Imaginària, el festival de fotografía de Castelló organizado por la UJI cumple 23 ediciones confirmándose como uno de los festivales imprescindibles del panorama nacional, por las propuestas elegidas en sus ocho exposiciones y por el trato tanto a artistas como espectadores. Roberto Villalón ha estado en su semana inaugural para contarlo.
Castelló. Interior de habitación de hotel, noche. Novena planta. Insomnio decorado por un sonido con una frecuencia casi constante, una especie de alarma de dos notas que recuerda a un ave nocturna y que, pese a tener las ventanas cerradas, supera el zumbido del aire acondicionado con claridad.
Recepción del hotel, día. – “Es un sapo partero que hay en el parque. Ese es su canto cuando está en celo para atraer a las hembras”.
Nada es lo que parece.
Ha arrancado la XXIII edición de Imaginària de Castelló. Que no son pocas. Un festival que ha pasado por distintas etapas, unas más oscuras que otras. Pero desde hace dos ediciones, el nuevo equipo que la conduce ha dado un volantazo en la dirección correcta. Sólo hay que entrar en su web y pinchar en ‘Valores’, que incluyen conceptos como «perspectiva de género», «acceso y diversidad», «atención a la autoría», «transparencia», «paridad», «convocatoria abierta»… Vamos, todo lo woke. Y que impedirá a este equipo volar a EE. UU. en una temporada.
Pero lo mejor no es eso. Es que lo cumplen. Y si en algún punto no llegan, lo intentan. Es algo que no pueden decir la mayoría de festivales de este país. Ni grandes, ni pequeños. Todavía estoy esperando a que siquiera se redacte el manual de buenas prácticas que iban a impulsar algunos de ellos y que, por supuesto, no ha firmado ninguno.
¿Y en qué se nota? En el trato y los honorarios, por ejemplo. Los y las artistas que participan, emergentes o no tanto, también han tenido un trato justo, en lo económico (muy por encima de lo habitual) y cercano, en lo personal. Vamos, que yo estaría atento a la próxima convocatoria para exponer. También en la calidad formal de las exposiciones. Apuestan por producir menos, pero producir mejor.
Este nuevo Imaginària, organizado por el área de cultura de la Universidad Jaume I, lo conduce un equipo de 3+1: Lidón Forés, fotógrafa y formadora, formó parte de la desaparecida Blankpaper Escuela y ahora está al frente de Foto Suelta; Pascual Arnal, artista, fotógrafo y comisario, y Vicent Tena, también fotógrafo y coordinador del PhotoBook Castellón que está a punto de cumplir 55 sesiones (como él mismo explica orgulloso). Y como enlace desde la UJI –después de todo, el festival es suyo–, Sergio Ibáñez, del Aula de Cine y Fotografía de la universidad.
Esta es su tercera edición al frente del festival. Y como se decía en el mundo de la música antes de los tiempos de Spotify, el tercer disco es el que confirma. Para ella, como en las dos anteriores, se realizó una convocatoria abierta en la que se seleccionaron cuatro proyectos, a los que sumaron dos que por distintas causas no pudieron estar en la edición anterior, en la que fueron elegidos.

Abriendo el festival encontramos en la Llotja del Cànem el divertido trabajo de Alba Ruíz Lafuente titulado ‘Por el ocio de los insectos trabajadores’. En esta exposición encontramos una serie de imágenes que recrean toscamente, en apariencia, espacios destinados a los ratos de espaciamiento de unos insectos que bien podríamos ser nosotros y nosotras.
Son arquitecturas, en ocasiones absurdas, que recrean nuestros lugares de ocio, como museos, centros comerciales o pistas de esquí en el desierto. Lugares donde, con el dinero que hemos conseguido con el trabajo, nos divertimos, cerrando el ciclo de consumo y vital, donde también aspiramos a ser productivos. Un sistema que ha refinado al de los vales para pagar el trabajo que se podían cambiar sólo en el comercio del patrón.
En mitad de la sala, Ruíz coloca una maqueta que reproduce exactamente la sala de exposiciones donde se presenta este trabajo, provocando un bucle infinito y colocándonos con esa sencilla acción en el centro de la obra. Un trabajo en apariencia simple, pero en el que podemos ir analizando capas y más capas.
El trabajo del Alba Ruiz forma parte del universo de La Mosca, una editorial-colectivo que aborda desde el humor y con aparente simplicidad temas que después resultan ser más complejos. Me recuerdan a Hidrogenesse (de los que soy muy fan).

