La 49 edición de los Encuentros de Arlés, que es el festival de fotografía más importante de Europa, se celebra hasta el 23 de septiembre. Decenas de exposiciones inundan la pequeña ciudad francesa y hasta allí ha ido Roberto Villalón para escribirnos su crónica.

“El futuro ya está aquí” proclamaba Radio Futura, pero lo hacían en 1980. Como sabéis, Les Rencontres d’Arles se celebran en la ciudad francesa desde 1970. (Que sepáis que se pronuncia argl, como cuando te quieres quitar un pelo de la garganta, así se os diferenciará de los que no han podido venir nunca). Ésta, por tanto, es su 49 edición y ha tenido por lema Back to the future (Regreso al futuro) como destacaba su director desde el 2015 , Sam Stourdzé, quien sustituyera a François Hébel tras doce años capitaneando el festival (del que puedes leer aquí nuestra entrevista). Con ese lema no me quedaba claro si es que el futuro es el pasado, o el pasado el nuevo futuro y si avanzamos o retrocedemos. Habría que verlo.

En esta segunda cita con el festival me he fijado más en los detalles, los andares, los gestos. Y más prevenido, esta vez no me volverían a pillar los mosquitos. En la farmacia pedí el repelente más potente y me dispuse a la conquista del festival embadurnado de su “agradable” fragancia. La intención era ver el máximo posible de las más de cincuenta exposiciones que había en la sección oficial y aquello que nos encontráramos del OFF (Voies). Plano en mano comenzamos la estrategia de peinado. ¡Vamos al futuro! Cerca de la estación, donde el año pasado pudimos ver la exposición-despedida de Blank Paper y compañía, estaban los trabajos de los candidatos finalistas al premio Nuevos Descubrimientos representados por diez galerías diferentes.

Enamorado de la moda juvenil

Vimos casi todas las tendencias “modernas” representadas: había instalaciones superando los límites de la fotografía, fotografía escultórica, álbum familiar intervenido, audiovisuales, memoria recuperada, 2.0 (esta vez conversaciones de Messenger de FB mezcladas con fotos), imagen extrañada, vitrinas con fotolibros, nuevo documentalismo, nuevo retro-kitch, piedras… Aunque los artistas procedían de Congo, México, Inglaterra, Finlandia, India o Francia. Se ve que las tendencias fotográficas son mundiales y no es tan sencillo distinguir el origen de los autores.

Personalmente destacaría la propuesta del rumano Anton Roland Laub que presentaba un trabajo documental sobre las ‘Iglesias Móviles’, en el que se veía cómo en su país se desplazaban enteras mediante railes para que no molestaran en los planes urbanísticos de Ceaușescu.

© Wiktoria Wojciechowska

Y especialmente, ‘Sparks’ (termino que hace referencia a la metralla ardiente, chispas de metralla) con el que la polaca Wiktoria Wojciechowska nos recuerda la guerra en Ucrania. Retratos de jóvenes soldados no profesionales, sus testimonios en vídeo como un retrato más, imágenes intervenidas con papel dorado tapando a aquellos que murieron, una proyección muy sugerente y la maqueta de un fotolibro. Se ve que ha gustado a más gente pues este trabajo se ha llevado el Premio de Público Nuevos Descubrimientos de 2018, más el Premio de Fotografía Madame Figaro.

Bola de espejos

Más futuro. Seguimos nuestro recorrido y vimos algunos trabajos de diferentes escuelas en la Maison des Peintres con, una vez más, la sensación de que las modas están globalizadas incluso en las escuelas de fotografía. ¡Joven, si quieres triunfar, usa papel mate de algodón y tu trabajo lucirá como merece! ¡El concepto ha muerto, viva el papel mate!

