Los Encuentros de Arlés celebran ya su 55ª edición y continúan siendo el evento europeo de referencia. En constante evolución, su programación oficial busca mantener una postura disidente frente a un panorama cultural cada vez más conservador. Roberto Villalón ha viajado a la ciudad francesa para tomarle el pulso (siempre alto) al festival.
“Somos muchos más los que no estamos en Arlés”, decía Paco Pimienta en redes. Yo estaba firmemente convencido de ser de esos este año, al igual que el año pasado. Pero me convencieron para ir y fui. Y no me arrepiento. Ahora, cómo me alegro de haber descansado el año pasado.
Porque Arlés es exigente. Una maratón de fotos en vena, calor y loción antimosquitos, a la que hay que añadir los “reencuentros” con la comunidad fotográfica, que puede ser agotadora.
Entiendo perfectamente a Israel Ariño que, cuando fuimos a saludarlo, nos dijo abiertamente: “He venido a desayunar a este café para no tener que encontrarme a nadie”.
Este año los Rencontres D’Arles tenían como lema ‘Imágenes desobedientes’. Y ser consciente de ello (ya en casa) me ha ayudado a saborear mejor la macedonia fotográfica que tengo instalada en la cabeza. Más de veinte exposiciones, a los que se suman eventos, performances y proyecciones, en poco más de dos días, necesitan tiempo para ser digeridas.

Lo woke
Tenía la impresión de vivir una edición poco política, más emocional. Pero, haciendo recuento, realmente había muchos trabajos y discursos sobre los márgenes, lo periférico. Miradas feministas, queer, multiculturales…
Discursos que en mi caso (creo que) ya he asimilado y tal vez por eso he pasado por alto, pero de los que descubres hasta qué punto siguen siendo minoritarios en el mundo “real” cuando, mientras tú vas repasando el mapa de las exposiciones que te quedan por ver, en tu país se acepta alegremente las cacerías a inmigrantes que no respetan “nuestras costumbres”.
“La fotografía se concibe [en este festival] como un instrumento de resistencia, testimonio y transformación social frente a las crisis contemporáneas. (…) Mientras el mundo se ve sacudido por el auge del nacionalismo, el nihilismo y las crisis ambientales, las perspectivas fotográficas presentadas ofrecen un contrapunto crucial al discurso imperante, celebrando la diversidad de culturas, géneros y orígenes”, escribe Christoph Wiesner, codirector del festival, sobre la actual edición.
Hasta el infinito y más allá
Sin duda, una de las exposiciones más recomendables de esta edición es ‘On Country: photography from Australia’, una recopilación de 17 proyectos, muy interesantes por sí solos la mayoría de ellos, que, en conjunto, nos ofrecen una visión muy diversa y atípica sobre el país de los canguros.
Nuestra visita coincidió con un concierto coral de música maorí, lo que nos sirvió de aviso para entender la diversidad que supone el término “nativo” cuando hablamos de ese país o de las procedencias de los migrantes que ahora pueblan sus ciudades. Al igual que la variedad de propuestas gráficas que íbamos a ver.
Me gustaron especialmente las inquietantes imágenes con flash y exposición lenta de Liss Fenwick; las del proyecto de Ying Ang sobre el impacto del turismo y su relación con la delincuencia; los niños superhéroes de Tony Albert, David Charles y Kieran Lawson, que además sirven de imagen al cartel de esta edición; el trabajo sobre la brutal historia de los “niños robados” aborígenes reeducados en familias blancas de Tace Stevens; las disidencias queer de Melbourne desde la intimidad por J. Davies; o las maravillosas postales intervenidas desde el drag “tradicional” australiano de The Huxleys, a los que vimos por allí.
Destacar el magnífico trabajo del equipo curatorial por la selección y acierto para mostrar tal cantidad de proyectos de forma clara y comprensible.

