PHotoEspaña propone en su XVII edición una exposición para conocer la variedad y calidad de la fotografía española del s. XXI con ‘Perpetuum Mobile’, una muestra que ya se puede visitar en el CBA de Madrid y que nos presenta a la “generación del descorche”.
“¿Es esto postfografía?”, preguntaba un perplejo visitante en la presentación para la prensa de la exposición ‘Perpetuum Mobile’ que desde hoy se puede visitar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. “¿Y esto es fotografía?”, añadía otro colega ante una “escultura” de la misma exposición.
Movimiento perpetuo es el lema de esta edición de PHotoEspaña que arranca en estos días. Una edición de cambio, tras el fallecimiento del creador del festival Alberto Anaut y la llegada a la dirección de María Santoyo.
Y parece que esto se mueve. Hemos pasado del recuerdo constante de La movida a lo del movimiento actual con la exposición que vertebra la propuesta del festival de este año.
‘Perpetuum Mobile’, que se puede ver desde el 28 de mayo al 1 de septiembre, muestra el trabajo de 27 fotógrafos y fotógrafas, “que retan los límites de la fotografía y desbordan la bidimensionalidad de la imagen”. En su mayoría han pasado por debajo del radar de PHE, al que durante muchos años parecía no importarle la actualidad de la fotografía española.
Comisariada por Alejandro Castellote, quien fuera el director artístico de PHE en sus primeras ediciones, y con la colaboración de la propia Santoyo, esta muestra trata de recoger la amplísima variedad de maneras de comunicar a través de la fotografía, tanto en forma como en temática, entendiendo la fotografía de manera “expandida”. Lo que ahora llamamos imagen fotográfica.
Generación del descorche
“Son 27 ventanas abiertas a creadores que tienen un universo complejo, conceptualmente profundo. Son autores y autoras que no pueden ser aprehendidos a primera vista, con lo que era muy difícil configurar una propuesta” explica María Santoyo.
Según señalan sus organizadores, esta no trata de ser una muestra que defina a una “generación”, aunque, por otra parte, Castellote afirma que la exposición “es una celebración de la generación más madura, con más proyección internacional, mejor formada, con un discurso más armado, con una amplitud de recursos que pocas veces habíamos vivido en la fotografía española”.

Las diferencias de edad de las personas elegidas son de décadas en algunos casos, nacidas desde el tardofranquismo a los dos miles.
Tal vez sean la “generación descorche”, una explosión creativa que ha tenido que esperar mucho tiempo a ser visible al ser precedidos por la “generación tapón”, los alixes, madoces, roderos o muñozes.
Se trata de los que no vivieron el esplendor de la Cajas de Ahorros y los catálogos de lujo, los que sumaron crisis económicas y crecieron con el desarrollo de internet, aprendiendo de fotografía a golpe de clic.

Los que, como no había mucho que repartir, se hicieron devotos de Juan Palomo (yo me lo guiso, yo me lo como). Fundaron sus colectivos, sus festivales, sus editoriales, sus escuelas… Se financiaron con crowdfundings, fotofanzines…
Están por toda España, desde Murcia a Euskadi, de Galicia a Cataluña, de Andalucía a Madrid… (Esa fotografía que, hasta hace muy poco, solo salía en Clavoardiendo). Y tal vez por todo ello ha sido tan rica y variada. Porque ha podido crecer sin plegarse a ningún mercado, y sin apenas demanda.
“Un rasgo común es un impulso por desbordar los límites. Y puede que sea lo único que tienen en común”, afirma Santoyo al hablar de estos 27. Puede que también sea una generación que no le tiene alergia a la palabra “artista”, a diferencia de otras.
Otro dato importante. “Esta generación no sería la que es sin uno de los elementos más determinantes como es la irrupción de las mujeres en la fotografía”, resalta Castellote.
El criterio de selección es, según su comisario, de representatividad, buscando mostrar la variedad de técnicas y temáticas que se encuentran en nuestra fotografía. “He llorado amargamente por la de gente que he tenido que quitar porque no caben”, asegura.
Fotografía e Imagen, ensanchamiento de lo fotográfico
Mostrar la fotografía actual no es posible sin mostrar la disolución de los márgenes de lo que es fotografía. Como mostraban los visitantes con los que empezábamos este artículo, la fotografía no siempre es «fotografía» y ahora puede no tocar la pared, no tener soporte o ser tridimensional.
“Normalmente los ensanchamientos en las disciplinas siempre llevan consigo dejar fuera a los más antiguos. Lo que ha hecho esta generación ha sido nutrirse de ellos”, subraya Castellote. “Y es visible cómo algunos de estos fotógrafos tienen su conexión con gente que les ha precedido, como puede ser el caso de Ricardo Cases con Cristóbal Hara. Y, aparte de ser un homenaje, es muy enriquecedor para la propia fotografía porque se va expandiendo y las raíces cogen fuerza”.
Hace no tanto, una famosa comisaria los llamaba despectivamente “la generación del fotolibro”, del que decía que vivíamos una plaga. El fotolibro precisamente ha servido a muchos y muchas (por lo menos la mitad de los que exponen cuentan con uno o más) para dar a conocer sus primeros trabajos. Pero en esta muestra vemos como muchos buscan un acercamiento al mundo de la galería, en la conceptualización de sus trabajos y su versión expositiva (como podemos ver en esta muestra) buscando la pieza única, acercándose a la escultura. Carmen Dalmau, desde la desaparecida Galería Cero, ayudó a muchas y muchos a recorrer ese camino.
De los elegidos, Roberto Aguirrezabala es el único que nos muestra esa deuda con el fotolibro con su ‘libro-no libro’, aunque su forma de entender la fotografía (y los propios fotolibros) sea muy escultórica.

Ricardo Cases, Mar Sáez, Bego Antón, Álvaro Laiz o el malogrado Gerardo Custance, siguen una senda más reconocible como fotografía documental; Alfredo Cáliz, Aitor Ortiz, Ixone Sadaba y Antonio Guerra le añaden tridimensionalidad. Maria Cañas viene a representar el uso de las técnicas digitales, pero su trabajo guarda relación con el de Marina Nuñez, Soledad Córdoba o Ira Lombardía, donde la mujer como tema tiene un peso específico.
Pero los collages de Lombardía y Núñez emparejan a su vez con las superposiciones y la redefinición de la masculinidad de Germán Gómez o las piezas de Miguel Ángel Tornero.
Las fotografías que componen una pieza por el uso de distintos materiales, soportes y técnicas nos traen a Nicolas Combarro (con ecos de Chillida), a Patricia Bofill (Oteiza), a Alejandro Marote que evoluciona al relieve, a Jon Gorospe que lo hace al volumen plano, a Paula Anta y sus piezas con pan de oro, los lienzos y esculturas de Linarejos Moreno, los pétalos colgantes de Lola Guerrera y las cianotipias también colgantes de Jon Cazenave, el altar de Irene Zotola, el retablo luciérnaga del inclasificable Juanan Requeña o el particular paraíso de Elena de la Rúa.

Desde aquí recomendamos completar la experiencia de esta exposición con las intervenciones en museo estatales de la capital realizadas por Laura San Segundo con Alejandría Cinque, Lúa Ribeira y David Trullo para ampliar esta mirada a la fotografía del s. XXI que se hace en este país.
Lo mejor de esta exposición es saber que el año que viene se puede volver a organizar otra igual de buena, con otra treintena de fotógrafos y fotógrafas españoles con ganas de contar el mundo, o su mundo, con imágenes.

