El fotógrafo y ensayista Joan Fontcuberta ha escrito este texto con motivo de la exposición ‘Nemotipos’ que recoge sus trabajos sin cámara, bien realizados utilizando software o mediante Inteligencia Artificial, texto introductorio que ha cedido a Clavoardiendo.

‘Nemotipos’, de Joan Fontcuberta, se inaugura hoy 1 de febrero y se puede disfrutar en la Sala Verónicas de Murcia hasta el 28 de abril. Comisariada por Sema D’Acosta, incluye también las series realizadas junto a Pilar Rosado. Más información de la exposición aquí. 

El problema no es que la actual hornada de imágenes de apariencia fotográfica generadas por algoritmos se confunda con las fotografías auténticas que ven con ello menguada su credibilidad como documento. El problema es en cambio que hasta ahora hemos estado haciendo del valor probatorio de la fotografía un acto de fe. Instalados tanto tiempo en la inopia, lo que hace en ese aspecto la IA es quitarnos la venda de los ojos y confrontarnos pedagógicamente con nuestra propia ingenuidad. 

Las fotografías algorítimicas (nemotipos propone llamarlas Sema D’Acosta, de nemo, nada, sin referente) ya no son hijas de la química y de la luz sino de la computación y de la oscuridad. Y de hecho conviven con nosotros desde hace por lo menos dos décadas, eso sí, restringidas a un ámbito profesional o especializado. La novedad está ahora en su acceso indiscriminado, en la facilidad de su uso y en el refinamiento de su resultado. Hay que agradecer, pues, que proliferen y estén al alcance de todo el mundo porque nos recordarán la necesidad de dudar. 

Puede que los nemotipos corroboren que toda imagen es inevitablemente una ilusión. Echemos mano de ‘Elogio de la mentira’ (1928) de Josep Torres Tribó, un pensador de filiación libertaria que murió asesinado en un campo de exterminio nazi. En sintonía con la filosofía de la sospecha, Torres Tribó aboga por una mentira en sentido extramoral, expresión de libertad y antidogmática, que trasciende la mera transcripción de lo real y se manifiesta en el lenguaje y en la creación artística. Las palabras, como las imágenes, no representan el mundo sino que lo reconstruyen con ficciones. Seamos cautos depurando el trecho que va de la mentira extramoral a la mentira inmoral.

Entusiasta de la tecnología, Torres Tribó pronosticaba que cuando las máquinas suplan a los humanos en las funciones básicas de la vida alcanzaremos por fin el horizonte que propiciará nuestro pleno desarrollo espiritual. En el futuro incierto proyectado por la IA, ¿tiene cabida todavía una fotografía con valor documental o se convertirá ésta en mera ilustración? ¿Reducirá la fotografía su función como testimonio histórico al papel que juegan por ejemplo “La rendición de Breda” y el “Gernika”, o habrá algo más?  

La condición documental es forjada por el uso y por el contexto más que por el procedimiento. Pero para los recalcitrantes de las esencias fotográficas tradicionales, todavía hay esperanza: aún es posible técnicamente diferenciar si una imagen procede de una cámara o de un ordenador de la misma forma que los forenses averiguan si una evidencia ha sido falseada. La película ‘Blade Runner‘ de Ridley Scott inspirada en una novela de Philip K. Dick es de 1982 y plantea una trama situada en 2019: nuestra época. En ella los replicantes, robots de apariencia indiscerniblemente humana, se infiltran en la sociedad y solo pueden ser identificados y neutralizados por agentes blade runner. Distinguir una fotografía de un nemotipo idéntico tiene solución: solo hay que adiestrar blade runners para la fotografía, capaces de desenmascarar también esas amenazantes imágenes replicantes.

La abusiva atención que recibe hoy la IA es una cuestión de tendencia mediática ante el tsunami de imágenes sin referente que nos están invadiendo por todos lados y la alarma que originan. El desarrollo de las tecnologías Deepfake ha abierto la caja de Pandora de la iconosfera para generar millones de aparentes retratos hiperrealistas que no son reales. Confiábamos en ver para creer. Pero ¿qué ocurre cuando lo que vemos no existe? Cuando lo que vemos ya no es lo que vemos, sino una construcción, una invención; o peor, una alucinación.