Brasil corre peor suerte con ‘Ancestral futures’, que pretende mostrar la escena contemporánea brasileña a través de trece artistas de este país.
El collage digital o analógico, la performance audiovisual y fotográfica, el tratamiento mediante IA, la resignificación del archivo usando iconos del cine fantástico o la ruptura del marco, donde lo queer, el anticolonialismo o el cuerpo como territorio de conquista generan una propuesta que se debate entre lo coral y (tal vez de forma deliberada) lo ruidoso, con el que, como señor europeo no educado visualmente en TikTok, no consigo conectar, pero que (tal vez) sea el futuro de la fotografía.
La fotografía modernista brasileña cuenta con una exposición-resumen en uno de los Ateliers que reúne el trabajo de más de 30 fotógrafos y fotógrafas desde finales de los 30 a mediados de los 60. Diferentes técnicas, influencias, intereses y resultados, mostrando la enorme riqueza de la creación fotográfica en aquel país en una propuesta expositiva que a mí me resultó confusa.

‘Retratistas do morro’ parte del archivo de dos fotógrafos, João Mendes y Afonso Pimenta, que desarrollaron su trabajo entre 1970 y 1990 como fotógrafos profesionales en las favelas de Belo Horizonte.
Más de 25.000 imágenes de las que el artista Guilherme Cunha ha partido, realizando una propuesta centrada en el ambiente de finales de los 70 y principios de los 80, con un tratamiento del color actualizado y seleccionando imágenes, en muchos casos, con un gran componente kitsch, sensación reforzada por la selección musical que se escucha en la sala (que bien podía haber sido una recopilación de esas que se anunciaban en las madrugadas de las teles privadas en los 90, Michael Jackson incluido).

Una exposición amable, divertida, pero que me hace dudar sobre si el espíritu “Yo fui a EGB” también sobrevuela Francia, al que se suma el exotismo del archivo “pobre” y “exotizado” del que se supone que quiere huir el festival.
Mujeres trueno
La brasileña de origen suizo Claudia Andujar es la protagonista de la exposición ‘En lugar del otro’, que bucea en su archivo desde los años 50 hasta 1970, justo antes de que su trabajo se centrara en el pueblo Yanomami, hecho que le dio repercusión internacional.
Podemos ver diferentes series a través de las cuales Andujar construyó y maduró su visión fotográfica: las ‘Familias brasileñas’ (1962-64), el trabajo editorial innovador para la revista Realidade (1966-1971), las reflexiones sobre la feminidad de ‘A Sônia’ (1971), la fotografía callejera original de ‘Rua Direita’ (alrededor de 1970) y las incursiones iniciales en el bosque amazónico (1970-1972).

No creo que sea casual que algunas de las propuestas más potentes de este festival están protagonizadas por mujeres. Como es el caso de Nan Goldin, que en un audiovisual de 30 minutos relaciona su fotografía con imágenes que también ha tomado de obras clásicas en museos de todo el mundo en las últimas dos décadas, una propuesta casi idéntica al ‘Terza Vita’ de nuestra Mar Sáez, que se puede ver en el Centro Párraga de Murcia. Desgraciadamente, las largas colas que se formaban para poder verlo nos hicieron desistir de sufrir este ‘Síndrome de Stendhal’ de la Goldin.
La planta baja del Espacio Van Gogh, oscura y sofocante, no es el mejor lugar para disfrutar del interesante trabajo ‘Les femmes, les sœurs’ de Erica Lennard. La fotógrafa americana, formada en Berkeley en pleno movimiento contracultural, se trasladó a Francia en 1973.
La exposición parte de un poema de su hermana Elisabeth (también artista) y los retratos que Erica le hacía. Muestra también su investigación y desarrollo fotográfico, su exploración del desnudo femenino y su tratamiento del retrato, destacando los de Delphine Seyrig, Charlotte Rampling y una rotunda Jeanne Moreau.