© Roberto Villalón

Lo que si envidiamos muchos fueron las cartelas metalizadas futuristas de la expo del suizo Matthieu Gafsou. ‘H+’ es un trabajo sobre el transhumanismo, esa idea de que gracias a la tecnología podemos superar la actual condición humana. Imágenes acríticas, vistosas, como las que los bancos de imágenes utilizan para hablar de ciencia. Sentí que estaba viendo la versión en pared de la revista de “divulgación científica” de los 80 que se llamaba ‘Muy Interesante’ (que parece que aún se edita). El futuro fue hace dos décadas.

Parece que marca la tendencia para los próximos años, no sé si de la fotografía, pero sí del festival, es la importancia de la Fundación Luma, una organización suiza que fundó Maja Hoffman, también suiza (y suponemos que también maja). Hoffman y su fundación están construyendo en Arlés el ‘Parc des Ateliers’ con el atractivo principal del edificio que se alza a las afueras de la ciudad diseñado por Frank Gehry y que se espera inaugurar para la próxima edición del festival, la 50. Un cruce entre una torre de Babel y una bola de discoteca. O una torre de vigilancia, quién sabe.

A su sombra, los Ateliers, que están pasando de ser destartalados barracones a edificios reformados con su aire acondicionado y todo. El contenedor no para de crecer, mientras parece que el contenido mengua. Los adictos al festival más reincidentes recuerdan las visitas como extenuantes, por la gran cantidad de exposiciones y la calidad de las mismas.

© Roberto Villalón

En cambio, este año los Ateliers se recorren en una mañana. Destaca por espectacularidad, tamaño, y suponemos que por precio de producción, la dedicada a los autores británicos Gilbert & George. Los autodenominados “esculturas vivientes” contaban con una impresionante exposición retrospectiva con sus collages murales, que, a modo de vidrieras, convertían el recinto en una catedral a la incorrección. Mr. Gilber y Mr. George nos daban una cálida bienvenida a su muestra enseñándonos sus británicos ojetes. Arte “transgresor” inspirado en graffitis y memes, pero para el que hay que pagar un suplemento en la entrada.

En este nuevo parque cultural también pudimos ver un emotivo homenaje al malogrado diseñador Alexander McQueen, un conseguido reportaje documental en blanco y negro sobre las luces, sombras y genialidades del modisto por parte de la documentalista francesa Ann Ray.

La memoria

Y, también en los antiguos talleres, sin duda una de las mejores exposiciones del festival, ‘The Train’. Una muestra producida por el Museum of Modern Art, San Francisco, en colaboración con los Rencontres d’Arles que relaciona los trabajos de Paul Fusco, fotógrafo de Magnum que documentó el trayecto del tren fúnebre de Robert F. Kennedy, y que por sí solo justifica la visita, con la perspectiva opuesta de las fotografías y películas caseras de los propios espectadores, recogidos por el artista holandés Rein Jelle Terpstra en su proyecto ‘The People’s View’, y la obra titulada ‘8 de junio de 1968’ por el francés Philippe Parreno; una recreación cinematográfica de 70 mm del viaje funerario, que en palabras de Parreno, “muestra el punto de vista de los muertos”. Emocionante.

Detalle de exposición de Fusco © Roberto Villalón

Regreso al futuro. Las noches del festival forman parte de su atractivo. Tanto por las fiestas, privadas o públicas, como por los paseos a la fresca y las cenas (de pigcoteo) en las terrazas. También por las proyecciones al aire libre, como La Noche del Año, que contó con audiovisuales de más de 50 artistas o las proyecciones diarias del OFF.

¿Dress code? Informalidad bien estudiada. Téngase en cuenta la cantidad de franceses (muchos parisinos) aficionados a la fotografía que se han acercado al festival. A diferencia de los españoles, estos parecen tener dinero, y lucen camisas de algodón del bueno con manga a medio antebrazo, pantalones veraniegos remangados e incipientes melenas de buena peluquería. Ellas, vaporosos vestidos con buen patrón, esos que parecen batas de andar por casa pero que cuestan una pasta, con telas de ésas que con un buen cinturón pasan a ser alta costura. En cualquier caso, Inditex ha globalizado el vestir. La diferencia fundamental es más de monedero que de paralelo. Lo importante, en todo caso, es llevar rebequita por si refresca y pantalón largo antipicaduras. Yo he optado por el lino. Gracias a esto, este año apenas hice donaciones de sangre a los mosquitos tigre.