Sin que apenas lo apercibamos, nuestra percepción de la realidad cambia a un ritmo mucho más rápido que el propio cambio de la realidad misma. Podemos hoy culpar de ese desajuste a la IA, pero lo cierto es que estos extraordinarios sistemas generativos de imágenes se inscriben en el recorrido de las diferentes tecnologías de visión, tan bien explicadas por Jonathan Crary en su libro ‘Las técnicas del Observador: visión y Modernidad en el siglo XIX‘.  También la cámara modeló nuestra percepción del mundo. De una forma genérica las sucesivas tecnología de visión lo han venido haciendo.

El trasfondo del desconcierto actual es la transición de un realismo basado en la óptica a un realismo basado en la computación. Del realismo griego, la perspectiva del Renacimiento y demás sistemas de formateo de la mirada, estamos pasando de golpe a la suma de todos estos regímenes de visión compactados en unos automatismos informáticos de representación, que podemos aplicar a voluntad. Con una pocas instrucciones, un prompt, el ordenador nos escupe dócilmente las imágenes que le solicitamos. Pero si la ciencia-ficción nos alcanza, ¿en qué agujero se ha escondido el futuro?, se pregunta el historiador Philipp Blom. Nos ha pillado la revolución y los fotógrafos hemos de decidir en qué lado de la historia nos ponemos: causa conmoción que una imagen fotorrealista generada por el programa ‘Stable Diffusion‘ ha ganado un importante concurso fotográfico internacional[1].

Desconcertados, los periodistas y los voceros del sector se preguntan si llegará el momento en que una pseudofotografía de este tipo se imponga en el World Press Photo. Pero la pregunta está mal formulada. Lo que deberíamos cuestionar es si en el escenario actual seguirá teniendo sentido una convocatoria como la del World Press Photo. Hace bastante tiempo cayó un meteorito y los fotosauros hemos hecho como que la cosa (la postfotografía) no iba con nosotros. Hasta que nos hemos dado de bruces con este nuevo régimen visual propiciado por algoritmos. 

No quiero caer en la tentación de preguntarle al Chat GPT cuál es el porvenir de la fotografía. Prefiero seguir privilegiando mi estupidez natural a su inteligencia artificial. Y esta estupidez natural me lleva a varias cavilaciones. La primera fotografía cuyo original se conserva data de 1826 pero hay constancia de una toma anterior, La table mise, de 1822, de la que solo sobreviven reproducciones como referencia. Felicidades, la fotografía ha cumplido doscientos años y podemos darnos más que satisfechos por el cometido que ha cumplido. Pero es previsible que a partir de ahora la fotografía tal como la conocemos vaya convirtiéndose en una práctica residual dentro de la masiva producción de imágenes. Cada vez más abundarán imágenes hechas por máquinas para comunicarse con otras máquinas, que nos dejarán a los humanos al margen. El crítico estadounidense Colin Westerbeck concluía que cuando un medio de comunicación pierde su función social se convierte en arte. Le pasó a la pintura cuando su razón de ser fue usurpada por la fotografía. Y ahora es la fotografía la que debe replegarse: pronto solo le quedará el arte.

Por eso saludo a aquellos disidentes que proponen fórmulas de resistencia. La primera fotografía, “La table mise”, era un antotipo, es decir, una impresión efectuada sobre emulsiones fotosensibles a base de plantas (Niepce utilizó aceite de lavanda). Frente a una tecnocracia disruptiva pero también contra el efecto contaminante de los químicos empleados en la fotografía convencional, algunos autores con sensibilidad ecológica recurren a procedimientos alternativos como el cafenol (revelado a base de café) o a emulsionar sus papeles con espinacas, amapolas o romero. Representan la actitud testimonial y poética, pero también la metáfora del puñado de irreductibles galos rodeados por legiones enteras de romanos. Ojalá lo que quede de la fotografía nos depare aventuras tan emocionantes como las de Astérix y Obélix.