Kourtney Roy presenta una de las propuestas más divertidas del festival. En ‘The Tourist’, esta nueva Cindy Sherman, que no se toma tan en serio a sí misma, parodia el mundo de las vacaciones ideales, ese esfuerzo por dejar un bonito recuerdo fotográfico.
Acompaña a la exposición una pieza audiovisual hilarante que lleva al extremo la preocupación por ser atractiva bajo el sol a cualquier precio. Recomiendo explorar el trabajo de esta mujer, con muchas más facetas que la del autorretrato crítico.
Por su parte, la canadiense Caroline Monnet nos presenta en ‘Echos d’un futur proche’ una serie de retratos de mujeres de las Primeras Naciones (nativos) en los que pretende mostrar mujeres con cuerpos descolonizados, buscando actualizar y contrarrestar la imagen negativa que tradicionalmente se difunde de las mujeres indígenas. El resultado está más cerca de una folclórica editorial de moda.

En el extremo contrario se encuentra ‘Elles obliquent, elles obstinent, elles tempêtent’ de Agnès Geoffray, aunque creo que también habría que firmar este trabajo a su comisaria Vanessa Desclaux, pues ambas investigaron en los archivos de reformatorios femeninos franceses de finales del XIX hasta mediados del XX.
La muestra presenta las obras de Geoffray junto a una selección de documentos históricos como fotografías, artículos de prensa, registros administrativos o cómics de la época.
Las imágenes de Agnès representan gestos de resistencia, defensa, insurrección, huida o escape de aquellas niñas que eran clasificadas de «desviadas» o «ineducables» y que fueron encarceladas durante años por un comportamiento que no era acorde con las normas sociales y morales propias de su género.
En una segunda sala se proyectan (mediante carruseles de diapositivas, que generan una coreografía visual) palabras escritas, gritadas o cantadas por esas chicas que fueron sometidas a un control sanitario, moral, médico y educativo de un régimen penitenciario para el que eran un simple número.
Una propuesta sencilla, austera, pero con una potencia, un equilibrio entre lo poético y lo político que, días después, aún me conmueve. De lo mejor de esta edición, con diferencia.
Otra de las apuestas en este año es la retrospectiva de Letizia Battaglia (Palermo, 1935–2022) con ‘Siempre he buscado la vida’. La fotoperiodista italiana es conocida sobre todo por su crudeza y valentía documentando los crueles asesinatos de la mafia y sus efectos en la sociedad.
Pero la muestra no se queda ahí, sino que presenta también la mirada sobre una sociedad rica y compleja, con sus tradiciones, contradicciones, miserias, alegrías y ritos, centrándose en las mujeres, los desvalidos o los “locos”. No puedo dejar de comparar esta exposición con la que de Marisa Flórez se ha visto en Madrid estos meses. El fotoperiodismo de calle es tan distinto del fotoperiodismo de salón…
Señalar la violencia
Las imágenes de la italiana presentan una crudeza a la hora de mostrarnos la muerte, sin ningún tipo de filtro, que actualmente es cuestionable. Los cadáveres, el dolor causado en los familiares aparecen sin un pudor que (aparentemente) hemos desarrollado.

Con Gaza hemos vuelto a ver imágenes atroces, pero no parece que con demasiado impacto. Tal vez porque las digerimos desde el móvil, en una ensalada de influencers, memes, vídeos graciosos o gente cachas, todos al mismo nivel.
Al menos, desde mi punto de vista, las fotografías de la italiana no se recrean en esa violencia. Pero, al parecer, ella misma era consciente de cómo hemos evolucionado (supuestamente) en ese sentido, según cuenta en un documental (que yo no he visto), pero me dicen que no dio con la fórmula adecuada para resignificar ese dolor.
Curiosamente, a unos metros se exponía el proyecto de Joan Fontcuberta ‘Ça-a-été? Contra Barthes’, que se pudo ver en el Virreina de Barcelona hace unos años y en el que el catalán (ensayo mediante), partiendo del archivo del Alerta, un truculento periódico de sucesos mexicano, cuestiona la frase de Barthes que atribuye que algo ha existido si ha sido fotografiado.