En la fachada del Mercado Central de Castelló podemos ver el trabajo del bilbaíno Adriá Lorenzo. Es un gusto ver el contraste entre un espacio popular de un mercado real (y todavía no gentrificado) con un tipo de fotografía que explora un lenguaje no evidente. El proyecto ‘White hare’ se gestó en Canadá, donde su autor viajó hace tres años. Allí conoció a Maddy, la que ahora es su pareja. Y tras volver a Bilbao, decidió volver a Saskatchewan, de donde es ella, para documentar su entorno y conocer mejor las raíces y la vida de ella.
De esa manera, las imágenes que representan esta relación se encuentran a la vista de los y las visitantes del mercado y su plaza, aunque difícilmente puedan descifrar que allí están Maddy, Olivia, la suegra de Adrián. Pero sí pueden sentir el ambiente gélido, el surrealismo que encierra cualquier vida, la dificultad de entender el sentido de la vida, de encajar en las etiquetas…

En el Menador, en el sótano, Tono Arias, conocido por muchos por ser el responsable del espacio cultural y la editorial Dispara, y con una larga carrera a sus espaldas en el mundo de la fotografía (incluida la prensa y la publicidad), crea un mundo simbólico personal con ‘Veñen corvos voando baixo’. Este proyecto fue ganador del Mallorca Contemporània 2023.
Gracias a la pandemia, Arias se encuentra con tiempo disponible para crear, sin poder dedicarlo a ser productivo. Sumado a eso, tiene material que está a punto de caducar, por lo que comienza a hacer fotos “sin ninguna intención de proyecto”. Y empieza a construir pequeñas piezas que utiliza en diferentes imágenes para crear unos mundos imaginarios en los que la incertidumbre, lo indefinido, sea la constante.
Empieza a hacer fotos alrededor de su casa, apartada en el bosque. Y surgen creaciones inesperadas, en las que va sumando imágenes construidas, imágenes de paisajes, imágenes de árboles, animales que surgen a su encuentro, que van construyendo un mundo de sueños personal.
Son fotografías que para él encierran un significado, pero que nos dejan la posibilidad de crear nuestras propias historias a quienes las vemos. “El resultado es una narrativa fragmentada que nos habla de una manera poética de cómo el ser humano se relaciona y transforma el territorio”, dice el texto que acompaña al proyecto. Esa es una de las posibles interpretaciones, ya que Arias juega a la carta de la ambigüedad y las múltiples capas.

También la pandemia fue el detonante de ‘Terza Vita’, de Mar Sáez. A ella, el encierro la pilló en una residencia en la Real Academia de España en Roma. En la ciudad eterna, el tiempo y la vida también parecieron suspenderse. Frente a la inmovilidad de sus monumentos, la invariabilidad de la belleza de sus obras, la vida y la carnalidad, más consciente de su carácter efímero, resurgió tras el encierro. De Roma viajó a las playas de Ostia donde las jóvenes parejas se entregaban a recuperar el tiempo perdido y así completó su particular llamamiento al “carpe diem”. Un trabajo que se puede visitar en Casa Garcerá de Segorbe.
Por su parte, en Centre Cultural Melchor Zapata, Benicàssim, la vascogallega Maider Jiménez también hace protagonista a una ciudad para mostrar un estado de ánimo. Nacida en Vitoria-Gasteiz, se fue a vivir a Ferrol a los nueve años tras la separación de sus padres. Una ciudad vinculada a la industria naviera y, en consecuencia, en decadencia por la reconversión naval. Y fue al tomar distancia de la ciudad al irse a vivir fuera cuando tomó conciencia del muro que separa la ciudad del mar. Un muro que simboliza la imposibilidad de mirar al horizonte desde esa ciudad, un sentimiento generacional de falta de futuro.

