Una antigua tradición helénica, la ekecheiria, imponía un período de tregua olímpica que en la actualidad no es respetada, aunque la Torre Eiffel brilla dorada y engalanada con los aros olímpicos durante este verano. La retrasmisión televisada de espectáculos deportivos no despierta normalmente mi interés, pero este año han llegado hasta mí algunas polémicas en torno a las imágenes deportivas que me han inclinado a escribir estas líneas.

La ciudad de la luz y de las luces atravesada por el Sena ejerció de anfitriona, ofreciendo una ceremonia de apertura fuera de los recintos deportivos, pensada para ser seguida a través de la televisión por el mundo entero y dejar constancia de que París y sus iconos siguen estando en pie.

La ceremonia de inauguración ha supuesto un gasto de alrededor de 11 millones de euros mientras las guerras en Gaza, Ucrania, Yemen o Somalia siguen activas.

Algunos timoratos espectadores parecen escandalizarse ante una de las performances que les recordaba la iconografía de ‘La última cena’ de Leonardo da Vinci. Sin embargo Thomas Jolly, el director de la escenografía, toma como referencia El banquete de los dioses’ un óleo de Han Harmenz Van Bijlert, pintor caravaggesco nacido en Utrecht en 1597. Zeus preside, como Jesucristo, la mesa del banquete. Los dioses del Olimpo asisten a la ceremonia y son reconocibles por sus atributos y entre ellos Dionisos, recostado, exprime un racimo de uvas mientras su cortejo de sátiros danza. 

Al representar a los olímpicos comiendo y bebiendo, danzando y gozando, el pintor barroco pudo inspirarse en la composición del fresco que Leonardo codificó un siglo antes. Y nada más lógico que los dioses del Olimpo se preparen para asistir al nuevo espectáculo olímpico.

La última cena de Leonardo es una de las escenas más reinterpretadas desde Van Bijlert a Andy Warhol y fotógrafos como David Lachapelle, Marcos López o Fernando Bayona, y también series de televisión como Los Soprano o los Simpson, pero esta versión “drag” parece haber herido ciertas sensibilidades.

Otro acto de la ceremonia de inauguración fue la actuación musical de Lady Gaga dando la bienvenida a la ciudad, descendiendo por una escalera que desembocaba en el Sena con la Torre Eiffel de telón de fondo, vestida de negro y finos tacones de aguja, con un coro de bailarines agitando pompones rosas, parece haber sido, desde el punto de vista de la utilización de la iconografía de la ciudad, más tranquilizador, ya que evoca escenas del París del Folies Bergère y de los cabarets, sin cuestionar la imagen y el uso que se transmite de la mujer en estos espectáculos. 

La imagen estereotipada de la mujer que encarna Lady Gaga cuestiona el género de la boxeadora argelina Imane Khelif. La imagen de la boxeadora no responde al canon dominante de cómo debe ser una mujer, pero ella es una mujer, se siente mujer, y el COI ha resuelto que puede competir en la categoría femenina. Este marco conceptual del género masculino ha desatado una polémica y una sombra de duda sobre su victoria.

La fotografía deportiva ha alcanzado una verdadera sofisticación con cámaras muy potentes, y una escuela de fotorreporteros deportivos que está viviendo su momento de gloria. El surfista Gabriel Medina parecía volar sobre las aguas en las primeras páginas de la prensa. El brasileño, al reproducir la imagen en su perfil de Instagram, no menciona la autoría aunque esa instantánea sea la que ha perpetuado su triunfo en los Juegos Olímpicos. Un héroe capaz de volar sin alas, un dios que ha descendido triunfador desde ese banquete que ya comparte con los dioses. El cuerpo de Gabriel Medina sí responde al arquetipo masculino del canon olímpico que tenemos interiorizado desde las esculturas griegas y romanas. La fotografía de Jerome Brouillet se ha convertido en viral.

La fotógrafa Lua Fisher me hizo advertir  la virtuosa imagen reproducida en el diario El País. Aun siendo espectacular el vuelo, el titular que la acompañaba me llamó poderosamente la atención: «El surf encuentra la foto que quería en el espectacular (…)».

Ese encontrarse la foto, que perpetúa la concepción tradicional de que las imágenes fotográficas se “encuentran” es seguir asumiendo la fotografía como un descubrimiento azaroso. El propio fotógrafo declara que solo apretó el botón adecuado. Aunque del titular se desprende que ni siquiera ese gesto de la mano fue necesario porque el surf, y no el trabajo del ojo del fotógrafo, o de la mano, es el que encontró la foto que se ha hecho viral. La fotografía se desliga de la noción de autoría. 

El texto sigue adentrándose en los tópicos que parecen inmanentes cuando hablamos de fotografías: «El referente brasileño de la disciplina deja una estampa para el recuerdo (…)«. Es nuevamente el deportista y no el artífice de la imagen el que deja una “estampa” y además esa estampa tiene una clara función “para el recuerdo”. Aparece así otra característica eternamente asociada a la fotografía, su función como mediadora del recuerdo, de la memoria. Una cámara oscura que fija instantáneas encontradas que pasarán a formar parte de la memoria colectiva de las hazañas de los Juegos Olímpicos. La inocencia de la imagen, despojada de lecturas críticas, parece flotar sobre estas concepciones.

Es cada vez más urgente intentar comprender el significado simbólico de las imágenes que están inundando a diario nuestras retinas.

De la lectura de Jenófanes, el filósofo presocrático, se desprenden tres formas de ver el mundo para los antiguos griegos. Una impresión ocular inmediata propia de los ojos, un ojear; una visión elaborada de la que se extrae una idea; y, finalmente, un saber-de-vista. Intentemos practicar ese saber-de-vista que impida que seamos meros espectadores consumidores de imágenes.

Estos Juegos han “encontrado” también un nuevo emblema para engalanar la ciudad de París. El globo que se eleva brillante y dorado portando el pebetero del fuego olímpico enfrentado a la Torre Eiffel. El globo recuerda al que sobrevuela el cielo de París en la obra de Manet que registra otro gran evento de la modernidad, la Exposición Universal de 1867 y, como no, al autorretrato de 1865 del fotógrafo Nadar “elevando la fotografía al rango de arte”.