Fontcuberta recupera imágenes teatralizadas en las que alguien señala algo como elemento subrayador de esa existencia, para precisamente cuestionar esa veracidad por ser un elemento ficcionado.
De esta manera, hace un ejercicio intelectual partiendo del humor (algo que siempre es de agradecer), pero para ello deshumaniza a las víctimas que aparecen en su selección, que se convierten en mero archivo (en lo que yo mismo caí fotografiando mi dedo en esa exposición en un fácil ejercicio de metalenguaje al que no me pude resistir).
Me acordé de inmediato de ‘Currucucú’ de Cristina de Middel, que versa sobre la banalización de la violencia en función de la distancia o los filtros que generamos ante ella y cómo la aceptamos y asimilamos gracias a esa disolución dentro de nuestros discursos.
Igualmente me acordé de ella al ver el trabajo en el Monoprix de la mexicana Denisse Serrano, que presenta una investigación visual sobre la violencia uniendo dos de sus trabajos: ‘Hombres de piedra’ y ‘Paisajes para el atentado’.

Una reflexión sobre el machismo que forma parte del entorno, del paisaje, que normaliza las agresiones sexuales que sufren las mujeres. Poniendo el foco en los hombres, ejecutores de esa violencia, pero también en una sociedad que genera una masculinidad basada en ella y en la negación de la dimensión emocional del hombre. El resultado es una fotografía casi bella, edulcorada.
La familia, esa institución
Quien lleva hasta el extremo de manera consciente la búsqueda de la belleza ante el horror es Jean-Michel André. Su vida quedó marcada por un caso de violencia extrema en el que su padre y su nueva pareja fueron asesinados junto a cinco personas en un hotel de Aviñón cuando se dirigían a Córcega acompañados de Jean-Michel y O. (la hija de la novia de su padre).
Todo sucedió en la ‘Habitación 207’, mientras él y O. dormían en la habitación de al lado. El suceso tuvo un gran despliegue mediático que no ahorró en morbo y revictimización, lo que motivó que la madre de André se lo llevara a vivir a España para alejarlo de ese recuerdo.
André, que ya tenía un interesante trabajo sobre cuestiones como las fronteras, el impacto del turismo o la burbuja inmobiliaria, aborda con esta serie los límites de la representación de la violencia.
Con la investigación de los archivos judiciales como punto de partida y la documentación del caso de la muerte de su padre, a los que tiene acceso como hijo de la víctima, emprende un viaje fotográfico por los lugares que marcaron su infancia o estaban relacionados con el caso: Aviñón, Arlés (donde se detuvo a uno de los acusados y del que evita mostrar su rostro), Alemania o Senegal, donde pasó su primera infancia con sus padres. Y a Córcega, donde se dirigían justo antes del hecho luctuoso.
Partiendo de esos documentos, acaba realizando una autoficción fotográfica, sugiriendo un final distinto al que desgraciadamente ocurrió, abierto y alegre, de gran belleza.

Precisamente la ambigüedad del final, así como la estilización de la violencia originada por un hecho tan dramático, me generaron muchas dudas. Algo que expresé de viva voz al salir de la muestra.
“Yo te las resuelvo”, me contestó una persona a la que no conocía y que resultó ser el mismísimo Jean-Michel. Como me explicó, su madre se lo llevó a vivir a España (“Me salvó la vida”) y veranea en Valencia. Entiende y habla perfectamente español y pudo “disfrutar” de nuestros comentarios durante el recorrido de la exposición.
Me aclaró que, precisamente, más allá del dramático suceso, este trabajo versa sobre la necesidad (o no) de mostrar la violencia de forma explícita y de los recursos que ofrece la fotografía para crear otras realidades, otros finales alternativos. Más allá de reconstruir una realidad, él busca repararla.
Por supuesto, hemos invitado a André a tomarse una tortilla de patata con nosotros cuando venga por Madrid. Y espero que en España se muestren pronto sus series (esta y las anteriores) por la calidad y profundidad de su trabajo.
‘Habitación 207’ tiene elementos en común con ‘Ojo de tigre’ de la egipcia Heba Khalifa. El título viene de la expresión que se utiliza como insulto para nombrar un tipo de mirada femenina con un carácter “provocativo”.