Al final se trata de un muro emocional, que muchas veces ni se ve. Como sucede en la exposición, donde tampoco se ve apenas ese muro, aunque siempre esté presente. Pero Jiménez también quiere dar espacio a la esperanza y contar la ciudad en la que sí le hubiese gustado crecer. Por eso refleja su mundo personal de amigos y familia. Su entorno seguro.
Destaca la segunda planta de la exposición, donde “engaña” dos veces al espectador: imaginando un Ferrol luminoso (que resulta ser Cádiz) y pintando un muro de azul, inspirada en el texto que Gonzalo Golpe ha escrito para esta exposición y que, citando el ‘Diccionario de símbolos’ de Chevalier y Gheerbrant, afirma: “un muro pintado de azul deja de ser un muro”. Una vez más, todo es trampantojo. Y tú eliges tu aventura.
En ‘Estudio Sánchez’, Castelló es la protagonista, las gentes que la han poblado. Esta exposición recupera el archivo de Ramón Sánchez, quien tuviera un estudio fotográfico en la ciudad desde 1967 hasta 2019. Ángel Sánchez(fotoperiodista), hijo de Ramón, y Carme Ripollés (también fotoperiodista y docente) han sido los encargados de rescatar y clasificar este archivo de más de cinco décadas.

Pudiera parecer que se trata del trabajo más “objetivo”, el que tiene un carácter más relacionado con el “documento”. Es muy divertido ver hasta qué punto se trata de otra ficción. Los vecinos y vecinas que acuden a ver las proyecciones que recogen decenas de imágenes extraídas de este archivo disfrutan reconociendo caras, trajes y poses. Fotos tomadas por motivos excepcionales como bodas, comuniones, servicios militares, fiestas patronales o para documentos oficiales. Imágenes donde lucir galas distintas a las diarias o cotidianas, en las que se reconoce en ocasiones la repetición del atrezzo (como la peineta o la mantilla). Se ficcionaba una imagen para la posteridad, lejana en ocasiones a la realidad cotidiana.
También es curioso ver que con el mismo material se han realizado dos videomontajes, dos miradas frente a un mismo material: uno por Sánchez y Ripollés, poniendo el acento en las temáticas y las personas, y otro por David Linuesa, de Aqabamedia, que pone el acento en la repetición de escenas.

Completará el programa expositivo la muestra sobre la fotografía de Mikalojus Konstantinas Ciurlionis del espacio invitado (en Clavoardiendo ya hablamos de esta exposición) y Ricardo Cases con ‘Vilafranca en festes’, que se podrá ver entre junio y agosto en las salas góticas del Ayuntamiento de Vilafranca, pueblo en el que, gracias a una residencia de investigación artística en esta población del interior de la provincia de Castelló, Cases ha ilustrado sus fiestas patronales a través de su singular mirada y el destello de su flash. Cualquier parecido con la realidad es intencionado.
A veces, no se trata de ser grande, o de tener mucho presupuesto. A veces, no se trata de ser muy visible. A veces, solo es necesario tener claro qué se quiere contar, cómo hacerlo y poner los medios para ello. De respetar a artistas y a espectadores. A veces, un festival en la “periferia”, como es Imaginària, es capaz de emitir un canto en la soledad de la noche que se escuche alto y claro y a mucha distancia. Y no nos olvidemos de que los sapos son mucho mejor para el entorno que los príncipes.