Máquina, piedra, planta, animalito

Y si en los tiempos de Zara la moda se ha universalizado, viendo las proyecciones del Voies OFF se puede decir que la mirada de la joven fotografía también. En esta pasarela de la moda fotográfica hemos podido comprobar que la niebla, el pelo en la cara, algo de google y el animalico muerto han dado paso a nuevas tendencias. Vienen pegando muy fuerte la piedra, la Vía Láctea (simulada o real), la rama en primer plano y los animales vivos, preferiblemente caballos. En el retrato se mantiene el sujeto lobotomizado centrado, pero empieza a destacar el plano cortado extrañamente con fruta tropical.

Eso sí, el flash, queridos amigos, sigue siendo la piedra angular de la fotografía del siglo XXI. Vimos también mucho pixel, foto quemada y distorsión digital en las diferentes secuencias, pero no tenemos claro si es decisión de artista o fue la organización en su “sutil retoque” homogeneizando todos los proyectos. Sabemos de algún fotógrafo español que descubrió detalles en las sombras de sus fotos que nunca había visto antes.

Las pirámides de René Burri © Roberto Villalón

Por supuesto había trabajos que se salían de esta perversa simplificación (es que a veces soy malo, como Björk), y precisamente eran los que destacaban. De hecho, el premio del OFF de este año ha sido para la mexicana Liza Ambrossio por ‘La ira de la devoción’, un trabajo que en Clavoardiendo publicamos en abril en nuestra sección Visionados. Y el Révélation Saif fue para el español Hugo Alcol por su estupendo ‘Archipiélago’ que esperamos que empiece a tener el éxito que se merece, ya que, aunque ganó el concurso de maquetas de fotolibro de Kassel 2017, es un trabajo poco conocido.

Efecto Invernadero

Precisamente los fotolibros eran antes un elemento destacado en el festival. Pero este año la exposición de los finalistas y ganadores se alejaba de los Ateliers para ser mostrados en un flamante nuevo espacio, en la planta alta de un supermercado a las afueras. Entrando por la sección de cosmética, una vez cruzada la sección de ropa, justo antes de los detergentes, encontrabas una puerta que te dirigía a la muestra de fotolibros. Una planta en la que el calor no hacía recomendable regodearse entre tanto ejemplar.

Si el año pasado la tendencia era el libro gordo, en esta ocasión lo importante era la foto vintage. Como apuntaba en redes sociales Montse Puig, de Ediciones Anómalas, resulta un poco desalentador para los fotógrafos que los tres trabajos ganadores sean de fotografía de archivo. En la categoría al libro de autor el ganador ha sido Laurence Aëgerter por una colección de libros Photographic Treatment en la que crea juegos visuales mediante la edición de fotografías antiguas. Algo así como darle el premio de guión al montador de una película.

Sudorosos nos dirigimos a Cosmos, la feria de fotolibros que acoge el festival durante esta semana inaugural. Una vez más pudimos apreciar el estoico trabajo de editoriales como Chaco, Anómalas, Fuego Books, This Book is true, que bajo la carpa que provocaba un agobiante efecto invernadero, sudaron como nunca para vender sus últimas novedades.