Ella fue víctima de abusos vividos en el entorno doméstico. Por ello, partiendo del álbum familiar y mediante el uso de arriesgados collages en los que experimenta con distintas técnicas, textos o dibujos, cuestiona el papel de la familia, la religión o el heteropatriarcado, dando una nueva “mirada de tigre” a este archivo y huyendo de la representación de sí misma como víctima, reinventando su propia vida.
Tambien tenemos la dramática historia de Diana Markosian, que abandonó su hogar junto a su madre y su hermano con la desaparición de la Unión Soviética rumbo a EEUU. No se despidieron de su padre, que ya estaba separado de la madre y ella no supo de él durante 15 años, los que pasaron hasta que Markosian consiguió encontrarlo en Armenia, pese a ni siquiera tener ningún documento gráfico que le ayudara en su búsqueda, ya que la progenitora borró cualquier rastro de su existencia.
Con ‘Father’ trata de mostrar en imágenes el intento de reconstruir una relación marcada por la ausencia y el sentimiento de vacío.
Es curioso cómo podemos vivir de manera tan distinta una misma exposición. Personalmente siento una enorme distancia hacia este trabajo en el que el melodrama del que se parte, la puesta en escena almibarada y la impostura (a mi parecer) de las imágenes, enfatizando mediante clichés el desencuentro familiar, su teatralización, así como el buzón para que escribas a tu propio padre, me sacan totalmente.
Pero tengo que reconocer que amigas mías llegaron al llanto tras recorrerla o que ha ganado el Premio Madame Figaro a la mejor fotógrafa emergente de esta edición.

La ausencia, en este caso de la madre, también ha inspirado ‘Alma’, de Keisha Scarville, que mediante sus telas y ropas ha invocado su presencia tras su fallecimiento. Yo soy más fan de la española Rocío Bueno, que cocina a la suya metiendo su foto en sus mejores recetas.
‘En busca del padre’ es el sugerente título del trabajo de Camille Lévêque, una investigación fotográfica sobre lo que supone la figura paterna. Parece que también parte del drama personal: “la complejidad de la relación mantenida con el suyo”. Desgraciadamente, no me dio tiempo a verla.
LGTBQ+ y más
Ante la familia “de sangre”, que mejor resultado fotográfico genera cuanto más disfuncional, está la familia elegida, elemento fundamental de supervivencia en el colectivo LGTBQ+.
Arlés ha estado trufado de temáticas queer más o menos explícitas. Algunas ya las hemos mencionado (como algunos trabajos de las expos de Australia o Brasil).
Hay una abarrotada exposición dedicada a la relación de Yves Saint Laurent, el diseñador de moda, con la fotografía. Muchos de los grandes maestros de la fotografía del s. XX trabajaron para él o lo retrataron. Avedon, Beaton, Bourdin, Doisneau, Klein, Lartigue, Leibovitz, Lindbergh, Meisel, Michael, Newton, Penn, Rheims, Toscani…Una lista que da vértigo (con una abrumadora presencia de hombres).

