Carmen Dalmau recorre la exposición ‘Estudio elemental del Levante’ que Ricardo Cases tiene en Sala Canal de Isabel II, una de las muestras estrella de esta edición de PHotoEspaña.

Les Rencontres d´Arles 2017 acogieron la exposición ‘Blank Paper: Histoires du présent immédiat’, al cuidado de Sonia Berger y en colaboración con Joan Fontcuberta, Anna Planas y Pierre Hourque, que puso broche de oro a un colectivo que impuso tendencias en la fotografía española durante la última década, coincidiendo con el auge del fotolibro y la creciente visibilidad en el exterior.

Mientras, los miembros del colectivo Blank Paper comienzan a destacar como fuertes personalidades individualizadas.

Ricardo Cases, gravita ahora en torno al proyecto CASA, interesante y subterránea formación doméstica fotográfica que tutela durante ocho meses a diez fotógrafos en dos casas, una en Madrid, con Oscar Monzón y Antonio M. Xoubanova, la otra en Valencia, con Ricardo Cases y Pablo Casino.

‘Estudio elemental del Levante’, la exposición en la Sala del Canal de Isabel II, una de las más relevantes del verano fotográfico madrileño, certifica la especificidad de Ricardo Cases (Orihuela, 1971), uno de los fundadores del colectivo.

La muestra ha logrado reunir la excelencia de un grupo de profesionales que han acompañado a Cases en muchas de sus aventuras, Horacio Fernández, comisario de la exposición, el estudio Langarita_Navarro Arquitectos, a cargo del diseño de los dispositivos del montaje, el diseño gráfico de Nerea García Pascual (N2 Estudio), la producción de un vídeo documental de Antonio M. Xoubanova y Oscar Monzón, y los textos de Sonia Berger, Horacio Fernández y Luis López Navarro.

El catálogo de la exposición presenta los cantos teñidos de amarillo, ensayo de distintos papeles, más o menos brillantes, bocetos y recuerdos de vida, como si se tratara de un diario. Es el diario de la exposición. Las guardas, los recuerdos de un colombófilo y un amasijo de chatarra. La portada, naranjo y fuego y la contraportada con el personaje de la gorra roja que se cuela en el relato de López Navarro.

© Guillermo Gumiel

El único texto que figura en la sala, finaliza con la frase: “Bienvenidos a este inquietante País de las Maravillas”. Los demás textos, para no alterar la lectura de las imágenes, se presentan en cuadernillo editado aparte, y en el catálogo, que es algo más que un catálogo institucional y recopilatorio.

Esta es la segunda referencia a la obra de Lewis Carroll que descubro en esta edición de PHE, y que me ha llevado a preguntarme el porqué de la vigencia de este relato de la época victoriana. El conejo blanco, el gato de Chehire, la oruga azul que fuma hongos alucinógenos introducen a Alicia en un mundo con reglas propias, onírico, surrealista, que apela a los mecanismos del subconsciente. Quizá sea la mezcla tan sutil entre fantasía y realidad, y la fotografía más que nunca, esté colaborando a construir una realidad, más verdadera que la realidad misma.

Como el relato del catálogo, del escritor Luis López Navarro, onírico y alucinógeno, producto quizá de una leve insolación, después de haber ojeado los libros de Cases a pleno sol del Levante, en el que encuentra al fondo del hoyo “un trocito de cerámica, quizás romana o fenicia, con la imagen fragmentada de una paloma, que llevará más de dos mil años al borde de este camino, que ya estaba aquí mucho antes de que llegaran de Asia los mandarinos y este olor penetrante que llena el espacio con la caída del sol rojo”.

© Guillermo Gumiel

Como bien hace notar Horacio Fernández, existe un Levante imaginario, creado por las novelas de Vicente Blasco Ibáñez y la pintura de Joaquín Sorolla, donde el azahar, el sol, las naranjas, las palmeras, el mar, bajo la luz del Levante que enamora a los pintores, lo convierten en una suerte de paraíso en la tierra. Las manzanas doradas del Jardín de las Hespérides que unifican la koiné cultural mediterránea.

También está presente el Levante narrado por Rafael Chirbes, donde el ladrillo, los escombros, las ruinas, las mafias, la especulación urbanística y el dinero, las rotondas y castillos en el aire, han sustituido el olor del mar y los naranjos por cremas bronceadoras.

Cualquier exposición en la Sala del Depósito de Agua compite con el edificio ecléctico de principios del siglo XX, de planta circular, ladrillo y tirantes de hierro. Pero las salas difíciles son espacios fantásticos cuando el proyecto expositivo interviene y se adapta a ellas, como sucede impecablemente en este caso.