We are family

Como parte de la programación de esa feria pudimos recorrer la expo ‘The Family of no man’. Aunque no formaba parte de la programación oficial, es una nueva mirada al futuro tomando el pasado como referencia. Tras una convocatoria abierta, 494 mujeres o transgénero revisan desde el lenguaje de la fotografía actual la exposición original de Edward Steichen que tenía por título ‘The Family of Man’ y que se pudo ver en el MoMA en 1955. Agrupadas en varios temas como la muerte, el sexo, la familia, la ecología, mostraban un mosaico más que interesante sobre las distintas formas de entender el mundo (y la fotografía) por parte de cientos de fotógrafas. Una pena que esta expo, comisariada por Natasha Christia y Brad Feuerhelm, fuera casi clandestina, difícil de encontrar. Ojalá una nueva versión al sur de los Pirineos.

Detalle de Family of No Man © Roberto Villalón

Otras miradas al pasado las pudimos encontrar en la exposición dedicada a Robert Frank, que desgraciadamente no contaba con la mejor (por ser buenos) de las presentaciones. Las copias, la luz, la distribución, el color de la sala no hacían justicia al autor de ‘Los Americanos’. Los 50 años de Mayo del 68 no podían faltar en un festival francés y también contaron con su correspondiente exposición basada en fotografía de archivo.

Avanzamos mirando el retrovisor con la exposición que relaciona los trabajos de Jean Evelyn Atwood y Joan Colom, una colaboración entre el festival francés y Foto Colectania de Barcelona. Las fotos que la americana realizara en los 70 del lumpen parisino dialogan con las de Colom, del que podemos ver (para muchos por primera vez) el trabajo que en los noventa hiciera el catalán del barrio chino de Barcelona. Dos mundos paralelos que la gentrificación ha transformado. Como también ha cambiado la fotografía y la sociedad que la mira. ¿Podría realizarse un trabajo con fotografía callejera “robada” a prostitutas como las que el realizó Colom en la actualidad? En cualquier caso, es un documento de esta Barcelona que, aunque en color, refleja era el lado oculto de la ciudad postolímpica.

A dios pongo por testigo

En el mismo espacio Cristina de Middel y Bruno Morais tienen la exposición que traslada a pared su reciente fotolibro ‘Midnight at the Crossroads’ (Medianoche en la encrucijada) del que agotó existencias en el Cosmos. La pareja ha hecho un trabajo sobre Èsù, la figura religiosa inspiradora el vudú, en Benín, Cuba, Brasil y Haití, países donde se realiza esta práctica. Una reivindicación de una cultura que se pierde ante el avance de la imposición de las creencias occidentales.

© Roberto Villalón

La religión, algo eterno, también es el tema principal de ‘El último testamento’, un divertido trabajo del noruego Jonas Bendiksen, también de la agencia Magnum. A diferencia de la alicantina y su marido, Bendiksen sí realiza un trabajo plenamente documental, dirían los mayores, como Dios manda.

Jonas, el de Magnum, no el de la Biblia, trae un fotorreportaje en el que nos cuenta la historia de siete hombres que dicen ser la segunda reencarnación de Dios. Estos nuevos mesías tienen desigual suerte en esto de convencer al mundo de su origen divino. Sorprende, casi tanto como las historias, el hecho de que, aunque la muestra se encuentra en un templo, se ha neutralizado el espacio en lugar de aprovecharlo para tan adecuado tema. Doctores tiene la Iglesia.

© Roberto Villalón

“Graham, Dios”, diría Pollobarba. Otra iglesia, la de los Frailes Capuchinos, servía como lugar de adoración del fotógrafo británico Paul Graham. Espacio que se reserva para alguna de las estrellas de cada edición, este año contenía tres series del fotógrafo británico: ‘American Night’ (1998-2002), ‘a shimmer of Possibility’ (2004-06), y ‘The Present’ (2009-11), englobadas bajo el título ‘The Whiteness of the Whale’ (La blancura de la ballena). Parte de este trabajo se pudo ver recientemente en Bombas Gens de Valencia. Estas series ponen el acento en las desigualdades sociales en EE.UU. mediante el uso del color (o su ausencia) y su especial uso del tiempo. Denuncia social mediante nuevo documentalismo. Los fieles esperan que una foto suya bastará para sanarnos.