Curioso ver cómo se diluye el estilo de cada uno ante la marca YSL. Muy interesante el recorrido alternativo que muestra los cambios estéticos en función de la época.
Sorprendentemente, descubrimos que se puede fotografiar a modelos sin que parezca que están desfallecidas, enfermas, drogadas o apaleadas, y que hay vida más allá de los 15 años.
También tenemos una muestra dedicada al estadounidense Louis Stettner. No tengo conocimiento de que fuera gay, pero lo incluyo en esta sección porque su mirada hacia el hombre (pescadores, trabajadores, marines…) sí tiene un importante componente marica. Más que en esta muestra, que recorre su trayectoria a través de 150 imágenes, se pudo evidenciar en las exposiciones que Mapfre organizó en Madrid y Barcelona bajo la curaduría de Carlos Gollonet.
La francesa Julie Joubert explora en ‘Patria Nostra’ la noción de (hiper)masculinidad dentro de la Legión Extranjera francesa, junto a la pérdida de identidad singular en el ámbito militar o el borrado de la identidad cultural (foránea) en estas instituciones.
El resultado es un trabajo sutil y de gran belleza que emparenta con nuestro fallecido Juan Carlos Martínez, del que todavía se puede disfrutar en la galería Fernando Pradilla de Madrid, aunque nuestra Legión es más de pechopalomo y paquetazo.

Por su parte, Brandon Gercara nos presenta un trabajo transdragcosmoqueeresotéricoanticolonialfluidoantirracistaespiritual, con uno de los textos de sala más demenciales que he visto en mucho tiempo, que me resultó imposible de abordar. Gercara me cuestiona si hemos pasado de “lo personal es político” al “lo personal lo es todo”, o “los focos a mi persona” propia de la cultura del selfie que me recuerda al trabajo de Abel Azcona. El Yo como identidad última sobre el género, edad o condición.
En ‘Danser sur les cendres (Faire feu)’, Lila Neutre nos acerca el mundo del voguing y el twerk como forma de lucha en un estilizado ejercicio fotográfico que transmite una mirada blanca y ajena al fenómeno, propia de un suplemento dominical.
Mucho más flower power es ‘Doble’, que por un lado documenta la WomanShare, una comunidad feminista lesbiana de la costa oeste de los Estados Unidos en los años 70 y, por otro, la relación entre las autoras, Carol Newhouse y Carmen Winant, muchos años después. Suave como el viento del atardecer.
Y bueno, luego está la GRAN EXPOSICIÓN de esta edición, la dedicada a los retratos de David Armstrong.
Amstrong se formó en Boston y creció artísticamente junto a Jack Pierson, Philip-Lorca diCorcia, Mark Morrisroe y su íntima amiga Nan Goldin, creadores de la tendencia point-and-shoot (apuntar y disparar), que en esta exposición vemos que no es real, al enseñarnos las hojas de contacto de muchas de sus fotos.

La expo recoge cientos de retratos de sus amigos y amantes, que le abrieron las puertas de la publicidad y la moda (los retratos, no los amantes). Contienen una sensibilidad y franqueza, tan alejada de los retratos zombis que tanto se estilan ahora, que todavía me pone la piel de gallina. Hay una pared que compone un retablo de imágenes que por sí solo justifica la peregrinación al edificio de Frank Gehry.
Españoles por el mundo
La presencia de españoles este año ha sido reducida. En la sección oficial, la Fundación Manuel Rivera-Ortiz ha ofrecido una exposición colectiva dedicada al mundo esotérico, la magia y la brujería. Entre la multitud de trabajos expuestos hemos podido ver el de Joan Alvado (que fuera protagonista de los Encontros de Braga hace un par de años) y el de las brujas de Silvia Prió.
En el Off, además de a Fontcuberta, también estuvieron presentes el colectivo Cómo ser fotógrafas, que además ofrecieron una fiesta, y La Embajada, una plataforma no oficial que busca mostrar la fotografía contemporánea creada en el contexto del territorio español.

