Nueva Fotografía

“La única cosa segura en mi vida es la fotografía”. Estas palabras definen a Elisa González Miralles. La que fuera una jóven promesa, ahora es una joven artista, profesional y docente. Todo un valor de la Nueva Fotografía.

Elisa González Miralles es una mujer luna. Unas veces ilumina, aclara las noches y enciende los veranos, otras veces mengua y deja de verse, se vuelve oscura. Puede vivir un eclipse o tapar al mismo sol. En ocasiones sale de día, cuando no se la espera. Pero cumple siempre con sus ciclos, sus obligaciones. Y sobre todo, ejerce su influencia, su gran fuerza, moviendo los mares si hace falta.

Cuando se encarna entre nosotros, conserva esa mirada alegre, esa sonrisa garabato. Lleva un piercing en una ceja, como si de un homenaje a Mèliés se tratara, y un cabello que la rodea en noche. Un cabello que cambia de forma constantemente, alimentándose de sus sentimientos.

Elisa González Miralles (Madrid, 1978) ya de niña tenía gusto por la pintura. Incluso llegó a recibir clases. De buenas notas, era una chica aplicada que destacaba en ciencias. Llegó a plantearse hacer Bellas Artes, incluso hizo las pruebas de selección. Pero la intervención familiar la llevó estudiar Ingeniería Química evitando en aquel momento que la niña se perdiera por los peligrosos caminos del arte. Como si de una tragedia griega se tratara, al final, la naturaleza de Elisa se reveló. Ocho años tardó en terminar la carrera y cuando vio que su supuesto destino era trabajar en una oficina de Aguas de Barcelona, decidió concederse un año sabático.

Ya antes de terminar los estudios había empezado a hacer sus fotos. Pero aprovechando su tregua comenzó a aprender los rudimentos del oficio. Primero apuntándose a laboratorio en La Casa Encendida. Después, con lo ya sabido, se fue a Birmania, donde empezó “a hacer fotos de manera concienzuda”. Eso le sirvió para exponer, nada más y nada menos que en el Festival Internacional de Fotografía de Roma. De ahí pasa a controlar la técnica fotográfica en una pequeña escuela de Madrid, Keltia. Y una vez superado el manejo de la cámara, prueba suerte con el Máster de EFTI.

Es un gasto más que considerable, pero hay un taller que la transforma más que los demás. Recorre su cielo el cometa Antoine Dágata. “Yo ya conocía la técnica pero no hasta dónde podía llegar. Antoine me hizo click, me obligó a mirarme dentro, y pasé a hacer las fotos que tenía que hacer. Comencé a ver que se podían contar otras cosas fuera de la estética o de lo que yo entendía que era una foto para entregar y para enseñar. Y me empezó a dar lo mismo mostrar algo que no fuera ‘decente’ y a tener conciencia fotográfica más allá de la técnica”.

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© Elisa González Miralles

En esa época comenzó a hacer el proyecto que lograría afincarla en su sueño. “O lograba ser fotógrafa o tendría que ser ingeniera el resto de mis días”. Y comenzó un trabajo sobre su abuela. Elisa vivía con ella, era un familiar importante en su vida que estaba cambiando. Sin una planificación previa, sin un concepto de proyecto, resultado de una necesidad de contar lo que le estaba pasando con su abuela y cómo influía en su persona. No se trataba de manera consciente de un retrato de lo que ella padecía, Alzheimer. “Eso vino después, resultó que la enfermedad en ese momento alcanzó relevancia social”.

El caso es que se presentó a todos los premios, becas y similares que tenía a su alcance. Había una moratoria familiar que caducaba. O conseguía ser fotógrafa, o con la llegada del día, sería de nuevo ingeniera, rompiéndose así su hechizo de luna. En aquél momento, EFTI la cuidó y la propusieron en 2006 para la beca World Press Photo, Asian Europe Foundation y Philippines Centre of Photojournalism, para formar parte del proyecto Urban Youth en Manila (Filipinas), donde lleva a cabo el reportaje ‘Dancing Manila’, que refleja la vida de jóvenes estudiantes de la escuela de baile Step Dance Studio. Son 22 fotógrafos, cada uno de un país. “Me pusieron un guía inglés tagalo y a trabajar una semana. Tuve de tutora a Magdalena Herrera, del National Geographic en París. Aquella experiencia me cambió la vida”.

Al año siguiente llega la confirmación, es la ganadora más joven del FotoPres de la Caixa de Cataluña por ‘Recuerdos sin Memoria’, el trabajo que hizo sobre su abuela. Se expone en el Caixa Forum de Barcelona, antes de girar por todo el país. Luna llena.

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© Elisa González Miralles

Este éxito resultó difícil de digerir. No siempre es fácil realizar un segundo trabajo cuando todo el mundo te está mirando. Por eso se aparta para fundar MADPHOTO con Damián González y Manolo Yllera en el año 2009. “Cuando surge la idea de montar una escuela, me aparto de mis proyectos personales para volcarme en MADPHOTO, que me ha dado de comer todo este tiempo. Y, además, es cuando aprendo a ser fotógrafa de profesión”.