Se ha eliminado un falso tabique adosado a la estructura central de la escalera, dilatando visualmente el círculo, pero se ha roto la circularidad con una larga mesa vitrina, en la que figuran bocetos y maquetas de las ediciones que desde 2011 hasta 2018 conforman el ‘Estudio elemental del Levante’.

© Guillermo Gumiel

Se ha cubierto de rojo la media cúpula invertida del techo, como si de un enorme sol se tratase, que incide sobre nuestra verticalidad y altera las sombras.

Es aconsejable iniciar el recorrido de la exposición por las “capillas” de la planta baja, en las que ‘Palomas al aire’ revolotean, para estallar en una compasión colorida y tridimensional, a la que nos dirige inevitable la meridiana de la mesa blanca.

Después, hay que subir hasta la última corona, donde se proyecta, en varias pantallas, el documental de Xoubanoba y Monzón, poniéndonos en alerta, al tiempo que fragmenta el relato. La pantalla se funde en negro, y solo oímos a un vecino de la huerta que nos describe las fotos que luego iremos reconociendo, paellas, palmeras, ladrillos, coches, cabras, objetos que reconoce como parte de su paisaje.

El documental advierte del doble lenguaje que subyace en los proyectos de esta exposición, por un lado, el autor que empatiza con lo que muestra y por otro el fotógrafo que rechaza lo que ve, como si formara parte al mismo tiempo de dos equipos del juego que tensa la cuerda hasta derribar al contrario.

© Guillermo Gumiel

Vamos descendiendo desde ese sol rojo, hacia el sol que nos deslumbra, y ahora es cuando percibimos todo el partido que se ha sacado a la estructura circular. Desde el balcón de este piso superior podemos ver el juego en cascada de los cinco trabajos.

Se alteran los tamaños. Hay trabajos que se presentan en tamaño mínimo, que cabe en la palma de una mano, trazando una línea del horizonte, obligándonos a aproximarnos. Desde cerca se nos olvida que lo vemos puede ser la escena de un crimen.

Hay tamaños enormes y puestas en escena impecables y brillantes como el ‘Sol’, que se articulan con estructuras parecidas a la mesa de la planta baja, y que rompen la línea del horizonte, y un canon de montaje estándar, que consiste en colocar las imágenes a 1,50 cm, a la altura de los ojos del espectador, porque la altura, y el ángulo desde la que el espectador mira altera también lo que ve.

Y hay trabajos como ‘Estudio elemental del Levante’, cuya puesta en escena enfatiza la decadencia y por tanto el resplandor de la serie que se le enfrenta.

‘Estudio elemental del Levante’ es muy artesanal, escultórico, las piezas son collages en los que vemos las capas de intervención del artista, como esas vallas publicitarias que son un palimpsesto de los sueños que han ido arrancando centímetro a centímetro esa costa que pudo ser un paraíso y hoy agoniza, como una vieja dama resistiéndose a morir, que se embadurna el rostro de afeites, al estilo decadente de la última escena viscontiana de ‘Muerte en Venecia’. Podemos leer ‘Estudio elemental del Levante’ como la actualización de una vanitas del siglo XVIII.

El retablo de la putrefacción de las naranjas, con la flor de azahar en el centro, y las palmeras maltratadas por el escarabajo picudo rojo que orada por dentro el cuerpo, y seca la savia de forma irremediable e invisible, nos deja un extraño sabor de boca, que percibimos debajo del salitre en los labios, de la paella y del pan, ese pan que Sonia Berger hace que nos fijemos en él. Quizá no se pudo oír el ruido de carcoma y putrefacción por el ruido atronador de las bandas de música.

© Guillermo Gumiel

Y el color del Levante ya no es rojo, ni amarillo, es color de óxido y herrumbre, es color de cañas secas, es marrón oscuro casi negro.

Volvamos a descender a la planta baja, que alberga el murmullo de las palomas, recuperemos el color encendido, la ausencia de sombras. Pero la inocencia como espectador, que comenzó abriendo la pequeña escultura de ‘Palomas al aire’ de una de las capillas ya no la podremos recobrar, y comprendemos que Palomas también encierra un cuento oscuro.

“El paso de las nubes reflejado sobre la superficie crea el espejismo de un mundo que parece deslizarse en un continuo viaje y, sin embargo, se mantiene inmóvil, fijado en una vieja fotografía, y ese color de la vieja fotografía es el que muestran las cañas que se oxidan durante el invierno, mustios amarillos y ocres, y un marrón que se oscurece hasta ir confundiéndose con el negro y forma parcelas que parecen de hollín, melancólicas tumbas de gigante”. (Rafael Chirbes, En la orilla.)

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