de esa “llama ebria” que —parafraseando a mis amigos los surrealistas que nos han acompañado estos días— nos conduce por una estela de la fotografía que no sería la misma sin la influencia de mi compañero Manuel Santos (comisario de la mítica exposición del Reina Sofía ‘Cuatro direcciones de la fotografía contemporánea española, 1970-1990‘), así como sus referentes y antecedentes.
Creo que los nuevos lenguajes plásticos, narrativos y discursivos de la imagen en los trabajos de, por ejemplo, María Primo o Gloria Oyarzábal, nos hablan de ir más allá del registro o la huella. Nos hablan de una apuesta y un compromiso imprescindibles con el conocimiento y la cultura; esa importancia del fotógrafo escritor, lector y pensador a la que alude Eduardo Momeñe. Cada vez se da más valor a esta línea de trabajo personal en eventos como nuestros andaluces Festcomarcas, gestado por el colectivo ‘We Are Foto‘ en Huelva (desde aquí mi recuerdo emocionado a María Clauss, su familia y el Wofest, otra iniciativa increíble de red y apoyo), o el recién recuperado Pa-ta-ta (Festival de Fotografía Emergente de Granada). Ambos cuentan con una década de trabajo a sus espaldas y un fin eminentemente social que nos hace reflexionar sobre la confluencia autogestión-institución para sobrevivir en el mundo cultural que habitamos.
Es por eso que, desde hace unos años, me gusta moverme en entornos híbridos y recoger trabajos que me impregnan de esa afinidad. Me sirven de anclaje cuando vuelvo al fantasma del autoborrado, a la desconfianza hacia el arte como herramienta o a la mentira de la fotografía como muestra. Pero también sirven para repensarlos y revisitarme desde la mirada en perspectiva de otros que vislumbraron, antes que nosotros, en qué se estaba convirtiendo el mundo.
Del compromiso en la fotografía y la apuesta del Colectivo Fama
William Morris nos hizo reflexionar acerca de la relación entre ornamento y función, y la incompatibilidad entre “industrialismo, trabajo y arte auténtico”. Para él, la razón productiva se opone al trabajo auténtico como “fuente de arte, gozo y felicidad personal”. Estos días hablábamos en Málaga de Rafael Azcona y su postura frente al “terrible artificio de los actos sociales” o “la vertiginosa mentira de la fama y el autógrafo”. También recordábamos a Jorge Rueda y su voluntad de “quemar concienzudamente y por completo” su obra como acto contra la especulación capitalista de la crítica y el coleccionismo que solo recuerda a los muertos. Todo ello junto a nuestros amigos del Grupo Surrealista de Madrid, que vinieron a Málaga a reencantar la cultura y la historia para derivar libres por las afinidades del pensamiento frente al urbanismo fascista que nos devora. Salir, en fin, de la Sociedad del Espectáculo que nos descubrió Guy Debord hace ya tanto tiempo.
En nuestra ciudad —y hablo de ella porque es el ecosistema que conozco— se está apuntalando el poder de lo consagrado como valor único a través de las rutas museísticas. Ya lo comentaba en un artículo anterior en el que reflexionaba sobre la dificultad de seguir emulando a David frente a Goliat en esta cultura patrocinada que nos engulle. Y sí, en estos cinco años tras mi vuelta a Málaga, he visto un movimiento inapelable que refuerza lo institucional y lo cristaliza como la única realidad posible.
Sin embargo, comienzan a aflorar, como ocurre en primavera, algunas iniciativas jóvenes que renuevan nuestra mirada. Algunos andan despistados; otros son individualistas encerrados en sus guetos de modernidad intentando copiar fórmulas que venden. Pero también hay otros con conciencia, sensibilidad y una profesionalidad patente a pesar de su juventud. Algunos permanecen ocultos tras la realidad de la neurodiversidad y luchan contra las consecuencias de la neuroplasticidad (cada vez más conscientes de cómo nos deforman las redes sociales y el estímulo continuo), con una energía que a otras —al menos a mí— nos empieza a faltar. Son retos que nos pillan en pañales y que tendremos que asumir como sociedad.