Caballo grande

Mucho documentalismo, no siempre nuevo, en su mayoría con las formas del siglo pasado, se puede ver este año. Recomendamos paradas cerveceras para dosificar tanta “realidad”. ‘Yo soy Fidel’ de Michael Christopher Brown, deudor del antes mencionado trabajo de Fusco, ‘Grozny: Nine Cities’ de Olga Kravets, Maria Morina y Oksana Yushko sobre la actualidad chechena, la colectiva sobre el panorama fotográfico en Turquía, los trampantojos arquitectónicos de Gregor Sailer, la diáspora palestina de Taysir Batniji, la confusa mezcla de postfotografía y fotografía de autor de ‘The Hobbyist’…

© Roberto Villalón

También vimos imágenes de Nadav Kander, Luc Delahaye, Mitch Epstein o Richard Mosse, Mitch Epstein en la exposición dedicada a la primera década el premio Prix Pictet, donde tenemos, una vez más, la sensación de que existe una mirada globalizada, una forma de entender la fotografía con pocas variantes. Una misma estética que inunda festivales, revistas y premios. Y, como ya criticara a su manera Duane Michals (pues dudo que conozca el refrán), en fotografía, ande o no ande, caballo grande.

Mención especial para ‘The Bliss Of Conformity’ de la china Yingguang Guo que mezcla fotografía documental, video e instalación para reflejar la situación de la sociedad china, en particular de la mujer, pero perfectamente extrapolable.

26 de octubre de 1985

Junto a ella, uno de los trabajos que más he disfrutado estos Encuentros. Las fotografías del chino Feng Li, nacido en 1971 pero enmarcado en la sección de emergentes (nueva paradoja temporal del festival) que nos muestran una divertida e inquietante realidad, por absurda pero posible, de las grandes ciudades chinas. Una especie de Ren Han (que sólo tenía 30 años cuando se suicidó hace poco más de uno) pero haciendo street photography (demostrando además que no es el género lo que está superado, ya que puede ser así de efervescente, sino la forma de ejercerlo por parte de muchos). ‘White Night’, que así se llama la serie, está colgada en un espacio cutre, pero acaba añadiendo mayor surrealismo al trabajo.

© William Wegman

Otra gozada ha sido disfrutar de la exposición que recopila las diferentes pirámides que aparecen en el archivo del mítico fotógrafo de Magnum (menos mal que no tomamos un chupito cada vez que escribimos esto) René Burri. Un trabajo visual, sin más “concepto” que la representación de un triángulo en algún elemento de la imagen, como esos ejercicios de instagramers, pero hechos por un genio. Un deleite.

Como divertida fue la visita a la exposición de William Wegman. Basada en la humanización de sus perros, no podía darme más pereza. Pero resulta que atacó mi punto débil, el humor. Wegman humaniza a sus perros, pero a lo largo de diferentes series explora los tópicos de la fotografía (e incluso el arte) recorriendo el retrato, el desnudo, la moda, la fotografía experimental, documental… No toda la metafotografía es intensita. Hay quien puede hacer un análisis crítico provocando una sonrisa. De hecho, ésta ha sido la imagen elegida por el festival para ilustrar sus carteles y encabezar su catálogo.

Un catálogo que casi deja mejor sabor de boca que la propia visita. A lo mejor en el futuro todo se reduce a eso, un buen catálogo comprado a distancia, aunque seas de los que pronuncia Arlés con todas las letras. Es que, a estas alturas, uno ya no sabe si lo retro es moderno o es que el futuro ya pasó. Ni si los festivales de fotografía tienen que dedicarse a destacar lo confirmado o deberían apostar por lo imprevisible, lo que no tiene otras formas de distribución. Supongo que estar a punto de cumplir 50 años (el festival, no yo) tiene estos efectos. Y no, no son los nuevos 30.