Este año contaban con cuatro proyectos: ‘Clepsidra’, de Juan Couder, una exploración de la materia fotográfica como un cuerpo vulnerable al tiempo; Madriguera, de Andrea Durán, una crónica de cómo la identidad generacional se entrelaza con la transformación del entorno; ‘Gestos de refugio’, de Fernanda del Barrio, un conjunto de acciones efímeras para habitar lo inestable; y ‘Un río sin puentes’, de Andrés Solla, un proyecto sobre las consecuencias de un suceso que llevó a 1.200 personas a suicidarse en Demmin, al final de la Segunda Guerra Mundial.
De Toddo un poco
Todd Hido es una estrella pop del nuevo documentalismo. Sus atmósferas envolventes y misteriosas, la melancolía de las gotas de lluvia en los cristales del coche al caer la noche, los paisajes umbríos y la belleza de sus retratos desenfocados pueden causar cierto efecto de saturación cuqui si se apelotonan en una exposición sin demasiado criterio, haciéndote sospechar que, a veces, la nueva fotografía se puede parecer a los cuadros de ciervo que nuestros padres ponían en el salón o decoraban los portales más “señoriales”, más de lo que nos gustaría reconocer.

Mucho más divertido el trabajo de Laurence Kubski, ‘Savage’. La alemana presenta un exhaustivo proyecto sobre nuestra relación con los animales: cómo los estudiamos, cuidamos, disecamos, coleccionamos, criamos, cazamos, fotografiamos, comemos… ¿Sigue existiendo lo salvaje?, se pregunta.
Otra notable exposición es la puesta en valor de otra colección de fotografía anónima. Lógicamente, entre esa “fotografía vernácula” existen tesoros como los que se presentan en esta muestra, organizados según la técnica utilizada, pero chirría especialmente el título ‘Elogio de la fotografía anónima’, pues no sabía que hiciera falta reivindicarla a estas alturas.
Reseñable también la selección de distintas series del japonés Kikuji Kawada, que muestra la capacidad de exploración y la importancia de la yuxtaposición de imágenes para crear un discurso rompedor.
Sobre la exposición sobre el viaje de Berenice Abbott de norte a sur de los EE. UU. y la revisión de Anna Fox y Karen Knorr, solo deciros que es una trampa. No vayáis. Usan un archivo rescatado de la mítica fotógrafa para colarnos un road trip fotográfico bastante menor.
Nombrar el trabajo de Olivier Christinat, que encarna en una sola persona todos los perfiles de Blank Paper y alrededores (un poco Cases, otro poco Monzón, Plademunt, Xoubanova…); el de Augustin Betez, digno heredero de Roger Ballen; el demencial viaje astral tras el suicidio de su hermano de Keigth, que motivó que alguien escribiera en su libro de visitas: “¿Cuántas malditas drogas usamos para hacer fotos?”…
Y la puesta en escena de Batia Suter que aprovecha maravillosamente la cripta de la plaza de la república en una instalación (y es el lugar más fresquito de todo Arlés).

Arlés diverso
Esta edición ha buscado la diversidad: de culturas, géneros, estilos, épocas, orígenes… Y eso nos ha llevado a una variedad de propuestas que pueden ser abordadas desde múltiples perspectivas como espectadores, logrando resultados muy distintos.
Es curioso cómo, en fotografía, tendemos a pensar que existen unas claves —más o menos aceptadas— sobre el valor de las cosas, probablemente basadas en un sistema de validaciones que se ha ido conformando a lo largo de los años. Recuerdo a Eduardo Momeñe afirmando cómo, con el tiempo, se acaban decantando o afianzando las propuestas que realmente son válidas (cito de memoria; que me perdone Momeñe si me equivoco).
Pero cada vez tiendo más a pensar que no existe una llave maestra que abra todas las puertas, una forma única de mirar que nos ayude a descifrar el mundo, ni siquiera el mundo fotográfico. No hay un único criterio válido.
Ha sido muy revelador ver cómo personas con las que comparto gustos, entorno y generación pueden estar tan de acuerdo con mi interpretación o valoración de algunos trabajos, y tan alejadas en otros. Porque, en ocasiones, no tenemos la llave que nos permite descifrarlos, ya sea esta intelectual o experiencial.
Aunque algunas puertas se nos muestren cerradas y no podamos ver qué hay tras su umbral, hay tantas otras para las que sí tenemos la llave, que son para nosotros, que centrémonos en disfrutarlas.

