Las mujeres siempre han sido identificadas como sujeto pasivo dentro de las artes, olvidando muchas veces a la creadoras. Pero incluso como figuras retratadas, también en fotografía, se podía ir más allá de ser simplemente modelos. ‘Retratadas’, la exposición que se puede visitar en Madrid, pone el foco en esas imágenes en las que participaban activamente en la imagen que se construía con ellas. Un texto de Pablo Martínez Muñiz.
La exposición ‘Retratadas. Estudios de mujeres’, inaugurada en el Museo Nacional del Romanticismo, en Madrid, propone una relectura de la fotografía decimonónica desde un ángulo insólito: el de las mujeres que habitaron la imagen no como objetos pasivos de contemplación, sino como sujetos activos, conscientes y cómplices del instante fotográfico.
Comisariada por la historiadora de la fotografía Stéphany Onfray, la muestra reúne 152 piezas —entre daguerrotipos, ambrotipos, tarjetas de visita, álbumes y objetos personales— que conforman un mosaico visual sobre la construcción de la identidad femenina en el siglo XIX español.

La exposición parte de una premisa tan sutil como reveladora: el estudio fotográfico no fue solo un espacio comercial o técnico, sino un escenario de negociación simbólica donde las mujeres aprendieron a mirar(se), a proyectar(se) y, en muchos casos, a subvertir las narrativas que las confinaban al papel de “ángel del hogar”. Onfray concibe ese espacio como una “habitación propia” dentro del rígido entramado social de la época, para trasladarla al ámbito visual.
No es casual que la comisaria titule su conferencia vinculada a la exposición y prevista para el próximo 11 de diciembre ‘El estudio fotográfico como habitación propia. Mujeres y autorrepresentación subrogada en el siglo XIX español’, una frase que condensa la tesis de todo el proyecto: las retratadas no posaban únicamente para ser vistas, sino también para verse a sí mismas desde un lugar de deseo, juego y afirmación.
El recorrido se organiza en cuatro ámbitos temáticos que funcionan como estaciones en un viaje hacia la modernidad. La primera, ‘Iconografía de lo femenino’, analiza los modelos tradicionales asociados a la virtud doméstica, la maternidad o la devoción religiosa. Son imágenes en apariencia conservadoras, pero cuya sutileza gestual —una leve inclinación de la cabeza, un pliegue en el vestido, una mirada directa al objetivo— insinúa ya un desplazamiento del rol asignado.

En las décadas de 1850 a 1870, cuando proliferaron los retratos en formato de carte de visite inventado por Disdéri, las mujeres no solo se retrataban: participaban activamente en la construcción de su propia imagen.
Esa participación es el eje invisible que une toda la muestra. La segunda sección, ‘El cuerpo como obra’, explora el gesto, la pose y el atuendo como un lenguaje en sí mismo. En una época en que la moda y los figurines de prensa homogeneizaban la representación del ideal femenino, las retratadas transformaron los códigos del decoro en un campo de experimentación.
Hay mujeres disfrazadas de adivinas, de cazadoras o de personajes bíblicos como la reina Esther, incluso la propia Isabel II se retrató así, en un juego de poder e ironía. En estas imágenes late un deseo de autoría: el cuerpo se convierte en lienzo, en signo y en escenario de afirmación.
La exposición no se limita a mostrar el gesto exterior; también indaga en la dimensión emocional de la imagen. En ‘Metafotografía’, tercera sección del recorrido, Onfray pone el acento en los usos íntimos y simbólicos de la fotografía: retratos insertos en joyas, efigies post mortem, dedicatorias manuscritas o álbumes de señoritas que anticipan los actuales dispositivos de memoria.
Las mujeres, sostiene la comisaria, fueron las transmisoras del patrimonio inmaterial familiar, y dotaron a la fotografía de una carga afectiva que trasciende su mera función documental. Aquí, el acto de conservar una imagen es también un modo de escribir una historia propia, silenciosa pero persistente, en los márgenes del relato oficial.