El lado oculto. Un fotógrafo puede ser un gran artista, pero no necesariamente comer de su fotos. Ella lo es. No le gusta esa palabra porque cree que es para otros, para gente como Picasso en el Olimpo o María Sánchez o Yolanda Domíngez en la Tierra. Pero alguien que afirma que “la única cosa de la que estoy segura en mi vida es la fotografía”, difícilmente puede calificarse de otra cosa.

Gracias a MADPHOTO aprende a ganarse la vida como fotógrafa, haciendo publicidad o lo que haga falta. Y empieza a vivir de la fotografía, pero como un trabajo. “Me quería ganar la vida como fotógrafa, aunque tuviera que fotografiar siempre hamburguesas. ¡Cómo voy a elegir antes ganarme la vida con otra cosa que con una cámara en la mano!”.

Pero la escuela le aporta otra cosa, se descubre profesora. “Me doy cuenta de que tengo capacidades didácticas y que las personas aprenden conmigo, y además me lo agradecen. Que la gente se apunta a una escuela de fotografía sólo para divertirse, que es en lo que consiste MADPHOTO, y gasta su tiempito libre en escucharte, y eso tiene un valor enorme. Y además pasan de 0 a 100 en nada”.

Es un tiempo en el que Elisa se encuentra escondida, dedicando todas sus energías a levantar la escuela. Hasta que vuelve. Discretamente, poco a poco. Bueno, en realidad siempre ha estado ahí, haciendo cosas, y gente como Gonzalo Golpe la anima a salir de nuevo. Alguna exposición, finalista en algún premio… Y empieza a enseñar su proyecto de Japón, que ha ido cambiando de nombre. Algo vemos en Jääl, en Mad is Mad o en Blank Paper.

“Yo hice un viaje a Japón antes de dedicarme a la fotografía y aluciné con el país. Me identifico, me llega su energía. Control y locura. Pero sobre todo, me impactaron las mujeres de silicona. Cuando regresé a los 10 años, iba a buscarlas. Y es ya allí cuando me empiezo a interesar por las mujeres que se comportan como muñecas”.

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© Elisa González Miralles

‘Wannabe’ es un trabajo sobre cómo la sociedad nos impone sus roles, que condicionan nuestra forma de actuar incluso en aquello más íntimo: desde nuestra manera de comportarnos socialmente a cómo amamos. “Con este proyecto quiero cuestionar cómo una sociedad y sus estándares determinan el comportamiento de un individuo y limitan el desarrollo de su identidad. Me preocupa que una persona por el hecho de nacer y vivir dentro de una cultura cumple un rol que le viene impuesto, y lo hace inconscientemente, sin preguntarse los porqués, ni plantearse que puedan existir otros caminos”.

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© Elisa González Miralles

“Yo quiero hablar de la lucha interna que tiene una persona cuando la sociedad le está imponiendo algo y no sabe cómo hacer y por qué lo hace y si es lo que debería hacer. Y ese intento de respuesta para ser aceptado pero preguntándose qué pasa. Seguir el rol impuesto o rebelarte contra eso. Es algo que marca mi trabajo. La necesidad de crearte una identidad, de autodefinirse, saber si eres fuerte o no frente a lo que te viene de fuera, si vas a sucumbir o no, a ser sumiso o rebelde”.

“También hay una parte sexual muy presente porque implica una forma de sumisión, con esas chicas que parecen muñecas, la objetualización de estas mujeres al servicio de una sociedad y unas costumbres que generan comportamientos autómatas”.

‘Wannabe’ está próximo a convertirse en libro. Con una maqueta ya finalizada, está en el proceso de buscar editorial. Pero también tendrá una nueva encarnación, o quizá un epílogo, en 2017. Será en la exposición colectiva que Jesús Micó está comisariando para el Canal de Isabel II, en la que Elisa compartirá cartel con Bego Antón, Teo Barba, Jon Cazenave, Bernardita Morello y Jesús Monterde.

Elisa ya se encuentra inmersa en un nuevo proyecto. Le cuesta hablar de él por estar en una fase inicial y no quiere crear falsas expectativas. “Me importa mucho la honestidad conmigo misma a la hora de fotografiar, y esto no es fácil de conseguir, es un continuo reto”. Es que no quiere que la confundan con una estrella fugaz. Tiene miedo a defraudar. “Es que es pronto. Yo trabajo sobre la intuición. Comienzo sin un plan definido y luego analizo qué he hecho y por qué y luego vuelvo y vuelvo. Necesito mi tiempo. Y luego limpio, limpio y limpio hasta quedarme en la esencia, en aquello que yo quiero contar.

Su nuevo proyecto, ese que aún se guarda, será nocturno, dual, salvaje y lunático. Y esperaremos pacientes a que lo enseñe. Elisa ha vuelto y la luna vuelve a brillar.

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Elisa González Miralles © Roberto Villalón