Quizá el compromiso ya no esté solo hacia afuera. Quizá esa visión de la fotografía como testimonio del mundo para concienciar sobre las desigualdades no sea ya el único nivel de compromiso posible. Quizá tampoco lo sea esa necesidad que surge en muchas de nosotras, sobre todo mujeres, por reconstruir la memoria familiar y recuperar la huella de las ancestras antes de que se borre.
Puede que haya un compromiso mayor en esta sociedad de la imagen: el compromiso con nosotras mismas y la salvaguarda de la autenticidad de nuestras vidas. Puede que esa sea la mayor lección que me llevo tras estos cinco años de construcción identitaria y reflexión autocrítica entre las ‘Famas’ y las ‘Cronopias’, compartiendo con mujeres increíbles. Y puede que sea la razón —que algunas compañeras no comprenden— que me ha llevado a bajar los brazos y dar por concluido un colectivo a la deriva. Más allá de la pureza del trabajo auténtico frente a lo institucional, la apuesta por la propia vida frente a la sociedad del espectáculo se hace urgente.
Este 2026, en el que se habla de un cambio sustancial de mundo desde la cosmología y la psicología, está siendo un año de decisiones clave. Son aspectos por los que nos hemos preguntado mientras construíamos proyectos haciendo malabarismos para estar activas y, a la vez, sostener nuestras parcelas profesionales, familiares y personales en nuestro Colectivo Fama, “sin que la vida nos diera tregua”.
Y es esa, creo, la apuesta más sólida: ser un grupo de afines que se apoyan, más allá de la repercusión artística. Darnos a conocer al mundo, sí, pero también —y mucho más importante— conocernos entre nosotras. En un momento social en el que lo colectivo es oro. Por eso, aunque hemos aprendido qué cosas no podemos hacer juntas, también valoramos «lo mucho que nos ha aportado el colectivo a nivel humano. y artístico». Hemos comprendido que «los cambios son necesarios», que «la realidad se impone», y “con orgullo y compañerismo”, a veces muy desde dentro, otras “desde la barrera”.
“Tal vez aún nos falte un escalón más para lograr esa meta tan compleja de trascender el ego en lo colectivo” y ser conscientes de cuánto nos queda por recorrer en cuanto a la autoestima personal y cómo esta afecta a los grupos. O tal vez ni siquiera sea necesario, y sea cierto aquello de que “La senda que recorremos, realmente y sin darnos cuenta, es lo que somos”.
La huella potente y hermosa que dejan los proyectos con alma no tiene por qué ser eterna ni duradera, porque tampoco lo es la llama que los enciende. Cada cual, en su duelo, lo ha comprendido de una u otra manera. Pero considero que Colectivo Fama ha aportado a nuestro ecosistema una reflexión profunda acerca del lenguaje necesario en estos momentos de crisis sistémica.
Debemos seguir apostando por la confianza en nuestros cuerpos y en el devenir del cuerpo-mundo. Seguir buscando fórmulas que puedan empoderarnos desde el espacio de las comunidades matrísticas, aprendiendo de dónde surge el poder y quiénes nos desconectan. Seguir construyendo desde lo comunitario —que no desde el rol aprendido de la mujer patriarcal del que nos habla Casilda Rodrigáñez— y reflexionar de manera autocrítica en momentos en los que discursos como el antidesarrollismo o la experiencia de lo comunal se venden tergiversados. Preguntándonos, como hace el feminismo y el ecologismo de las comunidades latinoamericanas en proyectos tan potentes como ‘Vistproject‘, cuál es nuestro papel como creadoras y cómo podemos, al menos, no dañar al mundo.
Por todo esto, me alegra seguir descubriendo miradas con contenido y compromiso. Me siento nutrida por haber vivido experiencias como ‘Foto Acción‘ o ‘Fama‘, que sirven ahora de reflexión desde la experiencia hacia la proyección del futuro.
Y me siento honrada de formar parte de esta casa que lleva diez años mostrando que el pensamiento fotográfico, la cultura comprometida y la huella de la autoría son pesos pesados en nuestro país.
Gracias, Clavoardiendo. Larga vida y feliz cumpleaños.