El cuarto ámbito, ‘Hacia la modernidad’, cierra el recorrido con un tono casi emancipador. Las retratadas ya no aparecen como modelos idealizadas, sino como trabajadoras, artistas o profesionales que posan representando su oficio o su vocación. Se suceden las imágenes de sombrereras, músicas, pintoras o amas de cría, y con ellas emerge una nueva forma de presencia: la del sujeto que se sabe observado y que, sin embargo, elige cómo ser mirado.
Muchas de estas mujeres no solo ocuparon el estudio como clientas, sino como fotógrafas, retocadoras o asistentes. Nombres como Alejandrina Alba, Antonia Santos o Leonor Ortiz —cuyos sellos comerciales se exhiben en la muestra— van recuperando su lugar en la historia de la fotografía española, un terreno donde durante mucho tiempo solo se reconoció la firma masculina.
La museografía de ‘Retratadas’ refuerza esa lectura simbólica del estudio fotográfico como un espacio intermedio entre lo íntimo y lo público. El cuarto-tocador, motivo central de la exposición, se convierte en metáfora visual de autonomía y metamorfosis. Allí, las mujeres del XIX se preparaban para la pose, experimentaban con vestidos, velos y peinados, ensayaban gestos, se miraban al espejo antes de enfrentarse a la cámara.

Pero, más allá del ritual, el tocador encarna un gesto de apropiación: el instante previo a ser retratada es también el instante de decidir quién se es. Esa frontera entre la intimidad y la visibilidad pública —tan frágil y actual— es la que Onfray recupera para repensar la relación entre mujer e imagen.
La comisaria no oculta la paradoja que late en estas fotografías: si bien fueron tomadas dentro de los marcos burgueses de su tiempo, muchas de ellas abren grietas de libertad. La tarjetomanía que inundó los salones del XIX permitió a miles de mujeres circular en forma de imagen y multiplicar su presencia más allá de los muros domésticos.
Posar, entonces, podía ser un acto de vanidad, pero también un gesto de poder simbólico, una forma de decir “aquí estoy”. La mirada de ‘Retratadas’ se detiene precisamente en esa tensión: entre la sujeción al canon y la invención de sí.
Hay algo profundamente contemporáneo en esta propuesta. En una era saturada de selfies, las fotografías del siglo XIX adquieren una resonancia inesperada. Aquellas mujeres que experimentaban con la pose y la mirada anticipaban, sin saberlo, la inquietud moderna por controlar la propia imagen. Al revisarlas hoy, Onfray nos invita a pensar la fotografía no como espejo de sumisión, sino como superficie de resistencia. Su comisariado combina rigor histórico y sensibilidad poética, trazando un puente entre la arqueología de la imagen y la política de la mirada.

No se trata de una exposición sobre “mujeres fotografiadas”, sino sobre mujeres que fotografían con su cuerpo, que escriben su identidad con luz y sombra. Cada retrato es un diálogo entre la cámara y la persona retratada, un instante de negociación que pone en cuestión la pasividad atribuida al modelo femenino. Las retratadas —dice implícitamente Onfray— son protagonistas de su representación: sugerían poses, elegían atuendos, corregían gestos, asumían el riesgo de ser vistas. Y en ese juego de espejos, su imagen deja de ser reflejo para convertirse en acto.
En tiempos en que la historia del arte y la fotografía revisan sus genealogías con perspectiva de género, ‘Retratadas’ ofrece una lección de método y mirada. Su fuerza reside en devolver densidad simbólica a las pequeñas imágenes del siglo XIX, esas tarjetas, álbumes y joyas que guardan mucho más que rostros: contienen estrategias de representación, deseos de visibilidad y gestos de emancipación que resuenan aún hoy.
La exposición, abierta hasta el 25 de enero en la Sala XXV del Museo del Romanticismo, se acompaña de un completo programa de actividades y culminará con una conferencia de la comisaria el próximo 11 de diciembre. Como prolongación de este trabajo, Stéphany Onfray ha publicado en la Editorial Cátedra (2025) el libro ‘Retratadas. Fotografía, género y modernidad en el siglo XIX español’, donde amplía el análisis visual e histórico de esta constelación de retratos femeninos.
‘Retratadas’ no es solo una exposición sobre el pasado: es una interpelación al presente. Al mirar aquellos rostros del XIX, tan firmes, tan conscientes de sí, comprendemos que el gesto de posar fue también un acto de pensamiento. En el brillo inmóvil de esas imágenes, las mujeres se reinventaban. Y quizá, desde el silencio de sus miradas, todavía nos invitan a hacerlo.
